Capítulo 3
Gloucestershire, Inglaterra.
Albert George Relish, duque de Salisbury, cabalgaba por su propiedad como todos los días de su vida. Llevaba muchos años aislado de la sociedad. No le agradaban las personas, prefería a los caballos y a cualquier otro animal que no fuera tan impuro como el ser humano.
Un corazón roto lo había orillado a tomar la decisión.
La dama a la que él le había declarado sus sentimientos lo había rechazado.
De eso habían pasado casi ocho años. Desde ese momento él se había convertido en otra persona, alguien que parecía vivir resentido con el destino.
No quiso quedarse en Londres para ver cómo aquella mujer se casaba y era feliz con el que en aquel tiempo fuera un amigo suyo.
Se había sentido traicionado y abatido. Era un hombre huraño incapaz de guardar buenos sentimientos por alguien más que por él mismo.
Había pasado los treinta años y todavía seguía solo y era probable que así se quedara.
Se negaba a conocer a otras muchachas, porque no quería pasar por lo mismo.
Quizá sus ojos tan grises y tan penetrantes no fueran del agrado de ellas, tampoco el egoísmo que lo caracterizaba.
Era alguien muy seguro de sus capacidades y de sí mismo, lo que su amigo y la muchacha le habían hecho era un verdadero insulto a su orgullo.
Seguía ofendido, pero de pie, y dispuesto a todo por no volver a caer enamorado de nadie.
Su orgullo era demasiado grande para volver a confiar. Su temperamento también le prohibía tal humillación. Él había aprendido a confiar en su instinto y dejar de ser un niñato tonto.
Los paseos por su propiedad le ayudaban para no morir de aburrimiento entre las cuatro paredes de su mansión. Solo vivía rodeado de sus sirvientes y no estaba interesado en convivir con el vecindario.
Una vez que se sintió extenuado por su salida por la finca, regresó a sus caballerizas.
Sus sirvientes corrían como si fueran ratas descubiertas en una alacena.
Cuando el patrón aparecía, todos debían al menos fingir que hacían algo, pues aquel siempre andaba de mal genio por cada rincón, persiguiendo a sus criados al notarlos ociosos.
Lo mismo le ocurría a los que estaban dentro de la residencia, si algo se encontraba limpio, de todas maneras debían limpiarlo.
No había descanso para ellos, aunque no se quejaban, pues era generoso con la paga.
—Alimenten y cepillen a mi caballo —ordenó Albert con acritud.
—Por supuesto, su excelencia —acató uno de los mozos. Sabía que debía tratar bien al caballo negro del duque, aquel era igual de malvado que el dueño.
Albert fue caminando hacia su residencia con aquellos aires de ser inalcanzable para cualquiera. Herido en el orgullo, pero no de muerte. Al pasar la puerta principal, su nariz le había dado un terrible mensaje: tenía visitas.
—¡Albert George! —exclamó una elegante dama de menor altura que él.
—Madre... —bufó—. Debería avisar que viene.
—¿Para que me mandes una carta en la cual me dices que estás muy ocupado?
Me lo has hecho cinco veces. He quedado como una tonta al aceptar semejante cosa por tanto tiempo.
La educación y tú no van de la mano—. Su madre lo abrazó y se colocó de puntillas para poder alcanzar con mucha suerte el rostro de Albert.
—Basta de estas muestras de cariño, madre.
—Las necesitas, querido. Me ves pocas veces porque no deseas visitarme en Londres.
—No me interesa dejar mi propiedad para hacer tonterías en Londres. ¿Qué haría ahí?
—Lo que todo noble hace, Albert: buscar una esposa.
Él bufó y se carcajeó.
—¿Para qué quiero molestias en mi casa? Con usted es suficiente, madre. No me interesan los adornos inútiles y sin sentido.
—Eres muy duro. Es momento de que ablandes ese corazón que tienes, parece una piedra.
—Es así como me criaron, madre. ¿Recuerda que usted estaba sentada viendo como el preceptor limpiaba el piso conmigo? Bien, así me importa su opinión en este instante.
