Capítulo 31 #2
Ella había perdido el aliento por completo.
No solo le gustaba su pecho pálido y atlético, sino que también la llenaba de curiosidad ese bulto bajo el pantalón.
Cuando lo liberó, ella comenzó a entender de qué se trataba todo.
Correr sería inútil, moriría en esa cama, aguijoneada por la hombría de Spencer.
En el tiempo en que pudo desviar sus ojos del miembro de su esposo, él ya se había colocado sobre ella y la ayudó a sentarse para desatar su vestido. Él tiraba del lazo, afanoso por librarse de eso que lo molestaba.
Quitarle todas esas capas de ropa a su esposa se había vuelto una odisea.
Que el vestido, que su enagua, que el corpiño...
¡Uf! Un sufrimiento interminable para alguien de su calentura.
Liberadas las tiernas prisioneras de botones rosados, se los llevó a la boca para succionarlos sin descanso, a la vez que con una de sus manos procuraba acariciar el centro de la orquídea.
Los gemidos de Victoria le indicaba que había tomado el camino y la decisión correcta.
El retorcer de ese cuerpo lo invitaba a introducirse en él hasta desmayar.
Con su figura ocupada por casi todas las partes del cuerpo de su esposo, sintió que algo ancho, duro y ardiente la penetró.
Al dar un pequeño chillido, él la silenció con su boca y comenzó con sus movimientos primero lentos.
Spencer decía maldiciones al igual que bendiciones.
Se había vuelto un completo religioso cuando embestía con rudeza.
Ella lo disfrutaba pese a las molestias.
Era algo nuevo, extraño, placentero y doloroso.
Entre los gruñidos, el desplome de su esposo y algo viscoso entre sus piernas, entendió que habían consumado ese matrimonio. El sudor y la mezcla de fluidos era algo excitante que era probable que repitieran más veces.
Spencer intentaba recuperar el aliento recostado junto a la piel blanca y tersa de Victoria.
—Le rezas a muchas cosas extrañas, milord —se burló Victoria.
—Sí, he recordado lo devoto que puedo ser. Victoria, ha sido algo tan...
—¿Especial?
—Ardiente diría yo, pero especial también se ajusta. En Londres nos esperan muchas cosas.
—Mi tío...
—Pase lo que pase no podrá separarnos. Ahora puede que otro problema esté en camino. Faltan habitaciones en la casa.
—Oh, no. Todavía no han crecido las niñas.
—Será lo que Dios quiera... Solo hay que esperar que no sea una niña.
Los dos se quedaron nerviosos y en un silencio que los dejaba en medio de un abismo. El remedio podía ser peor que la enfermedad.
Al día siguiente, los dos subieron al carruaje para regresar a Londres. Ya habían culminado con eso que los había llevado a Escocia. Existía un matrimonio y este quedó consumado. Ambos hacían planes del descanso que tomarían al llegar a la residencia.
Victoria era la nueva condesa de Nottingham y eso la llenaba de una alegría indescriptible.
Ya después pensarían en cómo solucionar lo de la dote en caso de que lord Sharp no quisiera entregarla.
Ella se esforzaría por no ser una carga.
No podría tener una doncella, pero no la necesitaba, era un lujo que no se podría dar o tal vez pudiera, aunque debía compartirla con sus cuñadas.
Después de días de viaje, sexo y poco descanso, habían llegado a Londres. Estaban sonrientes al comprender que pronto bajarían del carruaje. La residencia de Spencer se alzaba frente a ellos por la noche. Aquel hogar los esperaba.
—Lord Nottingham, le recomiendo no bajar —dijo el cochero al abrir la ventana de comunicación que lo unía al carruaje.
—¿Qué pasa? —inquirió Spencer.
En ese ínterin la puerta se abrió con violencia.
—Esto ocurre, lord Nottingham —espetó el conde de Sharp, antiguo vicario, con un arma en la mano apuntándole—. Baje ahora mismo.
—Tío...
—Silencio, muchacha. Ya tendremos tiempo de hablar —masculló el hombre.
Spencer descendió del coche con lentitud. Aquel fue un vicario, no un caballero adicto a las armas. No era confiable.
—Baje el arma y conversaremos —habló Spencer.
—No quiero hablar con usted. Quiero limpiar el nombre de mi sobrina y cumplir con mi palabra.
—¿De qué habla, lord Sharp?
—Lo estoy retando a un duelo por el honor de mi sobrina. He dado mi palabra para que ella contraiga matrimonio con el duque de Surrey y lo cumpliré. A las dos de la mañana... en el parque.
—Sepa que no acudiré. No puedo dejar que mi esposa se case con otro hombre.
—¡Cómo que su esposa, rufián! —espetó lord Sharp, enfurecido.
La muchacha bajó del carruaje y corrió a colocarse entre el arma y su esposo.
—Lord Nottingham y yo nos hemos casado en Gretna Green ... —musitó Victoria, asustada.
El conde de Sharp respiró con agitación y le dio una bofetada a Victoria hasta arrojarla al suelo.
La ira nubló la mente de Spencer al ver que golpearon a su delicada esposa. Sin mediar palabras le devolvió el golpe a lord Sharp con un puñetazo.
—¡A mi esposa no le vuelva a poner una mano encima porque lo lamentará mucho más!
Se ha negado a darme la mano de la mujer que amo y no me di por vencido, pues ella también me ha confesado su amor.
Lamento que tenga que incumplir con su palabra, pero no renunciaré a ella por nada de este mundo —declaró a la vez que ayudaba a Victoria a incorporarse—.
Puede quedarse con el dinero de la dote de Victoria, yo me encargaré de darle todo.
Soy un hombre de recursos que puede desenvolverse en el peor de los escenarios. Largo de aquí...
La joven se acariciaba la mejilla por el dolor que le produjo el golpe. Estaba decepcionada de su tío. Ni su tía Danielle la había tratado tan mal.
Lord Sharp parecía haber caído en cuenta de lo que había hecho.
Si ellos estaban casados no podía hacer nada.
Cargaba tanto resentimiento por haber creído que aquel la había secuestrado, que había olvidado que los dos habían hablado de amor.
Siendo él un hombre del Señor se había atrevido a anteponer su voluntad ante lo que la pareja deseaba.
Esa no era su función en la vida. Estaba equivocado.
Él se acarició la mejilla y realizó una seña para que lo siguieran sus empleados.
—Hablaremos mañana... —dijo lord Sharp al fin—. Te pido perdón, Victoria. Espero que algún día logres perdonar mi acto.
Los condes de Nottingham vieron que lord Sharp se retiraba con un gran nuevo de sirvientes siguiéndolo. Al parecer había estado preparado para la guerra.
—Nos quedaremos aquí antes de entrar. Las niñas nos atacarán y tú no estás en condiciones de recibirlas —alegó Spencer, preocupado.
—No. Me muero por verlas y decirles que tienen una hermana nueva que las cuidara y amará mucho.
Ella se había adelantado a su esposo para entrar a la residencia. No sentía vergüenza de hacer valer su nombre. La mejilla podía dolerle un poco, pero estaba demasiado emocionada para recordar esa bofetada.
Al abrir la puerta ella dio unos pasos hasta el salón y su esposo la siguió. Las niñas más grandes jugaban a las cartas, las otras se sentaban a cada lado de la señorita Harting para observar su bordado y Eugenia se colgaba de una de las cortinas.
—¡Eugenia! —gruñó Spencer al ver a su hermana en esa situación.
—¡Spencer! —gritaron al unísono. Todas abandonaron lo que hacían para correr a recibirlo.