Familia Fane Capítulo 17
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Capítulo 17

Albert tenía en mente llevarle lo que él había comprado para Kitty, contando también lo que su madre, con atribuciones que no le correspondían había adquirido para la muchacha.

Al parecer ella deseaba humillarlo haciéndole creer a la vecina que sus intenciones eran las de un acercamiento personal, aunque no estaba muy lejos de ser una intención real en el fondo de su corazón.

Ese día su madre no se había ofrecido para ir con él a la casa de Kitty, ella deseaba arrojarlo solo a la boca del lobo, pero era mejor así. Vaya carabina que tenía la pobre lady.

Los criados cargaron las cajas en el carruaje para que él se dirigiera a esa casa, pasaría muchas horas ahí, pues haría que ella lo dibujara. Era una buena excusa para quedarse viéndola un buen rato sin tener que justificarse. Esperaba que no fuera tan rápida para disfrutar de ella.

Dentro del coche se permitió estar en paz, pero pensando en qué decir de todos los presentes que tenía para entregarle a Kitty.

No quería que ella creyera que estaba muerto de interés o que quisiera algo distinto a un relacionamiento respetuoso, ni siquiera debía ser cordial.

Por un par de motivos él no se permitía verla como una mujer que pudiera convertirse en duquesa.

Además de su educación, el inconveniente era que ella estaba loca.

Ser solterona era una locura y lo seguiría siendo hasta el fin de los tiempos.

No compartía ninguno de sus pensamientos y menos sobre la crianza de caballos por parte de una mujer.

¿Con qué alimentaría a los caballos? ¿Con té y galletas de mantequilla?

Lady Kitty Fane no era racional, era bella, pero carente de buen juicio a su parecer.

Una vez entrando a la propiedad, no la había encontrado en el jardín, adornándolo con su elegante y graciosa figura, ¿en dónde estaría ese bello colibrí?

Su cochero abrió la portezuela para que él bajara y después fue hasta la puerta de la casa para anunciar a su patrón. Golpeó un par de veces hasta que el ama de llaves abrió.

—¿Qué se le ofrece? —preguntó la mujer que había visto solo al cochero y no al duque.

—Su excelencia, el duque de Salisbury, ha venido junto a lady Kitty Fane —anunció el hombre.

La señora Snow sacó la cabeza y vio al caballero, con el ceño fruncido, la mirada altiva y una actitud de impaciencia, mientras se acercaba a la puerta. ¿Qué le diría? No podía decir que la joven se encontraba clavando madera para un corral.

—Por favor, pase, excelencia. Milady está en las caballerizas, iré a traerla —dijo la mujer.

—No se preocupe, yo iré a por ella —replicó Albert.

El rostro del ama de llaves era de horror. Aquel vería a Kitty en una situación poco favorecedora.

—Deje que le sugiera que se quede a esperarla, su excelencia —pronunció nerviosa, pero él ya había tomado el rumbo a las caballerizas.

Kitty había decidido dejar el aburrimiento de lado y ponerse manos a la obra para empezar con el corral para liberar a los viejos caballos.

Pese a la negativa de sus sirvientes, ella insistió y ahí se encontraba acarreando madera con su fino vestido y también cogiendo un martillo y un par de clavos.

Realizar esa tarea la mantenía con la mente ocupada. No había nada peor que una mente ociosa que la llevaría a pensar en la decisión más sencilla al caer en desesperación: un esposo. Trabajando se sentía útil y era divertido.

Ella colocó un clavo para martillar; sin embargo, algo en su interior le pidió que girara la cabeza. Para su gran sorpresa, ahí se hallaba el duque de Salisbury, con la quijada en el piso, escandalizado tal vez al verla en esa actividad.

—¿Qué se supone que está haciendo? —reprendió Albert que se acercó a ella y le quitó los implementos que tenía en la mano. Le preocupaba que estuviera haciendo otra de sus locuras.

—Trabajando... Por cierto, buen día, excelencia...

—Estas cosas no son para mujeres. Es peligroso para sus delicadas manos. Usted es una dama. ¿Quién ha dejado que hiciera esto? Me temo que debo intervenir para que no se haga daño.

Ella volvió a arrebatarle las herramientas a Albert.

—¿Acaso necesito la autorización de alguien? Esto es tierra de nadie. Mi hermano me dejó aquí a la deriva, en medio de la nada.

