Familia Fane Capítulo 19
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Capítulo 19

Las cosas se le salían de las manos a Albert.

Se había dejado llevar por la locura de acariciar la piel de Kitty.

¿Qué estaba haciendo? Era evidente que construir un nuevo hoyo para echarse a llorar cuando lo rechazaran.

Presentía que en esta ocasión quizá no fuera tan humillante el rechazo, pero sí más frustrante al no tener competencia.

Eso significaba que ni siquiera una solterona podría tomarlo en serio. ¡Era un duque por un demonio!

—¡Excelencia! —exclamó Kitty a quien un escalofrío le recorría la columna y erizaba su piel, pero él no había respondido, seguía pegado a su cuello.

¿Por qué la besaba cada vez que él lo buscaba?

¿Qué pasaba entre ellos? No eran buenos ni siendo cordiales ni odiándose.

No se llevaban bien ni mal. Era una relación extraña que no tenía la capacidad de definir.

Solo sabía que cuando se besaban, el mundo estallaba en algo desconocido y gratificante.

Albert giró a la joven con lentitud y levantó el mentón de ella para alzarse con sus labios.

Él vio que Kitty lo miraba a los ojos y luego hacia su boca, deseaban lo mismo.

Sin perder más tiempo, se apresuró a devorar la cavidad de la muchacha.

Con su mano derecha tocaba el rostro de ella y con la izquierda la pegaba a él para que no escapara de sus atenciones.

La tenía presa y no la dejaría ir con tanta facilidad, aunque ella tampoco se resistía.

La sentía lánguida, cediendo ante su avance hacia la plenitud de lo que tenían en ese instante.

Kitty abría su boca con avidez para recibirlo y se dejaba llevar en aquel baile con la lengua del duque.

Disfrutaba tanto de eso, más de lo que sería bueno admitir semejante acto entre dos solteros.

Era condenable desde cualquier ángulo. No estaban hechos el uno para el otro.

Él tenía requisitos que no podía cubrir por cómo era, y ella deseaba ser soltera, no tenía interés en ningún caballero, salvo hasta que ese que la besaba se había alojado en su mente.

Vivir en Gloucestershire estaba resultando una verdadera amenaza para su vida.

¿Y si se enamoraba de un hombre que deseaba jugar con ella?

Era evidente que las insinuaciones de tener información de primera mano y que conservara el dibujo para contemplarlo eran para mantenerla absurdamente interesada en alguien que no le traería ningún beneficio.

Tal vez quisiera demostrar sus dotes de gran varón poderoso dejando a una joven soñadora con una mano adelante y la otra atrás.

Pese a todo lo malo que pensaba de él, ese roce de la mano de aquel con la tela que cubría su cintura, era una terrible tentación.

Quería empujarlo, recuperar el aliento y la dignidad para luego despotricar en su contra, diciéndole lo que pensaba sobre sus apasionados y conquistadores besos.

Cuando estuvo a punto de quedar morada por la falta de aire, se separó un poco y le dio la espalda a Albert.

Deseaba recuperar la respiración y el decoro, a la vez que acariciaba la joya que llevaba puesta.

El duque se acariciaba los labios con delicadeza e inhalaba aire con agitación.

Los dos se notaban agitados por lo que había ocurrido.

Este era el momento incómodo que venía después de un beso.

¿Cómo justificaría sus acciones? Eso debió pensarlo antes de arriesgarse a besarla.

Una excusa siempre era importante, pero le tocaría improvisar.

—Son zafiros, milady —dijo Albert al ver que acariciaba las piedras para saber qué eran.

—Tengo preguntas que hacerle, su excelencia... —replicó dispuesta a un enfrentamiento.

—La escucho.

—Primero que nada, ¿por qué me ha dado una gargantilla?

—Porque lo merece. Lo compré el mismo día que la prenda, pero sin que mi madre lo supiera o a estas alturas viviríamos una locura. El collar es a juego con unos aretes, pero si los quiere, deberá acceder a un pedido mío.

—¿Un pedido suyo?

—No repita lo que digo. Quiero que acepte que yo la retrate.

Ella tenía el mentón tocando el suelo. ¿Para qué deseaba retratarla?

—No puedo concederle eso sin que responda otras preguntas...

—Responderé las que quiera.

