Capítulo 23
Si había algo que a Kitty le molestaba y le daba vergüenza era que la protegieran o que hicieran algo en nombre de su beneficio como si ella fuera una completa inútil.
—Le agradezco su generosidad, excelencia —musitó sarcástica.
—Mi madre se encargará de cuidarla en este sitio. Yo me quedaré cerca, esperando que no me vean, intentando respirar lo menos posible para no ser blanco de acoso. ¿Cómo es que logra ser tan abierta con la gente? Yo no puedo hacerlo.
—Es un poco mayor para huir de las niñas casamenteras. Supongo que, si yo estuviera en la búsqueda de un esposo, usted ya se hubiera escondido, pero como corro de un marido, más me persigue el matrimonio. Debería conocer a otras y dejar de molestarme. Podríamos ser buenos vecinos.
—No me interesa conocer a nadie, ni siquiera a usted, pero ha llamado mi atención por encima de lo aceptable y racional. Me desagrada tanto como puede agradarme. Es un extraño sentimiento, milady.
—Es la mejor manera de decir que me tolera.
—La esperaré en mi residencia para pintarla, mejor si puede ir mañana —propuso cambiando drásticamente de tema.
—No es correcto que una dama vaya a la propiedad de un caballero y menos con las intenciones que usted tiene. No sé si será capaz de encerrarme en alguna habitación para no dejarme ir jamás.
—No se me había ocurrido, pero se escucha sencillo y emocionante. No soy alguien que se arriesgue demasiado, pero esto me gusta.
—No bromee con esas cosas. Lo acusaré con mi hermano, aunque es mejor que no, pues si tan solo llegara a pronunciar su título, estaría casada con usted.
—Proviene de una familia inteligente, milady. Si no quiere ir a mi finca, iré a la suya. No hay inconveniente...
—Entonces lo esperaré...
Albert sonrió. Estaba consiguiendo que lady Kitty Fane cediera ante él.
No debía humillarse como un tonto para conseguir lo que esperaba.
Esa mujer era difícil y suponía un gran reto para alguien que estaba acostumbrado a ganar todo por derecho o influencia.
Al parecer él estaba destinado a luchar por la mujer a la que llevaría al altar.
Quedaron de acuerdo con esa idea que había dado Albert.
Los dos trataron de compartir un buen momento antes de regresar junto a la duquesa.
Aquella había conseguido integrar a Kitty en el grupo de damas.
La muchacha no estaba feliz con eso, porque lo que ella deseaba era bailar y no hacer cotilleo.
Lo único que le alegraba era que el duque tampoco la estaba pasando nada bien.
Lo habían obligado a bailar con las damas del salón.
Para el final de la velada todas estaban pensando en ser la próxima duquesa.
Pese a que en parte de la noche Kitty se había amargado, después se divirtió con la desgracia de Albert. Si ella no era feliz, él tampoco lo sería.
La duquesa y Kitty subieron al carruaje para regresar a su residencia, y Albert las escoltaba desde su caballo. Él se había colocado cerca de la ventanilla en la que se encontraba la joven, la iluminación de la lámpara del coche le dejaba ver un poco de ella.
De reojo Kitty miraba hacia donde sabía que se encontraba el duque. Esperaba que él viera su sonrisita socarrona por lo que le había ocurrido. Nadie salía impune de la vida, ni el mismo demonio.
—¿Se burla de mi hijo, milady? —inquirió la duquesa.
—Tal vez un poco. Que lo atraparan una jauría de damas debe ser como un castigo por sus acciones —alegó la muchacha con suficiencia.
—Es malvada con él, sabiendo que el pobre solo tiene ojos para usted. Por fin ha encontrado a la mujer ideal.
—No es cierto. Su hijo es incapaz de comprender una negativa de mi parte.
—Albert no puede recibir una negativa de nadie. Si usted piensa dársela es mejor que lo considere un par de veces.
—Se lo he dicho muchas veces, pero él no interpreta lo que le digo.
—¿Cómo una mujer de su clase puede considerar que estar soltera es una bendición y más siendo la mayor de cuatro hermanas? Su egoísmo no tiene límite y su imprudencia es brutal. Cualquier caballero puede sacarla del apuro, pero no ha sido cualquiera, ha sido un duque.
