Capítulo 20
Al llegar a su residencia, Kitty vio que el carruaje del duque seguía en la propiedad. Ciertamente lo había dejado abandonado en la finca. Eso debería servir para espantarlo, pero al sospechar que aquel más que un caballero era un sinvergüenza, supuso que no se daría por vencido con ella.
De igual manera entró al salón y dejó su cuaderno de dibujo sobre uno de los sillones y después suspiró antes de echar su figura en uno de los asientos. Volvió a suspirar. No quería tener a Albert en el cabeza, pero fallaba, deseaba que dejara su propiedad para estar más tranquila.
—No pensaba encontrarla aquí, milady —dijo el ama de llaves que iba con un trapo en la mano para sacudir—. ¿Dónde ha dejado al duque? Veo que le ha dado un obsequio más…
—Está por ahí —aludió Kitty que después tapó la gargantilla con su mano.
—¿Han peleado?
—Sí, señora Snow. Es insoportable. Me llevo peor con él que con mi hermano.
—Se pelean como perros y gatos para después terminar casados. He visto muchos casos.
—¡Qué le he hecho para que me desee tanto mal!
—No le estaría diciendo esto si no dudara de sus convicciones.
Milady, no sirve para criar caballos. A lo mejor puede ser una buena asistente de caballerizas, pero no más que eso.
Además, ese caballero la persigue y por todo lo que he visto, solo puedo asegurar que pronto tendremos boda.
Si usted no quiere casarse con él, por ningún motivo deje que el conde sepa de su existencia o quizá se vuelva loco por casarla.
En esas instancias usted ya no puede hacer nada si él lo aprueba. Le tocará ser una imponente duquesa...
—¡Qué horror!
—¿Tan malo es ser duquesa?
—No, pero ser la duquesa de ese insufrible...
—Pero usted dice que es guapo, se aguantará.
Kitty hizo un mohín con sus labios al escuchar lo que la señora Snow había dicho.
El ama de llaves continuó con sus quehaceres en el salón, cuando levantó el cuaderno de la muchacha y vio ahí al caballero, dibujado a la perfección.
La mujer turnaba sus ojos entre la joven y su dibujo.
Sospechaba que la hermana del conde estaba demasiado enamorada del vecino, tanto que, admitirlo podría ser como un crimen.
La hermana rebelde de lord Nottingham pronto cedería a su atracción.
Lo sospechaba por las visitas, los presentes, y la misma actitud de Kitty.
Debía tener una lucha interior, porque había salido airosa de Londres y; sin embargo, en Gloucestershire había hallado su karma.
La señora Snow dejó el cuaderno en ese lugar y después fue hacia la ventana y corrió la cortina. Distinguió que el duque subía a su carruaje.
—Ya se va, milady... —contó Agatha.
Ella abandonó su asiento y corrió hacia los cristales para ver cómo se iba. Pensó que él no la vería, pero incluso aquel se despedía con un gesto de la mano, aunque Kitty solo desvió el rostro.
—Ya no lo volveré a ver —anunció Kitty, decidida.
—Gloucestershire es pequeño, comparten vecinos.
—Pero haré lo posible por no encontrarlo nunca más.
***
Albert se sintió realizado al abandonar la propiedad de Kitty y regresar a la suya. Tan solo al entrar, la duquesa se acercó a él y esperó a que contara lo que había ocurrido.
—¿Quiere saber si su hijo se casará? —indagó Albert sonriente.
—No creo que tengamos tanta suerte a la primera, pero tengo fe.
—Entonces siga creyendo, porque este pez se ha escapado de la red.
—¿Qué le has hecho, Albert?
—Nada. Ella no quiere casarse y yo no estoy seguro de que ella sea la mejor opción.
—Quizá no sea la mejor opción, pero es lo que hay aquí y ha venido de Londres. Es hermana de un conde, por lo que ya sabes está preparada. No estamos hablando de una doncella inculta del campo.
—Pues sigue siendo ignorante para rechazar a un duque...
—¿Le has pedido matrimonio? —preguntó la duquesa, emocionada.
—No, pero le dije cómo puede conquistarme si lo desea.
—¡Albert George! —masculló la dama—. ¿Cómo pudiste hacer algo semejante?
