Capítulo 7
Se puso de pie y negó con la cabeza. Mataría a su progenitora, por supuesto que lo haría. Lo que había hecho no tenía perdón de Dios.
—¡Madre! —repitió haciendo retumbar su casa.
La duquesa que se encontraba en el salón con un té en la mano escuchó el implacable grito de su hijo. Por un segundo su mano tembló, aunque se recuperó con rapidez. Llevó la taza a sus labios y sorbió el líquido caliente.
Él encontró a su madre, sentada, campante y feliz como si fuera que no había hecho alguna diablura a escondidas.
—Con usted quería hablar, duquesa —increpó Albert.
—Siéntate, cariño...
—Nada de sentarme, madre. ¿Qué es esto? —preguntó arrojándole la invitación a su madre.
Con serenidad, la duquesa bajó su taza en la mesita y cogió lo que su hijo con tan poca educación le había dado.
—Es una invitación, Albert —respondió.
—No me trate como si fuera un tonto. Ha estado haciendo cosas malas en mi nariz.
—¿Qué tiene de malo la invitación?
—¿Qué tiene de malo? Qué pregunta más absurda.
—Él recuperó la invitación de las manos de su progenitora—.
Le leeré la parte en la que quiso verme la cara: «El duque de Salisbury lo invita al baile en su residencia en Gloucestershire».
Lo que dice aquí es que yo me invito a mí mismo, madre. La invitación está dirigida a mí.
—Dijiste que no hiciera algo sin que tú lo supieras, por eso te he enviado la invitación. Tendremos una fiesta en una semana, Albert. Lo he coordinado todo, tú no tienes nada de qué preocuparte.
—No estoy preocupado —escupió alterado—, estoy molesto. No cuente conmigo. Le he dicho que no quiero convivir con el vecindario.
—Pero yo sí, y no quiero que las damas piensen que eres un patán huraño.
—Soy un patán huraño y no estoy interesado en que se desmienta. Eso me mantiene a salvo. Las damas de aquí no pueden ser damas bien educadas si andan en el monte.
—Por ti pueden decir lo mismo. Te gusta que te juzguen tan a la ligera como tú lo haces con los demás.
—No salga con esas tonterías moralistas. No quiero un baile en mi casa y es la última palabra. Deshaga todas las invitaciones, no recibiré a nadie, es mi recinto de paz y usted no lo echará a perder con su visita.
—Tranquilo, querido, deja todo en mis manos.
Su madre parecía no haberlo escuchado. Juraba que no había cambiado ninguno de sus pensamientos con lo que había expresado. A la duquesa solo le importaba hacer su voluntad y dejar de lado la de su hijo.
A ese paso tendría que soportar a un montón de salvajes desconocidos dentro de su residencia en un par de días.
Solo podía pensar en lo malo que era tener que saludar a tantos extraños.
Sería tedioso, aunque, de repente, un pensamiento salvaje lo había atacado.
¿Y si esa lady intrusa estaba invitada a la fiesta?
¿Cómo podría saberlo? Si ella estuviera tal vez no todo careciera de sentido.
Estaba seguro de que la reconocería sin mayor inconveniente.
Un poco de tierra no había cambiado sus facciones ni la belleza que él guardaba en su mente.
Debía mantenerse calmado y no echar a su madre de la casa. Si la muchacha bonita y desconocida acudía, su progenitora salvaría su penosa existencia, mientras tanto, tenía un pie fuera de la mansión.
Con la esperanza de que algo bueno ocurriera, se había resignado a que todo se llevara a cabo.
Regresó a su despacho para terminar lo que había iniciado para después distraerse un poco con alguna lectura o algún dibujo.
Llevaba mucho tiempo sin dibujar nada. Antes acostumbraba a dibujar paisajes y retratar a sus perros.
Nunca había practicado pintar personas. Desde pequeño se había sentido más atraído a crear arte con cosas que le dieran felicidad como la naturaleza y los caballos.
Se sentía confiado en que podría pintar a una bella mujer, pero no tenía a quién y tampoco quienes lo rodeaban eran inspiradores.