—Yo no lo he pedido, no quiero a nadie que me quite de ningún apuro. No estoy...
—No razona con claridad. Prefiere entregar a su familia al ostracismo por su indiferencia.
Tal vez me compadezca de sus hermanas y las coloque bajo mis alas para que puedan casarse.
Con una duquesa como protectora solo buenos candidatos se acercarán.
¿Imagine ser duquesa y poder darles felicidad a sus hermanas?
Usted está a una palabra de cambiar el futuro de ellas.
Kitty tragó saliva ante las palabras de la duquesa.
Ella no sería criadora de caballos, tampoco una soltera feliz.
Debía admitirlo, la gran dama tenía razón.
El futuro junto a Albert podría ser incierto, pero lucharía al menos para que fuera como esperaba.
Solo no quería ser relegada a alguien sin importancia, que solo la mantuviera como un trofeo frente al resto.
Debía entender que ella no era Victoria, ni su prima Emma Malorie.
No terminaría ni mal casada ni felizmente soltera.
Esas percepciones no se ajustaban a ella.
Aun así, Kitty se cuestionaba, ¿cómo sabría si lograría ser feliz con el duque?
—Solo me casaré con su hijo si él me jura por su alma que jamás me convertirá en un florero sin beneficio, que no me tendrá encerrada en una casa para parir hijos y que me tratará como su igual.
—Oh, querida, ¿qué le dijeron de ser una esposa?
¡Será la reina de su casa! Escuche, el esposo no importa mucho.
Conseguirá viajes, joyas, bailes, lujo y oportunidades.
Él le comprará lo que quiera para ser feliz.
Lo que pida es algo que tendrá. Soy una duquesa y se lo puedo asegurar y usted tendrá algo que yo nunca tuve con mi esposo.
—¿Qué le ha faltado?
—Lo que a mi hijo le sobra por usted: enamoramiento.
El duque me escogió porque era lo mejor que había en cuanto a linaje, pero yo sabía que su corazón pertenecía a otra mujer.
Nunca dejaré de decir que, el día en que murió la dama a la que él amaba, su espíritu se fue con ella.
Al poco tiempo, mi esposo murió y pude ser libre y feliz como mujer, pero ya había lastimado a Albert con mi amargura.
Tanto la duquesa como Kitty habían quedado en silencio, aunque la aristócrata deseaba continuar.
—Cuando quise demostrarle amor a mi hijo ya era tarde.
Él había crecido bajo sus reglas, imponiéndose.
Se convirtió en alguien duro por mi causa, pues yo preferí pensar en que nunca me habían amado, pero no lo había visto a él que buscaba mi afecto y yo se lo negaba porque en él veía al hombre que no me quería.
La vida de la aristocracia es dura. Se puede sobrevivir en un matrimonio de conveniencia, pero jamás vivir.
Quisiera ser afortunada como usted, milady.
Sé que también tiene sentimientos por él, por eso la insto a que los deje salir.
—Lamento mucho que no fuera feliz en su vida de casada. A eso es a lo que yo le temo. Lo he gritado y nadie me ha escuchado. Piensan que soy rebelde, pero en verdad solo busco mi felicidad.
—Con Albert la tendrá. Quizá cueste acostumbrarse a él en un principio por cómo ha sido criado. Tengo la esperanza de que ninguno cometa los errores que el duque y yo cometimos. Piense en lo que le he dicho, estudie el riesgo y la ganancia. Pongo mis manos al fuego para decirle que será feliz.
El carruaje se detuvo y la portezuela se abrió con lentitud.
Albert había desmontado su caballo para poder ayudar a Kitty a descender.
—Duerma bien, querida. —Se despidió la duquesa.
—Buenas noches, su excelencia —correspondió a la despedida de la dama y después el carruaje se había puesto en marcha.
—Milady, se ha divertido a mis costillas, pero le aseguro que es probable que termine en una venganza —dijo Albert en tono juguetón.
—¿Pintará mi piel como una serpiente? —curioseó pícara ante la voz que él usaba.
—Mucho detalle. Creo que mejor la dibujaré con una lengua de serpiente.
—No estará muy lejos de la realidad y... —Él cogió su mano y por eso ella había guardado silencio. Después sintió que él plantaba un beso.
