Capítulo 8
A Albert le resultaba conocido el sonido y el ambiente que se gestaba en su residencia.
La orquesta y sus prácticas, el ruido de los sirvientes yendo y viniendo, el estruendo de las bandejas golpeadas en la cocina y el movimiento de todos los muebles del salón.
Eso comenzaba a darle dolores de cabeza.
Mientras todo se preparaba él también se había alistado, aunque dudaba de querer asistir.
Eso podría ser tomado por su madre como una aprobación para que siguiera con sus comportamientos abusivos para casarlo.
Su impaciencia era total. No respetaba sus tiempos y él no quería hacer las cosas cuando a ella se le antojara.
—Albert, ya comenzarán a llegar los invitados, deberías bajar para recibirlos —aludió su madre al ver que él observaba el salón desde lo alto de la escalera.
—No es mi baile, es suyo.
—Pero si tú los invitaste. Te invitaste a ti mismo.
—No puedo creer que su descaro no tenga límites, madre.
—Una mujer siempre lucha por lo que quiere y esta vez quiero que mi hijo salga del agujero de conejo en el que está metido desde hace tiempo.
—Este agujero es confortable, si no le gusta ya conoce la salida.
—El mayordomo anunciará a las damas en voz alta...
—Por el amor de Dios, pídale también que mencione el nombre de la familia para que sus planes no sean tan vergonzosos y humillantes para mí. Recuerde, no querrá que su hijo, un duque, sea avergonzado por las malas prácticas de su progenitora —farfulló.
No podía confiar en esa mujer. Era una hábil serpiente que buscaba asfixiarlo, pero él no se dejaría. Esta vez Albert había caído en su juego, pero no lo volvería a hacer.
Con lentitud iban apareciendo los invitados.
Él se había dado cuenta de que su madre había invitado a una gran cantidad de muchachas.
Pocos eran los que llegaban con varones y si venían algunos, eran tan viejos como la duquesa, aunque eso no era tan despreciable, quizá alguno tuviera algo interesante para conversar.
Pese a todo lo malo que él tenía, nunca despreciaba una buena conversación y esperaba, al menos por esa noche, tener una que lo quitara de su aburrimiento en caso de no estar la dama a la que esperaba, pues no la había oído llegar.
Lo último era ridículo, pues no la conocía de nombre, solo recordaría su aspecto.
Kitty había llegado a la majestuosa residencia del duque de Salisbury. Aquel era un hermoso lugar. La entrada al recinto era una pincelada de lo que vería dentro. Estaba maravillada.
Entregó su invitación al hombre de la entrada a la vez que ella seguía perdida en los detalles tan sobrios y lujosos de la casa.
—¡Lady Kitty Fane, hermana del conde de Nottingham! —anunció el mayordomo con fuerza.
La joven se había sobresaltado por la comunicación entusiasta de su nombre. Eso había hecho que varias miradas dentro del salón se fijaran en la recién llegada.
Lo que ella no suponía era que Albert por fin sabía quién era la extraña que había invadido sus tierras días atrás.
Cuando escuchó su nombre se le había hecho curioso, pero al verla había quedado maravillado con toda su perfección.
Sin darse cuenta sonreía como pícaro. Se sentía como un cazador en medio del bosque al ver a un venado caminar frente a él.
Se arregló las prendas y apretó su pañuelo lazado, además de alzar el mentón y mirar con altivez para seguir a la joven.
A cada paso que Kitty daba intentaba fingir que no estaba impresionada. Quería conocer al anfitrión y dueño de ese lujoso lugar.
—Lady Kitty Fane... —pronunció la voz de una dama.
Ella miró a la mujer que tenía enfrente. Era alta, regia y elegante. Estaba ataviada con joyas y una preciosa tiara.
—Deje que me presente —siguió la duquesa, sonriente. Aquella era una mujer hermosa y que por sus facciones solo podía ser una aristócrata pura—. Soy Elizabeth, la duquesa viuda y madre del duque de Salisbury.
De inmediato, Kitty realizó una reverencia. Tenía frente a ella a una dama excepcionalmente poderosa, una duquesa.
