Familia Fane Capítulo 22
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Capítulo 22

—¿Cómo me ayudará a cumplir mis objetivos? —curioseó Kitty.

—Eso solo lo sé yo y lo sabrá usted con el pasar de los días.

—¿Así es como piensa comprar una esposa?

—¿Cuánto cuesta tenerla en mi casa? Le aseguro que no quiero comprarla. Prefiero convencerla por las buenas. Nuestra convivencia será mejor de esa manera. También no dejemos de lado la conveniencia de un matrimonio entre alguien de mi alcurnia y su variada familia.

Kitty hizo un gesto con la boca al escuchar lo que él había dicho sobre su familia. El duque podía ser muy rico, elegante y educado, pero pocas veces se guardaba lo que quería expresar.

—Mi familia no necesita de usted para sobresalir. Además, entienda que casarse conmigo puede ser su ruina.

—Me arruinaría con cierto gusto. —Él colocó su mano en la mejilla de Kitty y con su mirada estudió las facciones de ella.

Ella no se negó a ese acercamiento. Comenzaba a parecer resignada a que quizá terminaría siendo un florero.

Lo que tanto había rechazado se estaba haciendo realidad.

En parte lamentaba tener que someterse a lo que se había establecido para una joven dama y por otro lado una parte de ella se alegraba, porque había algo implícito entre el duque y ella, que no hacía que fuera tan desagradable pensar en el matrimonio.

Viviría por siempre bajo la sombra de ese caballero altanero si llegaba a aceptarlo.

A Kitty se le escapó un suspiro de tristeza.

—¿Está cansada? —inquirió Albert al oírla suspirar.

—No. Estoy preocupada por caer en ese juego de ser su esposa. No estoy convencida de desear ser humillada todos los días de mi vida.

—Considero que no me conoce lo suficiente.

Si lo hace puede que se asegure de que la humillaré o puede que descubra que no lo haré.

No soy alguien encantador y no me esforzaré por serlo, ¿para qué mentir?

De hecho, usted ha aparecido en mi vida como una intrusa, se ha apoderado de mis pensamientos y mis deseos.

Es culpa de que no pueda dejar de añorarla.

No sé si sea amor, capricho, rencor, deseo...

Pero me interesa vivirlo y sé que usted también lo desea

—No crea que lo sabe todo. A mí no me conseguirá fácilmente —masculló alejándose de la mano de Albert—. Si arrojaré mi destino al precipicio, será porque usted debe convencerme de que morir es volver a vivir.

—Aquí tenemos un problema. Sabe cuáles son mis requisitos.

—Por supuesto, lo sé de primera mano, ¿no es así? Y es por eso que le digo que no estoy interesada en semejante tontería. No lo perseguiré, si usted es el interesado, convénzame de que me case.

—¿Cuántos besos debo darle?

—¿Con eso nada más? Puedo besar cabras si solo los besos me daban felicidad. Seré su duquesa con unos requerimientos.

—Usted no me pondrá requerimientos a mí.

—Puedo hacerlo. Hay muchos peces en el mar por si no quiere a un tiburón.

Las condiciones para que sea su esposa son pocas.

Quiero que me trate con respeto, iré a todas las fiestas que quiera, estará obligado a divertirse y sonreír bailando conmigo, se resignará a que soy una mujer libre de espíritu y no buscará enjaularme, seré su par y me dará actividades para no sentir que soy un adorno.

—¿Todo eso? ¿Entonces cuál es el beneficio para mí si no tendré una esposa dulce, dócil y obediente?

—¿Cómo que cuál es el beneficio? Besarme, ¿eso no es suficiente para usted? —inquirió socarrona.

—¿Quiere un esposo o prefiere un pelele?

—Alguien que no me moleste estaría bien.

—Ajá, entonces ese no soy yo, pues si me aburro la primera en distraerme será usted y lo hará entre cuatro paredes.

—No sé lo que signifique eso, pero está advertido. Si quiere una esposa, convénzame de que usted es mejor que ser libre, feliz y soltera.

—Soy lo mejor que le puede pasar en su triste existencia.

Pedirá clemencia muy pronto, pero ahora, prefiero bailar con la mujer más bella de la noche.

