Capítulo 15
Las cosas estaban escapando del control de la duquesa. Si ella no estuviera ahí, esos dos jóvenes se arrancarían los ojos.
—No le haga caso a mi hijo, siempre es un poco hosco, pero de buen corazón —se disculpó la mujer.
—¿Tiene corazón? —interrogó Kitty, burlona—. Más bien creo que tiene una piedra.
—Me gustan los objetos inanimados, milady —siguió el duque.
—Pediré que le pongan mucho azúcar a su té para que coja un poco de dulzura, excelencia —replicó la muchacha.
—¿Me contará más sobre su familia, lady Kitty? Me encantan las historias familiares —interrumpió la dama.
—Mi padre murió hace poco más de cinco años y mi hermano se ha casado pocos meses después de eso. Tengo dieciocho años, luego me sigue mi hermana Meredith de dieciséis años. Ella es la única con la que comparto madre y padre... —contó.
—¿Cuántos matrimonios tuvo su padre? —curioseó la duquesa, sorprendida.
—Tuvo cuatro. El actual conde es el hijo de su primer matrimonio. Meredith y yo del segundo; Fanny, del tercero y Rose y Eugenia, del cuarto.
—El conde era alguien de pantalones sueltos —opinó Albert, también un poco sorprendido por la variedad de sangre en esa familia—. Me asombra que no tenga orejas de murciélago...
—¡Albert! —espetó la duquesa que comenzó a abanicarse con la mano a causa de los comentarios soeces de su hijo.
—Agradezca que no tenga colmillos —farfulló Kitty. El duque era tan desagradable.
La señora Snow fue hasta el salón con la bandeja y todo lo demás que había solicitado Kitty y comenzó a servir el humeante té.
No debía existir un momento más incómodo en la historia de la humanidad. Los tres se miraban en silencio, mientras intentaban disfrutar del pequeño banquete dulce frente a sus ojos.
Kitty deseaba ahorcar a Albert, la duquesa quería matar a su hijo y Albert solo observaba a la joven.
Albert no toleraba sus impertinencias, pero ella era irresistiblemente hermosa.
Estaba demente y comenzaba a asumirlo dentro de sí, pero jamás frente a ella.
Kitty no sabría que, quizá tuviera al duque a un paso de la locura y la humillación.
Para él comenzaba a ser difícil mantenerse dentro de su papel de hombre desinteresado.
La mirada de Kitty trataba de desviarse de la de Albert, pues él la observaba con insistencia, como si quisiera que le hablara.
Esos astros grises eran tormentosos y no parecían amistosos o sentimentales, eran fríos y escrutadores, pero ella era fuerte y por eso había decidido retarlo con su mirada azul.
Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder terreno en esa puja. Kitty no se dejaría vencer por la arrogancia de un duque que no tenía nada bueno que ofrecer, salvo atenciones cuando estaba de buen humor. Los besos le salían muy bien al igual que un baile.
—¿Su ama de llaves está disponible para hablarme del jardín, milady? Es que deseo conocer todas esas bellezas que adornan su casa —musitó la duquesa para aminorar el ambiente tan tenso que se vivía entre los tres.
—Por supuesto. La señora Snow está muy orgullosa de ese jardín —sonrió al decirlo.
El duque se fijó en que la sonrisa de la muchacha era capaz de iluminar la estancia. Él estaba maravillado con todos los defectos y virtudes que tenía ella. Albert hacía una gran lucha interior para dejarla mal parada ante sí, pero terminaba perdiendo al notarla.
Ella agitó la campanilla para que la señora Snow se presentara.
—Señora Snow, la duquesa quiere conocer todo sobre el jardín que usted mantiene. Si tiene brotes de esas plantas que le interesen, por favor, entréguelos —habló Kitty con amabilidad.
—Qué detalle más agradable, milady. Esas plantas adornarán el infierno que mi hijo tiene como casa...
Los tres se levantaron de sus asientos y comenzaron su caminata hacia el jardín de la residencia. La duquesa y la señora Snow se habían adelantado un poco, a la vez que Kitty tomaba ventaja del duque, pero él se movía igual de rápido.
—La tontería va rápido, pero usted aún más —pronunció Albert para llamar la atención de ella.
Un suspiro de hartazgo escapó de la joven.
—Es despreciable, su excelencia —espetó sin dilación y siguió caminando con premura, alejándose del jardín.
