Familia Fane Capítulo 6
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Capítulo 6

La señora Snow le había preparado un baño de agua caliente para que no enfermara y también para que pareciera la hermana de un conde y no una pordiosera.

Mientras Kitty se encontraba en el agua caliente y la señora Snow le derramaba aquel líquido tibio en su cabeza y espalda para después lavar con jabón sus cabellos, pensaba en lo más extraño que le había ocurrido en la vida: la había besado un desconocido al cual no reconocería una vez que estuviera seco o limpio.

¿De quién se trataba? Había sido una tonta al no querer saber su nombre para después condenarlo cada vez que lo recordara.

—Tiene tierra hasta en los poros de la piel. Le dije que monte como una dama. Esto no le hará gracia a su hermano cuando lo sepa —dijo la señora Snow.

—Ni usted ni yo debemos decir nada. Además, él me ha arrojado a esta propiedad que queda justo junto al infierno.

—En eso no se equivoca —insinuó la señora Snow refiriéndose al duque que era vecino de la finca.

—Spencer no tiene razones para saber lo que me ocurre. Ha decidido desentenderse de mí. Es mejor que solo envíe dinero para que pueda comer y estar cómoda. Pese a que este condado está lejos, me resulta agradable.

—Le resultará mejor si continúa con vida haciendo las cosas que una dama de su clase debería. Tengo un montón de costuras para mostrarle si está interesada. La doncella y yo acostumbramos a coser y bordar para pasar el tiempo.

—No, esas cosas son muy aburridas para mí.

Prefiero hacer cosas que me mantengan con vida y una de ellas es cabalgar.

Spencer me había comprado un par de caballos, pero todavía no son suficientes para un criadero.

El último que le pedí me lo ha negado por ser demasiado caro.

También me ha acusado de no desear casarme.

No tengo la culpa de conocer a gente que es feliz sin casarse y como algo más, conocer a los pésimos candidatos que me ha presentado la vida.

—Milady, usted debería pedirle a su hermano que le dé otra oportunidad. No debe quedar soltera, no solo porque es malo para usted si algo le ocurre al conde, sino también por la reputación de sus cuatro hermanas. Una hermana soltera hace difícil que las demás puedan casarse.

—Creo que depende de cada una de ellas encontrar a alguien que las tolere. No crea que será fácil. Los caballeros que quieran estar con ellas serán verdaderos mártires.

—El caballero que estaba destinado para usted también debería ser un mártir.

—Señora Snow, ese hombre no existe. Soy libre.

—Libre hasta donde le permita su hermano. La mujer siempre estará ligada a un familiar masculino en caso de que no tenga esposo. Hoy depende de su hermano, mañana quizá de su sobrino, un tío o un primo.

—Usted es excelente para levantar el ánimo, señora Snow. En verdad que hace que me sienta muy bien al pensar que toda la vida dependeré de alguien.

—No es una mentira. Puede intentar tapar el sol con un dedo, pero usted sabe que solo coloca una interferencia frente a sus ojos, pues el sol seguirá ahí.

Era cierto, pero Kitty no deseaba asumir su responsabilidad.

Sabía que no estaba haciendo lo que desde un principio era destinado para una dama.

Sabía que era malo lo que hacía, pero ¿cómo cambiar su mente si no le apetecía pasar el resto de su vida junto a un extraño que quizá fuera un demente?

Su hermano podía tener todos los defectos del mundo, pero no la había desamparado ni tratado mal desde que falleció su padre.

Si bien la había amenazado, ella sabía que nunca se atrevería a hacerle mal, porque Spencer solo buscaba su bienestar como él conocía que debía hacerse.

Como todo hombre de familia, esperaba que hiciera su vida de casada, aunque la vida no la había dotado con la ceguera de la atracción o del amor.

