Capítulo 9
Albert había decidido convertirse en algo así como un anfitrión responsable, aunque no estuviera de acuerdo con las imposiciones de su madre.
Mientras saludaba a los invitados e intentaba ser amable con la gran cantidad de damas que ahí se encontraban para cazarlo, él no perdía de vista a su intrusa favorita.
Al darse cuenta de que también ella lo miraba sin siquiera intentar fingir que lo tenía entre ceja y ceja, Albert se sintió más que orgulloso y complacido, pero no se lo haría saber.
Lady Kitty Fane era una más de las mujeres del montón que querían que él picara el anzuelo y terminara casado.
Era su destino, no se negaba a lo que estaba escrito, pero todo debía ser bajo sus condiciones.
No deseaba volver a entusiasmarse y no ser correspondido como ya había ocurrido tiempo atrás.
La mujer que sería la duquesa debería ser fiel a él, sin otros intereses más que adorarlo y que significara todo para ella.
Albert no quería tener que sentir el desprecio de nadie más.
Ya con el poco afecto recibido a lo largo de su vida había sido suficiente.
Había decidido blindarse de eso, pero cuando se enamoró de una mujer que estaba enamorada de otro, había bajado la guardia, pero eso no lo volvería a hacer nunca más.
Protegería sus sentimientos y su orgullo con su vida. No más vulnerabilidades.
Muchas damas buscaban su atención levantando sus copas, pero él solo agradecía esas cortesías con un gesto de cabeza a esas mujeres; sin embargo, a Kitty sí le había devuelto la mímica.
Cuando la madre de Albert le pidió a la orquesta que comenzara con el baile, él consideró que había cumplido como buen anfitrión y por eso le avisaría a cierta muchacha que ya había llegado el momento de cumplir con lo que habían acordado.
Al verlo acercarse, el corazón de Kitty latía desenfrenado.
Bebió con más lentitud su tercera copa de vino y siguió viendo que él acortaba la distancia cada vez más.
¿Podría ser posible que le reclamara su impertinencia por mirarlo?
Ya le había parecido un caballero indecente cuando le hizo un gesto con su copa.
Eso pudo haberlo hecho aquel para escandalizarla.
—Lady Kitty Fane —pronunció Albert—. Ha llegado el momento que sus pies ansiaban...
—Ya era hora, iba a por la cuarta copa —musitó ella con jovialidad.
—Mmm... Quizá usted no esté muy capacitada para bailar en este momento por haber bebido tanto.
—¿Tres copas? Si supiera cuanto bebo, sabría que esas tres son como un trago de agua. ¿No va a mostrarme su brazo? —interpeló subiendo una ceja.
El desafío era algo que alentaba a Albert a la locura. ¿Cómo podía alguien como ella desafiar a un duque? En lugar de ofenderse se divertía con los intentos de rebeldía de una dama de la aristocracia.
—No seré culpable si termina tropezando para después enrollarse en su propio vestido. Sería embarazoso para ambos.
—No sueñe con que eso me pasará. Soy una excelente bailarina. Puede sorprenderse conmigo.
—De eso no tengo muchas dudas. —Él le enseñó su brazo para que lo cogiera.
Kitty ni siquiera había parpadeado para aceptarlo y cuando lo hizo lo miró directamente a los ojos haciéndole saber que no le temía y que tampoco sentía vergüenza de él.
El contacto entre ambos era agradable y consentido. Existía cierta coquetería de parte de los dos al hablar, al mirarse y al tocarse. No era evidente, sino que se trataba de algo implícito, que no se decían, solo lo percibían.
Se colocaron uno frente al otro, se miraron y realizaron una reverencia antes de iniciar el baile.
Una vez que estaban moviéndose entre los demás danzantes, Kitty comenzó a sonreír, mientras que Albert se mantenía con el rostro más serio para disimular, pues él era el centro de atención de esa noche gracias a su madre.
—Dígame, vecina —habló Albert, burlón—, ¿y su hermano?
—Él no es tan importante —respondió Kitty sin preocupaciones.
