Familia Fane Capítulo 11
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Capítulo 11

Al día siguiente, Kitty se despertó más tarde que de costumbre. La noche anterior no había podido pegar los ojos después de llegar del baile del duque. Ese hombre no salía de su mente. La imagen de ellos dos besándose la torturaba y ya no deseaba pensar en él, la distraía.

Durante sus horas de desvelo, también pudo concluir que, ante la burla de aquel pomposo aristócrata, no se rendiría en sus objetivos.

No importaba que ella no supiera más que montar.

Creía que su amor por los caballos sería la herramienta para llevar a cabo la crianza de esos animales.

Una vez que lo lograra, atropellaría la propiedad del duque con una gran cantidad de animales salidos de esa finca.

Lo mejor sería verlo corriendo y a ella detrás, intentando pisarlo con las patas delanteras del corcel que ella montaría.

Ese pedazo de su imaginación le arrebató una sonrisa mientras desayunaba.

—¿Cómo le fue anoche, milady? —indagó el ama de llaves que le sirvió una taza de té para que la acompañara con los huevos, tostadas, mermelada y crema que tenía en la mesa.

—Bailé hasta cansarme. Fue una noche estupenda. El duque es un buen anfitrión. —Ella se sonrojó después de dar esa respuesta.

—Ese ser tan antipático...

—Es cierto que es antipático y no lo culpo, debe estar en su sangre, porque tiene todo lo que una persona puede necesitar para ser feliz y no lo es.

—Debe tener una esposa que le destroza los nervios.

—Es soltero, señora Snow.

—Entonces el problema es que le falta una esposa que lo mantenga contento. Pobre de la yegua que tenga que cumplir con esa función.

—El duque es un hombre agraciado, para nada despreciable...

—Hasta que habla y no asume sus culpas.

A Kitty se le escapaban las risas al ver a la señora Snow ahogándose en su bilis por lo que los perros del duque habían hecho con las gallinas.

—¿Sabe que el duque me ha invitado a su propiedad para que conociera sus caballerizas?

—¡Oh! ¡Condenación, milady! La ha elegido, la ha elegido para ser su yegua. ¡Esto no puede ser posible! —expresó la mujer, escandalizada.

—No es eso, señora Snow...

La señora Snow movió una silla para poder sentarse y después comenzó a abanicarse con su delantal.

—¿Se encuentra bien, señora Snow? No se le ocurra morir, por favor.

Él solo quiso ser malvado diciendo que no puedo criar caballos, puesto que soy una mujer y ha querido restregar en mi cara sus bellas caballerizas.

Es todo, no me pretende ni yo lo pretendo —aclaró al ver la palidez en el rostro de su ama de llaves.

—Pero si él sabe que usted no puede criar caballos, está tan seguro como yo de que eso no ocurrirá. Oh, le ha echado el ojo. Usted es muy bonita y eso la ha condenado a vivir con un asesino de gallinas.

Kitty levantó una ceja y después rodó los ojos ante la histeria de su criada. En verdad la señora Snow creía que un hombre arrogante era el mismísimo demonio. La ignorancia podría matarla.

—Señora Snow, por más que él deseara locamente casarse conmigo, no contaría con mi aprobación...

—¡Pero sí con la del conde de Nottingham si lo llegara a saber! Ningún hermano, padre o tío, dejaría ir a un buen partido por más que este sea nefasto. Un matrimonio es un buen negocio.

—Usted es igual al duque en cuánto a pensar cosas malas. Eso no los llevará a ningún sitio.

—Se nota que usted no sabe el dicho que dice: «piensa mal y acertarás». Ahora es una supuesta invitación a sus caballerizas, después él vendrá a tomar el té... Y así, hasta escalar al débil corazón de una dama impresionable por su atractivo.

—¡No soy impresionable, señora Snow! —farfulló Kitty, colorada por la vergüenza.

Era un hombre guapo, pero tampoco se arrojaría a sus pies. No era lo que ella deseaba. No estaba ahí para eso. Su objetivo era ser una criadora de caballos y cerrar muchas bocas, pues se habían sumado más personas para criticarla y decirle que no podría alcanzar sus objetivos.

