Capítulo 1
Una de las piernas de lady Kitty Fane colgaba del reposabrazos de uno de los sillones del salón. Lo balanceaba del frente y hacia atrás, mientras con su brazo izquierdo cubría sus ojos como si estuviera cansada, aunque en realidad se moría de aburrimiento.
La primavera terminaba al igual que la esperanza de su hermano Spencer Fane, conde de Nottingham, para que ella consiguiera un esposo. El vientre de Victoria, la condesa, crecía día a día. La llegada del primer hijo de la pareja estaba a punto de ser un hecho.
—¡Señorita Harting, señorita Harting! —vociferó Eugenia, la menor de las cinco hermanas del conde—. ¡Kitty tiene las piernas colgadas en el sillón!
—¡Eres una cotilla, Eugenia! —espetó Kitty, molesta por la intromisión de su hermana pequeña.
—Lady Eugenia, no se librará de sus lecciones ni si echa de cabeza a sus cuatro hermanas ni al vecindario —espetó la institutriz, la señorita Harting.
—Al menos lo intenté... —dijo la niña de diez años, enfurruñada.
—¿Por qué mejor no usa su ingenio para sus lecciones en lugar de intentar utilizarlas para escapar de ellas?
—Las lecciones son aburridas, señorita Harting. Además, debería dejar de intentar que todas nosotras nos casemos —opinó Kitty.
—Usted, lady Kitty, debería estar casada. Es un fracaso terrible para su familia... —acusó la institutriz.
—Y una mancha en su oficio... Sí, lo sé, señorita Harting, me lo ha dicho cientos de veces esta semana. Y tampoco me da vergüenza ser soltera.
—¿No le da pesar con su pobre hermano y su esposa?
—No. No tengo la culpa de las malas elecciones de Victoria. Tenía a un duque a sus pies, pero prefirió a un tacaño con cinco hermanas. ¿Quién en su sano juicio haría algo semejante?
—Milady las quiere mucho —replicó la señorita Harting.
—¿No me diga que piensa que fuimos el señuelo para que ella cayera rendida en los brazos de Spencer? Nadie podría caer en sus brazos a no ser que la golpearan o se desmayara. Spencer es el peor caballero que cualquier dama puede encontrar. Sin decir que es un pésimo hermano.
—¿Todo esto que dices es porque no te compró un caballo nuevo que cuesta una fortuna? —preguntó Eugenia.
—Sí, y porque también es la más absoluta verdad.
—Y también porque le ha solicitado abandonar su habitación... —siguió la institutriz.
Kitty abandonó el lugar en donde la increpaban y fue a su habitación.
Todos en la casa sabían su situación tan humillante.
Spencer deseaba que se casara para desocupar sus aposentos.
Sus preciosos dibujos estaban esparcidos por la habitación.
En sus ratos libres dibujaba a a los caballos que pasaban por las concurridas calles en donde estaba ubicada la residencia.
Ella no tenía el mismo ánimo de cuando inició su camino hacia el crecimiento. Antes creía que lo mejor para una dama era estar casada, mas al conocer y convivir con la prima de Victoria, se dio cuenta de que aquella solterona era divertida y vivía feliz sin un caballero.
Lo que la señorita Harting le había dicho durante toda su vida, había sido una mentira. Los hombres no hacían felices a las mujeres y menos Spencer. Si tendría un esposo como él, mejor se quedaría sola por toda la eternidad.
La puerta de su habitación se abrió y era Helen, la doncella de Victoria. Ella llevaba en sus manos una gran canasta con ropa.
—Aquí traigo su vestido, milady —musitó Helen—. Lo he planchado por si desea usarlo esta noche.
Los ojos de Kitty recorrieron la prenda, después, ella levantó la nariz, molesta.
—Esa prenda la he usado demasiadas veces. No tengo un solo vestido decente. Spencer es el más tacaño de los seres que viven en Inglaterra. Ni siquiera se esfuerza para que me case.
Helen levantó una ceja y fue a abrir el armario de Kitty. Los vestidos ya no cabían, pues estaba abarrotado de ellos.