—Carece de validez cuando lo dice alguien de tan escasa educación.
—¿Escasa educación? Tengo más paciencia que educación. Lo hubiera echado de mi casa con una escoba, como si se tratara de una comadreja. ¿Sus malos modales son una venganza por haber ido a su casa?
—Tal vez. Quería decirle que le pagaré los daños y el vestido que ha perdido. Mis criados pueden encargarse de lo que ha sido dañado y yo me encargaré de comprar algo acorde a usted.
—Ajá. Lo imagino comprando una baratija, pues nadie puede ser superior al duque que cree no tener nada que asumir.
—Si le gustan las peleas, se las seguiré, milady, pero ya que estamos en sus dominios, ¿le importaría mostrarme sus caballerizas? Me gustan los caballos, y como usted desea ser criadora, me encantaría evaluar su progreso.
Ella se sonrojó ante eso que él había dicho, porque no tenía nada y Kitty se jactaba de que sería criadora.
—No tenga altas expectativas... —advirtió la joven.
—De hecho, no tengo ninguna, sé que tengo razón en lo que digo.
Ante las palabras de él, Kitty levantó la nariz y lo llevó a las caballerizas de la propiedad. Eran pequeñas y los caballos estaban hacinados.
—Pida a sus mozos que hagan hoyos para enterrarlos. Estos ya ni siquiera son caballos —aseguró Albert—. Es un lugar pequeño donde no pueden criar a nadie. Tal vez no deberían estar aquí de esta manera.
—Lo sé, he pensado construir un corral para que estén ahí. Soltarlos es peligroso si sus perros vuelven a escaparse —aludió la muchacha.
—Por ellos no debe preocuparse, se lo aseguro. Es una buena idea para que estos jamelgos vivan tranquilos. Es lo único bueno que se le ha ocurrido y lo peor es que desea criar. No tiene infraestructura, ni dinero, ¿verdad?
Lanzó el aire por su nariz y asintió a lo que dijo el duque. Kitty no tenía nada aparte de sueños.
Al verla de esa manera, él dejó de lado el aspecto burlón e impertinente que tenía.
Los dos salieron del área de las caballerizas para regresar hacia el jardín. Fueron al lugar en el que ella había visto llegar a los duques.
Albert notó que, sobre la hierba, estaba abandonado un cuaderno de dibujo. Lo alzó y abrió. Comenzó a observar que Kitty era talentosa dibujando flores y caballos.
—Veo que ama el arte —mencionó Albert para que ella dejara de caminar y de ignorarlo.
—Son mis dibujos. No hay mucho que hacer en la monotonía del campo —correspondió—. Los días no pasan tan vertiginosos como desearía.
—¿Por qué quiere ir deprisa? ¿Su vida cambiaría en algo?
—La verdad que no. Crecí entre el barullo de cuatro hermanas. En ocasiones hasta extraño a Spencer. —Ella suspiró.
—Debería acostumbrarse a la soledad si es lo que ha escogido. Mi madre podría serle útil para distraerse en los meses que viene a molestarme.
Kitty dejó escapar una risa al oír a Albert.
—No la soporta...
—No, ni ella a mí —replicó suavizando su rostro y realizando una amago de sonrisa.
A Kitty eso le había parecido diferente. El duque deseaba mostrarse muy hostil todo el tiempo, como si quisiera pelear o no demostrar que tenía sentimientos o similitudes con otros seres humanos.
—Me recuerda a mi relación con Spencer. Por lo mal que nos llevamos hoy estoy aquí.
—Eso me hace pensar que usted no es una criatura dulce.
—No, ni usted un tierno gatito.
—¿Ha dibujado personas?
—No, nunca lo he hecho. Creo que falta alguien que me inspire para dibujarlo.
—¿No quiere dibujarme?
—Es inaudito y se arriesga a que lo dibuje con dos narices, tres ojos o quizá enroscado como una serpiente.
—Eso que dice es algo abstracto para mí, pero no estoy ajeno a que inspire mucho a alguien. La próxima vez que venga quiero que me dibuje.
—¿Se está invitando a mi casa?
—Sí, puedo hacerlo. Mi atrevimiento es parte de mis atribuciones como duque.
—Entonces lo dibujaré como una serpiente.
—Si es lo que le inspiro, no me niego. Tengo malos retratos en casa, su dibujo no hará la diferencia.