—Si no he oído mal, su hermano es lord Nottingham, eso no puede carecer de importancia. ¿Qué razones traerían a una dama a un lugar tan inhóspito?
—Podría preguntar lo mismo de usted, un duque.
—Yo tengo una razón importante...
—¿Qué podría tener a un duque tan lejos de los dominios de los salones londinenses?
—Me molesta la gente. No me gusta convivir con nadie —contó con tranquilidad.
—Lo he visto moverse con soltura entre los demás, no mienta.
—No tengo necesidad de inventar nada. Me crea o no, no me interesa.
—Ajá. Si a usted no le interesa, a mí mucho menos.
—Su educación es tan escasa. ¿En verdad es hermana de un conde o decidió embaucar a los demás con falsas premisas?
—Soy libre de hacer lo que quiera. Mi hermano dice que seré una solterona, que soy una manzana podrida que podría malograr a las otras manzanas del frutero. No he conseguido casarme en mi primera temporada, ¿qué le parece?
Albert sonrió deseando burlarse.
—Me parece que hay razones para creer que más de un caballero ha salido espantado y que ha primado la sabiduría por encima de cualquier otra cosa como la belleza o un atractivo desafío. En ocasiones huir a tiempo no es cobardía.
—¿Puede usted confundir inteligencia con cobardía? Es evidente que ha vivido tan aislado que ya no conoce ni siquiera a los de su tipo.
—Por si lo dudo me colocaré del lado masculino. Además, de lo poco que pude apreciar de usted, considero que le faltan muchas cosas para parecer una dama. Ni siquiera monta como una muchacha de su clase.
—No me apetece ir incómoda en el caballo. Tampoco estoy dispuesta a dar ventajas a bellacos que menosprecian la capacidad de una mujer.
—¿Menosprecio? Supongo que no vemos las cosas desde el mismo sitio. Para mí, una joven es una delicada flor, aunque usted es la excepción en toda su regla.
—Usted no trataría bien a una mujer ni si volviera a nacer. Debería admitir que su educación tampoco es lo más confiable o relevante que tiene.
Una sonrisita sardónica escapó de los labios de Kitty al decirle eso a un duque. Se estaba tomando atribuciones que no le correspondían, pero en ese instante se sentía invencible junto a él. Ni el aristócrata ni otra persona podrían hacerle mal.
—Quizá tenga una pizca de razón. Me divierte, milady, aunque no intente divertirme demasiado, porque puede terminar provocando a mis demonios menos pacientes —mencionó Albert con unas palabras que carecían de la sutileza necesaria para que entendiera que no debería abusar de su encanto con él.
—¿Solo usted tiene demonios impacientes? Oh, su excelencia, por algo estoy aquí. Vengo de una familia numerosa, cinco mujeres y un varón. ¿Cree que no sé lo que significa vivir con demonios? Para mí sería como estar en casa.
—Es evidente que siempre tiene una forma de poner la situación a su favor, milady. Con toda esa habilidad es imposible que sea declarada una solterona a tan tierna edad.
—Yo misma me he declarado solterona, mi hermano solo me ha dado el empujón, como un castigo. No estoy interesada en perseguir pantalones.
—Interesante percepción la que tiene, solo que irreal. Le diré las razones...
—No hace falta que me diga nada, la institutriz, mi propia familia, lord Sharp y hasta los gatos del vecino han deseado abrirme los ojos, pero a mí no me apetece. Amo a los caballos y mi futuro es criarlos para venderlos.
—No, querida mía, su destino es depender de un hombre por el resto de su vida. Puede soñar, pero no ocultar la cruda realidad.
Kitty seguía los pasos del baile y lo estaba haciendo bastante enfadada. Él era un hombre muy negativo y comenzaba a disgustarla.
—¿Y cuál es el destino de un duque?
Albert se encogió de hombros por un segundo y realizó un gesto con su boca.
—Casarme algún día. Es algo de lo que no puedo escapar, solo escoger cuando yo lo desee.
