Capítulo 4
Despedirse de sus hermanas había sido lo más duro que le había ocurrido en la vida y más decirle adiós a Meredith.
Ella había llorado en el carruaje sin que nadie la mirara.
Una doncella era la encargada de acompañarla, pero Kitty le había solicitado que fuera con el cochero al menos hasta que llegara la noche.
Eso le había dado tiempo a ella para lamentar sus malas respuestas.
Comprendía que había subestimado a Spencer. Desde siempre lo había tratado como manipulable, débil, incoherente e inútil, mas él simplemente se había limitado a hacer las cosas en silencio, siempre imperturbable en compañía de Victoria.
Su error lo estaba pagando muy caro, había sido una tontería irreverente.
¿Sería posible que no volviera a compartir nada con sus hermanos?
¿Spencer sería capaz de cumplir con lo que decía?
¡Volvía a ser una tonta si lo cuestionaba!
Por algo estaba en situación de orfandad.
Sin sus hermanas y sin su hermano ella solo era un ser que respiraba.
Debía calmarse, dejar de llorar y temblar por el temor.
Eso era lo que había pedido: que la dejaran soltera para criar caballos.
En ese momento lo que necesitaba demostrarle a Spencer era que ella podía con el castigo y con la carga.
Haría magia con lo que tenía en la desconocida propiedad de Gloucestershire.
No sabía nada de aquel lugar, solo que estaba junto a algún infierno por la distancia.
Spencer no había escatimado en un castigo cercano.
Era un asunto personal que lo había tomado muy en serio, quizá por todos los años en que ella lo había maltratado.
Debía ser sincera: merecía lo que ocurría por bravucona.
Después de unos días de viaje, por fin habían llegado a Gloucestershire.
Sus paisajes rurales, bosques y colinas, lo convertirían en un lugar más acogedor de lo que pensaba.
Estaba segura de que alcanzaría cierto grado de satisfacción en aquel condado.
Deseaba ver el rostro de Spencer una vez que ella triunfara.
Al bajar de una colina, ella pudo observar una propiedad, una casa enorme con columnas blancas y molduras decorativas. Le gustaba lo que sus ojos veían.
—Hemos llegado, milady —anunció el cochero que abrió la ventanilla de comunicación del carruaje.
El cochero se apresuró a abrir la portezuela para que Kitty descendiera sin inconvenientes.
Al hacerlo, ella sonrió de oreja a oreja.
—Gracias, Spencer —pronunció—. Saquen las cosas y descansen.
—Hablaré con el ama de llaves que está encargada de la residencia y le daré la carta que ha enviado su hermano, milady —pronunció el hombre.
Mientras el sirviente realizaba dicha labor, ella se fijaba en el precioso jardín de la residencia. Esa casa era hermosa y perfecta para Kitty. Su vida de principio de solterona comenzaba a verse de manera positiva luego del exilio sufrido días atrás.
—Sea bienvenida a Victoria Manor... —saludó una señora de mediana edad que parecía sonriente y confiable—. Soy la señora Agatha Snow, el ama de llaves de la propiedad.
—Gracias, señora Snow. Soy una de las hermanas de lord Nottingham. La que se ha quedado solterona. ¿Quién le ha puesto Victoria Manor?
—Mmm... milord lo dice en la carta. Esta propiedad no tenía nombre desde que el difunto lord Nottingham me contrató para cuidar la casa.
—Pues... podríamos cambiarle el nombre por Kitty Manor. Me gusta, para mí lo llamarán Kitty Manor y para mi hermano lo que quiera.
—Por supuesto, milady. Le pediré a los mozos que nos ayuden con sus baúles, veo que son muchos y solo somos dos mujeres dentro de la residencia, una doncella y yo.
—Me agrada la privacidad que tendré aquí. Quiero la habitación de la condesa.
—Milord dice que las habitaciones principales son para ellos cuando la visten, que recuerde que no es su casa, sino que es del hijo al que usted...