El ama de llaves se incorporó e intentó recuperar la compostura ante su ataque de pánico por el futuro de la muchacha.

—Confiaré en su buen juicio, milady. Si sabe lo que le conviene, se mantendrá al margen del duque. No quisiera que lamentara su amabilidad atrayendo a alguien con tan poca gracia y jovialidad.

—Ni Spencer se atrevió a confiar en mi buen juicio, señora Snow.

Puede terminar un poco decepcionada de mí si tiene altas expectativas, pero para su tranquilidad, no tengo intenciones de aceptar dicha invitación y mucho menos volver a verlo, aunque si lo encuentro en alguna otra velada, estaré encantada de volver a bailar con él, es muy bueno moviendo los pies...

Esas últimas palabras parecieron conformar al ama de llaves.

Sin embargo, a ella la dejaban pensativa.

No volver a ver al duque fanfarrón era una excelente idea, mas no terminaba de agradarle, porque extrañaría ciertas atenciones.

Un poco de distancia entre los dos era lo mejor que podría pasarles.

Se olvidarían y quedaría como sin nunca sus labios se hubieran encontrado, ni sus lenguas hubieran bailado.

Asimilar la situación de que Kitty no se casaría y de que era probable que nunca más volviera a ser besada, le resultaba difícil.

¿Cómo algo tan placentero debía serle negado?

Un esposo la besaría todo el tiempo... ¡No podía estar considerando un esposo solo porque los besos de cierto incordio la habían fascinado!

Tan irreverente, indecente y decadente era su cercanía con Albert.

Estaba segura de que no lo volvería a ver.

Rompería esa relación desde el cuajo. No más besos pasionales ni apetitosos.

Ella tenía que enfocarse en cumplir con sus propias expectativas y dejar de lado toda distracción.

Gloucestershire debería ser un lugar de paz y no donde encontrar un inconveniente más aparte de los que tenía en Londres.

Un caballero no había sepultado sus sueños en la gran ciudad, y menos lo haría en el campo.

Una vez que logró terminar su desayuno, fue al despacho para intentar sacar una buena idea. Tenía un papel frente a ella y un grafito para escribir ideas, aunque al final había terminado haciendo el dibujo de unos caballos en la pradera y le habían salido muy bien.

Las maldiciones salían de su boca en demasiadas oportunidades, tantas que ya no debería considerarse una dama.

Su mente estaba en el aire y eso no le permitía darle una oportunidad a su concentración.

Tenía libros de caballos en esa casa y aun así no podía aprovecharlos, porque su mente prefería analizar la anatomía humana del duque.

Suspiraba al pensar en el último beso y que había salido huyendo sin agradecer la buena atención.

Al darse cuenta de que su existencia se veía afectada por un caballero y que no lograba pensar estando en esa casa, prefirió ir en la búsqueda de uno de los tantos caballos viejos de las caballerizas de su hermano.

Al menos ellos debían tener una vejez tranquila con un paseo semanal o como pudiera darle.

Los mozos no eran suficientes para darles esa comodidad por lo que se uniría a ellos hasta saber cómo conseguir dinero para comenzar la crianza.

Ella era un lienzo vacío en cuanto a ideas.

Asumir que no era nadie sin Spencer era muy difícil para Kitty, porque las palabras que él le había dicho y que todos le repetían se hacían reales y la golpeaban sin piedad, haciéndole creer que al fin de cuentas todo era un capricho suyo y que lo único que estaba destinado para ella era ser la esposa de alguien que la dejaría tirada en un lugar.

La vida de la señorita Malorie quizá no fuera la indicada para tomar el ejemplo, pues ella ni era de la aristocracia, ni tenía otras hermanas o hermanos.

Sus padres no tenían a quien más y por eso la dejaban ser soltera.

Kitty tenía más personas que dependían de ella.

En esos momentos era que deseaba que dentro de su cabeza las cosas se alinearan y fuera una joven normal, pero era probable que fuera tarde, llevaba una temporada perdida y desperdiciada.

