Capítulo 16
De camino a la residencia, Albert se encontraba callado y pensativo, porque sopesaba que debía escoger un vestido para Kitty y eso significaba más que imaginarla, era pretender conocer sus medidas como si fuera que él la hubiera tocado. Pagaría lo que ella le pidiera si dejaba que la tocara.
—Qué insolente eres, Albert. Me sorprende que esa muchacha no te echara de la propiedad —reprochó su madre.
—Era tan educada como yo, ¿no lo ha visto? Se ha atrevido a contestarme.
—Por eso opino que son tal para cual. A mí me agrada esa joven.
—Madre, como le dije antes, es una suerte que no tenga un hocico u orejas de murciélago. Su padre tenía el pantalón inquieto.
—Como cualquier caballero. Además, no veo nada de malo en que se casara, pero sí en que tuviera tantas hijas. Eso es muy desgraciado.
—Podría ser peor: ser hija única y vivir con su madre. No hay nada peor que eso —insinuó refiriéndose a ella.
—Cariño, te quedarás sin veneno y más si intentas usarlo conmigo. Soy inmune a ti, porque te parí.
—Más bien creo que me escupió por esta rivalidad que nos une.
—Una que te inventaste porque he seguido los protocolos para tu educación. Nadie quiere a un duque débil.
—Y tampoco a uno lleno de amargura. Los animales han recibido mucho más que yo.
—Pero ellos no entienden y tú si comprendes, o al menos deberías.
Él guardó silencio y continuó mirando por la ventana. Discutir con la duquesa lo llevaba siempre al mismo lugar: a ninguno.
Al llegar a su casa, Albert fue a su habitación para no seguir compartiendo con su madre. Debía evaluar todas las cosas que había dicho y hecho en casa de lady Kitty Fane.
Primero y principal, había sido grosero con la joven, pero ella no se había quedado atrás, ni corta ni perezosa intentó alcanzarlo en su pésima educación.
También se había dado cuenta de que ambos tenían algo en común y era la mala relación familiar.
Eran tan parecidos en el carácter que no podía evitar sentirse identificado o al menos empatizar con ella.
Una parte de él deseaba repelerla, pues sentía que le permitía acercarse demasiado a sus defensas, que la miraba y percibía que sus ojos apelaban a sentimientos inexistentes dentro de él.
Quizá los dos buscaran en el otro un complemento sin darse cuenta.
Al día siguiente por la mañana, quiso salir de su residencia pasando desapercibido, mas su madre lo había visto salir sin un traje de montar y lo siguió, tal como lo había hecho él, el día anterior.
—Albert —lo llamó su madre—, ¿irás al pueblo?
—No le incumbe el lugar al que iré. Puede pedirle al cochero que la lleve después de que yo vuelva —respondió Albert que se acomodó en el asiento del coche.
—Entonces vas al pueblo. Iré contigo.
—Al parecer no entendió la sutileza de mi rechazo...
—No. Quiero salir de aquí de cualquier manera, y si tengo que volver a soportarte, me arriesgaré. Que alguien vaya a por mi ridículo y mi abanico —ordenó la mujer que se sentó frente a su hijo.
Una vez que el carruaje se puso en marcha, la duquesa intentaba descifrar qué haría su hijo en el pueblo. No era alguien que acostumbraba a que lo vieran en cualquier lugar. Si salía era porque la necesidad lo apremiaba y ella deseaba saber cuál era.
—¿Qué harás en el pueblo, cariño? —curioseó la dama, mientras se abanicaba.
—Algo de poca importancia —contestó sin ánimo de continuar.
—¿Qué cosa es capaz de sacar a un duque de su cueva? Quiero saberlo.
—Lo sabrá, pero queda prohibido hacer comentarios sobre eso. —Albert se sonrojó.
—¡Qué intriga! Muero por saberlo, querido. Debe ser humillante para ti por eso solicitas que no hable de ello.
Él decidió ignorar a su progenitora y tratar de no morir de vergüenza. Al llegar al pueblo y dar unas vueltas, el carruaje se había detenido.