—Este ya no entra, milady. Tiene tantos porque su hermano prefirió comprar prendas nuevas para usted y no para sus hermanas. No debería quejarse de él.
—¿Lo ves? Es tan miserable. Le arrebata las cosas a mis hermanas. Es un insensato. Ahora que está esperando un hijo piensa que los chelines crecerán en los árboles para que él los coseche.
La doncella intentaba meter el vestido en el armario, pero no había forma. Era mejor dejarlo colgado sobre el biombo.
—Pronto nacerá el bebé y las cosas están muy tensas en la casa. Debe cuidar lo que dice frente a su hermano, milady. Él está irritable.
—Es su problema, al igual que soy su problema y lo seré por siempre hasta que yo lo decida. Puede obligarme a ir a mil bailes, pero no conseguirá que me case con ninguno de esos individuos aburridos y elementales como el mismo Spencer.
—Aquí dejo sus prendas, milady. Regresaré por la tarde para arreglarla.
La criada se retiró de la habitación y dejó a Kitty sola otra vez.
¿Qué podía hacer para permanecer soltera? Se sentía bien, libre y feliz al carecer de un dolor de cabeza como era un caballero. No quería sufrir por amor como lo había hecho Victoria y tampoco soportar a un varón que cree que es lo más importante del mundo, como Spencer.
Había tenido la pésima fortuna de cruzarse con jóvenes que carecían de dos dedos de frente.
Todo se centraba en ellos y no en lo que ella podía desear.
Era víctima de los extensos monólogos de sus compañeros de baile o de quienes la invitaban a pasear.
Cuando ella expresaba sus ideas y que le gustaría criar caballos, la mayoría se reía en su cara y los otros simplemente se alejaban.
Tenía tantos puntos en contra y lo único rescatable lo llevaba escrito en la frente y era la palabra dinero. La bendita dote era su mayor atractivo. Esa era la razón por la que se acercaban a ella otro grupo de caballeros.
Tenía tres grupos en los cuales los había dividido: los petulantes, los débiles y los interesados.
Los petulantes eran aquellos que deseaban un adorno en su casa y que tuviera dinero, pero no inteligencia.
Cuando se daban cuenta de que ella tenía iniciativa, corrían como ratas.
Luego estaban los débiles que eran los que se sentían inferior a ella y por eso terminaban huyendo.
Eran débiles de carácter, y una mujer con el temperamento de ella no era fácil de sobrellevar.
Y por último, quedaban los interesados. A ellos no les importaba nada en absoluto más que el dinero, en ese caso ella era quien salía huyendo.
Debía ser sincera. Los hombres no se habían hecho para ella, al menos no los que estaban en Inglaterra.
Por la tarde, la doncella había preparado las prendas de Kitty al igual que los accesorios que le prestaba Victoria para esa noche. Tenía una amplia colección de joyas en las que Spencer había invertido muchas guineas para adornar a su esposa.
Ella estaba cansada de salir con Spencer y de que él le presentara a toda la «buena» sociedad.
Creía que, dentro de poco tiempo, él terminaría vendiéndola al mejor postor, pues cada día, Kitty debía responder a las incómodas preguntas de su hermano.
La que más se repetía era: «la temporada se acaba, ¿cuándo te casarás?
A causa de sus respuestas había recibido diversos castigos.
Le resultaba difícil cuidar sus palabras cuando estaba irritada.
No tenía la culpa de que nadie se alineara con sus objetivos.
Para la sociedad y todos los hombres, ella no podría ser una criadora de caballos.
Las mujeres no hacían esas cosas, ellas solo debían pararse, escuchar y reír ante todas las tonterías que los caballeros decían sin sentido alguno para congraciarse entre ellos.
El futuro de las damas era oscuro, siempre opacadas por el esposo, sin oportunidades de hacer algo que verdaderamente les apasionaba.
Los viejos caballos de su padre habían sido trasladados a otra propiedad, una que ni ella conocía.
Los pobres jamelgos morirían en el encierro sin que nadie les diera un último paseo.
Qué crueldad para tan bellos y nobles animales.
Kitty no podía con eso, pero no tenía dinero ni ayuda para salvarlos de su oscuro destino.