—¿Tan seguro está de que lo escogerán? Tengo serias dudas al respecto
—Yo no las tengo, soy un duque.
—Solo una mujer sin un ápice de inteligencia querrá casarse por un título.
—Alégrese de que no será esa mujer, pues usted posee el infortunio de la inteligencia, algo que solo le traerá desgracia. Es mejor la gracia, la belleza y el buen ánimo de consentir —alegó Albert que comenzaba a dejar salir ese ser impertinente que era.
Los dos tenían llamas en la mirada. Juntos podían ser una mezcla insoportable. La sensación del baile había cambiado y ambos se notaban desafiantes entre sí. Tal vez fueran demasiado parecidos para poder convivir en paz.
A Kitty, las palabras del duque le resultaban un ataque directo a su persona y más al decirle que ella no sería esa mujer, pero le daría una cucharada de su propia medicina.
—¿Y quién dijo que yo quería ser esa mujer, excelencia? Quizá usted lo desee, pero estoy muy lejos de su alcance —aseguró Kitty que no estaba dispuesta a perder la puja.
La mirada gris de Albert distinguió la ceja alzada y la mueca de su compañera de baile creyendo que había ganado.
—Supongo que no puedo hacerla entrar en razón.
No me vea como su enemigo, sino más bien como un consejero.
No me pondría a discutir con una niña caprichosa nada sobre lo que tengo amplios conocimientos.
Como una vez le dije, si quiere saber sobre criar caballos, mis caballerizas son aptas para que las visite.
Si su orgullo no se lo permite, tardará más tiempo en tener un poco de sabiduría.
No es suficiente con decir que un animal es bonito y saber montarlo, esto va mucho más allá...
—Lo mejor que podríamos hacer es mantener distancia entre nosotros. No quisiera ganarle su espacio en la cría de caballos. Gloucestershire se hará pequeño con nosotros aquí. Espero que pronto desista de desear que haga caso a sus pedidos. Ya he perdido la cuenta de sus invitaciones.
—Sepa que será la última que recibirá. Es un hecho, la de este baile es la primera y la última. Si le gusta bailar, tendrá que esperar bastante para tener un compañero como yo.
—Puedo ser aplastada por su ego, excelencia. Baila bien, pero no lo suficiente para tentarme para ir a sus caballerizas.
—Si no le gustan las caballerizas, tengo un bello jardín. Puede caminar por ahí si necesita espacio para que su ego no se sienta asfixiado por el mío.
La danza había llegado a su fin al igual que las buenas relaciones que desearon construir. Él hizo un gesto de cabeza y ella una elaborada reverencia.
Albert le dio la espalda a la muchacha y se retiró.
Para él había sido suficiente de esa fiesta.
Su único interés había sido una mujer bastante inmadura y soñadora.
¿Qué podría ser atractivo por algo así más que su belleza?
Su inteligencia se veía muy opacada por su capricho, aunque él tampoco estaba en la búsqueda de alguien con gran coeficiente, de hecho, no estaba en ninguna búsqueda.
Ni siquiera podría considerarse ofendido en ningún aspecto por ella, mas tampoco sabía por qué razón le había dicho que ella era afortunada por no ser la futura duquesa.
Debía admitirlo, había sido una tontería, una más que añadir a su historial de estupidez que, por cierto, no era muy amplio.
La joven también se había alejado del centro del salón en donde bailaban las demás personas.
Vio al duque de reojo, mientras se perdía entre el resto de los invitados.
La palabra que definía a ese hombre era: incordio.
Sin embargo, y pese a las cosas que se habían dicho, ella no había perdido el interés en él.
Era probable que se sintiera ofendida, pero eso no le había restado atractivo.
Era sobrio, serio y con un toque seductor de amargura.
Le resultaba alguien interesante y petulante a la vez, una mezcla de desprecio y diversión que la hacían pensar de manera distinta.
En pocos días su vida aburrida se había vuelto más interesante, y no era gracias a ella, sino que era gracias a su excéntrico vecino, el duque de Salisbury.