Capítulo 31
Victoria subió al coche del conde y luego lo vio acercarse con un par de cosas en la mano.
—Compraremos prendas para ti por el camino... —dijo Spencer que golpeó el techo del carruaje para que partieran.
—Lo comprendo. Hay que apresurarnos. Mi tío puede encontrarme —musitó asustada.
Spencer tomó a la joven del rostro y la apretó contra su cara.
—Eso no va a pasar. Hemos tomado la decisión correcta. Creo que esta noche perdí por completo el juicio. Solo necesitaba una señal de ti para hacerlo. Estoy loco. Meses atrás era un soltero empedernido... —la tuteó en un descuido.
El corazón de Victoria latía desenfrenado.
—Y yo nunca pensé hacer esto. Siempre he tenido dudas de cómo sería mi vida sin la dote de mi padre. No me arrepiento de estar a su lado.
A ambos los emocionaba esa acción en la que se hallaban envueltos. Estaban huyendo de Londres para casarse, pero era por el amor o quizá por la tontería.
Durante el camino pararon en una posada al paso, se alejaron hasta que fue de madrugada. Nadie sabía su paradero y tampoco lo sabrían porque habían sido herméticos con ese asunto, el apuro tampoco los había dejado confesar sus planes a otros.
Los dos habían dormido en habitaciones diferentes. Él podía aprovechar ese momento para hacerla suya, mas lo que él deseaba era su confianza y no sembrar dudas en ella.
Dormir era un decir para Spencer. Había pasado la noche pegado al cristal de la ventana esperando ver un carruaje que intentara impedir ese matrimonio.
El casamiento era lo correcto, aunque no la forma en la que estaban haciendo aquello.
Siguieron su ruta apenas terminaron el desayuno en la posada. De camino fue el único momento en que Spencer pudo descansar. Mientras tanto, Victoria leía un libro que estaba dentro del carruaje o moriría de aburrimiento. Su futuro esposo no duraba tanto despierto.
Ella se había sentado a su lado y dejaba que él reposara sobre sus piernas. Con una mano acariciaba los cabellos rubios y perfectos del conde, y con la otra, sostenía el libro que la distraía en el viaje.
El cochero tenía la orden de no detenerse hasta llegar a Gretna Green , además que tenía prohibido comentarle a cualquier persona que encontraran en el camino quienes eran ellos.
Tuvieron que detenerse unas veces más para estirar las piernas y hacer descansar a los animales al igual que darles un poco de agua y alimentos.
Ellos aprovechaban para caminar cogidos del brazo por los campos, al igual que besarse para afianzar el vínculo.
Se conocían cada vez más a medida que hablaban y pasaban mayor tiempo juntos.
El conde reconocía que Victoria sentía gran cariño por sus hermanas pequeñas y eso lo tranquilizaba. Ella sería una hermana más para las niñas. No esperaba que la vieran como una madre, porque ella no lo sería.
Cuando llegaron a Gretna Green , Escocia, se hospedaron en el primer lugar que encontraron y solicitaron habitaciones para los dos. El cochero del conde había sido enviado a buscar unas prendas para Victoria.
La puerta de la habitación asignada a Victoria fue golpeada sin mucho apuro.
Pese a que moría de cansancio, ella abandonó la cama que la albergaba y abrió.
—Milady, aquí hay un par de prendas que he podido conseguir. Solo pedí ropa para una dama con todo lo necesario. Espero que sea suficiente —dijo el cochero.
—Estoy segura de que así será...
Luego de acabar con su baño que le resultó reconfortante, se había colocado lo que el cochero le había pasado.
Las prendas eran sencillas y cómodas. Debía acostumbrarse a no cubrirse con tantas sedas.
El conde era un hombre de recursos, pero él se abocaba al futuro de sus hermanas.
Quizá él no demostrara su amor con besos y abrazos; sin embargo, lo hacía con sus acciones hasta casi el punto de perder lo que deseaba por el bienestar de ellas.
Luego de un corto descanso, Spencer comenzó su búsqueda de un lugar en el cual casarse con la muchacha. Se acercó al posadero para averiguar.
—Buenas tardes, caballero. ¿Podría informarme sobre...? —Él no sabía cómo decirle que quería casarse.
—Puede ir a la herrería que está a unas tres millas de aquí siguiendo por esta calle —respondió el hombre. Aquel siempre estaba recibiendo a jóvenes que deseaban contraer matrimonio en contra de la voluntad de sus familiares.
Spencer agradeció que no le dejara culminar la frase. Eso le servía para que pudieran partir hacia ese sitio y concretar lo que habían planeado. Él fue a la habitación de la joven y dio unos toques a la puerta. Cuando ella abrió le sonrió.
—Es hora, milady... —comunicó con serenidad. Ya estaba resignado a qué sería un hombre casado. No había razones para temer a lo que le había temido por al menos los últimos cinco años.
El pecho de Victoria latía enloquecido ante esa comunicación.
