Familia Fane Capítulo 14
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Capítulo 14

Días después...

Albert seguía inquebrantable en su postura sobre pedir disculpas, aunque envió a sus perros a otras de sus propiedades y había contratado a alguien para que se encargara de adiestrarlos correctamente.

Quizá tanto encierro no había sido bueno para esos animales que tenían mucha energía y agresividad.

Prefería dejar que el asunto muriera ahí, pero no por huir de su deber de pagar un vestido, los destrozos y las gallinas.

Para él era difícil admitir que había perdido y más frente a una mujer armada y demente.

Su vecina, lady Kitty Fane estaba más vigente que nunca en mente.

Tan poco educada, solterona, decidida y bella.

Le buscaba defectos y los encontraba, pero al cabo de unos instantes todos eran refutados por sus virtudes.

Tenía una lucha interna entre su razón, sus malas experiencias, lo inapropiado y las preferencias.

Su razón gritaba que no podía volver a caer en el juego del amor.

Sus malas experiencias apoyaban a su razón; lo inapropiado le decía que no era la adecuada, porque no tenía la educación suficiente para ser la duquesa por más que su sangre fuera la más pura de Inglaterra y, por último, estaban las preferencias de ella, que deseaba ser soltera.

En ese último punto, había un gran conflicto, pues él no estaba seguro de desear ser soltero por el resto de su vida.

Encontrar a la mujer perfecta no debería ser un terrible reto.

Albert confiaba en que elegiría a la correcta, porque ya no seguiría los malos consejos de su corazón.

Con respecto a lady Kitty, la consideraba como un mal consejo de sus sentimientos ocho años después del primer grave error llamado Grace.

Quizá también se tratara de ciertas similitudes físicas como el color de cabello y la pálida y tersa piel.

También primaban las diferencias. Grace nunca hubiera cogido una pistola ni se pondría harapos para presentarse en casa ajena y menos gritaría improperios.

Esa era una verdadera dama que hablaba con diplomacia, incluso había sido carismática al decirle que se había comprometido con otro.

Albert había pasado su día como siempre solía hacerlo, entre el campo y su casa. Esa tarde deseaba tomar el té, por lo que había pedido que le sirvieran en el salón. Mientras se sentaba con la intención de beber de la taza, vio que su madre iba ataviada con una prenda de paseo.

—¿Está listo el carruaje? —La escuchó preguntar.

¿Qué rumbo tomaría su madre?

—¿A dónde va, madre? —curioseó sin mirarla.

—Buenas tardes, querido. Iré a tomar el té a casa de la vecina.

—¿De cuál vecina?

—Haces muchas preguntas para luego decirme que no te importo —respondió la duquesa.

—En verdad no me importa...

—Bien, querido, ¿tienes algún mensaje para lady Kitty Fane?

Los ojos de Albert se dirigieron a la duquesa.

—¿Irá a importunar a milady? No importa lo que haga, no conseguirá nada de mí.

—Ella me ha invitado a su residencia para el té.

Estoy aquí sola y ella también. Me preocupa que una dama de su clase terminara aquí, a merced de cualquiera.

Tus mismos perros han demostrado que la pobre muchacha pese a tener cierto valor, no podrá contra alguien más fuerte que ella.

Debe ser duro estar lejos de Londres, es joven y quizá extrañe la diversión de los salones. Adiós, cariño...

Él vio que la duquesa había hecho un gesto con su mano izquierda para despedirse y después desapareció. Como si tuviera un resorte en el sillón, se levantó con prisa y miró por la ventana como su progenitora subía al carruaje.

—Por un demonio... —masculló.

Abandonó el salón y fue a largas zancadas hacia el lugar en el que estaba su carruaje. Aquello era algo impulsivo. Desde que conoció a Kitty hacía lo que fuera por impulso, no pensaba tanto como antes para actuar, solo lo hacía como le exigía su cabeza para que lo hiciera.

—La acompañaré —sentenció entrando al carruaje.

La duquesa deseaba sonreír y saborear esa victoria tan sencilla. Su hijo necesitaba un pequeño empujón para caer en los brazos de quien ella esperaba que fuera la próxima duquesa de Salisbury.

