Familia Fane Capítulo 21
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Capítulo 21

La duquesa se sentía conforme. Arrojaría a esa muchacha a los brazos de Albert por la razón que fuera.

A su hijo lo casaba porque lo hacía. El pequeño inconveniente era que el gran duque de Salisbury había puesto sus ojos en una niña rebelde sin causa, equivocada, malcriada y engreída.

¿Cómo siquiera se atrevía a despreciar a Albert? Esa mujer no sabía lo que era bueno.

—No se sienta culpable por no tener razón, a todos nos ocurre alguna vez. Incluso yo he llegado a pensar que estaba equivocada, pero de un momento a otro me di cuenta de que no lo estoy —dijo la duquesa.

Kitty levantó una ceja al reconocer a la perfección ciertas actitudes de un caballero conocido.

No era culpa de él ser como era, sino que su problema ya venía dentro de sangre.

El duque era un incomprendido al igual que ella, y lo peor quizá fuera que comenzaba a comprenderlo y entender sus razones para ser tan engreído.

Debió ser un golpe muy fuerte para su ego que lo rechazaran por alguien tan inferior.

Ella podía considerar como insignificante ese hecho, mas no lo evaluaba desde el punto de vista del que un caballero lo hacía.

—No sé si es culpabilidad o simplemente injusticia de mi parte. En fin, nunca lo sabré. No me retractaré de nada frente a mi hermano, se burlaría de mí por siempre.

—Se parece a Albert, primero lo torturarían y matarían antes de decir que me quiere. El orgullo no nos deja ver muchas cosas, mientras menos razón, más orgullo.

Las dos damas siguieron conversando en el carruaje hasta llegar a la residencia del señor Paul Staton.

Aquel era un hacendado muy próspero, descendiente de una familia de la aristocracia, solo que no había llegado el título hasta él.

De noche no se podía distinguir con tranquilidad el tamaño de la construcción.

La duquesa y Kitty fueron anunciadas en la entrada. Ninguna de ellas distinguió a Albert dentro de la estancia por lo que pasaron a convivir con otras personas.

—He oído el nombre de la muchacha que usted ha pronunciado, tío —comentó un joven al señor Staton.

—Sí, Robert. Esta es tu oportunidad. Esa niña es hermana del conde de Nottingham. Tú eres un conde y no será difícil que te acerques a ella. Eres bien parecido, además de ser el sobrino del anfitrión.

—¿Y cree que sabrá de mi situación?

—Nadie debe saber que tienes poco dinero. Ella es quien lo tiene. Debes pensar en que la conquistarás. Hay que confiar en tu atractivo. Por lo que vi en la fiesta del duque de Salisbury, le gusta mucho ser alegre, por lo que no será tan difícil hacerse de su confianza con unos bailes.

—¿Y si el duque ya le ha hincado el diente?

—Ese hombre rancio es incapaz de hincarle los dientes al pan, Robert. Esta joven es demasiado alegre para alguien que no gusta de respirar. A por ella, muchacho, es tu solución.

Robert Staton, conde de Pembroke, se hallaba en una difícil situación financiera y necesitaba del empujón que una dote o una rica heredera pudieran darle.

Estaba asfixiado, al punto de ir a la prisión de deudores.

Su tío, el señor Staton, lo estaba ayudando, pero le había sugerido que buscara una esposa para dejar de tapar un agujero con otro.

Por más que se considera joven para contraer matrimonio, estaba obligado a hacerlo, era la prisión, la miseria o una mujer. De todos los males prefería a una dama.

El conde avanzó hacia la muchacha para poder solicitarle un baile.

—Buenas noches —saludó dirigiéndose a la duquesa y a Kitty.

La gran dama recorrió con su ojo crítico al joven, de pies a cabeza sin que ningún detalle se le escapara. Olía a competencia en cualquier lugar y a aquel lo percibía como un hediondo problema.

El caballero elaboró una reverencia para las dos damas.

—Buenas noches —correspondió Kitty. La duquesa se mantenía imperturbable, como si la presencia de aquel le molestaba.

