Capítulo 24
Al paso de unos tres días, Kitty se había puesto el objetivo de no fracasar como una dama. No era buena siendo hermana, ni criadora de nada, al menos probaría suerte en lo que estaba hecho para las mujeres: el bordado.
No era la actividad más divertida de todas, pero servía para matar el tiempo.
—¡Maldición y condenación! —espetó la muchacha en un aullido de dolor al meter la aguja en su índice izquierdo.
—¿Qué ocurre, milady? —preguntó la señora Snow.
—De nuevo me he pinchado el dedo. Esto no es para mí. A este paso no completaré el nombre de ese patán —masculló—. Él desea una de estas tonterías...
—Tome, milady, aquí hay un dedal. Usándolo ya no se accidentará. Debe calmarse para poder terminar su bordado. Lleva mucho tiempo sin hacer cosas de damas.
—Y es por algo, ¿no lo ve? Seré la duquesa de nueve dedos si sigo intentando sacarme el dedo. Hubiera bordado solo su inicial, pero siendo tan ambiciosa, se me ocurrió poner «Albert», qué cosa más absurda —lamentó dejando a un lado su bordado.
—Es mejor que continúe. Respire un par de veces y tenga paciencia. Ya le saldrá. Tenemos muchos pañuelos para poder colocarles nombre.
Kitty volvió a agarrar su bordado y se colocó el dedal que le había proporcionado la señora Snow.
Como una tonta intentaba seguir el patrón que había empezado su ama de llaves.
En verdad había perdido sus habilidades de dama por andar ociosa o montando.
Ella no le había prestado atención a nada de eso, pues creía que no se casaría, mas las cosas estaban a punto de cambiar.
El caso era que el duque gustaba de las habilidades más simples de una muchacha, una que Kitty no había desarrollado correctamente.
Era probable que le entregara un pañuelo ensangrentado el día que lo viera.
De cierta manera estaba pendiente de que fuera a visitarla. Habían quedado en que él la pintaría. No sabía con exactitud cuándo sería, pero el duque aparecía en el momento menos esperado, de la forma más inesperada, por lo que debía estar atenta y terminar de una vez con ese bordado.
Una vez que acabó, pudo contemplar su obra. No era la reina de las buenas terminaciones, pero se entendía el nombre del duque. Podía sentirse orgullosa de no haber muerto en el intento. Ese bordado le había costado sangre, sudor y lágrimas, literalmente.
—He culminado, señora Snow. Ya el duque puede pedirme un presente y se lo arrojaré al rostro —dijo con suficiencia.
—Muy bien hecho, milady, aunque debe continuar practicando un poco.
—Deberán torturarme para que vuelva a hacerlo, prefiero dibujar antes que hacer esto.
—Al duque le gustará tener muchos retratos suyos en grafito y se sentirá aún más orgulloso al saber que cierta dama deja el cuaderno abierto en donde se encuentra su elegante figura.
El rubor invadía el rostro de Kitty. Se sentía muy avergonzada de sus actos.
—¡Señora Snow! Me sorprende su indiscreción, espero que no se lo diga a su excelencia el día que me visite.
—Por supuesto que no, milady. Se lo digo solo a usted. Era evidente que estaba enamorada de ese caballero.
—¡No estoy enamorada! —farfulló con el rostro ardiendo.
El ama de llaves sonrió y continuó con su bordado.
Mientras tanto, Kitty alzó el mentón y miró a la señora Snow por encima del hombro, ofendida.
—Iré a cabalgar —anunció a la vez que se retiraba para cambiarse su vestido por un traje de montar.
Unos golpes en la puerta interrumpieron la pacífica costura de la señora Snow, por lo que se acercó para abrirla. Un joven bien parecido, de ojos verdes y cabello castaño, le extendía una tarjeta de presentación.
—Buen día. Mi nombre es Robert Staton, conde de Pembroke. He venido a conversar con lady Kitty Fane...
La señora miró la tarjeta e hizo una mueca. A la hermana de lord Nottingham se le complicaban las cosas. De no tener candidatos, a tener a un duque y un conde.
—Por favor, pase, milord —pidió la mujer—. En un momento milady estará aquí.
