Capítulo 18
—Parece lógico, pero no estoy convencida —confesó la muchacha.
—Lo que a usted le preocupa es no encontrar a alguien que tolere sus impertinencias. Lo entiendo a la perfección, me interesa hallar a alguien que me soporte.
—Dudo que exista alguien capaz de soportarlo, pero le desearé suerte en esa empresa.
—Lo mismo le deseo a usted. Imagine quedarse soltera, que su hermano muera, que ese bebé que espera sea una niña y que me tenga de vecino hasta sus últimos días, ¿no le parece desgraciado?
—Un panorama desolador... —rio al responder.
Llegaron hasta las ruinas de lo que antes había sido una construcción.
—¿Sabe qué es este lugar? —indagó el duque.
—No, no lo sé.
—Debería averiguar cosas. Cada vez que le pregunto algo, usted no lo sabe... —bufó.
—¿No le parecen bonitas estas ruinas? Escogí este sitio para dibujarlo. Le dará un aire natural. Usted y las ruinas van de la mano.
—Intentaré no molestarme por su insinuación...
Ella soltó el brazo tibio del caballero y buscó algún escombro en el que pudiera sentarse.
—Ubíquese junto a esa enredadera —mandó Kitty—. Por haber sido tan generoso con sus presentes, lo dibujaré muy bien. Ya no estoy pensando en ponerle un tercer ojo.
—Ajá. Si me atrevía a venir con las manos vacías, me temo que en lugar de manos me pondría tentáculos.
—No exagere, eso podría llevar más trabajo. Colóquese como guste... La pose la escoge usted.
Albert todavía no llegaba a la conclusión de cuál sería su mejor ángulo, quería una posición que le permitiera observarla.
—Me pondré de frente a usted y la veré durante todo el tiempo.
—Haga el favor de parpadear para saber que está vivo.
Él puso un rostro serio e imperturbable. Su mano izquierda cogía su levita y la derecha estaba a su espalda. Su postura era elegante.
Kitty lo observó quedarse quieto en esa posición.
Su mirada era escrutadora, pero ella no se dejaba amedrentar.
Comenzaría con los primeros trazos sin inquietarse por los ojos grises que no la dejaban en paz.
En ese momento podía darse cuenta de que el duque era muy atractivo y él lo sabía.
Se sentía seguro de todo lo que hacía, para aquel no parecía existir vergüenza.
—¿Por qué no se ha casado aún? —interpeló Kitty a la vez que colocaba líneas en su cuaderno para armar la figura del caballero.
—Es algo largo de contar...
—Tenemos tiempo de que me cuente. Si algo traje de Londres son las ganas de hacer cotilleo.
—¿Por qué le interesa?
—Por cotilla, ¿qué otra razón podría tener?
—Siempre es importante saciar la curiosidad ajena. Le contaré una de mis mayores vergüenzas. Todos en la vida la tenemos.
—¿Un duque? Usted no es igual a los demás mortales.
—Ciertamente no, y por eso las vergüenzas y humillaciones son peores. Una vez le pedí matrimonio a una muchacha...
La mano de Kitty se detuvo al oírlo. ¿Había pedido matrimonio a alguien? ¡Quería saber esa historia!
—Siga... —pidió intentando fingir que no estaba ansiosa por saber más.
—Fue hace ocho años, cuando era muy joven.
Creí haber hallado a la mujer de mi vida, una bella debutante de nombre Grace.
Sin embargo, no me había dado cuenta de que mis intenciones no eran correspondidas.
Cuando le confesé mi interés, me dijo que uno de mis amigos le había solicitado matrimonio y ella había aceptado.
Lo sentí como una traición porque, en ese tiempo tenía amistades.
Sabían qué deseaba. La deslealtad es un veneno capaz de acabar con quien sea.
—Desgraciado, ¿cómo pudo traicionarlo? Era una pésima amistad —se quejó, ofendida, y hasta escandalizada como si fuera que la hubieran traicionado a ella.
—Eso no importa, pero ese hecho es el que me impulsó a quedarme aquí, lejos de la burla. Imagine que prefieren a un conde por encima de un duque. Es... la peor humillación que alguien podría recibir. El orgullo de un caballo es su activo más importante y una deshonra lo desvaloriza demasiado.
—Considero que ocho años han sido suficientes para recuperarse.