De repente caía en pozo de ansiedad y temor de estar haciendo las cosas mal.

Si criar caballos no era lo suyo, tampoco lo sería quedar solterona.

Sentía temor por el futuro, no deseaba desmoronarse, al menos debería luchar por lo que creía.

Su hermano le había dicho que si lo necesitaba solo le escribiera y él enviaría al carruaje si cambiaba de opinión.

¿Terminaría regresando a Londres con el rabo entre las piernas y el hocico caído?

Imaginaba su vuelta y veía a lord Sharp volando sobre ella como un buitre diciéndole con quién podría casarse, a eso se uniría su hermano dando más nombres, queriendo venderla al mejor postor antes de que Meredith entrara al mercado matrimonial.

Sacudió su cabeza para desaparecer todas esas terribles imágenes.

No quería que eso ocurriera. Ir de nuevo a su casa era la derrota y asumir que había fallado.

Luchar hasta el final era su posición. La humillación y la vergüenza serían las únicas capaces de hacer que agachara la cabeza y aceptara los designios de los otros.

***

Al cabo de unos días, en la residencia de Albert las cosas volvieron a la normalidad, o al menos una extraña normalidad.

Su bandeja tenía más invitaciones que de costumbre.

Las personas de los alrededores consideraban de manera equivocada que él estaba buscando esposa.

Nada más alejado de la realidad de su vida.

No quería saber nada de un estorbo. Tener a alguien que, como su madre, le estaría cacareando cosas en la oreja, no le resultaba apetecible.

Al menos debería dejar que su progenitora muriera para entregar el lugar de perseguidora a la nueva duquesa.

Sobre su vecina, lady Kitty Fane, no sabía nada.

En sus paseos con el capataz no la había vuelto a ver por sus tierras.

Había ido hasta los límites, pero tampoco la había hallado.

Pensaba en ella muchas horas al día, ya que se sentía hechizado por la forma tan burda de ser de la joven.

Nada como el encanto salvaje para dejar a un caballero prendado.

En algo debía darle la razón a la duquesa viuda.

Para la hora de la cena, él se encontraba degustando sus alimentos en absoluto silencio como siempre, ignorando la presencia de su madre. No le daba pie a que iniciara una conversación con algún comentario. Albert deseaba que ella regresara Londres y lo dejara vivir tranquilo.

—¿Por qué no invitas a lady Kitty Fane a tomar el té conmigo? Me encantaría conocer mejor a la única muchacha que merece la pena en este sitio —habló la duquesa.

—No invitaré a nadie más a mi casa. No daré pie a que sigan pensando que busco esposa, y menos invitaré a una joven que desea ser soltera por los siglos de los siglos.

—En caso de que no estés interesado en casarte con nadie, puedes tener una bonita amistad con una solterona. Además, es de tu misma clase social. Podrían surcar juntos estos campos esperando a la muerte, sin haber hecho nada útil por sus vidas.

—No me interesa la amistad de nadie. Otra cosa, no dije que no me casaría, sino que lo haría cuando yo quisiera. Buenas noches, madre. No se desvele ni se queme las pestañas deseando una esposa que yo escogeré a mi antojo.

Ella vio que su hijo se retiró de la mesa.

Colocó una sonrisa en su boca y siguió comiendo con tranquilidad.

Al terminar, se dirigió a cargar una copa de brandi y la bebió con lentitud, mientras tomaba el camino al jardín.

Con pasos lentos y elegantes, llegó hasta las caballerizas y de ahí fue al corral de los mastines de su hijo.

—Si no hay invitación, al menos habrá visita. Las cosas también pueden hacerse sin tu consentimiento, Albert —dijo la mujer en voz alta, movió la tranca del portón de los sabuesos y los dejó salir—. A conseguir esposa para el amo... —ordenó.

Los perros se perdieron en la oscuridad. Lo último que había visto la duquesa eran los ojos brillantes de los animales antes de abrirse paso hacia las praderas.