Si se empeñaba en ser solterona, tendría las oportunidades necesarias para llegar a su objetivo.
Consideraba que Spencer se cansaría de la situación si por cuatro años más seguía rechazando gente y entonces, cedería ante su pedido, compraría los caballos que ella requería, le daría una finca en la cual estar y contrataría criados para que la ayudaran a completar sus sueños.
Quería que su dote la dedicara a todo eso, a que ella se realizara como criadora de caballos, en lugar de darle ese dinero a alguien que lo despilfarraría y que le daría migajas.
Después de que la muchacha se mirara en el espejo y viera su cabello rubio casi rojizo, prolijo, apreció el resto del conjunto.
Ella se consideraba hermosa. Eso atraía a los caballeros, ma1s ella los espantaba apenas mencionaba la frase: «crianza de caballos».
Los que parecían buenos partidos, huían y el resto se quedaba a escuchar sus desvaríos para no regresar.
Los que regresaban eran los que necesitaban con suma urgencia la jugosa dote de la hermana del conde de Nottingham.
Sobre su hermano se había hablado infinidades de cosas malas, desde que quedaría pobre hasta que terminaría vendiendo a sus hermanas por no tener cómo solventar sus dotes, pero sus bocas se cerraron gracias al dinero de lord Sharp, tío de Victoria y constante visita en esa casa.
Aquel era otro casamentero que no la dejaba en paz.
Sus hermanas también se habían convertido en las niñas consentidas del conde.
Les hablaba de que debían casarse alguna vez y las convencía de eso.
Meredith, Fanny y Rose estaban convencidas de que lo que un antiguo vicario decía era una verdad absoluta.
Era cierto que gozaba de las grandes dotes de la palabra.
En varias ocasiones casi caía en las razones para casarse, pero luego de recordar a los buitres que la rodeaban, prefería sonreír.
—Lady Kitty, antes de irse creo que deberá recibir a su tío, lord Sharp —anunció la doncella que había regresado a la habitación después de acabar de arreglar a la joven.
Ella bufó ante el anuncio. En la casa a él lo consideraban como un miembro más de la familia.
Arreglada y resignada ella fue hacia la planta baja. Su hermano y lord Sharp se hallaban conversando y no con exactitud de algo ajeno a Kitty, estaban hablando de ella.
—Es un peligro que lady Kitty en su primera temporada no tuviera al menos una propuesta de matrimonio —comentó lord Sharp, preocupado.
—Lo sé, milord. No sé qué hacer con ella. Ha rechazado a cuando caballero ha conocido. Se me acaban las buenas opciones para Kitty —replicó Spencer que negaba con la cabeza.
—En ocasiones lo conveniente es apartar a la fruta podrida para que no pudra a las demás. Tiene cuatro hermanas más, milord. Debería pensar en la mayoría...
La mente de Kitty tenía muchas preguntas. ¿De qué hablaba lord Sharp? ¿De qué se trataba eso de «apartarla»?
—Tiene razón. Debo pensar en Meredith. Ya hice mucho por Kitty y ella no ha mejorado su comportamiento ni ha dado soluciones reales para su vida. Las mujeres no crían caballos...
—Por supuesto que no. Adoro a milady, pero esas tonterías solo pudo haberlas sembrado algún libro de los que tanto lee.
Al oír eso Kitty entendía que nunca tendría el apoyo ni de su hermano ni del excéntrico y antiguo vicario, lord Sharp. Decidió hacer unos ruidos para que dejaran de pensar en cómo apartarla de sus hermanas. Ella no estaba podrida, solo era diferente y al parecer, eso no era bien visto por nadie.
—Oh, miren quien viene aquí —expresó lord Sharp que la observaba maravillado—. Espero que tenga éxito esta noche, lady Kitty.
—Buenas noches, lord Sharp. Veremos qué dice mi suerte para hoy —correspondió la muchacha, entregando la mano derecha para que dejara un beso en el dorso.
—No imagino que sea diferente a estos casi tres meses —afirmó Spencer.
—Puedo darte más sorpresas Spencer, no lo dudes...