—Sí, me he recuperado, pero no ha sido fácil.
Cuando alguien involucra los sentimientos por encima de la conveniencia, es donde vienen los problemas.
Cuando escoja a la que será mi esposa, lo haré sin sentimentalismos, sin galantear con ella.
Si quiere algo, que me convenza de que es la que debo escoger.
Ya en el pasado me mostré tonto y enamorado, eso no volverá a ocurrir.
—¿Entonces se dará el lujo de no escoger, pero que sí lo escojan?
—Sí. Que me escoja una dama y si yo me decido por ella, se convertirá en mi esposa. Solo necesita una buena presencia, alta dote, educación y fortaleza para tolerarme.
—Oh, ya en lo último creo que tenemos el problema. ¿Soy la primera en saber sus requisitos?
—Sí. Tiene la ventaja de ser afortunada y de tener información de primera mano para conquistarme si quiere pescarme—dijo burlón.
—¿Pescarlo? No estoy interesada. Ser su esposa sería un suplicio y todos mis miedos se harían realidad. Agradezco que me insinuara que yo me insinuara a usted, pero creo que seremos vecinos eternos.
—Al parecer siempre estaremos cerca, porque quedará abandonada aquí. Le prometo acogerla si su hermano llegara a morir sin descendencia masculina. En parte me agrada y en parte no, pero me alienta a no sentirme solo.
—A mí me ocurre lo contrario, me alienta a estar sola...
—Es una mujer casquivana, milady, veremos qué sale de su supuesto dibujo. Guardemos silencio, no quisiera que equivoque mis facciones.
A Kitty no le quedaba más que sonreír. Todavía seguía intrigada por saber las razones que una dama tenía para ser una condesa y no una duquesa, aunque tampoco era muy difícil de entender que ese caballero por más atractivo que fuera, era insufrible.
Tal vez el otro era más encantador, porque en términos de dinero, un duque era mejor que cualquier otro candidato.
Quizá la dama se enamoró como Victoria y fue corriendo a abrazar la miseria de la misma manera.
Si Kitty hubiera recibido una propuesta de un duque y ella hubiera sido casamentera ocho años atrás, a esas alturas sería la duquesa de Salisbury.
Sonrió al pensar en esa tontería. La realidad era que, tanto él como ella, morirían solteros, por más que el caballero quisiera casarse, sus requisitos lo harían imposibles, ¿dónde encontraría a la descocada que le seguiría la corriente?
Siguió con su dibujo e intentó no perderse en pensamientos absurdos, aunque eso era difícil, y más si miraba al duque en esa posición en que era imposible ignorarlo.
Era tan apabullante con su personalidad que hasta comenzaba a respetar su propio dibujo gracias al parecido que guardaba.
Estaba captando todo lo que él era y no podía decir que no le gustaba lo que veía.
Se identificaba con él, aunque fuera un varón.
Tenía mucho más poder, del que ella hubiera soñado.
Ya con ser hombre, nacía poderoso. El infortunio de ser una dama era que, siempre debían parecer frágiles, gráciles, poco inteligentes y dispuestas a recibir órdenes.
Desde que su padre falleció, lo veía todo diferente.
Para ella, su hermano era una figura de autoridad gracias a las necesidades que se creaban para una mujer.
No necesitaba un marido, pero el conde debía encontrarle uno, aunque sí necesitaba dinero y su hermano no estaba obligado a dárselo, para eso ella requería un esposo rico.
—Si se le escapan las risitas, no acabará —pronunció Albert que la notaba cada cierto tiempo esbozar una sonrisa.
La verdad que él estaba disfrutando mucho al observarla en medio de su concentración.
Se dio cuenta de que la cara de la joven era capaz de hacer muchas expresiones, y para su buena fortuna, ninguna era de desagrado.
¿Sería posible que pudieran repetir una ocasión similar?
—No me rio de usted, sino de mis pensamientos...
—¿Qué le dicen? ¿Qué soy como un dios griego en la tierra?
—No me haga reír o tendrá hocico —dijo entre risas.
—¿Qué le parece si yo la pinto?
La joven apartó su grafito del cuaderno y se dispuso a mirar al duque con incredulidad.
—¿Pintarme?
—Soy un aficionado a la pintura. He pintado petirrojos, perros, caballos...