Su madre ni siquiera le inspiraba confianza.
***
En casa de Kitty, ella estaba aburrida en el salón. Tenía la misma posición que solía ocupar en casa de su hermano. Tenía un pie colgando en el sillón. Lo único bueno era que la señorita Harting no la condenaría por eso y tampoco ninguna de sus hermanas la delataría.
—Milady, tiene una correspondencia —anunció la señora Snow.
—¡Correspondencia! —exclamó al ver la bandeja que la mujer le acercaba. De un salto abandonó su sillón y cogió el papel.
—Parece que es una invitación —dijo el ama de llaves al ver que la muchacha estaba ansiosa por saber lo que era eso que tenía entre las manos.
Kitty comenzó a leer y frunció el ceño.
—¿El duque de Salisbury? —inquirió confundida.
—Es el mismo que no controla a esas bestias que cría.
—Me invita a un baile en su propiedad —contó animada.
—¿No me diga que irá sabiendo los perjuicios que han causado sus perros?
—He soportado a mi hermano, le aseguro que puedo tolerar a alguien irresponsable. Además, amo las fiestas. No me pida que no vaya, señora Snow. Los días aquí no pasan y comienzo a desesperarme.
—Pues a este paso dudo que se convierta en criadora. Creo que lo que usted ha hecho es llevarle la contraria a su hermano por capricho.
—Amo a los caballos...
—Eso no significa que usted esté destinada a ser una criadora. El amor y los negocios no son lo mismo. No es igual cepillar a su caballo que comprar sementales para procrear y venderlos al mejor postor.
—Solo me estoy acomodando, señora Snow. Pronto conseguiré hacer algo con lo poco que tengo.
Estos caballos están viejos y no hay mucho que se pueda hacer.
Por el momento trato de que sus vidas no sean miserables encerrados en las caballerizas.
Tal vez sea mejor que los deje en libertad para que pasten en la propiedad.
Es al menos un gesto digno antes de que nadie más se acuerde de ellos.
—A usted no hay forma de convencerla de nada, milady. Tiene un par de días para cambiar de opinión. Ese hombre es desagradable, le prometo que, al verlo, deseará regresar a la seguridad de esta propiedad.
—No me conoce, señora Snow. Soy capaz de bailar con cualquier ser despreciable con tal de divertirme. Puedo sacar al mismo Satán del infierno. Le aseguro que esa es la razón por la que Spencer me ha enviado aquí, aunque lo que le dije también debió ayudar a que viva en esta propiedad.
—Usted sabrá lo que hace. Diviértase si puede con ese ser de las profundidades del averno y de la ineptitud.
—Siento que exagera. Que sus perros escapen quizá sea algo excepcional.
—Muchas gallinas han muerto, milady, aquí lo único excepcional es que con tal menoscabo usted sigue comiendo huevos. Esperemos que nazcan pronto los pollitos y se conviertan en carne y huevos —alegó la señora antes de retirarse hacia la cocina.
Para Kitty, la señora Snow le había cogido odio al vecino. Ella no lo conocía, por eso no estaba tan convencida de odiar a alguien, tampoco estaba interesada en conocerlo, lo que quería era divertirse mucho y beber un poco para matar sus rutinarios días en esa propiedad.
En definitiva, Gloucestershire no estaba ni cerca de parecerse a Londres en algo, quizá en el caballero atractivo al que había visto.
Si era vecino de la propiedad, también fuera probable que hubiera sido invitado a los dominios del duque de Salisbury.
Todavía no había podido olvidar el beso que se habían dado.
Vivía suspirando al pensar en lo agradable que fue ese momento tan grato que habían compartido, pero ¿qué haría después de que lo viera?
Era probable que se desmayara a causa de la vergüenza, aunque quizá ni siquiera llegara a reconocerlo.
No, eso debía ser imposible. Sus ojos grises y tormentosos permanecían en su mente y si hubiera buena iluminación en la noche lo vería.