Alguien que estaba ataviada con elegante vestido y embadurnada con una joya que resalta no solo su hermosura, sino que además a qué tipo de caballero quiere pertenecer.

Lady Kitty Fane apunta al nido más alto, al águila.

—Al paso que vamos usted terminará en mi plato como un faisán, excelencia. No cante victoria.

Albert le guiñó un ojo a la joven y después le ofreció el brazo.

Seguía enfadado por no ser el primero en ver a Kitty, pero él era culpable por no presentarse con premura.

Sabía las intenciones de su madre y aliada para conseguir tener segura a la joven.

Le preocupaba que, estando sola, Kitty fuera blanco de caballeros interesados en su dote.

A él no le hacía mal el dinero que ella pudiera tener, lo que podría perturbarlo era que alguien pudiera aprovecharse de la confianza de ella.

—Si bailará conmigo quiero que sonría —mandó la joven.

—¿No se conformará con una sonrisa en privado? No porque a usted le guste exhibirse a mí me gustará. Prefiero mostrarle todo lo que quiera, estando solo usted y yo.

—Quiero que vean que el duque de Salisbury no es alguien amargado.

—No tengo interés en demostrar que no estoy amargado. Prefiero que me perciban así por mi salud. No quiero recibir a nadie y ahogarme en bilis. Admito que no sobreviviría a las visitas en exceso en mi residencia.

—Oh, pobre de usted, pero sonreír es algo obligatorio esta noche —dijo una vez que cogió el brazo del duque para retirarse.

El duque y Kitty fueron al salón a esperar que terminara la pieza que había iniciado.

Albert seguía en la pose de predador de cualquiera que osara mirar a su compañera, en especial al conde que había acompañado a la muchacha con anterioridad.

Al distinguirlo que miraba hacia donde ellos se encontraban, él levantó la mano de Kitty y dejó un beso en ella, eso le dejaría claro que ese territorio era suyo.

La muchacha ya estaba ocupada y si no comprendía por las buenas, lo haría por las malas.

Debía averiguar todo lo que podía del hombre para poder aplastarlo si hacía falta.

Un calor inexplicable recorrió a Kitty por todo el cuerpo.

Albert no intentaba fingir que era un caballero, prefería avergonzarla haciendo que los demás pensaran que se casarían o que, tal vez ella fuera su amante.

Una mezcla de vergüenza y enfado se gestaban en ella.

¿Qué venía después? ¿Orinar en su vestido y marcarla como suya para siempre?

Cuando llegó el turno del baile, ambos fueron al centro del salón, se reverenciaron y comenzaron a danzar.

—No veo la sonrisa que debe tener —habló Kitty que deseaba forzar a Albert.

—Le mostraré mi mejor sonrisa —replicó fingiendo reír.

—Eso es horrible, excelencia. Espantará a los demás invitados.

—Me encantaría hacer que todos se fueran y ser solo nosotros.

—Después de bailar con usted, lo haré con el conde de Pembroke. Se ha comportado muy mal con él y por eso lo recompensaré.

—¿Por qué no me recompensa por los malos ratos que me hace pasar? Haberla encontrado con otro me ha molestado.

—Como le dije antes, no soy de su propiedad y tampoco lo seré al paso que vamos. No me convence de ser el esposo que quiero a mi lado.

—¿Y tiene las esperanzas puestas en un conde? No me haga reír.

—No soy una persona que juzga a los demás con ligereza, pero si una muchacha escoge a un conde por encima de un duque, es por algo, ¿o no?

—Sí, por supuesto. Le dicen malas decisiones, pero a mi parecer deberían llamarse ridículas, absurdas y estúpidas.

—Me divierto al escucharlo muy resentido con la vida.

—Puede llamarme como guste, en el fondo solo yo sé cómo me siento. En fin, considero que usted es una mujer inteligente y escogerá a un duque.

—Creo que usted ha menospreciado mi inteligencia en muchas ocasiones.

—Y lo seguiré haciendo las veces que sean necesarias. ¿Por qué en lugar de bailar no se une a un club de lectura o se convierte en anfitriona de una tarde del té?

—Porque esas cosas no me apetecen. Después me obligarán a hacer costuras...

