Capítulo 12
Kitty tenía el sueño demasiado ligero en los últimos días. Se despertaba varias veces durante la noche y madrugada. El cansancio por la falta de sueño era el que la llevaba a tener esos cortes en su descanso.
Seguía acostada en la cama con los ojos cerrados esperando que el sueño regresara a ella.
Lamentaba estar en Gloucestershire y no en Londres.
Recordaba que en la ciudad ella dormía sin ningún inconveniente; sin embargo, desde que llegó a ese condado, tenía más problemas que soluciones.
Ni siquiera tenía un carruaje, pero debía ser razonable y darse cuenta de que no lo necesitaba, ni siquiera los criados lo necesitaban, ellos usaban una carreta para ir a por las provistas para la semana.
Si hacía falta algo de urgencia sacaban a los caballos y asunto arreglado.
Kitty no estaba acostumbrada a la monotonía del campo.
Con lentitud se daba cuenta de que sus ansias de ser criadora de caballos era más una proyección irreal de su aburrimiento que otra cosa.
Lo que ella en realidad amaba era bailar en los salones y eso acabaría si por errores de la vida se casaba y terminaba embarazada.
Ella consideraba la vida de su querida cuñada, Victoria, como un verdadero desperdicio.
Era probable que Spencer tuviera un encanto oculto para llevar hasta su cueva y desplumar a una mujer rica y educada.
Victoria se hubiera casado con un duque y no con un simple conde con muchas complicaciones y aprietos.
No obstante, los dos estaban locos y por eso decidieron unirse.
Cinco niñas era una verdadera barbarie. ¿En qué había estado pensando el padre de ellas al casarse cuatro veces?
Como decía su hermano: «agradezco que muriera antes de conseguir a la quinta esposa».
Al recordar a su hermano y sus momentos demenciales, Kitty pensó que se dormiría, de hecho, sintió que caía en el profundo pozo antes de conciliar el sueño, pero escuchó barullos que venían desde el área de los animales.
—Si sigo así, moriré —espetó quitándose la manta de encima.
Caminó hacia el vestido que estaba colocado en el biombo y se lo colocó con premura antes de apresurarse a llegar hasta la planta baja.
—¡De nuevo esos demonios sedientos de sangre! —exclamó la señora Snow que tenía un cuchillo en la mano.
—¿Qué ocurre, señora Snow? —interrogó Kitty.
—¡Los perros del duque, milady!
—¿Estás segura de que no son coyotes?
—¡Los coyotes no ladran!
—No se preocupe, señora Snow, yo los espantaré —dijo envalentonada.
—¡No, milady! No puedo darle su cuerpo a lord Nottingham.
—Pero yo necesito dormir y de este escándalo no he podido.
La muchacha salió de la casa por la puerta trasera con una lámpara en la mano. No le tenía miedo a unos perros.
El cacareo interminable de las gallinas y los arañazos de las largas uñas de los supuestos perros era lo que escuchaba cada vez que se acercaba más.
—¡Largo de aquí! —gruñó Kitty creyendo que con eso los perros se irían, mas su sorpresa había sido grande al darse cuenta de que muchos ojos rojos centelleantes la miraban. No se hicieron esperar los gruñidos.
Kitty estaba tiesa en un lugar. Había sido un error. La señora Snow tenía razón y quizá terminaran enviando su cuerpo o lo que quedaba de él a Londres.
—¡Sigan en lo suyo! —vociferó Kitty y comenzó a correr al igual que dos perros que fueron tras ella.
La muchacha arrojó la lámpara para que los perros se alejaran, pero era inútil.
En su huida, ella cayó al suelo y los perros se abalanzaron para morderla, pese a que Kitty se arrastraba para salvarse.
Uno de los perros logró tomar parte del vestido de ella.
Se oía cómo la ropa se rompía, mientras la muchacha movía los pies intentando dar patadas a lo que fuera que existía en la oscuridad.
Un disparo intimidatorio alejó a uno de los perros que casi se había comido el vestido de Kitty, pero el otro todavía seguía deseando morderla.
—¡Mátalo! —ordenó la señora Snow a uno de los mozos que llevaba un arma—. ¡Es el perro o la hermana de nuestro patrón!