Robert dio unos pasos dentro de la estancia y tomó asiento. Después, vio al ama de llaves que subía las escaleras rumbo a la segunda planta.
Una vez que Agatha ya no veía a la visita, ella corrió rumbo a la habitación de Kitty y abrió la puerta sin tocar.
—¿Qué ocurre, señora Snow? —interpeló Kitty que había terminado de vestirse.
—Tiene visita, milady.
—¡Ya está aquí! Sabía que vendría en cualquier momento. Qué hombre más inoportuno —dijo pensando en el duque. Luego caminó hacia el espejo y se acomodó las prendas y el cabello.
—Milady...
—Ya voy, señora Snow. Espéreme abajo con la visita, ofrézcale un whisky .
—Pero...
—Vamos, señora Snow —mandó.
La muchacha no la había dejado decirle que no era el caballero que ella estaba esperando. Ya se llevaría una sorpresa. Obedeció a lo que su patrona había dicho y fue a servirle a la visita.
Una vez que la señora Snow se retiró, ella cogió su perfume y se lo colocó. Por primera vez se preocupaba más por presentarse antes Albert, aunque sabía que siempre era desagradable al encontrarse en un primer momento, después él parecía calmarse y ser más agradable.
Salió de su habitación conforme con cómo se veía. Una vez que llegó al pie de la escalera, no encontró a quien esperaba. Su decepción era palpable, pero se debía a su tontería por no haber dejado hablar a la señora Snow.
—Lord Pembroke —pronunció sin mucho ánimo.
El conde que tenía una copa de whisky en su mano derecha, la dejó en una mesita y se apresuró a levantarse para recibir a la dama. Con rapidez realizó una reverencia para saludarla y después se acercó a coger la mano de la joven.
—Milady, qué gusto volver a verla. —Al terminar de decir eso, plantó un beso al dorso de la mano de Kitty.
Ella también realizó una venia.
—Es bueno volver a saludarlo —alegó fingiendo una sonrisa.
—Al parecer la encuentro de salida —comentó al verla con un traje de montar.
—Sí, estaba a punto de salir a dar un paseo.
—Vine a visitarla y a traerle una invitación de mi tío para una cena en tres días... Si me permite acompañarla, le comentaré sobre la fiesta.
—Por supuesto. Pediré que me acerquen un caballo.
La señora Snow se había encargado de pedir el animal en las caballerizas y que lo llevaran frente a la residencia.
Kitty se encontraba atendiendo a su inesperado visitante. Se sentía como una verdadera tonta por creer que el duque estaría ahí. La señora Snow tal vez tuviera razón con respecto al enamoramiento y por eso ya no era capaz de pensar con claridad o sin sesgo.
—Mi tío preguntó si deseaba invitar a alguien especial a su residencia y yo le he dicho que usted me ha parecido una dama excepcional... —musitó Robert Staton.
—Gracias por pensar así de mí. Si no tengo algún contratiempo asistiré a esa cena. ¿Me acompañará a dar unas vueltas?
—Por supuesto que sí, milady. Su propiedad debe tener bellos paisajes que sería interesante recorrer...
Los dos subieron al lomo de sus caballos y partieron a un paseo. Robert le hablaba sobre su vida en Londres y también le comentaba que tenía veinticinco años. Kitty tampoco se había guardado mucho de su vida, contándole al conde sobre sus hermanos.
A ella la presencia del caballero le parecía agradable, pero no la emocionaba.
No estaba cerca de sentir lo mismo que cuando trataba con el duque.
Su mente no estaba buscando ser pendenciera o una respuesta audaz.
Con esos pensamientos y sensaciones, aseguraba que estar lejos de Albert podría ser algo difícil en todos los aspectos.
Recorrieron la propiedad al menos por una hora. Ella le había mostrado los bellos paisajes de la finca y a Robert eso parecía gustarle.
Cuando se acercaban de nuevo a la residencia, Kitty vio que un carruaje se detenía frente a su casa y ella juraba que reconocía ese coche.
Era del duque de Salisbury. En su pecho maldecía su mala fortuna, pues sabía que a él no le agradaba nadie, no podía decir que lord Pembroke era un problema, cualquier ser que respirara representaba una molestia total.
