Capítulo 5
A los oídos de la duquesa de Salisbury había llegado el rumor de que una muchacha de cuna noble se encontraba en la propiedad aledaña.
Había indagado más sobre ella y estaba conforme con el perfil de la joven para que pudiera presentarla a su hijo, aunque él se negaría.
La duquesa sabía qué hacer para doblegar al duque, y eso era llevarle la contraria y lo haría con un baile al que invitaría a la vecina lady Kitty Fane.
Por más que Albert la ignoraba y hacía como que ella no existiera, salvo a la hora de las comidas, ella intentaría casar al esquivo duque.
Albert se dirigía hacia la salida de la residencia, cuando vio a su madre sentada, sonriente, en el gran salón. Esa sonrisa no le gustaba. La veía tranquila, pero detrás de todo eso, algo se escondía, algo que a él lo dejaba como una víctima.
Salió hasta el jardín y observó a los lejos una gran nube gris que se acercaba hacia su propiedad.
—Me dará tiempo de dar una vuelta —dijo para sí.
Siguió su camino hasta sus amplias caballerizas. Él supervisaba la crianza de sus animales. No era alguien que se dedicaba solo a los papeles, también le gustaba el trabajo de campo. Aprendía viendo a sus sirvientes, mientras adiestraban a los caballos.
Como era costumbre, sus criados no tardaron ni siquiera un minuto en preparar su montura para salir.
—Que me acompañe el encargado de las caballerizas —ordenó Albert.
El joven que era su encargado juraba que temblaba al estar con él. Le temía al tono de voz del duque, a su mirada y más a una conversación.
—Tú recorrerás una parte de la propiedad. Nos dividiremos el trabajo, pues se acerca la lluvia —siguió Albert.
—Sí, su excelencia —acató el sirviente.
Los dos partieron rumbo a los límites de la propiedad y ahí se dividieron.
El duque aprovechaba para cabalgar a su gusto a la vez que recorría el feudo con una fusta para el caballo y un arma para los intrusos.
Muchas veces habían tenido casos de personas que entraban a la propiedad con diversas intenciones.
Los perros estaban colocados cerca de las caballerizas para alertar a los sirvientes si existía algo extraño.
Sabía que la zona era recorrida por salteadores de caminos en cierta época del año.
Quizá en este momento no hubiera a quien asaltar; sin embargo, podían robar animales.
Un buen caballo de sus caballerizas solucionaría los problemas de algunos delincuentes por un buen tiempo.
Su esperanza era pescar a alguno y asustarlo con un disparo. Eso significaría alguna emoción en su vida.
Recorrieron la finca por al menos una hora y cuando se encontraron para regresar, parecía que todo estaba bien. Querían irse antes de que lloviera y terminaran empapados, pero eso no ocurriría, pues habían visto a algo que había pasado cerca de ellos y solo había dejado la brisa que los soplaba.
—¿Qué demonios fue eso? —increpó Albert.
—No lo distinguí, excelencia.
—Entonces a por él —ordenó el duque para que persiguieran a quien fuera.
Él espoleaba con mucha destreza a su caballo hasta darle alcance a lo que se había perdido frente a ellos.
En el caballo que los había rebasado, iba la criatura más irreverente del condado: Kitty.
Llevaba una semana en la propiedad de Gloucestershire y se sentía más libre y feliz, por eso había decidido sacar a cada caballo de su caballeriza y darle una vuelta para ejercitarse.
Los pobres estaban destinados a morir pronto, puesto que ya eran viejos y no eran aptos para otros trabajos.
Había azuzado más de lo debido al caballo para que pudieran ir más rápido y que la lluvia no los cogiera, pero estaba fallando. Comenzaron a caer enormes gotas que la golpeaban en todo el cuerpo.
—¡Oiga! —gritó el duque que la seguía. Se había dado cuenta de que era una mujer, porque llevaba vestido—. ¡Deténgase!
Ella se había asustado al escuchar la voz de alguien que la perseguía. Giró la cabeza y distinguió que quien la seguía tenía un arma en la mano.
¿Qué podría hacerle con un arma? Kitty prefirió seguir huyendo.
Albert estaba a punto de estallar de la rabia a causa de esa mujer que podía ser alguna salteadora, dio un disparo al aire para persuadirla en su huida.