El mozo asintió y disparó hacia la oscuridad.
Kitty por fin pudo sentirse a salvo. Respiraba con dificultad y se mantenía quieta en el suelo, acostada.
—¿Se encuentra bien, milady? —preguntó la señora Snow.
—Creo que necesito un té para poder dormir. ¿Qué se supone que son estas cosas? No pueden ser perros comunes...
—No sé qué pensaba encontrar. No son corgis, milady, son mastines.
—¿Quién en su sano juicio entrenaría de esta manera tan violenta a estos perros?
—El duque de Salisbury y lo sabe. Le he dicho hasta el cansancio que ese hombre es un demente y usted pensaba que yo lo era. En un mundo de locos creen demente al cuerdo.
Al levantarse Kitty sentía que sus manos le temblaban.
Estuvo al borde de ser devorada por unos perros, los perros del hombre que la había besado, pero no por eso lo dejaría pasar.
Por la mañana verían el daño que habían causado esas bestias.
Los mozos de la residencia se estaban encargando de espantar a los que todavía quedaban cerca.
La señora Snow la ayudó a sacudirse y le pasó un paño húmedo por las partes más sucias de su cuerpo. En ese instante se dieron cuenta de que casi se había quedado sin vestido y sin camisón, pues se lo arrancaron con gran violencia.
El té que le sirvió el ama de llaves intentaba calmar la furia y el susto que se había llevado, aunque sin mucho éxito. Tenía atorado en la garganta al duque. Casi había perdido la vida a causa de un pequeño descuido.
Se cuestionaba pensar demasiado en su vida para perderla de una manera absurda.
También tenía en mente que su hermano había invertido dinero en ella para morir destripada por mastines.
Dios le estaba indicando que Gloucestershire no era para Kitty y que el duque era un ser nefasto como le había dicho la señora Snow.
No más amistad o buenas relaciones con ese hombre, mañana sabría de qué estaba hecha.
***
Albert había despertado un día más como cualquier otro.
Tenía la misma rutina de siempre: despertar, desayunar e ir a cabalgar.
Cuando fue hacia las caballerizas, todos sus sirvientes se escabullían como ratas.
Eso era más llamativo que la costumbre de que se escondieran, pero no de forma tan evidente.
—¿Qué ocurre? —increpó al capataz al verlo que se acercaba con algo en la mano.
—Buen día, su excelencia —saludó el hombre, que acto seguido tragó saliva.
—Ahórrese el saludo. ¿Por qué huyen los sirvientes? No me he despertado irritable.
—Lo que ocurre, excelencia, es que sus perros volvieron a escapar anoche.
—¡Cómo que se volvieron a escapar! —Él fue con dirección a mirar a sus perros y al llegar se dio cuenta de que faltaba uno—. Uno de ellos no está.
—Creemos que pudieron haberlo matado al entrar en una propiedad. Por la noche se escucharon varios disparos.
—¿A quién voy a cortarle la cabeza? ¡Qué se presenten todos aquí! —mandó.
El duque abrió el portón de los perros y ellos se acercaron como si fueran tiernos angelitos que deseaban cariño.
Al fijarse en el suelo, Albert vio una tela de color lavanda que estaba hecha trizas.
Dentro de su mente rezaba para no encontrar un brazo, una pierna o alguna cosa que estuviera relacionada a una dama, porque estaría en aprietos.
El capataz reunió a todas las personas que se encargaban de las caballerizas y con eso también de los perros.
—¿Quién de ustedes dejó abierto el lugar de los perros? —inquirió tratando de mantener la calma.
—Ayer lo dejamos cerrado, excelencia. Yo mismo lo había verificado —confesó uno de sus criados.
—Entonces puedes explicar qué pasó con uno de mis perros y la prenda que está destrozada que debe ser propiedad de una dama. Esta vez no estamos hablando de gallinas, sino tal vez de una persona. ¿Entienden eso?
Los sirvientes asintieron temerosos ante el tono del duque.
—Esta mañana encontramos una copa de brandi sobre la cerca —siguió el hombre que le enseñó la copa con un poco de líquido en ella.