—Imagino mi nombre bordado en un pañuelo y que usted me lo entrega, demostrando que es una muchacha preparada para las tardes en que el campo está mojado. Será una muestra de que sabe divertirse cuando la situación es adversa.

—Preferiría arrojarme de la ventana del segundo piso.

—Suena doloroso. No piense que morirá, sino que puede quedarse en un estado calamitoso y es peor vivir así.

Ambos siguieron los pasos del baile e intentaron divertirse. Albert lo hacía, aunque su cara no lo dijera. En cambio, el rostro de Kitty era de plena felicidad. En verdad había nacido para disfrutar de los salones.

Al culminar la pieza, ellos regresaron junto a la duquesa. La aristócrata había averiguado mucho sobre el conde de Pembroke y todo eso le interesaría a su hijo.

—Iré a la mesa del tentempié para buscar algo —avisó Kitty.

—Yo la sigo en un momento —pronunció Albert que se quedó junto a su madre.

—He conversado con el señor Staton. Te interesará lo que tengo que decir, pero lo haré en casa.

—Si es algo relacionado a milady necesito saber.

—Sí, tiene mucho que ver.

—Quiero que cuide a milady, madre. Hay muchos buitres queriendo ocupar mi nido.

—No te preocupes. He conseguido un grupo de selectas damas para que ella pueda divertirse. ¿Y tú qué harás?

—Observarla desde las sombras. No bailaré con nadie. En un momento harán que me sienta como un conejo deseando huir de varios coyotes. Lo único que me saca de mi cueva es esa muchacha.

—Al fin estoy cerca de conseguir que te cases, pierde cuidado, yo la vigilaré —aseguró la duquesa, sonriente.

Él asintió a lo que había dicho su madre y fue hacia la mesa del tentempié para reunirse con Kitty, pero al segundo observó y ella estaba siendo abordada por ese nuevo conde.

El asunto comenzaba a molestarlo de sobremanera.

¿Cómo se desharía de él sí la cortesía no era una de sus mejores virtudes?

Pese a sus cuestionamientos siguió su camino hasta llegar a Kitty.

Kitty estaba acompañada por lord Pembroke, pues él también había ido a coger una copa y decidió quedarse junto a ella para conversar.

—¿Tiene una gran amistad con el duque? —interrogó Robert a Kitty.

—No es una amistad. Nuestra relación es accidental. Sus perros han invadido mis tierras, me han atacado y matado a mis gallinas. Ahí empecé a hablar con él.

—Qué desafortunado para usted. Entonces eso significa que la está molestando.

—Quien está molestando a milady es usted, caballero. Mi madre y yo estamos comprometidos con la seguridad de la dama —masculló Albert que se había puesto tras Robert. Él le ganaba en altura al conde por lo que el joven debía levantar la mirada para verlo.

—Lo lamento, su excelencia —pronunció el joven conde, avergonzado por lo que había dicho.

Albert hizo caso omiso a la disculpa y cogió una copa para después apostarse junto a Kitty y colocar una de sus manos en la cintura de ella.

—Supongo que se divierte, caballero. Lamento decirle que milady está muy cansada. Usa zapatos nuevos y sus pies sufren mucho al bailar. Descansará al menos por una hora.

—Lo lamento, milady. Con permiso, su excelencia...

El conde se había retirado sin dilación al escuchar aquello. La situación era muy incómoda.

La joven se alejó de Albert. Ella todavía trataba de entender lo que había ocurrido, por eso el duque se convirtió en un mentiroso compulsivo.

—Si lo vuelvo a ver traeré a mis perros de vuelta y los soltaré aquí para que lo devoren.

—Me avergüenza, excelencia. El pobre hombre era tan amable. No tiene derecho —reprochó Kitty.

—No logrará hacerme sentir mal, milady. En verdad me sentiría bien si dejo a mis perros para que lo devoren.

—Debería contenerse. Estos recursos tan nefastos solo me alejan de usted.

—A quien quiero alejar es a ese esbirro del infierno que, con alguna patraña busca acercarse.

Debe oler que está sola y a merced de cualquiera.

Usted es la única que no logra comprender los peligros de no tener a su hermano cerca.

Para lo que necesita puede usar mi nombre y eso le abrirá puertas y conseguirá respeto.