—Estoy lista, milord.
—¿No te arrepientes de esto? No habrá vuelta atrás después de que nos casemos.
—No, lord Nottingham.
—Puedes llamarme Spencer, ya estamos en el día...
Victoria asintió ante su pedido de que lo llamara por su nombre.
Salieron juntos de la posada y subieron al carruaje para dirigirse al lugar que había mencionado el posadero.
Luego de llegar al sitio, ella dejó que Spencer descendiera primero.
Aquel entró a la herrería y salió luego de unos minutos.
—Es aquí. Vamos... —dijo Spencer.
Ella caminó del brazo en compañía de su futuro esposo y comenzó a observar lo que había a su alrededor.
Cuchillos, hachas, guadañas y otros implementos cortantes colgaban de aquel lugar.
Además, también había caballos a los que se le estaban colocando las herraduras.
No era la visión más romántica del mundo, pero se hallaba en compañía del hombre al que amaba.
El herrero colocó dos anillos de hierro frente a ellos en un altar que ya tenían preparado para los oficios tan comunes en ese lugar.
Unas cortas palabras después y ellos ya eran marido y mujer. No importaba cómo habían llegado a ese punto, sino lo que ocurriría después de ese acto.
La alianza estaba pactada, nadie podría separarlos después de que consumaran el matrimonio. Ese era el próximo paso.
La muchacha miraba el anillo de hierro que llevaba en el dedo. Dio un suspiro de alivio. Él y ella habían temido por la aparición de su tío en el lugar, pero al parecer aquel no había sospechado nada. Mientras se fijaba en su mano, Spencer colocó la suya sobre la de ella.
—¿Y ahora qué sigue? —preguntó Victoria.
—Consumar el matrimonio —respondió. La vio levantar sus ojos hacia los de él con cierta incertidumbre de no saber lo que significaba eso con exactitud—. Eso significa continuar en donde nos quedamos esa vez que estuvimos en mi habitación...
El rubor cubrió las mejillas de Victoria y desvió su mirada.
Esquivaba los ojos azules de su reciente esposo y no porque no se le antojara o no quisiera, era a causa de la vergüenza de recordar el placer que había sentido esa vez que estuvieron solos en la habitación de él.
En ese momento sus pies comenzaron a moverse a causa de los nervios por llegar a la posada y tener que acostarse.
Ya en la posada, vio a su esposo acercarse al posadero y conversar con él. ¿Qué ocurría?
—Mañana regresamos a Inglaterra. Le dije al posadero que desocupamos una habitación. Dormiremos en la tuya... —contó Spencer.
Sus piernas languidecían al escuchar eso y su respiración se agitaba. Podía oír su propia saliva pasando por su garganta. La antelación la estaba matando.
Él miraba a Victoria que no sabía cómo disimular su incomodidad. Sabía que eso era incómodo para una dama, pero era el tiempo perfecto para sellar esa unión.
—Por supuesto —musitó Victoria, nerviosa.
Caminaron hacia la habitación que le correspondía a cada uno y esperó a que Spencer fuera junto a ella.
Iba de un lado al otro, muerta por pensar en lo que pasaría.
Si lo veía entrar quizá se desmayara y no hicieran nada.
Escuchó que la puerta se abría y lo distinguió llegar con algunas cosas en la mano.
Las dejó sobre una mesa que estaba cerca y se detuvo a observarla como si ella fuera una presa. Él un lobo y ella una pequeña liebre.
—Ya eres mi esposa, Victoria. Debo confesar que he esperado con ansias este momento... —Él dejó de perder el tiempo y se abalanzó sobre ella sin dilación.
Victoria no sabía cómo reaccionar frente al ataque.
Respondía como podía. Spencer apenas le daba tiempo para respirar.
Invadió su boca con la lengua que casi llegaba a su garganta, ávida por alzarse con su pasión.
En ese mismo instante sentía que se inflamaba por la invitación de él.
El miedo se desvanecía para darle lugar al fuego interno de la pasión.
Su entrepierna se sentía húmeda y palpitante, quizá porque esa parte de su cuerpo suponía que Spencer la buscaría ahí.
Se anticipaba y ardía por saber lo que le esperaba.
El caballero deseaba culminar todo más rápido, pero ese no era el objetivo.
Debía soportar para que los dos disfrutaran.
No quería que detestara la idea de tener que acostarse con él.
Primero la incentivaba con sus besos y algunas caricias.
Esa vez la dejaría solo con la piel y él sería el primero en demostrarle cuánto la deseaba.
La tomó en brazos y ella dio un pequeño grito por la sorpresa.
La colocó sobre la cama y la miró como si la fuera a comer.
—Quiero que me veas. Me siento orgulloso de mi cuerpo y del deseo que despiertas en mí, Victoria. Ansiaba este momento quizá de la misma manera que deseaba tenerte como esposa...
Al terminar de decir esas palabras, él comenzó a desvestirse ante los incrédulos ojos de la joven.