—Porque ella no quiere casarse por eso la castigaron enviándola aquí. Debió dejar a medio Londres con el corazón roto.
—Roto por no tener su dote. Cualquier joven rural buscará apoderarse del dinero de una muchacha soltera sin compañía masculina. Apenas sepan de esa dote, tendrá a los caballeros trepando por su ventana.
—Y yo no la salvaré. Ya sabe si quiere algo conmigo en qué lugar encontrarme. No correré detrás de ninguna falda, solo me pondré a disposición.
—Así te quedarás soltero por siempre, Albert. Quiero ver a mis nietos.
—Tenga buena imaginación para conocerlos, o bien, puede rezar más para que esa joven tan dura de roer se despierte un día deseando ser su reemplazo.
Ah, madre, si quiere que mi situación con ella prospere, le pediré que haga uso de sus buenas relaciones con los demás y consiga para mí todas las invitaciones a bailes, conciertos y cualquier otro evento despreciable al que pueda acudir la susodicha.
Una risita pícara escapó de la duquesa.
—¿Te refieres a la bandeja llena, querido? Estás un paso detrás de tu madre. He conseguido invitaciones hasta para cacerías en el otro condado. No subestimes a tu querida madre. Cuando quiero algo lo consigo y quiero a mi hijo bien casado —alegó la aristócrata.
Albert estaba impresionado con las habilidades de su madre.
Podía ser una enemiga de cuidado o una aliada de peso, dependía de su interés personal.
Ella quería verlo casado y él deseaba seguir teniendo cerca a la irreverente lady Kitty Fane.
Su rebeldía lo repelía, pero a la vez lo invitaba a enloquecer por las atenciones que pudiera concederle.
Hasta el momento él había tomado la delantera en cuanto a ofrecerse ante ella.
En el fondo le interesaba saber cómo pensaba de él, qué opiniones tenía en realidad.
Lo que Albert había hablado era cierto, mas sus palabras habían sido dichas con las frases incorrectas, pero era porque él se negaba a mostrarse débil y vulnerable ante el amor.
Prefería estar protegido por la coraza de la petulancia antes que dejarse ver cómo el ser falto de afecto que era.
***
Había llegado la noche en que Kitty iba a bailar.
Estaba entusiasmada por salir de ese aburrimiento.
Tenía dos días sin saber nada del duque al que había besado, aunque poseía un gran pecado: cada vez que la señora Snow no estaba cerca, contemplaba el dibujo de Albert con cierto anhelo, recordando los besos que se habían dado.
Comenzaba a tener pensamientos profundos con la luna y todo para poder despejar su mente confundida.
No sabía cómo tomar lo que él le había dicho días atrás.
Se negaba a entusiasmarse con él y enamorarse hasta cometer la tontería de caer en su juego.
—¡Oh! Qué buen gusto tiene su excelencia, pero con esa joya ha sobrepasado los límites de la amabilidad.
—No quiero que insinúe cosas que no vienen al caso, señora Snow —refunfuñó mirándose en el espejo de la habitación. Se veía tan hermosa, que consideraba un desperdicio no ser vista por el hombre que había pagado eso. Él mismo le había dicho que lo compró todo para deleitarse en ella.
—No hay peor ciego que el que no quiere ver, milady.
—¿Han preparado el pescante?
—Sí, pero la duquesa ha ordenado que lo guardemos —respondió el ama de llaves.
—¿Cómo que la duquesa? —increpó Kitty, asombrada.
—Es eso lo que venía a comunicarle. La duquesa de Salisbury ha venido a visitarla.
—¿Hoy? ¿Ahora? ¡No, no, no! Quiero ir a bailar. ¡Por qué no me parte un rayo o mejor meto la cabeza en el estiércol de las caballerizas!
—Puede despacharla con diplomacia, como una dama de su alcurnia puede hacer.
—¡Tendré un ataque de nervios! Alguien no puede ser tan inoportuno en la vida. Debería estar prohibido visitar después de que el sol entre —farfulló a la vez que cogía su vestido para apresurar su paso.
Mientras bajaba las escaleras no podía evitar que sus dientes chirriaran por la rabia. Intentaba forzar una sonrisa para no ser descortés, pero deseaba degollar a su indeseada visita.
—Cuánta belleza, milady —halagó la elegante duquesa que se hallaba sentada en el salón.