—Durante toda la noche no he podido decirle con sinceridad que es la mujer más bella de Inglaterra. Tendrá muchos defectos, pero no opacan sus virtudes, más bien le dan vitalidad a un mundo oscuro como el mío.
La respiración de Kitty estaba agitada. Él la tenía de la mano y luego lo veía descender con lentitud hacia sus labios. Era un callejón sin salida. Iría al matadero con él con todos los riesgos, pero no sin dar un último pataleo de ahogado.
De nuevo los labios de él estaban pegados a los suyos, se movían con suavidad con roces casi tenues que hacían que Kitty deseara profundizar aquel beso, pero quien dirigía eso era el duque y a él le estaba gustando dejarla con ansias de más.
—Buenas noches —habló Albert sobre los labios de ella para despedirse.
—Buenas noches, su excelencia... —replicó con su mirada azul hacia los ojos grises de ese caballero.
—La veré pronto...
Él soltó su mano y se alejó para montar en su caballo y partir rumbo a su residencia.
Kitty se quedó unos instantes para observarlo, mientras se iba. Tenía mucho en qué pensar esa noche. Al entrar a la residencia, la señora Snow la esperaba para ayudarla a deshacerse de sus prendas para poder descansar.
—¿Cómo le ha ido, milady? —indagó la criada.
—Creo que me casaré con el duque... —Fue lo único que dijo antes de que la señora Foster echara de sus manos el camisón que le pondría.
—Pero si usted ha dicho que no lo haría.
—No lo haría por mi propio gusto. Es por conveniencia, pero yo pondré mis reglas. Si me adora como la duquesa dice que lo hace, lo pondré a prueba.
—Lo que debe hacer es arrepentirse de todos sus pecados para morir como una mártir en manos de ese hombre, y también avisarle a lord Nottingham que ha decidido arrojarse al vacío. ¿Qué no hay otro caballero?
—Lo admitiré, señora Snow, y espero que no salga de aquí esto que le diré. Él es el único que ha logrado que lo mantenga en mi mente y que ansíe sus besos.
La señora Snow no sabía con qué abanicarse, estaba escandalizada y eso hacía que su rostro ardiera.
—¡Por Satanás!
—Puedo vivir con ese demonio, ya he vivido con mi hermano, ¿qué tan terrible puede ser? Se le está cumpliendo lo que dijo, señora Snow.
—Se convertirá en una duquesa —susurró el ama de llaves, incrédula.
—No es seguro, quizá él se arrepienta o yo lo haga. Vístame para dormir, que tengo mucho que pensar.
***
En casa de Albert, él había entregado su caballo a uno de los mozos y entró al salón para poder dirigirse a su habitación.
—Te contaré lo que he escuchado en la fiesta, cariño —habló la duquesa.
—Porque me importa eso que tiene que decir, me quedaré. —Albert se sentó en el sillón y cruzó las piernas.
—El sobrino del señor Staton no ha venido por diversión, sino que su visita se debe a que tiene las arcas vacías y necesita llenarlas.
El señor Staton ha averiguado que lady Kitty Fane tiene una dote envidiable, la más alta en este condado y una de las mejores en Londres.
Esto no me lo dijo el anfitrión, fue la servidumbre...
—Entonces quiere pescar en mi lago. Qué mala suerte para él.
—No cantes victoria, Albert, con tal de hacerte enfadar y de conseguir lo que quiera, esa muchacha hará lo que sea, incluso dejarse cortejar por un quebrado.
—¿Sabe para qué sirve la escoba, madre?
—Por supuesto.
—¿Y también sabe para qué sirve el dinero?
—Lo sé...
—Pues barreré con dinero la basura que pueda molestarme. No soy un hombre sucio, pero ningún varón se acercará a la mujer que yo pretenda.
—Es así como debe ser, Albert. Tienes que presionar a esa muchacha para que se casen pronto. Será bueno para ambos, no queremos contratiempos, ¿no es así?
—No, madre. Por fin ha hecho algo por mí, y se agradece su preocupación.
—Lo hago por ti, por mi empatía femenina y por el nieto al que deseo criar como no pude hacerlo contigo.
Albert realizó una reverencia a su madre y se dirigió a su habitación para descansar. Él estaba seguro de que pronto tendría a Kitty en su casa y en su cama. Solo necesitaba convencerla y ponerle fecha a esa ilusión.