—Me presentaré, milady. Soy Robert Staton, conde de Pembroke, y sobrino del señor Staton, nuestro anfitrión...

—Es un placer, milord. Esta noche me acompaña la duquesa de Salisbury. Soy lady Kitty Fane, hermana del conde de Nottingham.

—Quisiera solicitarle a la duquesa si me concedería un baile con milady —pronunció el conde, que tragó saliva con fuerza al ver el rostro pétreo de la dama.

—Puedes ir, querida. Yo conversaré con el señor Staton.

El joven conde le mostró el brazo a Kitty para que lo tomara. Ella estaba entusiasmada por el baile. Como siempre no le importaba mucho quién fuera su pareja, lo importante era la diversión.

—Usted no estaba en el último baile del vecindario. He visto ahí al señor Staton —comentó Kitty para conversar.

—He llegado hace unos días para pasar una temporada con mi tío. Estuve en un largo viaje —respondió.

—Yo tengo unas semanas aquí. Gloucestershire es aburrido para quienes aman las fiestas...

Ella comenzó a conversar con el caballero para ser agradable. Aquel se notaba manso como cordero y por eso quizá tuviera que estirar un poco la lengua para hablar.

Montado al lomo de un caballo y llegando a la propiedad del señor Staton se encontraba Albert. De ninguna manera se perdería ver a lady Kitty Fane con lo que él le había dado. Él debía tener su momento con ella. No la dejaría ir sin que estuvieran juntos.

Después de ser anunciado, se dio cuenta de que las miradas de las féminas lo buscaban; sin embargo, él buscaba a Kitty.

—Has llegado tarde —anunció su madre que agitaba el abanico para refrescarse.

—¿En dónde está? —interrogó el duque.

—Bailando con un conde, el recién llegado a Gloucestershire —respondió insidiosa.

Sin darse cuenta él hizo chirriar sus dientes. No deseaba que nadie se alzara con Kitty.

—Debería estar cuidando de ella, madre —reprochó.

—Ella se arrojó a sus brazos, ¿qué puedo hacer si desea bailar con otro?

—Qué disfrute de este instante, porque quizá pronto ya no pueda andar bailando con todos los caballeros que quiera.

Como un halcón Albert encontró a su objetivo y la vio bailando, feliz, graciosa y elegante.

Tenía puestos el vestido y la joya que le había regalado.

Lucía con tanta elegancia que había quedado sin aliento, aparte de quedar más enfadado por no ser él quien pudiera disfrutar de semejante habilidad en el baile, ni tampoco ser el único en contemplarla.

Odiaba a otros hombres que representaran competencia para él.

Barrería ese salón con el cabello liso de ese conde si intentaba colocar sus sucias garras en Kitty.

Para mala suerte de Albert, el conde y la muchacha bailaban con mucha alegría y eso hacía que la emoción en los roces fuera mayor. Él se sentía perturbado y a punto de estallar, pero como buen duque, se quedaría atorado con eso hasta que tuviera a Kitty en sus manos.

Una vez que el baile acabó y todos aplaudían, Kitty miró a su alrededor y distinguió los ojos grises de Albert que no dejaban de perseguirla. Al parecer no sentía vergüenza de que lo vieran de manera tan evidente. No sabía si la estaba apreciando o si quería sacarle las entrañas.

Caminó junto al conde que la acompañaba y Albert también lo hacía, cada paso que daban era igual. Eso ponía nerviosa a Kitty, porque sabía que la interceptaría en algún lugar y no podría escapar; no quería escapar.

—Lady Kitty Fane —pronunció Albert en un tono que podría ser acusatorio.

—Su excelencia... —Ella se apresuró a realizar una reverencia. Su acompañante hizo lo mismo.

Albert recorrió al joven que iba con Kitty, levantó una ceja y volvió a mirarlo de arriba hasta abajo. Si no entendía su indirecta, se lo tendría que decir.

Robert permaneció imperturbable junto a la dama, sin tener en cuenta los gestos.

—¿Le importa si le robo a milady? —interrogó Albert al conde—. No hace falta su opinión, porque no me interesa.