El caballo de la muchacha se asustó y comenzó a perder velocidad, lo que le permitió alcanzarla.
—¡Detenga a su caballo! —ordenó—. ¡Soy el dueño de la propiedad! —Él la cogió del brazo haciendo que ella soltara las riendas del caballo y solo se sujetara con las piernas.
—¡Suélteme! —espetó asustada, y entonces procedió a morder la mano del hombre.
El caballero estaba cayendo del caballo, pero no la había soltado pese al grito que había pegado por la terrible mordida y, al final, terminó arrastrándola con él. Los dos habían caído al pasto mojado.
Kitty intentó huir por el suelo, pero Albert la cogió de uno de sus tobillos.
—¡No se irá hasta saber las razones por las que está en mi propiedad!
—Albert la sujetó y se colocó sobre ella, apuntándole con el arma.
Él la ayudó a girar para poder ver su aspecto.
En ese instante vio el rostro de una bella joven.
Tenía pasto por todas partes, pero eso no le quitaba la belleza a su piel blanca y sus ojos azules.
Sus cabellos eran rojizos al ver que estaban mojados.
«¡Qué hermosa mujer!», pensó en un instante de debilidad.
Kitty tenía la mirada puesta en los tormentosos ojos grises de su agresor que le apuntaba con un arma muy cerca de la cabeza.
—Estaba cabalgando —respondió sin dejar de mirar a Albert.
—¿Sí? ¿En verdad? ¿Con qué intenciones? No la quiero en mis tierras y menos si está con intenciones de robar —replicó el duque.
—¿Qué le voy a robar? ¿La sonrisa? —increpó burlona.
—¿Le gusta jugar, señorita?
—¡Corríjase, soy una lady!
—¿Una lady en tierras extrañas y corriendo como una demente? Déjeme dudar de su palabra.
—No me importa que me crea, quítese —mandó Kitty con prepotencia.
Al notar la seguridad en el rostro de la muchacha, él sintió que aquello significaba un desafío. Albert se sentía emocionado por todo lo que significaba haber atrapado a alguien y más a una mujer de notable belleza.
—Lo haré con una condición —declaró Albert—. Si quiere que la suelte tendrá que besarme.
¿Besar a un extraño? ¡Ni pensarlo! ¡Ni siquiera sabía lo que significaba un beso! Ella intentó moverse para zafarse del hombre.
—¡Sinvergüenza! —exclamó al no poder soltarse.
—Usted entró a mi propiedad, ahora debe pagar las consecuencias —expresó.
Él ni siquiera sabía la razón por la que le pedía eso a una supuesta dama.
—Quítese, se lo ordeno. Hablaré con mi hermano y él lo perseguirá hasta debajo de las piedras...
—Me da risa. —Albert dejó de amenazar con el arma a la muchacha y se levantó para guardar su pistola—. La próxima vez no la perdonaré. Manténgase alejada de mis tierras, milady.
El tono socarrón que había usado aquel con Kitty, la había molestado, por lo que se levantó del suelo y fue a increparlo. Golpeó al caballero en el pecho con mucho ahínco.
A Albert el asunto con la muchacha le divertía.
Pese a la altura de la joven, él al menos le aventajaba por una cabeza.
Después de dejar que se desahogara, cogió a la muchacha de las muñecas y la acercó a su cuerpo.
La miró al rostro sin perder ningún detalle de ella y procedió a apoderarse de sus labios.
Kitty intentaba liberarse de la boca del fuerte varón que la sostenía.
Aquel la obligaba a que abriera la boca, ella se negaba, mas aquel insistía hasta que la lengua de él se había introducido a su cavidad.
Por más que se resistía, no podía hacer mucho.
La tenía cautiva con aquel ataque, uno que la había tomado por sorpresa y que en principio le había parecido desagradable, aunque ya no tanto, pues era una sensación tan apetecible que no comprendía.
Algo dentro de ella se estremecía con el contacto de él.
Sin saber exactamente la razón por la que estaba besando a una extraña, Albert lo disfrutaba.
Llevaba mucho tiempo sin besar a una mujer, y para colmo de males, a quien besaba podría ser una mentirosa o quizá alguien con malas intenciones, pero en ese instante eso no le importaba tanto como darse todos los gustos posibles con ella.