Albert había decidido ir a la residencia de Kitty para comenzar su pintura. Le pediría que se pusiera alguna prenda que le encantara y la bella gargantilla que él le había obsequiado. Ese día también le daría los aretes a juego.
Al descender del carruaje, él se encontró con la desagradable sorpresa de que su preciosa lady Kitty Fane venía en compañía de lord Pembroke.
No sabía a quién de los dos cocinar con la mirada.
Debería apurarse con respecto a sus planes con ese conde antes de que le robara la atención de la muchacha.
La vergüenza invadía a Kitty. Reconocía esa mirada de desagrado. Quizá él tratara de maquillar sus palabras, pero sus ojos no podrían dejar de decir lo que sus labios soportaban.
El conde tampoco estaba muy contento de ver al duque. Aquel no era el más simpático de los caballeros.
—Buen día, excelencia —saludó Kitty que hizo que su caballo se quedara quieto.
El duque se acercó hasta ella. La miró con sus ojos furiosos y extendió sus brazos para cogerla de la cintura y bajarla sin hacer un gesto de esfuerzo.
—Buen día —replicó con acritud.
—Buen día, su excelencia. —Robert lo saludó, pero el duque ni siquiera se dignó a seguir mirándolo. El momento era demasiado incómodo—. Me despido, milady. La esperaremos en la casa de mi tío.
—Muchas gracias por la invitación, milord —correspondió con una reverencia.
Ese caballero azuzó a su caballo para perderse en la pradera.
Las palabras habían abandonado tanto al duque como a Kitty. Él había decidido poner un poco de distancia entre ellos y por eso retrocedió unos pasos y le dio la espalda.
—No lo esperaba —pronunció Kitty, nerviosa.
—No hace falta que lo diga, se nota. ¿En qué momento de la noche anterior acordaron una visita? ¿A qué hora? Por eso mis ojos de águila no pudieron detener ese instante —masculló intentando mantener a su demonio bajo control.
—Él ha venido a traerme una invitación justo antes de que saliera a cabalgar. Lo invité por educación.
—Para lo que sirve la educación. Sirve para darle pie a esta clase de rufianes. Es mejor carecer de educación si va a coquetear con alguien sin una carabina.
—¡Cómo se atreve a siquiera insinuar algo de mí! —reprochó.
—¿Qué se puede esperar de una dama que dice ser libre? ¡Sé que besa a un caballero al estar a solas con él!
Ella no discutió más. Golpeó a Albert en el rostro.
—Ahora le he cerrado la boca. Si quiere decir algo sobre mí, lo hará con condescendencia. De ahora en más olvídese de que consideraré ser su esposa.
Los dientes de Albert chirriaron y después él miró a Kitty con gran indignación.
—Si es lo que prefiere, así será, pero recuerde que, si no la desposo, nadie más lo hará.
—Eso carece de interés para mí. Vine a Gloucestershire para morirme soltera.
Nunca le he pedido que se fijara en mí ni siquiera por compasión.
No me importa su lástima o sus buenas intenciones después de insinuar que soy una libertina besa hombres y para que tenga presente, es usted quien me ha besado.
—Adiós, milady —espetó molesto y fue de regreso a su carruaje.
—¡Muy bien! Adiós, su excelencia —farfulló y ella se dirigió a su casa.
Albert no podía pensar con tranquilidad a causa de los celos que lo habían nublado.
No podía soportar que otra vez quizá alguien le arrebatara a la mujer que deseaba.
No estaba dispuesto a correr ese riesgo, por lo que tomaría cartas en el asunto sin perder mucho tiempo.
Solo que en ese instante necesitaba recuperar su compostura.
Había sido una tontería haberle insinuado a Kitty que era una dama ligera.
Ella no se lo perdonaría, tampoco esperaba su perdón, quería que le correspondiera a esos sentimientos asfixiantes que se apoderaban de él cuando pensaba en ella.
Era probable que hubiera retrocedido lo que había avanzado en esas semanas con ella, pero en última instancia, acudiría a la única persona que podría concederle la mano de la muchacha: el conde de Nottingham. Ahí ella nunca más podría tener nada que decir y menos negarse. Sería suya para siempre.