—¿Por qué me besa? Es la tercera vez que lo hace desde que nos conocemos. ¿Qué nombre tiene lo que ocurre entre nosotros? No sé si usted se acostumbre a besar a muchachas por el campo, pero le advierto que yo no acostumbro a eso.

Él guardó silencio para poder pensar en qué responder, no tenía muchas palabras para hacerlo, pero tomaría a su bestia interior para que lo guiara.

—Tengo gustos culposos en ocasiones. Besar es divertido, un buen deporte —respondió entre carraspeos.

—¿Gustos culposos? —increpó indignada.

—Es muy hermosa, lady Kitty Fane, y no lo negaré. Por algo tiene ese collar en el cuello. En este caso no solo es por ser bonita, sino también por ser talentosa. En el fondo confiaba en que haría algo bueno, es la hermana de un conde, no cualquier mapache.

—¿Me estaba comparando con un mapache?

—No, aunque quizá sus ojeras no fueran tan delicadas. Duerma mejor.

—Qué caballeroso. Primero besarme es un deporte y después no ser un mapache. Usted es una caja de sorpresas, su excelencia.

—No se ofenda por lo que le dije. En ocasiones peco de responder sin pensar.

—Es más fácil pedir perdón que pensar dos veces, ¿no es así?

—No acostumbro a disculparme, solo usted ha logrado doblegarme en ese aspecto...

Le diré la verdad. Los besos entre nosotros no tienen explicación posible.

Admito que usted me resulta demasiado atractiva para permanecer indiferente ante sus atributos.

Puede que me parezca impertinente y ridícula con alguna de sus ideas, pero considero que sus virtudes son mayores... —confesó sin darse cuenta.

Esa respuesta había sido algo inesperado para Kitty. Ahí supo que la atracción entre los dos era mutua, que quizá los pensamientos intrusivos que había tenido durante el beso, no fueran correctos, aunque la premisa más importante era: ¿cómo reaccionar después de lo que él había dicho?

—Creo que los dos sabemos lo que no deseamos, excelencia, y usted sabe que no tengo intenciones de fijarme en nadie, llegué de esa manera a Gloucestershire y así me quedaré.

—Comprendo sus negativas y no tengo intenciones de discutirlas. Esperaré a que el tiempo resuelva si seguiremos de esta forma o buscaremos a alguien que se la lleve a la casa de su hermano en Londres si me menosprecia.

¿Él la estaba amenazando? No daba crédito a todas las confesiones que estaba haciendo el duque. Era bueno saber que le atraía mucho, pero malo al considerar que no podría rechazarlo.

—No quiero pensar que me ha amenazado, excelencia —habló Kitty fingiendo incredulidad.

—No creo que me rechace, usted es simplemente caprichosa y no me gusta tener que lidiar con los caprichos ajenos, con los míos tengo suficiente. Le advierto que, si en un futuro quisiera tenerla como esposa, lo lograré. Puede correr, pero no esconderse.

—¡Pero si yo no quiero escoger entre nadie!

—Estamos hablando de una situación hipotética. Le daré un panorama más claro, si mi interés por usted llegara a límites insostenibles, le solicitaré matrimonio y espero que acepte.

—¿Ahora espera que acepte?

—Es mejor siempre hacerlo como se debe. Una vez me hice a un lado, pero porque ella tenía a otro hombre; sin embargo, usted no. Se puede decir que es libre, claro, dentro de los límites de la libertad femenina.

—Su presente es muy bonito, pero prefiero devolver esto antes de conseguir llevarlo a límites insostenibles...

—Le prohíbo que lo devuelva. Si lo hace tendré que arrojarlo al fondo de un río, pues nunca se lo daré a nadie más. Fue comprado para complacerme al verla lucirlo.

—Me lo quedaré, pero eso no significa que usted me verá utilizarlo en alguna noche. Sé que no es muy asiduo de los convencionalismos, y es por eso que luciré el vestido que me ha repuesto con esta joya en el baile de nuestro vecino cercano.

—¿Baile? ¿De cuál vecino? —curioseó.

—No creo que le interese. Mientras que usted esté fumando su cigarro y bebiendo su brandi, yo estaré bailando hasta que me duelan los pies. Sabe que me gusta bailar.

—Sea decente cuando lo hace. Puede despertar el ardor en los caballeros con sus apasionados pasos. No me odie por ser sincero con usted. No tengo sentimientos en este instante, pero me agrada más en lo físico que en sus tonterías con poca originalidad.