—Ni los mejores artistas pueden retratar su genio, su excelencia, o quizá la naturaleza no lo ha hecho tan atractivo como cree.
—Confío mucho en mi atractivo, ¿usted qué piensa de eso?
—No voy a dar una opinión sobre usted.
—Yo daré una que no me ha pedido sobre usted. Es muy hermosa, lady Kitty Fane, quizá demasiado para desperdiciarse aquí.
De nuevo el sonrojo cubría sus mejillas. No era un halago muy común para escuchar, pero entendía que el duque no era tan fino para expresar lo que deseaba.
—¿Y no cree que su supuesto atractivo terminará igual que mi belleza?
—No, porque yo sí me casaré y deleitaré a mi esposa con mi presencia.
—Necesito esa confianza que tiene usted en sus atributos.
—Hay que amarse un poco, milady, porque los demás tal vez no sean capaces de amar de la misma manera. El cariño que pueda darse, lo hace depender de sí mismo y no del afecto de alguien que no quiere darlo.
—Me deja intrigada con sus palabras, ¿qué ha querido decir?
—Que no espere nada de nadie y menos afecto. Solo los más tontos declaran su amor con palabras que producen risa y burla. El amor de otros no existe, solo el propio.
—La charla se nota amena —comentó la duquesa que había regresado con varios brotes de palabras envueltas en un trapo.
—¿Nos vamos, madre? —interpeló Albert.
—Sí, querido, pero no sin agradecer a nuestra anfitriona. Lady Kitty, ha sido un placer. Sepa que pronto regresaré aquí o quizá la invite para que mire el jardín de mi hijo cuando el jardinero se encargue de adornarlo con estas flores.
—Para mí ha sido un placer recibirla, su excelencia. Estaré esperando su visita o su invitación —correspondió Kitty.
La duquesa hizo una inclinación y Kitty devolvió el gesto con una reverencia.
Albert le entregó el cuaderno de dibujo a Kitty y, por sorpresa, cogió la mano de la joven y la llevó a sus labios.
—Hasta pronto, lady Kitty Fane. Nos volveremos a encontrar —se despidió.
Se había quedado inmóvil viendo como sus invitados se iban. Él había besado su mano desnuda. Un sofoco la recorría al darse cuenta de eso. Cuando los vio desaparecer por el camino, pudo soplarse con el cuaderno.
—Qué encantadora es la duquesa, milady. ¿Será que ha parido a ese monstruo que tiene como hijo? —preguntó la señora Snow que se había acercado a la muchacha.
—Se parecen. —Fue todo lo que ella pudo comentar. Seguía perdida en lo último que había ocurrido.
—Ese caballero no le ha quitado el ojo y la persigue como un águila.
Oh, milady, ese buitre no tarda en pedirla en matrimonio, se lo aseguro.
Aquí encontrará el final de su soltería.
No podrá negarse, y más si su hermano lo sabe.
Se aferrará a este arrogante y no lo soltará hasta que vayan al altar.
—Exagera, señora Snow. El duque no está interesado en mí. Entre nosotros solo hay una tensa relación.
—Tensa relación es lo que yo tengo con mis rodillas en invierno. Le digo, si quiere huir de él, no podrá conseguirlo. Le apuesto mi sueldo de un año.
—Señora Snow, usted ve más fantasmas de los que debería. Con sinceridad, yo no entiendo al duque. A veces es amable y otras veces tan estrambótico y excéntrico. Habla de cosas que no comprendo.
—Le ha declarado su amor como cariño de burro, milady. Es así. Primero una invitación, después una visita, ¿qué vendrá después?
—Tiene que venir a que lo dibuje... —respondió sin darse cuenta.
—Sí, eso... ¡Qué dice! —exclamó la sirvienta, exaltada.
—Me ha pedido que lo dibuje y por eso vendrá, no sé cuándo.
—¡Por el infierno! Ese hombre la prende. Quiere que usted se enamore de su endemoniado atractivo. ¿Qué hará mirándolo por horas? Se enamorará, es evidente. Nadie puede resistirse y más si tiene la boca cerrada. Su belleza es innegable, pero se esfuma al mover la lengua.
¿Y si la señora Snow no estaba loca y en realidad el duque tenía intenciones ocultas de enamorarla? Era algo impensable, pero no increíble del todo.