—Buenas noches, excelencia. Muchas gracias por sus palabras... —aceptó como cortesía.
—No quiero importunarla, querida. Solo que ha llegado a mis oídos que irá a un baile, pero he considerado que no puedo dejarla ir sola, pues no tiene siquiera un carruaje y tampoco una compañía de peso para que la tomen en serio.
Déjeme decirle sobre los riesgos para una dama solitaria.
Seré su carabina y me encargaré de cuidarla.
—Le agradezco sus buenas intenciones, pero creo que puedo cuidar de mí...
—No, cariño. Con mi nombre y el de mi hijo, nadie se atrevería a mirarla.
—Su excelencia, yo quisiera bailar, y si no pueden ni mirarme, pasaré la noche aburrida en un lugar y no deseo eso.
—Lo comprendo. Vamos, milady, conversaremos de camino al baile.
—¿Y el duque?
—Ah, mi hijo se ha quedado en la residencia. Hasta donde supe, no estaba muy seguro de salir, pero yo sí necesitaba salir de aquel encierro. Si de Albert dependiera, terminaría muerta en mi habitación.
—Comprendo.
Kitty no pudo negarse por cortesía. No importaba que por sus venas corriera fuego. Esperaba que la duquesa no tuviera sus ojos de águila puestos en ella en el baile, pues resultaría bastante incómodo ser observada en medio de su diversión.
Dentro del carruaje, la duquesa observaba a Kitty con deleite. Sabía que esa prenda se la había dado su hijo. No quería creer que esa mujer estuviera interesada en que ella corriera a los brazos del duque.
—Le explicaré la razón por la que no considero conveniente que vaya sola a algún lugar.
Tal y como yo conozco sobre su generosa dote, cualquier otra persona lo sabrá.
Basta con enviar una carta a Londres para algún pariente y eso se soluciona.
Estamos en el campo, rodeados por una nobleza un poco más rústica, gente que quizá no tenga escrúpulos para quedarse con su cuantiosa dote, milady.
—Para que eso ocurra, yo debo estar de acuerdo —respondió con simplicidad.
—Es tan inocente. Tal y como existen artimañas para que una dama se case con un caballero, también las hay para caballeros que quieren atrapar a una inocente y adinerada debutante.
Le advierto que puede terminar casada con alguien indeseable, y no deseo que le ocurra eso.
Prefiero que pose sus ojos en mi queridísimo hijo.
Solo eso le faltaba a Kitty. Tenía a una duquesa, diciéndole que desposara a un déspota. Madre e hijo habían perdido el buen juicio, debían estar desesperados.
—Excelencia, entre el duque y yo no puede existir nada...
—¿Por qué si los he visto besándose en el baile? No me tome por tonta, milady. Usted se está negando a lo inevitable. Quisiera que considere casarse con Albert por su bien y por el de mi hijo.
—El duque y yo no nos toleramos. Es imposible que podamos casarnos.
Somos incompatibles en todos los ámbitos.
Yo quiero ser criadora de caballos y él quiere...
No sé lo que quiere. No sé si siente frío o calor, si ríe o llora.
Somos indiferentes el uno con el otro. Y hay algo más importante: vine de Londres porque no quería casarme.
—A veces se huye de los problemas, pero estos terminan alcanzándonos. Puedo conversar con su hermano para que hable con usted.
—¡No! No quiero involucrar a Spencer, pues no me escuchará y pactará una fecha con el diablo para casarme. No sabe lo que es vivir con alguien que solo piensa en casar a sus hermanas.
—Soy capaz de entender que solo quiere el bienestar de sus hermanas.
Las está protegiendo ante una terrible ausencia.
Qué buen hermano tiene, milady. Debería apreciarlo y no demonizarlo.
Es un acto honorable. El conde podría preocuparse por su esposa y su hijo, pero lo hace por ustedes ante una eventual desgracia.
Los ojos de Kitty se desviaron del rostro de la duquesa.
Todos tenían razón con respecto a Spencer, ella era la única equivocada, la que nunca lo comprendió tal vez por rebeldía, celos, o la mala experiencia de su padre con su hijo libertino y despreocupado.
Su hermano ya había dejado de lado esa vida de desenfreno y debía entender que él no era el mismo al que su padre vio por última vez antes de morir.