—Oh, me estoy muriendo por sus ofensivas palabras...

¡Me lastima, excelencia! —se burló haciendo gestos exagerados—.

Opino que es mejor cortar nuestro relacionamiento.

Usted tiene sus tierras, sus perros y su vida, y yo tengo mis reposiciones por su culpa.

Siempre debió ser así. ¿Para qué arriesgarnos?

No quiero odiarlo mucho. Considero que rechazarlo puede envenenar mi alma.

—Entonces no me rechace... —Albert dio unos pasos hacia ella.

Kitty retrocedió, pues sabía lo que venía cuando él se acercaba. Volvería a caer, a perder el juicio.

—¡No se acerque! Ha sido suficiente por hoy. Me está asustando. No sé si se burla o en realidad es un demente, pero lo que yo puedo dejarle claro es que prefiero mantener distancias. No quiero ser su adorno.

—Nadie dice que lo será... Todavía...

Él siguió avanzando y ella retrocediendo. La vio coger su cuaderno y su grafito y salir de la edificación en ruinas. Lo miraba mientras se retiraba a pasos agigantados.

—¡No quiero ser un adorno! ¡No! —sentenció antes de desaparecer de la vista del duque.

En el rostro de Albert se había dibujado una sonrisa, aunque después dejó escapar una risa.

Había enloquecido al decirle eso, pero era la consecuencia de pensar en ella todo el tiempo y de que le encantara verla y escucharla.

Sobre el matrimonio, no quería arriesgarse, ni que su madre tuviera razón con respecto a la candidata correcta.

Antes de que su madre le echara el ojo a lady Kitty Fane, él ya le había robado un irreverente beso y a medida que más compartían, seguía sumando besos.

Ya que estaba sobre aviso por parecerle deseable, ella lo evitaría, pero él estaría hasta en su bañera si hiciera falta.

El evento más cercano era el de su vecino desconocido, por lo que debía comenzar a mover los hilos para conseguir esa invitación y cualquiera a la que pudiera asistir su querida vecina.

Kitty caminaba con rapidez hacia la casa.

Llevaba su cuaderno al costado izquierdo de su cuerpo, a la vez que su mano derecha iba en su frente, como si se estuviera tomando la temperatura, pero lo que hacía en realidad era intentar descifrar lo que había ocurrido.

La señora Snow quizá no exageraba. Comenzaba a temer por su futuro.

De cierta manera le daba miedo ser soltera, pero más miedo le daba aceptar a Albert.

Ni siquiera podían dejar de pelear al menos unos minutos.

Temía tomar decisiones absurdas como casarse por amor sin ser un poco inteligente.

Victoria era su pleno ejemplo de lo que no quería, aunque en su situación, el duque no tenía hermanos, mas sí una madre.

No tenía problemas de dinero, todo era maravilloso, salvo el carácter de ese caballero.

La humillaba, la molestaba, pero luego la halagaba y ella pasaba por algo todo con sus monadas.

Hasta lo había dibujado, y él estaba interesado en devolverle la misma cortesía con un retrato.

Alejarse era la solución para no caer en la locura.

Tarde o temprano lo olvidaría y sería feliz.

No podía creer que el deslumbramiento por ese hombre durara más de seis meses.

Apenas llevaba semanas en ese lugar. Estuvo expuesta a tantos caballeros de mucho atractivo y había sido inmune, y consideraba que un duque con pésima educación no la tendría enloquecida.

Lo dejaba besarla porque a ella también él le parecía muy atractivo; sin embargo, eran incompatibles.

Se matarían al primer día de matrimonio.

Ella no era capaz de tolerar muchas de las cosas que otras quizá sí aceptaran.

No, ella no se resignaba a ser un simple e insulso adorno que un esposo pasearía como a su perro y que la exhibiría como si fuera un caballo.

—Voy a terminar loca si sigo pensando en su excelencia. ¿Y si mejor regreso a Londres y pido clemencia a mi hermano? Mejor una humillación antes que un mal matrimonio —farfulló.

De todos sus males, el menor era Spencer y sus cinco hermanas y una posible miseria futura, pero necesitaba escuchar a su voz interior, a la que hablaba con racionalidad y no a la que quizá en el fondo moría por ser duquesa.