—Me obliga a que busque a su hermano para conversar sobre usted y sus tonterías.

—¿Está amenazándome? —increpó burlona.

—Actuaré de oficio para no amenazarla. Soy un caballero y no puedo permitir que una mujer, por más demente que sea pierda una mano o se dañe de una manera irremediable.

—Nadie lo ha invitado a meterse en mis asuntos.

—Una dama necesita de un varón para sus asuntos. En ausencia de su hermano, me encargaré de usted y no aceptaré sus discusiones.

—¡Soy una mujer libre! No se meta en mi vida.

Kitty arrojó las herramientas a un costado y se alejó, pero aquel no la había seguido.

—Lady Kitty Fane no debe volver a tocar una sola herramienta que pudiera dañarla.

El que se atreva a desobedecer esta orden, será acusado con el conde de Nottingham.

Mi acusación será sangrienta en contra de ustedes por exponer al peligro a la hermana de lord Nottingham —masculló Albert, amenazante.

—¡No son sus trabajadores, no puede darle órdenes! —exclamó Kitty que había regresado solo para impedir que siguiera mandando en esa propiedad.

—¿Quiere que busque un poder de su hermano? Soy capaz de mentir con tal de protegerla. Puedo convencer a un conde con un chasquido de dedos.

La boca de Kitty había quedado más que descolocada. ¿Quién se creía ese hombre para tener poder sobre ella? No se lo permitiría.

—No se atrevería, ¿sabe por qué? Porque mi hermano pensaría que está interesado en mí. Inventaría un chisme en Londres con tal de casarlo conmigo.

—¿Y? No tengo problemas en que me casen con usted. No es tan fea.

—¿Qué no soy tan fea? ¡Sinvergüenza! ¡Soy una dama hermosa, inteligente y excepcional! ¡Convertiré su vida en un infierno!

—¡Excepcionalmente imprudente! Acate las órdenes de no meterse en problemas, le irá mejor. Enviaré a mis sirvientes otra vez para que realicen estos trabajos. —Él cogió la mano de ella y la acarició con su mano enguantada—. Quiero que sepa que soy un demonio y que el infierno es mi hogar.

¡Qué atrevimiento por parte del duque! Tomar su mano y decir que su hogar era el infierno, superaba cualquier cosa que Kitty hubiera imaginado.

Lo que ella estaba viviendo en Gloucestershire era algo insólito.

Ni siquiera su propio hermano se había preocupado por lo que hiciera.

En cambio, ese caballero metiche, había dado órdenes a sus criados y la había amenazado con conseguir que su hermano estuviera a su favor.

Spencer no dudaría en entregarla a cualquiera y más si un duque se ofrecía a hacerse cargo de ella.

Si eso ocurría, podría considerarse perdida para siempre.

—No se atreva a tocar mi mano, excelencia, y menos después de amenazarme. —Ella alzó el mentón y comenzó su caminata hacia la residencia.

—Me preocupa que se haga daño —alegó lamentando aquel distanciamiento.

—Me hace más daño el aburrimiento —replicó molesta.

—He venido a sacarla de ese aburrimiento. Me tiene aquí para que en verdad haga algo que sea digno de una dama.

—¿Quiere que le borde un pañuelito?

—No estaría mal esa cortesía, pero sería pedirle demasiado. Vine a que me dibuje. Eso la hará practicar sus habilidades y olvidar su monotonía.

—Ah, es cierto. Me había comprometido a que lo dibujara...

—Pero no todo es trabajo, milady. Cumplo mis compromisos. Le pido que me acompañe hasta su residencia.

La joven dejó que él fuera a su lado rumbo a la casa. Entraron por la puerta principal. Ahí Kitty pudo distinguir que había demasiadas cosas en el lugar. Ella miró hacia la derecha y notó al duque sonrojado.

—He traído su vestido —contó avergonzado.

—¿Me lo ha traído para armar? No soy la mejor costurera que haya visto.

—Le pediré que no se burle, pero hice el pedido de un vestido para usted, pero mi madre ha extendido sus tentáculos y ha solicitado un par de cosas más que espero que sean de su agrado.

Kitty no podía ser indiferente a los presentes.

Tenía una gran afición por los vestidos y no solo por lo bello que eran, sino que también porque un duque había escogido algo para ella.

De cierta manera se sentía orgullosa. Trató de no enloquecer de emoción y fue hacia una caja y al abrirla, encontró un vestido de seda y satén rosa pálido.

