Familia Fane Capítulo 10
22%

Capítulo 10

Los ojos de Albert seguían a Kitty como un águila.

Esa mujer era un vicio, uno muy malo y poco recomendable.

Verla era como un suplicio y un deleite.

Tenía opiniones tan contradictorias sobre ella, había esperado verla por varios días y no había quedado disconforme.

Ambos tenían un carácter bastante fuerte, tanto que no se dejarían molestar con tanta facilidad.

Cuando la miraba conseguir caballeros con tanta facilidad, Albert comenzaba a molestarse.

Todos deseaban bailar con Kitty, pues ella disfrutaba de bailar y no le importaba con quien fuera con tal de hacerlo.

Tan sonriente, graciosa y divertida, lograba acabar con su buen ánimo.

Ella no se había divertido tanto con él como con esos otros.

Estaba en desacuerdo con que una muchacha tuviera tanta diversión.

Con una paciencia inmaculada, espero a que Kitty se cansara. Ella se había retirado hacia el jardín que él mencionó antes. Se apresuró para ir tras la joven para que por coincidencia pudieran encontrarse.

Kitty fue hacia el balcón del salón, esperaba que tuviera acceso al jardín para respirar, pues comenzaba a sudar.

No sabía que sería tan solicitada por los caballeros sin hacer mucho esfuerzo.

Todos querían conocer a la recién llegada a la zona, y esperaba que no fuera para que quisieran entablar una relación de otro tipo que no fuera la de buenos vecinos.

No quería a nadie insinuándole matrimonio.

No se encontraba en Gloucestershire para eso, sino para demostrar que su hermano estaba equivocado y que ella sí lograría ser una criadora de caballos.

Ella quitó su pañuelo de su ridículo y lo pasó por su frente y su rostro para secar las pequeñas burbujas de sudor que la amenazaban.

—La vuelvo a encontrar —dijo Albert al verla distraída.

—¿Por qué no ha bailado? —cuestionó la muchacha que seguía con el pañuelo en la mano.

—Porque no me apetece. No soy alguien que guste de sufrir de sofoco. Soy muy distinto a usted.

—¿Cuántas veces cree que recibiremos una invitación para un baile en este rincón de Inglaterra? Debería aprovechar el tiempo.

—¿Tengo cara de que desee aprovechar el tiempo?

Albert tenía una copa de brandi en su mano. La bebía con lentitud a la vez que miraba a la bella joven junto a él y ella también lo observaba como si la estudiara.

—En verdad tiene cara de que ha comido algo en mal estado. Lamento tener que decírselo, pero es un mal anfitrión si sabe que hay tantas damas sin poder bailar.

—Y usted es una pésima invitada que no deja a otras damas bailar con la poca cantidad de caballeros que han venido. Puedo juzgarla por ser tan egoísta con sus pares.

—Puede que tenga razón, pero yo he venido a divertirme y no a pasar sentada toda la noche. Las otras mujeres vinieron a buscar esposo, uno en particular: usted.

—No puedo casarme con todas y menos con muchachas de campo. No son lo suficientemente buenas para ser duquesa. Para eso se requieren cosas específicas y no solo una buena educación.

—Sí, cierto. Considero que la mayor parte de las damas del salón cumplen a plenitud con sus requerimientos. No deben ser muy inteligentes y son bonitas. Le aseguro que en esta casa está la futura duquesa.

—Se equivoca. Es lo que mi madre más desea, pero prefiero morir antes que darle el gusto a ella.

—En algo pensamos igual. También prefiero morir antes que ser esposa de algún vividor por el simple hecho de que alguien estableció que todas deberíamos casarnos en nuestra primera temporada o estábamos destinadas al fracaso. Lo creí por tantos años...

—¿Y qué hizo que se diera cuenta de que puede que no sea de esa manera?

—Mi cuñada tiene una prima que ha cumplido veintitrés años y vive a plenitud...

—Es una ilusión, milady. No ha podido realizarse, pero lo anhela. Es una pena que tomara a una carga como un ejemplo.

—¿Le han dicho que es la persona más negativa del mundo?