Un matrimonio conveniente no era una opción y eso lo aprendió del mismo Spencer que deseó casarse con Victoria pudiendo no tener un solo chelín para aportar a sus arcas que, con cinco hermanas estaba destinada a la ruina.

Después de que la señora Snow secara su cuerpo, la sentó cerca de la chimenea para secarle el cabello y poder formar los bucles de Kitty. Una vez que acabó, fue a por un té para confortarla.

Kitty dejó la silla que estaba cerca de la chimenea y se acercó al ventanal de su habitación. Veía como las gotas seguían cayendo con cierta violencia, llenando de charcos las verdes praderas que se alzaban frente a ella.

De nuevo había recordado lo que ocurrió tiempo atrás con el desconocido que le había robado un beso.

Era un aprovechado que no debería estar por esos lugares, aunque si era cierto que se trataba del dueño de una propiedad aledaña, ella había incumplido, mas bastaba con una advertencia; sin embargo, aquel deseó que ella lo besara.

El beso no era algo horrible, había sido agradable, tanto que la asustaba.

Lo que recordaría de su primera experiencia besando a alguien era que tenía los ojos más tormentosos que había visto, al igual que la piel muy pálida y ni hablar de esos labios que la abordaron sin mucha delicadeza llevándola a conocer otro mundo muy distinto al que estaba acostumbrada, lejos de los caballeros.

Tal vez esa fuera la única experiencia que tendría en la vida.

¿Por cuánto tiempo más la perseguiría ese acontecimiento?

Fue hasta su cama y se recostó para suspirar y pensar en lo que debía hacer, aunque ya tenía presente lo que no debía.

Aparecer por otras tierras era un gran pecado.

Se limitaría a permanecer en donde ella debía estar, que eran las tierras de su hermano y para eso debía conocer los límites.

Le pediría esa orientación a quien era el capataz de la propiedad.

No quería contarle a nadie su experiencia, eso solo lo sabrían ella y su caballo.

***

Albert había llegado a su residencia empapado, aunque sonriente.

Se sentía como un pícaro y le agradaba apreciarse de esa manera.

Todo lo había logrado una desconocida. ¿De dónde había salido?

No conocía a alguna vecina. Esa intrusa debía tener algún propósito para estar en ese lugar.

¿Sería posible que hubiera querido robarle?

No lo sabría porque ni siquiera sabía su nombre.

—¡Albert George! —lo llamó su madre al verlo sucio y mojado.

—Ya sé, madre. Estoy mojado, ni siquiera lo diga —replicó con prontitud.

—¡Tienes que darte un baño rápido y cambiarte! No debes enfermar.

—Soy saludable, madre, no me pasará nada.

—No te ha pasado nada, pues siempre he cuidado de que ni siquiera el viento te soplara con fuerza.

—Ah, le agradezco por convertirme en un inútil con buena salud. Disculpe, madre, pero iré a cambiarme para no enfermar, puesto que no ha podido cuidarme al salir a cabalgar.

—Deja el sarcasmo. No te has casado y no tienes hijos. Deberías preocuparte por el futuro y dejar las necedades —espetó la duquesa, molesta.

—Todavía gozo de juventud. Me volveré un anciano si llegara a casarme con una mujer como usted. Ahora entiendo las razones por las que mi padre está muerto.

—Adelante, debes ser como él —masculló su madre que se alejó de Albert para regresar al sillón y continuar con su costura.

Él también siguió su camino a la segunda planta. Sus criados eran eficientes y pronto tuvieron lista la bañera con agua tibia, al igual que una copa de whisky para calentar su cuerpo después de haberse enfriado a causa de la lluvia.

La muchacha a la que había besado no salía de su mente en todo ese tiempo desde el campo hasta su casa.

¿Qué le había hecho? Él no era alguien que sintiera algo de inmediato por una extraña.

Para que a él le dieran ganas necesitaba algo más que solo belleza.

La joven era tan bella, arrogante y desafiante que un beso irreverente por parte de Albert era la forma en la que debía controlarla.