La duquesa no había esperado que estuvieran frente a una modista. Dirigió sus ojos a su hijo y este desvió su mirada gris, pero se había puesto más colorado.
Descendieron del coche y entraron al sitio. Una mujer de mediana edad se acercó a ellos para poder atenderlos.
—Buen día, ¿en qué puedo ayudarlos? —indagó la empleada.
Albert no se animaba a responder, pero debía darse prisa para que su vergüenza fuera menor.
—Quisiera que me proporcionara un vestido para una dama... —replicó el joven.
—¿Para la dama? —señaló con sutileza hacia la duquesa.
—No, para una mujer joven... —Su rostro ardía al responder cada pregunta. Nunca había comprado nada para una muchacha.
Su madre estaba asombrada. Suponía que ese vestido era para lady Kitty Fane, y esa suposición solo podía hacerla feliz.
—¿En qué color lo desea?
—Hmm... No lo sé, es una mujer soltera —respondió muerto de vergüenza.
—Entonces podría ser en rosa pálido, lavanda, marfil, ceniza, blanco...
La mujer seguía dando colores para una debutante y Albert comenzaba a sentirse ofuscado y confundido, puesto que él se consideraba un hombre básico para esos asuntos de mujeres.
—El rosa pálido —escogió después de que la empleada guardara silencio. Después miró hacia su madre que comenzaba a burlarse de él con unas risitas que le resultaban insoportables.
—¿En qué tamaño?
Al escuchar esa pregunta se había quedado mudo. ¿Cómo respondería?
—Es alta, su cintura debe ser muy estrecha, es poco voluminosa... —Comenzó a hacer gestos refiriéndose a los senos.
Tanto él como la empleada se sonrojaron, una porque deseaba reír, y el otro quería que se abriera la tierra bajo sus pies.
—Comprendo —aseguró la mujer de la tienda.
—Cualquier otra cosa puede responderle mi madre —indicó Albert antes de salir de la estancia e ir a la calle.
Dejaría a su madre encargada de todo. Ya había pasado suficiente vergüenza, una que tanto él como su progenitora recordarán.
Alejando un poco la vergüenza de su mente, observó que, en el otro lado de la calle había una joyería. Estaba seguro de que podría escoger alguna cosa para lady Kitty por todas las tonterías que había dicho.
***
Después de la visita del duque el día anterior, unos criados de la propiedad de él aparecieron en la suya para cumplir con las tareas en las que se había comprometido.
—Solo falta que me devuelva el vestido que ha estropeado el perro —dijo Kitty, sonriente, mientras observaba a los trabajadores en compañía de la señora Snow.
—¿Para qué quiere un vestido si tiene una infinidad? Y no hablo sobre los que tendrá cuando se convierta en la duquesa.
—Deje de pensar en eso, señora Snow, que si yo llegara a ilusionarme será por su entera culpa —respondió la muchacha, burlona.
—Debería regresar a Londres y pedir clemencia a su hermano. Le aseguro que encontrará a alguien mejor, quizá no tan rico como él.
—Y guapo, no lo olvide...
—¡Milady, no se burle de mí!
—Le digo, señora Snow, que está escribiendo una novela en su mente. Ni el duque, ni yo estamos interesados el uno en el otro. Si pudiéramos nos apuñalaríamos mutuamente y eso solucionaría nuestros inconvenientes.
—No insistiré con lo que presiento. Esa duquesa es una bruja que busca casar a su hijo.
—Ayer dijo que era muy amable. Decídase, señora Snow.
—Entiende a qué me refiero, milady. Una cosa es su comportamiento con las plantas y otra sus funestos deseos.
—Ayer la duquesa me habló sobre mis hermanas.
No debería darle importancia a lo que dicen otros, pero me ha hecho sentir culpable de mis decisiones.
No siento que tenga los cimientos correctos o quizá me falta apoyo de mi familia.
A estas alturas comienzo a sentirme desorientada, triste, sola... Extraño a mis hermanas...
La señora Snow acarició uno de los brazos de Kitty, pues pese a que se resistía a llorar, se la notaba triste.
—Ya pasará y el destino decidirá si será soltera o no, pero va por buen camino para serlo.