Kitty colocó una de sus manos sobre su boca. Estaba escandalizada por el actuar de Albert. Sabía que no era el más amable de los caballeros, pero había pasado los límites.

—Si milady acepta quedarse con usted, me iré —musitó el conde, dejando la responsabilidad en las manos de Kitty.

Ante el drama que se dibujaba frente a sus ojos, ella prefirió enfrentarse al duque y dejarle en claro que no tenía derecho a tratar a nadie de esa manera.

—Conversaré con el duque, pero podremos continuar después... —aseguró la muchacha.

El conde se despidió con unos gestos de cabeza para ambos. Mientras que Albert y Kitty armaban una guerra de miradas.

—¿Cómo pudo tratar de esa forma a alguien tan amable? —increpó molesta.

—Agradezca que no lo tomé de la levita para hacerlo volar como un pajarito.

—No tiene derecho a hacerlo.

—Por supuesto que sí. Yo la he vestido y no quiero que se deleite con lo que yo he escogido para usted. Quería ser el primero en verla y apreciar toda su belleza y su gracia. No alcanza a imaginar que puede ser la más hermosa del mundo.

—No me comprará con esos argumentos. Soy una persona libre y si por haber aceptado sus presentes cree que le pertenezco, le devolveré todo. ¿Quiere que me lo quite ahora?

—Me encantaría verla sin nada, pero eso es indecente y va en contra de lo que considero correcto para una dama que puede ser mi duquesa.

—No soy de su propiedad. No soy un perro, si quiere algo bonito compre un conejo. —Kitty giró sobre sus talones para escapar de la presencia de Albert, pero este la siguió hasta llegar al jardín—. ¡Basta de seguirme! Arruinará mi vida...

—Su vida ya estaba arruinada, no debería culparme por eso. No soy culpable de que sus malas decisiones la trajeran aquí.

—Si mala decisión fue maldecir a mi hermano, me arrepiento de haberlo hecho, quiero que venga a por mí y me lleve a Londres lejos de usted.

—¿Quiere irse lejos de mí porque no me tolera o porque no puede olvidarse de que existo?

—No todo se trata de usted. He fracasado en mi vida, no soy una esposa ideal, ni una buena hermana y menos una vecina excepcional y para colmo jamás seré una criadora de caballos. Soy una tonta y caprichosa muchacha.

Él la vio negar con la cabeza casi hasta el punto de quebrarse, por eso acortó distancias con ella.

—Quizá no sea nada de eso, pero a su manera puede llegar a ser especial y a complementar una experiencia miserable.

Lady Kitty Fane, no soy un romántico empedernido, tal vez esa parte de mí ha muerto en el pasado, pero mis deseos de permanecer junto a usted en contra de mis valores, creencias y posibilidades, son más fuertes, tanto que controlan mi voluntad.

Soy celoso de lo que creo que me pertenece.

Puedo poner el mundo a sus pies si deja de ser reacia al matrimonio.

Es conveniente para ambos cumplir con lo que se espera de nosotros.

Ella lo miraba mientras él le hablaba. Kitty no esperaba romance, ni un amor con palabras, de hecho, no esperaba interesarse en un hombre, y menos en casarse. De repente, Albert cogió su mano y dejó un beso en el dorso.

Los dos luchaban contra lo que sus sentimientos pedían, gritaban que se unieran para siempre, pero sus creencias también eran algo fuerte.

Kitty le daría la razón a su hermano viéndola fracasar en lo que ella creyó un sueño y Albert había dejado caer las defensas que un día construyó contra otra afrenta.

Quien destruyó su barrera era la mujer menos esperada.

Mientras más huían del enamoramiento, él más los perseguía hasta alcanzarlos y engullirlos.

—No quiero casarme. Quiero demostrar que valgo y que perder el contacto con mi familia no fue en vano —confesó Kitty.

—Si no está interesada en casarse hoy, quizá lo esté mañana.

Tome esto como una oferta que podrá hacer efectiva cuando lo desee, no tengo apuro por casarme, aunque sí para que me pertenezca y por eso, he decidido ayudarla para que alcance sus objetivos.

Si usted alcanza los suyos, yo alcanzaré los míos.