Capítulo 13
La gran dama tomó a su Kitty del brazo y la llevó para que se sentara junto a ella en el sillón.
—Pediré que nos sirvan un poco de té. Mi hijo nunca es capaz de acompañarme, es un hombre muy ocupado. Los caballeros nos dejan mucho tiempo solas —comentó la dama.
—No puedo quedarme mucho tiempo. He traído un presente para el duque...
—Oh, qué adorable. Sabía que Albert le caería muy bien. Desde que la vi, supe que usted estaba destinada a ser alguien especial.
Los oídos de Kitty parecían engañarla, ¿acaso le había dicho que estaba destinada a ser alguien especial? ¿Especial para quién?
—No soy tan especial, excelencia. Tiene un concepto equivocado de mí.
—Por supuesto que no. Quiero conocerla más, si ahora no tiene tiempo, quizá pueda ir a su residencia para conocerla mejor y también a su familia.
—¿A mi familia? —repitió confundida—. Estoy sola en Gloucestershire.
—¿Sola? ¿Una dama? ¿Cómo es posible?
—Mi hermano, el conde de Nottingham, sabe que amo a los caballos y por eso me ha enviado aquí, en donde están los caballos más necesitados de afecto, pues son los más viejos.
—Pero no importan las razones. ¿Tiene alguna carabina?
—No, solo estoy con el ama de llaves y una doncella.
—En esas condiciones no puede recibir a un caballero. Si mi hijo desea visitarla lo acompañaré para ser su carabina. Puedo custodiarla en cualquier lugar. Una dama nunca debe estar sola.
—Qué amable, su excelencia. Usted puede ir cuando lo desee a la propiedad y yo la recibiré con gusto. Ahora debo ver al duque.
—Venga, la llevaré a su despacho. Es donde pasa la mayor parte del tiempo. No se sorprenda de que encuentre mucho arte en ese lugar, le encanta pintar. ¿Llevará esa bolsa hasta ahí? Querida, creo que está goteando algo de su bolsa.
—¡Lo lamento tanto! Es por eso que debo entregarle esto a su excelencia.
—No se preocupe, le pediré al mayordomo que lo lleve por usted. Qué desconsiderado para no haberlo hecho antes. ¡William!
El mayordomo se apresuró a presentarse en el salón al escuchar el gruñido de la duquesa. En eso, tanto Albert como su madre eran idénticos.
—Lleva a milady junto a mi querido Albert, y ayúdala con la bolsa. Ella te dirá en dónde ponerla —ordenó la dama.
—Sí, su excelencia. Milady, sígame, por favor —pidió el mayordomo que cogió la bolsa y caminó frente a ella.
La duquesa había tenido razón. Salía un líquido de la bolsa y este se escurría, ensuciando con gotitas el camino hasta el despacho. Kitty intentaba no pisar eso y que terminara aún peor.
Ella notaba que el mayordomo dudaba de abrir la puerta y no entendía la razón. ¿Qué ocurría?
—Puedo hacerlo yo —se ofreció la joven.
—No, milady, solo que quizá nos encontremos a un duque de muy pésimo humor.
—Le aseguro que se pondrá peor después de recibirme. Mejor si damos prisa en este mal paso, ¿le parece?
En el despacho, Albert tenía los brazos cruzados bajo el brazo, observando una de sus pinturas ubicadas junto a la puerta.
Era una bella ave, un petirrojo. Era una de sus obras favoritas, por eso la había colocado ahí, para distraerse un poco y calmar a sus demonios, pero no le había servido de mucho al escuchar unos golpes cobardes en su puerta.
—¿Quién osa molestarme? —increpó a la persona del otro lado.
Tanto el mayordomo como Kitty oyeron el gruñido de ese hombre. Entendía que el perro debía ser igual que su dueño. No había otra explicación para la agresividad de sus animales.
—Su excelencia... —dijo el mayordomo, titubeante.
—Solo dígale que vine —mandó al sirviente, pues estaba muy nervioso. Cualquiera estaría alterado con semejante patrón.
—Lady Kitty Fane desea verlo —respondió el criado acatando lo que ella le había sugerido.
Albert se levantó del sillón de un salto y trató de alisar sus prendas con premura, luego colocó en su rostro esa expresión de ser inalcanzable antes de abrir la puerta.