Eso lo llevaba a pensar en lo atractivo que podría ser una fiera en su soporífera vida.

Era un duque, de vez en cuando le gustaban las excentricidades, y esa lady era insólita.

Lamentaba no saber nada más de ella, aunque tenía la esperanza de que volviera a desafiarlo y entrar a su propiedad, si estuvo rondando era por algo y él deseaba saber la razón, aunque fuera por mantenerse ocupado entre tanta monotonía.

No decía que fuera malo, sino que en ocasiones merecía distenderse un poco.

Él no tenía amistades en Gloucestershire y los criados le temían, ya que Albert siempre mantenía su ceño fruncido, como si viviera enfadado y disconforme.

Por más que fuera cierto que siempre estaba enfadado y disconforme.

Una vez que estuvo seco y cambiado, él cogió uno de los libros que tenía en su habitación.

De vez en cuando sacaba uno de los textos de la biblioteca y lo llevaba a su aposento.

Tenía varias lecturas a la vez y las continuaba en cada estancia a la que iba.

Era un ávido lector con un hábito bien cultivado, eso representaba su diversión en ese condado.

Su vida había cambiado en el aspecto social.

En Londres era tan odiado como respetado, solo la humillación de haber declarado su amor lo había orillado a abandonar su confortable estatus.

Pasó de que le tuvieran respeto a infundir temor.

No era lo que esperaba para su futuro, pero no podría hacer mucho si él mismo no sentía ánimos de ser diferente.

En parte le gustaba infundir temor, ser duque no era algo del todo malo.

Lo que le gustaba de su vida eran su madre y las exigencias de la misma.

¿Con qué mérito deseaba involucrarse en un lugar donde la había sentido ausente toda la vida?

Hubiera esperado insistencia de su parte cuando era niño y no cuando era un adulto funcional.

No le importaba si le daba cariño o afecto.

Él tenía más cosas que pesaban en su corazón

Para la hora de la cena debía seguir tolerando la presencia de su imprevista madre.

Nadie la invitaba, pero a ella no le importaba su dignidad, solo estaba interesada en que él siguiera con las tradiciones.

Era libre y soberano para decidir con quién casarse cuando lo decidiera.

Para él no sería difícil encontrar a una mujer que quisiera ser duquesa.

Todavía debía pensar en qué requisitos aparte de pureza en su sangre debería llevar su futura esposa.

Cuna noble, dinero y buena presencia corresponderían para cualquiera, mas él creía que hacía falta algo o, de lo contrario, su esposa terminaría siendo igual que la madre que él tenía y ese era un calvario que no estaba dispuesto a pasar dos veces.

Tres días después de haber salido a mojarse y ver a la muchacha desconocida, él no la había vuelto a encontrar. Esa sonrisa de picardía se le había borrado, se había escondido detrás de ese manto de seriedad muy conocido por Albert y sus criados.

Después de regresar de su paseo por la propiedad, sobre su escritorio del despacho se encontraba la bandeja con cartas e invitaciones.

Era probable que prefiera todo el día leyendo cartas y respondiendo invitaciones.

Al menos eso lo mantendría distraído para no sentirse frustrado al perder la felicidad de un efímero momento de su vida.

Albert era quisquilloso, dividía el contenido de la bandeja en tres lados: las cartas importantes a contestar, las invitaciones interesantes a responder y por último las cartas o invitaciones que eran del mismo condado en el que estaba, esas iban a la basura.

Era antipático para tener que soportar a damas poco instruidas de la sociedad rural, era una pérdida completa.

Durante dos horas estuvo trabajando con la bandeja hasta hallar una extraña invitación. Casi la arrojó a un recipiente en el que iba la basura para después quemarla al ver que decía Gloucestershire; sin embargo, se dignó a leerla y se había llevado una gran sorpresa.

—¡Madre! —masculló, enfadado.