—Su excelencia, es un verdadero honor estar en su casa y haber recibido una invitación —alegó adulona.
—A mis oídos ha llegado el cotilleo de que usted estaba en la propiedad contigua a la nuestra.
—Qué grato es escuchar que ha llegado hasta usted tal información y que gracias a eso recibiera la invitación.
—Quisiera presentarle a mi adorado hijo, Albert George Relish... —sonrió la duquesa al decirlo.
Cuando Albert seguía los pasos de la muchacha, este se dio cuenta de que su madre la había atrapado. Ya no podría hacer nada por salvarla de la gran duquesa. La sonrisa que aquella colocaba en su rostro era la más conocida y a la que debía temerle por su seguridad.
—¡Albert! —llamó la duquesa que lo notó caminando hacia las dos mujeres.
Él cerró los ojos al distinguir que estaba atrapado y que no le quedaba mucho más que hacer. Se presentaría frente a lady Kitty Fane. Caminó con decisión hacía su progenitora para ubicarse a su lado.
La joven miraba a la duquesa que llamaba a su hijo.
Al ver la edad aproximada de la mujer, ella consideró que su hijo no podría ser tan mayor como ella creía.
Debería ser un jovencito juguetón más o menos de su misma edad.
Esa idea lo entusiasmaba; sin embargo, todo eso que pensaba había cambiado en un segundo.
Ahí estaban los ojos grises y tormentosos.
El caballero que se había atrevido a amenazarla con un arma y exigirle un beso como compensación se hallaba frente a ella.
—Lady Kitty Fane, le presento a mi hijo Albert... —musitó la dama que no dejaba de alegrarse al ver el rostro impresionado de la invitada.
Albert trataba de mantener una mirada impersonal con la muchacha, pero era imposible no perderse en los labios rosados de ella. ¿Qué tenía esa mujer? Primero contaba solo un rostro y en ese momento con un nombre. ¿Por qué estaba tan interesado en ella?
Ambos no se perdían de vista. Algo dentro de ella se retorcía por cierta emoción que la recorría al volver a encontrar a ese pésimo varón.
Por su rostro podía notarse su petulancia y superioridad.
Sus razones eran evidentes: era un duque, y los duques eran de otro estatus, más poderosos, más ricos y más antipáticos.
Sin lugar a dudas su excelencia cumplía con todos los requisitos para ser un duque en toda su regla.
Ella inclinó su figura en una graciosa reverencia y después alzó su mano hacia él.
—Me honra estar ante su presencia, excelencia —alegó exagerada.
—Le agradecemos que aceptara nuestra invitación... —Albert cogió la mano enguantada de Kitty, la llevó hasta sus labios y con cierto descaro le había acariciado el dorso de la mano con su dedo gordo antes de soltarla.
La duquesa alzó una ceja al oír que su hijo había dicho: «nuestra invitación».
O Albert era muy educado o deseaba quedar bien con la invitada por algún interés particular.
Confiaba en que la presencia de la muchacha fuera beneficiosa.
Era hermana de un conde, de una familia bastante antigua de Inglaterra, por lo que sus orígenes también eran confiables.
—Oh, ha venido una de mis amistades. Volveré después. Albert, te encargo a nuestra nueva vecina... —se despidió la duquesa.
Albert colocó una de sus manos a su espalda y la otra la tenía en el frac. No dejaba de mantener esa extravagante pose de caballero.
—No sabía que éramos tan vecinos —comentó Kitty para comenzar a conversar.
—No sospechaba que teníamos vecinos nuevos, y menos intrusas...
—La intrusa resultó ser hermana de un conde y el pistolero renegado resultó ser un duque. No lo hubiera reconocido si no me hablaba. Tenía tanta tierra que podría ser confundido con un mozo.
Él rio ante la expresión que ella había usado para referirse a él.
—Me sentiría honrado si me confundieran con un humilde mozo y no con una salteadora.
—Ya había oído hablar de usted y de sus sabuesos infernales que aterran a la población de los alrededores.
Albert carraspeó su garganta y después sonrió.