—Lo entiendo, señora Snow —replicó avergonzada. Todo eso era de su sobrino o sobrina, pero él no le había dicho nada. Debía exigir que esa propiedad fuera para ella, aunque fuera como dote u obsequio. De todas maneras sería para el hijo o hija de su hermano.
Kitty entró dentro de la residencia y había un enorme salón de baile frente a sus ojos. ¿Solo dos personas se encargaban de ese sitio? Debían estar trabajando todo el día.
—La casa tiene muchas habitaciones, milady. La del conde y la condesa y otras siete divisiones más pequeñas. Usted estará en una de ellas —habló Agatha.
—Me conformo con que sea confortable. Descansaré un poco y después me mostrará toda la casa. También deben descansar los que han venido conmigo, pronto deben emprender el regreso a Londres.
—Por supuesto, milady. Elija la que usted prefiera y nosotros acomodaremos todo a su gusto.
Una vez que escogió una de las habitaciones, ella comprobó que la cama era de su agrado.
El lugar le resultaba más amplio que el resto de divisiones.
Además, el armario parecía más espacioso.
Ella tenía más prendas que cualquiera. Era cierto que su hermano la había vestido con lo mejor para que alcanzara la buena vida, pero ella se había desalentado tiempo atrás con respecto a la triste vida de una esposa.
Al menos Kitty percibía eso, tal vez Victoria fuera feliz con el tonto Spencer, pero sentía que la señorita Malorie era mucho más feliz.
No debía andar detrás de un esposo esperando caer bien a todo el mundo, sonriendo sin sentido y adornando un hogar que nadie visitaba, pues estaba abarrotado de gente.
No conocía lo que era la privacidad. Durante toda su vida estuvo rodeada de niñas que se metían a su habitación y lo peor era que cada vez eran más.
Primero Meredith, después Fanny, Rose y Eugenia.
También debía contar a la señorita Harting que no la dejaba conversar con su propia mente.
Siempre intentaba corregir y meter ideas en la cabeza sobre el matrimonio y sus formas de ser.
Era casi reprimirse y ser otra mujer. Casarse significaba que nunca sería ella misma.
Con un esposo debía ser una mujer servicial y obediente, cuando en realidad era rebelde y deseaba ser libre.
***
Kitty había tomado una larga siesta y se despertó para la hora de la cena.
La señora Snow había colocado su plato y utensilios junto a la cabecera de la mesa, en el lado izquierdo. Aquella sabía mejor la su ubicación que la misma Kitty.
—Me sentaré en la cabecera —dijo moviendo sus cosas a ese lugar.
—Por supuesto, milady.
—Señora Snow, ¿cómo es el vecindario? —preguntó Kitty—. No he visto demasiadas casas.
—Pues tiene un par de vecinos, algunos más amables que otros y por último está el duque de Salisbury.
—¿Quién es el duque de Salisbury? —curioseó.
—Un irresponsable e intratable caballero que nos mantiene en zozobra a causa de sus perros.
Hace una semana, sus animales atacaron nuestro gallinero y perdimos muchas gallinas.
Pagó por todas ellas, pero eso no nos devuelve la carne ni los huevos.
Hemos puesto a la mayoría de las cluecas con un montón de huevos, lo que nos deja sin mucha provisión.
Lamento que si le gustan los huevos escasearán por un tiempo.
—No se preocupe, señora Snow. Lo que me preocupa es cómo piensa ese hombre.
¿Cree que con dinero todo lo puede hacer?
Es típico de los duques en Londres. Consideran que merecen el mundo, pero lo único que merecen es ser tratados como lo que son: unos precarios orangutanes con dinero.
Por eso prefiero quedarme soltera. Convivir con alguno de ellos sería una pesadilla.
He llegado a pensar que si me llegara a casar, asfixiaría a mi esposo con la almohada.
—A este duque no querrá asfixiarlo, es atractivo, joven y fuerte. Según he oído, todas las damas de la región quieren ser la próxima duquesa.
Kitty bufó y después se carcajeó.
—Esas pobres mujeres débiles de mente creen que serán felices bajo el yugo de un demente que paga por gallinas muertas que sus animales matan porque es incapaz de adiestrar a esas bestias.