—¿Humanos?
—Empezaré con usted, aunque no la describiría como una humana con tanta ligereza, más bien sería como una diosa, pero por lo odiosa.
—¡Estuve a punto de creer que era un caballero! —espetó entre risas—. Le podré hocico por hacerse el simpático.
—Considero que, si sale de sus manos, igual será considerado arte.
Esas idas y vueltas de palabras los mantenían en una conversación que les interesaba mucho, cada uno con expectativas distintas, pero que al final de alguna forma hacía que se acercaran más.
—Veremos si queda conforme con lo que tengo aquí antes de que le dé un fuerte dolor de cuello —aludió la muchacha dando unos retoques al dibujo.
Tres cuartos de hora después, ella tenía listo el dibujo, solo le quedaba dar unas últimas puntadas y terminaba.
—Está listo —comunicó Kitty, a la vez que daba la vuelta el cuello y trataba de ponerse de pie.
Albert tenía el cuerpo endurecido en esa posición.
No se había movido para nada. Era alguien que estaba acostumbrado a lo pintaran, aunque siempre era molesto permanecer en una misma postura; sin embargo, ese tiempo había sido agradable junto a Kitty.
Si bien, en un principio casi se arrancaban los ojos, él lo hacía por ser un caballero y por estar preocupado por ella.
Quizá Kitty no entendiera lo que significaba, pero Albert no deseaba que se hiciera daño porque, aunque le costara afrontarlo.
Estaba interesado en ella de alguna forma en la que no quería admitir, pues volvía al inicio de su sufrimiento de hacía ocho años atrás, mas en esta ocasión era distinto, lady Kitty Fane había hablado con la verdad desde un principio.
No había otro caballero galanteando con ella, sino que no había encontrado al hombre ideal y vivía en una fantasía de la que tarde o temprano terminaría saliendo.
Esperaba que fuera lo más pronto posible.
—Se me entumecieron hasta los pensamientos en esa posición en la que me mantuve —se quejó con cierta diversión en sus palabras.
—Es la mejor estatua viviente que he visto. —Kitty se acercó a él y extendió su cuaderno para que Albert mirara.
Al ver el dibujo de la joven, se quedó impactado por el buen trabajo que había realizado. Se reconocía a la perfección, incluso podía notar en él la soledad que llevaba en sus hombros. Lady Kitty Fane fue al fondo de él con solo una mirada a sus ojos.
—Admirable. Déjeme felicitar a su institutriz. Qué excelencia en los trazos. Definitivamente se merece mi admiración. Me demuestra que su educación ha sido buena y que por el camino adquirió malos hábitos —habló para disfrazar su verdadera admiración por ella.
—Eso debe ser un halago si ha salido de usted —musitó un poco avergonzada. Vio que él había desorbitado sus ojos al distinguir su figura en el papel—. ¿Quiere llevarse el dibujo?
—Prefiero que lo tenga y se deleite en mi ausencia.
—No voy a mirarlo en su ausencia, no sea atrevido, excelencia —masculló sonrojada.
Él rio como un pícaro, después con una mano hurgó en su levita y al sacar algo cerró la mano.
—En esta ocasión me tomaré la libertad de ser atrevido y le pediré que se dé la vuelta y cierre sus ojos —musitó Albert.
—¿Para qué?
—Para una sorpresa...
—¿Una sorpresa? ¿Desde cuándo usted se acostumbra a sorprender?
—Desde siempre, milady, ¿puede dejar de indagar y hacer lo que le pido?
A Kitty le emocionaba pensar en qué podría ser esa sorpresa. No tenía nada alrededor de él que le diera una idea. Quizá solo hiciera un mohín.
El duque abrió una gargantilla para colocarlo en el cuello de la joven y trató de no temblar. Era la primera vez que hacía algo similar.
Ella siguió esperando hasta sentir que algo pesado y frío se había colocado en su cuello.
Dio un respingo, pero sintió que una mano impidió que se diera vuelta para mirar al duque.
Después, esa misma extremidad comenzó a recorrer su garganta con suavidad.
Un dedo subía y bajaba por el lado derecho de su clavícula.
Era la primera vez que sentía algo similar, aunque la más avasalladora de las sensaciones la tuvo cuando sintió la humedad de unos labios besando su piel.