—No, quizá sea más realista de lo que usted pueda imaginar. Nunca me he destacado por ser soñador, y cuando soñé, fracasé —confesó.

—¿Usted fracasó? ¿En qué podría fracasar un duque que solo debería tener éxitos?

—Es un asunto personal, no se lo diré a ninguna desconocida.

—Tampoco muero por saberlo, pero me gusta el cotilleo.

Él guardó silencio, miró a su alrededor y no vio a nadie, por lo cual se acercó a Kitty.

—¿Todavía no se ha cansado de bailar tanto? Debería considerar retirarse —manifestó Albert queriendo persuadirla para que se quedara ahí.

La muchacha abrió los ojos como si le hubieran dicho algo increíble, pero en verdad eso le resultaba hasta impresionante, tanto que hasta soltó su pañuelo y este cayó al suelo.

—Nunca me habían echado con tan poca educación de un lugar, excelencia.

—¡No, no! —expresó apresurado—. No era eso lo que quería expresar, más bien me refería a que dejara de bailar y se quedara aquí.

—¿Con usted? Prefiero morir bailando. Admítalo, no se divierte conmigo y solo quiere molestarme, busca conflictos y me ha encontrado como si fuera la comidilla para sus antojos. Desde el primer día en que nos vimos, estábamos destinados a considerarnos enemigos.

—Lo único bueno de nuestro primer día ha sido el beso que se negó a darme...

Al recordar eso, Kitty se había puesto colorada y miró al piso hacia donde se encontraba su pañuelo. Para desviar su atención de este vergonzoso asunto, se agachó con lentitud para recogerlo, pero Albert también lo había hecho.

Los dos tenían el pañuelo en las manos. Con la misma lentitud que descendieron fueron levantándose sin dejar de mirarse.

La única manera en la que ellos podrían comunicarse era con el silencio y a través de los ojos, pues ellos decían más que cualquier palabra.

Sin poder evitarlo, las manos de los dos se tocaban intentando alzarse con la posesión del pañuelo; sin embargo, Albert decidió tomar la iniciativa y la sorprendió con un acercamiento furtivo de sus labios para apoderarse de los de Kitty.

Otra vez había perdido el buen juicio a causa de esa muchacha. ¿En qué terminaría esto?

Kitty soltó el pañuelo y siguió el ritmo del caballero para corresponder al beso. Abría su boca para que él entrara con su lengua y la invadiera con la esencia del brandi que todavía tenía en su otra mano.

Se sostenían de la mano y con eso se estiraban para acercarse y mantener ese contacto.

Albert había decidido darle rienda suelta a su instinto, o más bien dicho a su tontería.

¿Qué lo impulsaba? ¿La atracción? ¿Los celos de verla feliz con otros sin pelear?

No lo sabía, no había una conclusión concreta, solo se había arrojado al abismo de la locura por volver a besarla.

Eso era lo que lo había mantenido interesado en el asunto del baile, no tenía ningún otro interés o ambición, solo deseaba perderse en esa sensación que había vivido la primera vez con ella.

Era tan agradable ser besada por ese ser desagradable.

Sus labios eran tibios y suaves, su lengua era tentadora y exigente.

Era incomprensible la manera en la que se daba el acercamiento entre ambos.

No se conocían, no era posible una amistad o buena relación entre ellos, pero ¿cómo hacían para besarse sin pelear y sin tener una relación?

Al darse cuenta de eso, ella rompió el beso y se alejó con prontitud.

Eso estaba yendo lejos sin desearlo. Un duque y ella no era algo factible.

Ni él deseaba casarse, ni ella, cualquier cosa entre los dos no tenía futuro.

Era mejor dejar atrás un posible problema.

Kitty ya tenía un par y por eso prefería quedarse con los que todavía no había resuelto.

Albert la vio retirarse de vuelta hacia el salón.

No le había dicho nada, solo la vio irse con los labios rojos e hinchados.

A él lo había dejado de la misma manera y también con una respiración agitada.

Después de que ella desapareciera de su vista, Albert miró al suelo y encontró el pañuelo de la muchacha.