—Era por tu bien. Eres duque y no cualquier cosa. Tienes todo lo que cualquiera necesita.
—Usted insinúa que me falta sangre en las venas para que mi corazón lata, entonces soy diferente al resto.
—No actúes como alguien rencoroso, no te llevará a ningún lado.
—Si tuviera una pizca de rencor en mi piedra llamada corazón, la hubiera echado a la calle.
—Si lo hicieras serías el único que perdería su reputación.
—Puedo limpiarme la nariz con mi reputación. A nadie le importa y a mí tampoco. Aquí no debo cuidarme de nada ni de nadie, salvo de usted que ha venido a amedrentar mi paz. No sé qué más debo hacer para que me deje tranquilo...
—Rezar para que me muera pronto, Albert. Creo que no lo estás haciendo bien, por eso sigo molestándote.
—Lo haré sobre piedras punzantes para que el sacrificio lo acelere. La quiero, madre. Haga lo que quiera, está en su casa —masculló yendo en dirección a su despacho.
Era difícil no entrar en pujas con su madre a causa de que casi tenían el mismo carácter. Físicamente él se parecía a su padre, alto, atlético, pálido, ojos grises, nariz larga y fina y cabello tan negro como la noche. El resto era como la duquesa de Salisbury.
Su progenitor había muerto durante la adolescencia de Albert, aquel hombre tampoco había hecho mucho por darle afecto.
Lo presumía en los altos círculos como lo que era: su heredero.
Hijo de una mujer de una de las familias más influyentes de Inglaterra y nada más y nada menos que un duque.
La sangre que corría por las venas de Albert era la más pura en cuanto a aristocracia se refería, pero él sentía que era veneno puro por cómo lo habían criado.
No había tenido un poco de afecto de parte de sus progenitores, había recibido educación, costumbres y dinero.
¿Cómo no ser un témpano de hielo si jamás lo habían abrazado al caerse y tampoco lo habían consolado?
Siempre las palabras eran las mismas: «eres un un aristócrata y nosotros no lloramos».
Albert fue a la biblioteca para encerrarse con un buen libro.
Sus sirvientes y su madre sabían que cuando él entraba a ese lugar, molestarlo sería como despertar a un ogro furioso.
Aquel era su recinto de paz y tranquilidad, quien osaba a molestarlo podría ser despedido, aunque su madre volvería de todas formas, era más persistente que un dolor de cabeza.
Cogió uno de sus libros y se sentó a leer, creía que lo haría con tranquilidad, pero justo al hacerlo, se fijó por la ventana y vio a su capataz que se acercaba con una lenta y dolorosa caminata.
Aquel debería estar en cama, pues por un accidente, los cinco perros mastines se habían escapado del refugio y fueron a la propiedad vecina a coger gallinas.
Tuvo que indemnizar a parte del vecindario por aquello y también dar reposo a su capataz que terminó lastimado al caer del caballo a causa de esos animales.
El duque decidió salir de nuevo de la biblioteca e ir a su despacho, ahí sus criados tenían permiso de molestarlo. Era probable que el capataz deseara hablar con él. Esperó paciente en el lugar para que apareciera su sirviente. Después de unos minutos escuchó que alguien golpeaba la puerta.
—Adelante —autorizo con seguridad.
—Disculpe, su excelencia. He venido a presentarme para trabajar —dijo el criado que apenas se había animado a abrir la puerta.
—No hace falta, John, vuelva otro día para que podamos recorrer la propiedad. Lo he visto venir y no lo hacía muy bien. He contado los minutos que le ha costado llegar junto a mí. No es un buen tiempo, apenas puede sostenerse.
—Oh, qué vergüenza, excelencia. Espero que disculpe mi lenta recuperación.
—No hay de qué preocuparse. Regrese a su descanso. Además, es mi culpa que los perros lo tiraran del caballo. Debí enviar a más personas con usted.
—No los pude controlar...