El cochero quedó sorprendido, pero no había cuestionado nada. No quería disgustar al duque con alguna cosa. Aquel tenía como instrucción ir a la propiedad vecina que había comprado el conde de Nottingham y eso no sería difícil de hallar.

Dentro del carruaje Albert iba en silencio, sin mirar a su madre. No quería dar explicaciones de sus actos intempestivos incluso para él mismo.

—Olvidaste tu sombrero y el bastón, no estás correcto para salir —criticó la dama.

—Vamos a la casa de una mujer que quizá toma el té con la nariz. No me exigiré demasiado, no es tan importante.

Ella amaba como su hijo era tan pedante. En medio de sus insultos siempre brillaba el pésimo sentido del humor que le había heredado.

—Dudo de que no sea una dama educada, tú eres quien parece haber perdido toda su educación con tanta necedad.

—Quiero ir en silencio. No me pondré a discutir con usted.

—¿Por qué has venido?

—No le responderé. Ese asunto no es de su incumbencia.

—Ni siquiera quieres tomar el té conmigo.

—No será con usted, será con la vecina. Qué ganas de darse importancia, madre —gruñó.

El resto del trayecto consiguieron un poco de paz.

Albert conocería las tierras que se pegaban a las suyas y que acogían a cierta dama en la cual deseaba dejar de pensar, pero no lo conseguía.

Ahí iba él, en un carruaje con una mujer a la que no soportaba, solo para ver a otra que lo sacaba de sus casillas.

Al ver la casa, dentro de Albert, la primera expresión que llegó a su mente había sido: «es pequeña», aunque se veía confortable.

Desde su posición podía ver un césped tan verde y muchas flores en el jardín principal.

Esa residencia estaba adornada con muchos colores de la naturaleza y era agradable a la vista, aunque al mirar un poco más a su derecha, él había encontrado a la flor más bella sentada con lo que parecía ser un cuaderno de dibujos: Kitty.

***

En su casa, Kitty se encontraba reposada sobre una tela en el jardín, dibujando un par de flores.

No encontraba mejor cosa que hacer que eso.

Los días pasaban con una lentitud agobiante y sin ninguna cosa interesante en puerta.

Lo último que había hecho era enfrentar al duque y eso había sido lo más emocionante de su vida; sin embargo, ese hombre había decidido ignorarla en sus peticiones.

Ya no sabía nada de él y eso la mantenía triste y suspirando.

En una ocasión que alzó la mirada, ella se dio cuenta de que un carruaje muy lujoso se acercaba, pero era evidente de que no se trataba del coche de su hermano, él no tenía tanto lujo, ¿quién podría ser?

Dejó a un lado lo que estaba haciendo y se puso de pie, luego se quitó el delantal y se acercó a la entrada de la residencia al ver que el coche aminoraba su marcha.

Vio al criado de la carroza abrir la portezuela.

Notó que un zapato, tan elegante como el carruaje, descendía con gracia. Era la duquesa de Salisbury.

Kitty deseaba que se la tragara la tierra. Por educación le había dicho que la invitaba, pero no creía posible que accediera a su invitación. Era una duquesa y rezaba para que sus modales durante el té estuvieran a la altura de la mujer que había ido de sorpresa.

—Sea bienvenida, su excelencia —saludó Kitty que fue hacia ella para realizar una reverencia.

—Le agradezco su invitación, milady, aunque me disculpo por aparecer sin avisar —condescendió la duquesa.

—Por favor, pase a mi humilde morada.

—¿A mí no piensa invitarme a pasar? —increpó el duque, creyendo que había sido ignorado por la joven.

El corazón de Kitty estallaba al escuchar la voz del imponente duque, tan elegante, reacio y mandón. Ese hombre no podía tenerlo tan distraída. Era demasiado guapo para poder olvidarlo con facilidad. Lo odiaba, pero lo extrañaba.

—Excelencia, es que no veo a través de los carruajes. Además, estaba recibiendo a la duquesa. Lamento no haberlo visto primero... —exageró Kitty.

—Su casa es pequeña, pero su jardín es muy bonito —halagó Albert sin saber qué decir.