Lo cogió y lo colocó en la punta de la nariz.

El aroma era de un buen perfume, uno fascinante que lo dejaba pensativo.

Unos minutos más tarde, él regresó al salón y no se había percatado de que ellos no eran los únicos en ese lugar.

La duquesa viuda había visto todo lo que necesitaba para colocar todos sus esfuerzos en juntar a su hijo con lady Kitty Fane.

Deseaba saber de dónde aquellos tenían tanta intimidad, quería alimentar su curiosidad, pues ella era nueva en el vecindario y él no era tan asiduo a ir al pueblo.

En definitiva, esa mujer debía ser su próxima sucesora.

En el fondo felicitaba a Albert por su exquisito gusto en belleza, aunque era cuestionable su excesivo y vulgar entusiasmo en el baile, mas todo era solucionable.

Al llegar a su pescante, Kitty subió y trató de recuperar la compostura y el aliento.

—¡Ay, Kitty, abandonaste el baile por una tontería! ¡Debiste mirarlo más y no dejar que te besara! Es inútil, ahora debes esperar a que no vuelvan a encontrarse...

Puso en marcha el coche y se retiró ante la mirada de Albert que había salido tras ella para verla irse.

Era muy independiente para llevar un pescante sola por la noche.

Era un gran problema y más aun sabiendo de los peligros para una dama.

Los caminos de Gloucestershire no eran tan seguros, pero no podía hacer entrar en razón a una muchacha que creía que el coraje era un valor; sin embargo, él lo consideraba como una tremenda estupidez que podría costarle la vida a una mujer joven y bella.

—¿No me digas que se ha ido lady Kitty Fane? —preguntó la duquesa que fingía desconocimiento.

—Sí —respondió Albert con acritud.

—¿De dónde conoces a la joven, Albert? Fue la única con la que decidiste bailar esta noche —husmeó la dama.

—De ningún lugar...

—¿Estás seguro, querido? —continuó.

—Sí. Lo único que nos une es que sus gallinas fueron asesinadas por la terrible falla de los cuidadores de los perros —respondió ante la curiosidad de su madre—. ¿A qué hora termina todo esto? Estoy cansado.

—Deberías ir a cumplir con otras damas. No pueden pensar que solo tienes preferencia por la nueva del vecindario, ¿qué dirán las jóvenes de la región?

—Que ninguna cumple con las expectativas para ser duquesa. Entienda, madre. Aquí en medio del monte no hallaré a nadie que sea lo que se espera para mi esposa, pierde su tiempo y hace que pierda dinero en estas tonterías.

—Pues con este acontecimiento lograste mucho más que estando en Londres.

Sé que en este rincón de Inglaterra se encuentra mi sucesora, sea o no una mujer de clase.

En ocasiones a los duques les agrada la falta de clase y más en tu caso, Albert.

Eres tan refinado que espantas a las buenas y te persiguen las malas.

—Imagino que al decir que me persiguen las malas se refiere a usted, ¿no es así?

—Eres un primor, cariño —bromeó la madre que regresó dentro de la residencia, dejando a su hijo que continuara con la mirada puesta en la oscuridad.

Su madre sabía cómo molestarlo. Deseaba apagar todas las lámparas y velas de su casa para que los invitados se fueran a dormir y muy poco le importaba si era por capricho o no.

Ya su interés se había retirado en un pescante.

Lo peor era que quizá no pudiera dormir bien al saber que había dejado ir a una dama en esas condiciones.

Por más que lady Kitty Fane dijera que no era cualquier dama, a él le parecía que era tan débil y necesitada como otras, solo que tenía el temido pecado de la inteligencia.

Debía admitir que como a otros caballeros, a él tampoco le agradaba que una mujer quisiera tomar la delantera en los asuntos que incumbían a los hombres.

La crianza de caballos era algo de varones y ella quería entrar a ese ámbito.

La ingenua muchacha aprendería hasta dónde podría llegar y se daría cuenta de que la inteligencia no la llevaría muy lejos en un mundo de caballeros construido para ellos y que daba cabida a las mujeres como meras observadoras y beneficiarias del triunfo masculino.