Se sentiría un poco intimidada por la amenaza, pero las posibilidades de que supiera su nombre serían infinitas.
—¡Basta, Kitty! —se reprochó—. No puedes pasarte el día pensando en un extraño. Tienes un futuro incierto y aburrido que espera por ti. Enfócate en lo que realmente importa.
Por la ansiedad que sentía por el evento en puerta, juraba que contaría sus días como un condenado en la prisión.
Las fiestas eran su gran debilidad, al menos logró que su nombre fuera tenido en cuenta por un duque.
A lo mejor le encantaban los eventos sociales.
Imaginaba que el duque de Salisbury era un hombre mayor, de unos cincuenta años, amargado, adicto al tabaco, al brandi y que durante todo el día acostumbraba a mirar a todos por sobre el hombro.
No parecía que su mente formara la idea de que fuera alguien que armaría fiestas divertidas.
Esperaba que así fuera para no desear morir en un lugar tan alejado y menos tener que pedirle perdón a su hermano por lo que en realidad pensaba.
Lo único que estuvo mal fue haberle dicho que lo maldecía.
Ella lo amaba y también a su sobrino o sobrina.
No sabía cómo luchar con su tontería. Era caprichosa o, mejor dicho, era la versión femenina de Spencer y quizá por eso no llegaron a llevarse bien, aunque también culpaba de eso a los demás nacimientos de sus hermanas.
Ella había sido la única hasta que fueron apareciendo las otras para opacarla y desterrarla de su afecto.
Kitty nunca había dejado de quererlo y él tampoco parecía odiarla.
En el fondo los dos no decían nada, pero el cariño a lo mejor siguiera intacto.
***
Pasaron los días hasta llegar al del gran baile que ofrecería el duque.
Kitty trepaba las paredes por los nervios.
Ella, la doncella y la señora Snow miraban los vestidos que estaban sobre la cama.
No se decidían por ninguno de ellos y no porque fueran feos, sino porque tal vez no se adecuaran a la imagen que la dama de la casa quería proyectar.
Como iría sola, quería que la distinguieran como una mujer independiente e interesante para quienes quisieran bailar con ella.
—Creo que el lavanda es más bonito, milady —opinó la doncella.
—Oh, no, no y no. El que le quedará perfecto es el rosado pálido. Eso la dejará tan bella y dará una pista de que es una debutante —consideró la señora Snow.
—Toda mi ropa grita que soy una debutante que busca esposo. Lo último que quiero parecer es una espanta bailarines. Me pondré este de color marfil con encajes lavanda y los guantes de algodón blancos.
—Milady, aquí quizá ni siquiera pesque un resfriado y más en el supuesto baile del duque. Ese debe tener piedras en los pies, me resulta un personaje vomitivo y petulante —masculló la señora Snow.
—Señora Snow, no me transmita todo su odio, ¿le parece? Trato de curar mi alma en Gloucestershire y no ir al infierno si la muerte me sorprende.
—Es inevitable, milady. Espero que se divierta, aunque lo dudo.
Kitty cerró los ojos y trató de hacer caso omiso al rechazo de la señora Snow hacia el amable anfitrión que la había tenido en cuenta. Debía tener otros invitados jóvenes en el lugar y apelaba a eso para su diversión.
—¡En qué voy a ir! —exclamó Kitty de manera repentina.
Tanto la señora Snow como la doncella se habían puesto pálidas. En la propiedad solo había un pescante.
—Hay un pescante, milady —propuso el ama de llaves.
—Qué susto. Pensé que iría a caballo y terminaría con ese horrible olor incomodando a todos en el baile —dijo Kitty que suspiraba un poco más calmada.
En esas cosas su hermano podría ser ingrato, pero era imposible que le pidiera un carruaje, pues tenían dos y uno de ellos era para transportar a sus numerosas hermanas.
Ella estaba sola y debía aprender a moverse con lo que tenían: caballos y un pescante.
Al menos con eso salvaría la situación. Su llegada a la casa del duque no sería tan humillante.
Esperaba con ansias el momento de escuchar música y bailar.