—Buen día, milady —saludó en un tono fuerte, pero no hostil como cuando había preguntado quien lo molestaba.
—Déjelo ahí, por favor —solicitó Kitty al mayordomo, refiriéndose a la bolsa.
—Sí, milady. Su excelencia... Con permiso.
El hombre se había escurrido como una rata, pero Kitty había llegado para atacar a Albert sin mucha consideración. Antes que nada, realizó una reverencia con su carcomido vestido y se fijó que él le respondía con una venia.
—Pase, por favor —rezó Albert.
Ella cogió la bolsa y la metió con esfuerzo en el despacho.
—El asunto que me trae... —Inhaló aire en sus pulmones para continuar debido al peso de lo que llevaba—. Es breve...
Él miró las prendas de la joven en un instante, su mente había dado con el problema. El vestido que atacaron sus perros le pertenecía a Kitty.
—Siéntese, la escucharé.
—No requiero sentarme. Solo vine a advertirle que, si no hace algo con sus perros, yo lo haré. Esto es suyo... —señaló la bolsa con el dedo.
La observación de Albert iba más allá de una simple arpillera, la sangre que había dentro era sinónimo de algo malo. Carraspeó su garganta antes de hablar y enfrentarse sin argumentos sólidos a una mujer que llevaba lo que él suponía podría ser un cadáver.
—¿Qué han hecho mis perros esta vez?
—Me han atacado anoche. Salí para espantarlos pensando que eran pequeños spinel, pero resulta que eran mastines enormes y negros.
Debo decirle que además de comprarme un vestido, deberá pagar los daños de mi gallinero y las gallinas muertas.
Para que vea que no estoy bromeando, le he traído a su perro, a quien mi criado tuvo que matar para salvarme. No le pagaré el perro, ¿comprende?
¿Cómo podría discutir ante eso? Eran demasiadas pruebas contundentes contra sus perros.
—Creo que exagera con respecto a mis perros... —alegó sin asumir las consecuencias de esos actos.
A ella no le quedó más remedio que buscar en su liga el arma que había sacado de la propiedad.
—Si usted no se encarga, yo me encargaré de que esos animales dejen de ser un peligro para nosotros. —Ella le mostró el arma y amenazó salir de la estancia, pero él la detuvo cogiéndola del brazo.
—¿Está demente? —espetó agarrándola con fuerza.
—Demente está usted que no se da cuenta de que pude haber muerto.
—No me importa y tampoco a su hermano, por eso está aquí, abandonada por ser un problema —replicó Albert para ofenderla.
—Oh, cómo me duelen sus palabras... —farfulló burlona—. Es mejor que me suelte, pues yo haré lo que debo y me pondré sus pantalones, porque usted no lo hace.
—¿Se está escuchando? Lárguese de mi casa, pues no respondo por sus impertinencias.
—Me iré para no enemistar a mi hermano con sus vecinos, pero le comunico que cualquier cosa que pase de su territorio al mío, morirá.
—Por algo se quedará soltera. Es una mujer violenta y de pésima educación.
—Miren quién habla, un solterón amargado, insufrible y atrevido. ¿Con qué cara me lo dice?
—Con esta que me faculta a echarla de mi propiedad. Aquí usted no volverá a pisar.
—Como si me importara venir aquí y verlo. Es mejor ahogarse en una taza de té. ¡Ogro! Ah, y otra cosa, entierre a su perro antes de que huela. Me disculparé con su madre por haber ensuciado sus pasillos.
—Es mi casa y espero sus disculpas por matar a mi perro.
—Espere sentado, puesto que eso no pasará.
La muchacha alzó el mentón con arrogancia y salió del despacho con el arma en la mano.
La duquesa tenía los ojos desorbitados al verla caminar con la pistola. Nunca había visto a alguien que amenazara a su hijo de manera tan abierta. Albert había encontrado la horma de su zapato.
—Lamento haber ensuciado su residencia, su excelencia. Queda abierta la invitación a mi casa —dijo Kitty al ver a la mujer. Pese a que había intentado esconder el arma, no lo había hecho con suficiente rapidez.
—No se preocupe, milady. Tomaré su invitación. La veré pronto.