Kitty deseaba chirriar los dientes al oírlo decir eso de su casa. Ella la creía suficientemente amplia y solitaria.

—Gracias, su excelencia. El jardín lo mantiene el ama de llaves.

—En verdad tiene un jardín bonito y elegante —dijo la duquesa que comenzó a dar sus primeros pasos hacia la casa, mientras que Albert y Kitty se observaban como si entre ellos hubiera un asunto pendiente y en verdad existía uno.

El ama de llaves abrió la puerta de la residencia.

Ella había visto a las visitas desde la ventana del salón que estaba limpiando y se apresuró a abrir.

Reconoció al nefasto duque y suponía que, si aquel había ido con su madre, era porque su interés por la hermana del conde de Nottingham era mucho.

Ese hombre no era capaz de asumir lo que habían hecho sus perros, aunque al parecer sí era capaz de hacerlo con una atracción hacia una muchacha.

—Pasen —pidió Kitty para que entraran dentro.

A la duquesa le sorprendía la austeridad de la casa. Se suponía que la casa le pertenecía a un conde.

—Por fuera se ve pequeña, Albert, pero por dentro es amplia y sencilla —comentó la gran dama para agrandar a Kitty y hacer hablar a su hijo.

—Mi hermano tiene otras cuatro hermanas, no puede tener demasiados lujos si hay que poner tantas dotes —replicó sonriente.

—Quisiera que me cuente sobre sus hermanas, milady. Debe ser muy interesante tener tantas —musitó la mujer.

—Es algo más que interesante, un verdadero dolor de cabeza y más cuando una es la mayor de ellas... —Kitty le señaló un asiento a la duquesa y otro al duque que no la perdía de vista—. Señora Snow, ¿podría traernos el té con unos scones, mantequilla y mermelada?

—Sí, milady —acató la mujer que se apresuró a cumplir con los pedidos de la muchacha, pese a que no le agradaban esas visitas, aunque fueran importantes.

La joven se sentó frente a los visitantes para seguir la conversación o responder a lo que preguntaran.

—¿Usted es la mayor de ellas? —continuó la duquesa.

—Sí, excelencia. Ha sido mi primera temporada... —respondió.

—La temporada social no ha terminado, querida.

—Para ella sí, madre. Lady Kitty Fane quiere ser soltera —comentó Albert que se acomodó en el sillón.

—¿Qué hay de malo en eso? ¿Por qué tengo que tener un esposo que me estorbe? Quiero criar caballos...

—Qué encantadora es, milady, pero no puede vivir de los sueños. Tiene otras hermanas de las cuales preocuparse y una eventual muerte de su hermano si no ha tenido herederos. ¿Quién se haría cargo de cinco niñas? —curioseó la elegante aristócrata.

—Mi hermano está esperando un hijo... —contestó con cierta culpa en su tono de voz.

—Rece para que no sea una niña, pues con las que hay en la casa, usted debería buscar un buen esposo.

—Madre, son asuntos ajenos. Deje que hunda a su familia. Ya le he dicho que no tiene futuro como criadora y tampoco como esposa con esa actitud.

—Agradezco tener esta actitud para espantar a quienes no valen la pena —masculló mirando a Albert que había ido a incomodarla en su propio territorio.

—Lady Kitty, yo puedo ayudarla a conseguir los mejores partidos si lo desea. Todavía está a tiempo, una temporada perdida no significa un fracaso, puede que esté esperando por el pez más grande... —Al decir eso la mujer miró a su hijo y él desvió su mirada de ella.

—Entiendo que puede ser un pecado considerar que una mujer puede hacer el trabajo de un hombre, pero yo lo lograré, quizá no mañana.

—Ni mañana, ni nunca. Lamento darle el golpe de realidad a su idea tan absurda. ¿No le parece mejor prepararse para una vida miserable si sigue por ese camino? La han desterrado aquí, ¿lo entiende? —alegó Albert.

—Le duele que sea su vecina que fue a amenazarlo por hacer mal las cosas. Si me han desterrado es mi problema y no el suyo.

—No, es de su hermano, y usted no es capaz de valorar lo que un hombre hace por su familia. Es irresponsable.