—Me encantaría coincidir con usted, milady, pero ellas saben a la perfección lo que desean. Ese duque tiene más cuna que cualquier otra persona, aparte de dinero y propiedades. Será intratable, pero quizá para cuando sea el momento de dar un heredero tal vez no sea tan malo.
—Lo bueno es que no todas las damas de la región lo quieren, yo no estoy interesada. En lo sí deseo interesarme es en los bailes del vecindario. Amo mucho las fiestas y quiero que me inviten. Adoro bailar hasta que me duelan los pies. Es un disfrute completo.
—Eso es sencillo, milady. Primero deben enterarse de que usted está aquí para que comiencen a llegar las invitaciones.
—¿Es mejor que lo hagamos por una tarjeta o de boca en boca?
—Considero que de boca en boca a través de los criados será más rápido. Solo tenga en cuenta que algunos no querrán invitarla, porque puede que cuando sepan su edad, la consideren competencia por la atención del más codiciado de la región.
—Todavía no llevo un día aquí y ya siento un gran rechazo por alguien, además de Spencer, por supuesto —rio al contarlo.
—La doncella, los mozos y yo nos encargaremos de que sepan que usted está aquí. Le gustará Gloucestershire, milady.
—Está bien. Pida a los sirvientes de las caballerizas que alisten un caballo para mañana, y que lo hagan sin una silla de amazona.
—¿Sin la silla?
—Sí, sin la silla. Acostumbro a montar como los hombres.
—Oh, qué hábito tan poco elegante para una dama. Déjeme que la persuada.
—No puede, señora Snow. Lo han intentado todos, y yo no he querido. Seré una criadora de caballos.
La señora Snow levantó una ceja con incredulidad.
La muchacha que había llegado a la residencia era inmadura y no comprendía su papel en la vida.
Estaba segura de que pronto se aburriría y terminaría regresando a Londres.
Ella creía que con decir que quería ser criadora de caballos, lo lograría, pero no sabía el esfuerzo que requería hacer semejante cosa.
Las dos mujeres siguieron conversando sobre hacer que el vecindario la invitara, no hacía falta que la conocieran. Ella creía suficiente que, diciendo que era nueva, la podrían invitar.
La noche en Gloucestershire era más tranquila que en Londres.
Ella aseguraba que fuera de la residencia no podría ver ni siquiera su mano por la absoluta oscuridad que la rodeaba.
Durante el día, todo era bonito, mas la noche le recordaba la razón por la que estaba lejos de sus hermanas y de los bailes que tanto quería.
¿Sería posible que Spencer se arrepintiera y fuera en su búsqueda?
No, él era igual de orgulloso que ella, era por eso que chocaban tanto en sus personalidades.
Los dos irían hasta las últimas consecuencias.
Cuando se recostó en el lecho y miró al techo de la cama con dosel, primero oyó como un pitido en el oído por el silencio, y después comenzó a escuchar a un grillo que cada vez se acercaba más hacia donde estaba.
Ella levantó media figura de la cama y el bicho se había callado.
Luego volvió a su posición anterior y también regresó el grillo para hacer de las suyas.
Las veces que movía su figura el bicho guardaba silencio, como si fuera que deseaba provocarla.
Se había levantado de la cama para buscar al dichoso cantor y no lo encontraba.
Qué difícil era descansar por la noche en el campo.
Kitty prefería el sonido de los cascos de los caballos golpeando contra el pedregullo de las calles londinenses, antes que escuchar a ese molesto animal invertebrado que la perturbaba.
En Yorkshire no recordaba haber sufrido con ningún ruido, aunque también para eso estaba la señorita Harting, que la cuidaba antes de que durmiera. No dejaba que nadie perturbara su sueño.
De repente, se sintió muy sola. Era la primera vez en mucho tiempo que no dormía con sus hermanas o la señorita Harting.
Comenzaba a extrañarlos a todos, incluídas las cenas con Spencer y Victoria.
Ellos eran su familia y pese a todos sus defectos, ella los amaba mucho y los creía necesarios para ser feliz.