Se mordió los labios tratando de detener su felicidad, pero al final liberó su sonrisa y dirigió una mirada de picardía hacia Albert.

Al ver que ella se colocaba el vestido sobre el pecho a la vez que sonreía, se concibió satisfecho, incluso él sentía que la expresión de su rostro había cambiado.

Se percibía distendido, con sus facciones suavizadas por el contagioso espíritu de Kitty.

Deseaba que se probara ese vestido para ver cómo le quedaba.

—Qué buen gusto tiene, su excelencia —halagó con sinceridad.

—Es lo que merece una dama a la que unos perros casi devoran —respondió él, viéndola maravillada con el presente.

Sin soltar el vestido fue hacia las otras cajas. Encontró guantes, sombreros, un chal, un abrigo y listones. Todo de finas terminaciones para abarrotar su armario. ¿En dónde pondría todo eso? ¡Qué bobería preocuparse por eso! Usaría el armario de la habitación contigua.

—Espero que todo sea de su agrado y se sienta complacida —musitó Albert, entusiasmado.

—Usted tiene una innegable capacidad para molestar a la gente, pero una mucho mayor para agradar. Se ha tomado muchas molestias para lo que yo esperaba... —admitió Kitty que se sentía contenta y conmovida. Su enfado se había disipado en un abrir y cerrar de ojos.

—Y tengo algo que le agradará más una vez que termine de dibujarme...

—¿Hay más?

—Si quiere saber qué es, mejor apresure el paso.

—¡Señora Snow, traiga mi cuaderno de dibujo! —vociferó ansiosa.

La mujer que dejó la cocina, se asombró por lo que veía. Sabía que esas cajas no solo le agradarían a la joven, sino que terminarían por conquistarla. Lo que suponía que se estaba haciendo realidad. El duque metía a lady Kitty Fane en el bolsillo.

—Sí, milady —acató la señora Snow y fue a buscar lo que le había solicitado.

Cuando recibió su cuaderno y su grafito cogió desprevenido al duque. Lo tomó del brazo y lo arrastró fuera de la casa.

Tan asombrado como divertido, Albert se dejó llevar por ella.

—Iremos a un lugar muy bonito de mi propiedad. Hay una construcción antigua, muy bonita aquí cerca... —habló Kitty.

—Voy al lugar al que me lleve. ¿Qué tan amplia es la propiedad?

—La verdad es que no lo sé. Ya sabe, por accidente estuve en la suya y casi no lo cuento. ¿Alguna vez se disculpará por eso?

—¿Por defender mi propiedad? Nunca lo haría. Usted era una intrusa irreverente.

—¿Siempre es así?

—¿Así cómo?

—Tan arrogante y engreído.

—¿Y cómo debo ser para corresponder a sus gustos? Supongo que una muchacha debe tener sus requisitos para un caballero.

—¿Requisitos? Si los tuviera quizá estaría casada, excelencia. No hay nadie que abra mi mente al matrimonio.

Ambos seguían caminando agarrados del brazo, alejándose cada vez más de la casa.

—Cualquier joven estaría ilusionada en su primera temporada, igual que algún caballero que quisiera galantear con alguien que ha conocido —comentó el duque, curioso.

—En realidad, antes sí deseaba casarme, pero al ver la vida de mi cuñada y de su prima, me convencí de que la soltera era mucho más feliz.

No estaba al pendiente de nadie más que de sus propias necesidades.

En cambio, Victoria parece un perro detrás de mi hermano, y ahora que está embarazada le ha prohibido ir a los eventos sociales.

No quiero ser un florero que debe parir hijos. ¿Qué hay de mí y de mi diversión?

—¿No ha evaluado que puede ser dueña de su propia casa?

Los hombres y mujeres tenemos funciones distintas.

Le diré como lo entiendo yo. El caballero obedece a lo que la mujer manda, por más que quien sea la cabeza del hogar sea el varón.

Como esposas, ustedes tienen una función primordial que es la de proporcionar herederos, sin una esposa, un conde, un marqués o un duque, no es nada.

Lo que ve en la dama soltera es solo una ilusión pasajera, una amargura oculta por no cumplir con su cometido de vida.

Puedo apostar mi fortuna a que su cuñada es más feliz por más que no parezca...

Ella lo observó y no parecía burlarse de sus pensamientos, aunque con sutileza le hacía saber que estaba equivocada.