—Me anima mucho, señora Snow. Quisiera pensar igual que antes, que un matrimonio es lo mejor y lo único importante, pero me he dado cuenta de que esa filosofía con la que crecí estaba equivocada.
Era lo mejor y más importante para el beneficio de un caballero.
Parir hijos o morir en el parto, ser un florero tonto en un rincón...
¿es eso lo que en realidad quiere una mujer?
Victoria vive en función a si mi hermano tiene frío o calor.
Siempre piensa en que él debe estar bien, feliz y satisfecho.
Ha dado toda su dote para que él la usara a nuestro favor. No sé si yo sería una dama tan tonta.
—Milady, no conozco a la condesa y tampoco al conde, pero ¿le ha preguntado a ella si es infeliz? ¿Es todo tan macabro como usted piensa o solo lo imagina?
—Es lo que yo creo. Ella siempre está sonriente y es cariñosa con todas. No sé qué pensar...
—Es mejor que pregunte. Por lo que notó en lo que dice, ella se ha casado muy enamorada. Usted puede sentirse de esa forma porque no ha conocido a alguien que en verdad haga que su corazón lata con fuerza, que haga que sienta mariposas en el estómago o que se perciba extraña...
Al oír lo que decía la señora Snow ella podía reconocer eso, pero era cuando el duque estaba cerca o recordaba sus besos.
¡No! No, no y no. No debería ni siquiera mirarlo como algo más que un vecino indeseable en el fondo de Inglaterra.
Si se enamoraba de él, terminaría sufriendo más de lo que lo hacía en casa de su hermano.
Sería algo sin un inicio y sin un final.
No la llevaría a ningún lugar. El duque y ella no estaban destinados a ser algo más que enemigos amables.
Durante la tarde volvió a sentarse en el jardín para dibujar las flores.
Ella pensaba en cuándo volvería a ver a Albert.
Habían quedado en que lo dibujaría y eso la ponía un tanto ansiosa y nerviosa.
Además, estaba la señora Snow insinuando cosas como que él la pretendía, algo que resultaba ridículo, ¿qué vería un duque en una solterona?
Se respondía esa pregunta con que se habían besado dos veces.
¿Por qué ocurriría eso? ¿Podría significar un interés de su parte?
No debía concebir la idea de corresponderse en un sentimiento distinto al rechazo.
Kitty veía tambalear sus creencias desde que había conocido al duque.
Con los días lo que le había dicho Spencer cobraba fuerza y lo que ella creía como sus sueños, perdían peso.
¿Cómo había llegado a eso? Era posible que estuviera equivocada, pues demasiadas personas coincidían en que ella no estaba en lo correcto.
Dudaba de todo y por eso permitía que pensamientos intrusivos como una atracción por el duque aparecieran en su mente.
En lugar de perder el interés por él, comenzaba a buscar una mayor interacción como un dibujo.
Como le dijo la señora Snow, estaría observándolo demasiado tiempo, uno poco prudente para no caer en un error de creerse enamorada y en el derecho de sufrir más de lo que ya lo hacía.
Si se sentía en tal peligro, debía regresar a Londres y empezar de nuevo o, si nada de eso resultaba, escoger a lo mejor de lo peor, aunque no creía que nadie la mereciera.
Al terminar su dibujo se había sentido orgullosa y confiada. Un duque de nariz fina y ojos grises, no sería más difícil que una bella y detallada flor. Se sentía preparada para no avergonzarse de sus habilidades.
Por la tarde, un mensajero de una propiedad vecina tocó a su puerta.
Su segunda y ansiada invitación había llegado.
Un nuevo baile se acercaba y eso renovaba las esperanzas de Kitty para continuar con su buen camino.
Quizá el aburrimiento fuera un mal consejero y por eso pasaba muchas horas sopesando fantasías.
Se percibía más insensata que nunca y ella no se comportaba así.
Con la antipatía de su otro vecino, tal vez tuviera la suerte de no encontrarse con él en la fiesta.
No era asiduo a ser feliz, pero bailaba bien y era un excelente adorno para una dama.
Bailar con un duque siempre podía despertar la envidia del resto.