—Si usted es la hermana del conde de Nottingham, dueño de la propiedad vecina, le debo una disculpa.
—Ahora se llama Kitty Manor, porque estoy aquí. Debí decirle que tiene buen gusto para su residencia. Es hermosa...
El duque infló su pecho como un jilguero a punto de cantar. Se enorgullecía de que notara que él no era cualquier hombre.
—Lo es. ¿Cuánto tiempo se quedará en Gloucestershire?
Kitty no sabía cómo responder a esa pregunta.
—Quizá toda la vida. Vine a convertirme en criadora de caballos.
—Pensé que había escuchado mal, pues eso me ha parecido una tontería. ¿Una mujer como criadora? De nuevo, déjeme invitarla a mis caballerizas para que vea que las cosas no son tan fáciles para una muchacha ilusa con un poco de dinero en el bolsillo.
Ella achicó los ojos y lo miró como si estuviera crucificándolo.
—No le he pedido ese dinero a usted, no debería importarle —replicó.
—Qué modales tan exquisitos, ¿quién fue su institutriz? Supongo que ha sido la verdulera del mercado.
—He sido bien educada para quien es educado. Solo doy lo que recibo, excelencia. ¿Qué le parece si paso a buscar compañía?
—¿Qué clase de compañía busca? ¿Un esposo? —indagó con curiosidad.
—Dios me quiere mucho y por eso no ha enviado a nadie para importunarme. Busco a alguien con quien bailar. Me gusta mucho...
Menos mal que ella había respondido eso. Se hubiera sentido muy decepcionado si le hubiera dicho que buscaba esposo. Era muy bella y poco educada para lograr casarse.
—La invito a bailar, milady. Quizá continuemos nuestro conocimiento con el pie derecho. De nuevo le pido una disculpa por sus desafortunadas aves de corral.
—Disculpas aceptadas, pero le digo que, si uno de sus animales vuelve a mis tierras, no regresará aquí si yo llegara a descubrirlo.
—Están mejor cuidados ahora. En ocasiones suelen enloquecer por el encierro. Los perros son susceptibles cuando llevan mucho tiempo sin salir.
—Si no puede con ellos, no los tenga. No es tan difícil.
—¿Alguna bebida que se le ofrezca? Puede escoger la que guste. La buscaré en cuanto comience el baile, mientras iré a por algo para mí y también a saludar al resto de los invitados. No debe acapararme...
—Nadie quiere acapararlo...
Él hizo una venia y se retiró. Debía tomar distancia de esa pequeña serpiente.
Esa mujer era un enemigo digno para su pésimo humor.
Eso era lo que le gustaba de ella, que representaba algo distinto a ser lambiscona o desear congraciarse.
Ella estuvo al borde de morderle la yugular y eso no lo hacía cualquiera.
No estaba ahí para agradarlo, había ido para divertirse sin saber que lo encontraría ahí.
Si Spencer la hubiera escuchado, a esas alturas le estaría dando un sofoco.
Retar a un duque no era algo que él le permitiera, pero como se encontraba sola, podía ser ama y señora de sus malos antojos como era ser desafiante.
Aquel aristócrata había tenido muchas ganas de limpiar la platería con sus cabellos rubios por tratarlo como su igual, aunque después había decidido mostrarse impertinente.
Ella había esperado varios días por volver a encontrarlo.
Se sentía contenta y a la vez decepcionada.
Contenta, porque era atractivo y agradable a la vista, además, bailarían juntos, y decepcionada, pues sabía que aquel era el irresponsable que liberaba a sus fieras.
Al coger una copa de vino de la mesa, ella buscó a Albert para observarlo.
Había decidido gastarlo con su mirada hasta que se cansara y después lo odiara.
De esa manera se quitaría esa extraña fijación que tenía con él.
Después de ese beso algo había cambiado dentro de ella y se sentía distinta.
Había despertado en Kitty algo que desconocía y que deseaba experimentar, pese a no estar de acuerdo con la existencia de un caballero en su vida, su interés particular por quien la había besado la hacía dudar de los beneficios de la soltería.