—Vaya con tranquilidad, John, no corre riesgo su puesto. Ha sido leal y aquí solo el que me molesta se va. No soy desconsiderado con las enfermedades de nadie.
—Sí, excelencia. Con permiso.
El hombre se retiró y Albert se había quedado pensativo, después miró por el cristal de la ventana esperando a que el criado se retirara, pero todavía no lo veía salir.
Era probable que tardara un cuarto de hora.
El pobrecito había creído que si tardaba demasiado en regresar a su oficio lo iban a despedir.
Esa era una muestra del temor que tenían sus criados por sus puestos de trabajo. No le sorprendía.
Su reputación de insufrible era conocida en los alrededores y más cuando lo invitaban a tonterías sociales.
Cada cierto tiempo recibía alguna que otra invitación para bailes o conciertos privados del vecindario.
Sabía que había una sola razón para que invitaran al más asocial de Inglaterra: «intentos casamenteros», querían cazar a un duque, pero nadie lo conseguiría y menos una muchacha de campo sin preparación.
Algún día se casaría, mas no sería pronto.
La futura duquesa debía ser una dama ejemplar de una educación impecable, alguien que tuviera su mismo nivel y una buena dote.
Además, ella era quien debía proponer el acercamiento para que él pudiera asegurarse de que estaba interesada en él.
Albert no deseaba volver a mostrarse caballeroso y enamorado, porque todo eso fue por una mujer equivocada.
Ser vulnerable no estaba entre sus opciones.
Después de sus intensos pensamientos, regresó a la biblioteca, ahí pasaría el resto del día hasta la hora del almuerzo. Por la tarde regresaría a su despacho para revisar los libros contables.
Él consideraba que su extenso silencio se debía a que leía mucha filosofía.
Consideraba que pasaba más tiempo en compañía de un libro que de personas.
Eran más saludables. Su madre era la primera persona de la que deseaba huir; sin embargo, no lo conseguía, puesto que ella deseaba un acercamiento en su adultez que Albert no estaba interesado en tener.
Él la había necesitado años atrás, no en ese instante preciso en que no la quería pegada a su oreja intentando dirigir su vida. No tenía poder de decisión sobre él.
Una vez que le avisaron que estaba servido el almuerzo, su madre lo esperaba sentada en uno de los sillones del comedor, más bien en la otra punta de la mesa, para representar mejor la ausencia en la vida de su hijo.
Los empleados sirvieron los platillos y bebidas y después se retiraron, pues a Albert le molestaba
que lo estuvieran observando mientras comía. Era una costumbre que despreciaba, prefería la soledad de su boca junto al tintineo de los cubiertos.
—A esta casa le falta la mano de una dama... —observó su madre.
—No, no le hace falta nada y menos una mano metiche.
—Eres terrible, cariño. Deberías pensar en organizar un buen baile. Esta casa es enorme y le hace falta vida.
—La casa es inanimada. Le repito que no le hace falta nada y menos una fiesta en la que personas vendrán a arruinar todo lo que tocan. Son salvajes en estas tierras, madre. Entiendo la razón por la que nunca quiso vivir aquí.
—La sociedad es mi vida, me crié en Londres y lo prefiero mil veces antes que este lugar tan apartado lejos de la modista y de los bocadillos.
—Le prohíbo organizar cualquier cosa en este recinto sagrado para mí. Soy una persona paciente, pero prefiero que no me pongan a prueba. Que usted insinuara una fiesta, solo me hace desconfiar de sus intenciones.
—Yo solo quiero lo mejor para mi único hijo, aunque él no lo entienda.
—No, no lo entiendo ni me interesa entrar en detalle sobre su mente rudimentaria en los aspectos de no entender una negativa.
La duquesa viuda le sonrió a su hijo y tomó una copa de vino para alzarla hacia Albert.
Estaba tan segura de que conseguiría que él se casara pronto con alguna muchacha.
No le importaba quien fuera la fulana, era tiempo de que dejara de ser huraño y de exigir respeto con malos modales. Ella le enseñaría que siempre ganaba.