Kitty había hecho una reverencia antes de retirarse.
La vergüenza la consumía por haber hecho un espectáculo de vocear a un duque.
Agradecía que su hermano no estuviera ahí para ver semejante desgracia para su reputación o, de lo contrario, estaría escuchando hasta de lo que se moriría.
No deseaba hacer sufrir a sus oídos con interminables reflexiones de la vida y también que no había conseguido esposo en su primera temporada.
Dio una última mirada a la bella casa y regresó a su pescante para poder volver a su residencia.
El duque sabía que ella no era cualquier dama, era una de tener.
Con el perro muerto y el arma, él sospechaba que no la volvería a tratar de mala manera, aunque sí le había molestado que la llamara solterona.
No debería ser un insulto escoger serlo, pero aquel había cargado su poderosa boca para intentar hundirla por ese lado.
En el fondo le dolía no ser una joven normal o al menos no tener pensamientos normales.
Puso en marcha su coche y tomó rumbo a su propiedad.
La madre de Albert miraba por la ventana, mientras Kitty se retiraba. Sonrió un poco, mas después suspiró. Se dirigió a la estancia en la que se encontraba su hijo. Al entrar en el recinto, lo veía con ambos puños sobre el escritorio, con la mirada fija en la pared detrás de su sillón.
—Alguien se ha atrevido a levantarte la voz, Albert —pronunció la mujer.
—No estoy para juegos, madre. La salida de esos perros ha sido nefasta. Han atacado a lady Kitty, por más que no quise asumir la culpa por orgullo y no por irresponsable, ella tiene razón.
—Por fin alguien que tiene razón y que es diferente a ti. Qué gritos, qué entereza de esa muchacha.
—Qué vulgar diría yo. Soy un duque y ella no se ha visto en un espejo para saber quién es.
—Considero que se ha observado muy bien para venir a fastidiarte. Te tiene en sus manos, cariño. Alguien pudo penetrar en tu duro corazón.
—Mi corazón seguiría siendo el mismo. Que yo carezca de sustento no me convierte en un tonto al dar la razón a una solterona descarada que ama coquetear con cuanto caballero se le pasa enfrente.
—Esos caballeros aprovecharán la oportunidad que tú no aprovechas.
—Y que no aprovecharé. No importa todo lo que me diga, no es mi elegida, ni lo será. Ninguna a la que usted le eche el ojo se casará conmigo, es como la maldición de la escogida.
—Te ensañas conmigo de la manera equivocada. Tú tienes la posibilidad de hacer las cosas de forma diferente. Tu padre y yo hicimos lo que creíamos conveniente para ti.
—No era lo conveniente para mí, sino para ustedes, dos personas que jamás pudieron encontrar un equilibrio.
—Tú tienes la oportunidad de escoger otros no. Es fácil juzgar con tu dedo.
—Juzgo la maldita falta de afecto de ustedes, la ausencia de amor. ¿Qué es eso? Cuando creí en el amor, resultó que no lo era porque no era correspondido, pues no supe identificar ese sentimiento.
—El amor entre nuestra clase social no existe, solo personas convenientes para perpetuar un apellido con sangre pura de la aristocracia. Lady Kitty Fane es parte de una familia tradicional y es adecuada para el estilo de vida salvaje que llevas.
—Lady Kitty Fane no será la duquesa, puedo jugarlo.
—Júralo por tu vida o mejor córtate una mano. Te conozco, Albert, mejor de lo que crees y más de lo que tú crees conocerte. He visto tus ojos, tus gestos y sé lo que escondes. No tardarás en caer de rodillas ante ella.
—Me dará un tiro, por eso quizá me vea de rodillas ante ella, porque es milady quien me debe respeto y atención.
—Eres tan caprichoso e iluso que resultas adorable. Yo haré mi parte y esperaré...
—¿Ha terminado de lanzar veneno?
—Una serpiente nunca se cansa de escupir veneno, debemos hacerlo para comer y vivir. Entierra eso, querido, está ensuciando tu preciada casa. Mi gran admiración para la mujer que te puso el pecho.
Albert maldijo por lo bajo y chirrió los dientes. Tenía un problema entre las manos. Su vecina lo odiaba y él la anhelaba. ¿Qué podía hacer?