Con más fuerza la pegó a su figura y continuó devorándola hasta que los dos se quedaran sin aliento.
Ni la lluvia, los vientos, el trueno o el pasto que los cubría era suficiente para separarlos.
Albert se había vuelto loco a causa de una extraña.
Asfixiada por el ahínco del desconocido, ella logró soltarse para respirar. Después, lo miró con los ojos desorbitados por lo que habían hecho.
—Fue agradable. Usted sabe pagar por sus errores —alegó Albert, burlón.
—¡Atrevido! —Kitty intentó golpearlo en el rostro, pero aquel la detuvo antes de que lo hiciera.
—Estamos a mano. Ni se le ocurra intentar tocarme, porque puede llegar a arrepentirse. —Él la empujó luego de eso y le dio la espalda—. Ya sabe que aquí no es bienvenida. No sé cuáles sean los dominios por los que debería andar, pero le aseguro que estos no son.
Ella lo observó mientras él iba a buscar su caballo. ¿Quién era? Un desconocido la había besado, ¿qué había ocurrido?
No comprendía nada. Ni siquiera supuso que no estaba en los límites de la propiedad de su hermano.
Había visto a ese hombre junto a otro al cabalgar, pero no se imaginaba que la perseguiría y menos que fuera el dueño de esos acres.
Andaba bien vestido, por lo que eso era muy creíble.
Tenía un traje de montar bastante elegante para ser cualquier capataz o sirviente.
Pese a que la dama había querido golpearlo, él también decidió coger el caballo de ella para llevarlo hasta donde se encontraba.
Los dos estaban empapados hasta la médula y cuando Albert regresó hacia ella para devolverle el caballo, ambos se observaron con suspicacias.
—Aquí tiene su caballo. Salga de mi propiedad.
No me gustan los intrusos y si prefiere mis vistas a las suyas, pida permiso para que no vuelvan a confundirla.
Hoy fui yo, pero mañana será mi capataz y no respondo por sus acciones —espetó Albert volviendo a ser ese hombre duro e inflexible.
El caballero juguetón se había ido por completo.
—Fue un error. En verdad lamento haber pisado las tierras de alguien con sus modales. Ni crea que sus dominios son mejores que los míos.
—¿Mejores que mis tierras? ¿Quiere saber quién soy?
—No, no me interesa. No lo volveré a ver ni pisaré sus mágicos dominios. ¿Esconde oro por eso no desea que ninguno equivoque su camino?
—Por su seguridad, le recomiendo que no ande sola, y si lo hace, lleve un arma, pues hay salteadores de caminos que cuando no hay a quien asaltar roban animales.
—Le agradezco su recomendación. Hasta nunca —masculló Kitty subiendo al lomo del caballo.
—Su animal está muy viejo, debería ver uno más joven. Crío caballos para venderlos. La invito a recorrer mis caballerizas.
—Yo también criaré caballos. Guarde sus invitaciones para otra oportunidad —farfulló.
—Ya deseará un ejemplar como este. —El duque se sentó en la silla de montar, sonrió e hizo una inclinación de cabeza antes de retirarse.
Kitty solo le quitó la lengua al ver que él le daba la espalda y desaparecía entre las gotas de lluvia.
—Qué brillante, Spencer. El vecindario está lleno de vándalos —pronunció antes de azuzar al caballo para ir a su casa.
Fue hacia la residencia y entró como un rayo a las caballerizas. Estaba mojada hasta en las axilas y ni hablar de la picazón que le daba el pasto en toda su piel.
Se rascaba los brazos y las piernas a la par que caminaba hasta la casa. Decidió entrar por la cocina para no ensuciar el salón.
—¡Por la providencia, milady! —expresó la señora Snow al ver a la joven hermana del conde cubierta de tierra y pasto, y ni hablar de que su elegante traje de montar chorreaba.
—Necesito un baño... —dijo avergonzada.
—Le dije que montar como un hombre le traería problemas. ¿Se ha caído del caballo? ¡Es evidente que ha sido eso! Si algo le ocurría, ¿qué le hubiera dicho a lord Nottingham?
—Lo que él espera escuchar: que sus problemas se han acabado.