El ceño fruncido de Albert y su ceja levantada, hacían que él quedara confundido con la información que le daban sus sirvientes. Cogió el cristal en su mano y él se lo llevó a la nariz. ¿Qué estaba ocurriendo? Esa copa de brandi pertenecía a su casa.
—¿Quién ha osado entrar a mi residencia y beber mi brandi? —masculló en medio de su rabia.
—Ellos jamás han pisado la residencia más allá de la cocina, excelencia —justificó el capataz.
—Si se ocultan entre ustedes, tarde o temprano lo sabré. Tienen unos días para contarme la verdad o todos serán despedidos. No puedo tener gente deshonesta entre mis trabajadores...
Él decidió no ir a cabalgar. Estaba tan nervioso que quizá terminaría cayéndose del caballo.
En todos esos años jamás había tenido problemas con sus sirvientes, pero no podía explicarse de dónde había salido la copa.
La persona que había bebido de ella era la responsable de que su perro estuviera desaparecido y que quizá una persona hubiera salido lastimada.
Eso último lo tenía preocupado por los problemas que podrían acaecer sobre su reputación.
De por si lo consideraban distante y hasta poco agradable, pero con esto podrían decir que era sangriento, un descendiente de Gengis Kan.
Suficiente tenía con su madre haciendo de las suyas en la propiedad como también para vivir preocupado por unos perros.
Quizá el animal solo hubiera robado una prenda.
No necesariamente una dama debía estar muerta, si eso hubiera ocurrido, la sangre en las telas delataría el evento; sin embargo, solo había saliva y arena.
Con los nervios crispados decidió intentar hacer algo en su despacho, cualquier cosa que lograra sacarlo de sus pensamientos. Odiaba preocuparse por cosas que escapaban a su control. Ya sus sirvientes se encargarían de solucionar cualquier inconveniente.
Kitty estaba a punto de llegar a la casa del duque.
Había decidido vestirse con la prenda que había llevado puesta durante el ataque del sabueso infernal y a este último lo tenía en una bolsa arpillera, muerto.
Así mismo se lo dejaría al culpable de todo.
Además, llevaba un arma por si se negaba a cooperar.
Esta vez no se trataba de gallinas o de comer huevos, una vida humana estuvo en riesgo.
Pudo haber sido la señora Snow, a la que tildaba de paranoica, aunque era más cuerda que Kitty, una dama instruida e inteligente.
Nunca más volvería a restarle mérito a las palabras de una vieja criada.
Una vez frente a la propiedad, dejó el pescante en el lugar y con esfuerzo bajó la bolsa que contenía el cuerpo del perro que había matado un mozo de su casa. Se acercó a la puerta y la golpeó con educación. Kitty estaba regia, como si no llevara un vestido masticado y un cadáver en una bolsa.
—Buen día, ¿en qué puedo ayudarla? —preguntó el mayordomo que miró a Kitty de pies a cabeza para evaluarla.
—Solicito hablar con el duque de Salisbury —respondió Kitty, pero el hombre no había movido un dedo, por lo que le entregó una tarjeta de presentación para que la dejara pasar.
El mayordomo miró la tarjeta, después la observó e hizo ese proceso unas tres veces antes de hacerse a un lado para dejarla pasar.
—Por favor, pase, milady —concedió y la llevó hasta el salón en donde se encontraba la madre de Albert.
La mujer se encontraba haciendo un armonioso bordado. Después levantó los ojos hacia Kitty y sonrió.
—¡Oh, lady Kitty Fane! —La recibió la duquesa, sonriente y entusiasmada.
La joven que tenía al hijo de esa mujer atorado en la garganta, tuvo que tragarlo para poder saludar. Realizó una reverencia.
—Su excelencia, disculpe la intromisión a su casa —se disculpó todavía con la cabeza agachada.
La duquesa se fijó en las prendas de la joven y también en el bulto que arrastraba.
—¿Se encuentra bien, querida? —preguntó al verla con esos harapos.
Kitty movió sus ojos hacia su falda y después le entregó una sonrisa a la duquesa.
—Un pequeño percance —respondió.
—Venga, milady, siéntese conmigo...
Para Kitty sería un poco más difícil de lo que había pensado llegar hasta el duque.