Capítulo 29
Pasaron los días y Spencer no salía del hoyo en el que se encontraba.
Intentaba que sus hermanas no pensaran que en verdad fuera un alcohólico, aunque después de que nadie lo viera por la noche, se sentaba frente a la ventana para observar la nada, la oscuridad.
Después de la medianoche, su ayuda de cama lo buscaba para ayudarlo a regresar a su habitación para descansar.
Él había creído que todo lo superaría a los pocos días, pero no había progresado con eso. Debía ponerse un límite o la tristeza lo mataría.
Una noche en lugar de encerrarse a beber, salió a buscar compañía y no era compañía femenina, sino que era masculina. En White's podría encontrar a algunos conocidos. Quizá pudiera apostar un poco de dinero, divertirse, tomar y tal vez olvidar, al menos por unas horas.
Al llegar a White's no encontró a nadie conocido. Se sentó solo y pidió que se le sirviera una bebida. Estando en ese lugar sin compañía de nadie, prefería regresar a su casa y escuchar a los grillos que hacían su concierto cerca de la ventana.
—¡Qué gusto verte, mi buen amigo! —exclamó William que golpeó a Spencer en la espalda.
Spencer sintió que William le había sacado el pulmón por la nariz con aquel inesperado golpe. Estaba muy concentrado en mirar el líquido ambarino de su copa.
—William...
—¡Qué espíritu! Te imaginaba más feliz. ¿Qué está ocurriendo? No me digas que toca reescribir la lista de candidatas...
—Es probable...
—No, no... ¿Por qué? ¿Y Victoria?
—No quiero hablar de Victoria. Ella ha traicionado mi confianza. Su tío me ha contado que ella se comprometerá con un duque.
William no tenía palabras para hablar. De no tener a nadie, aquella se casaría con otro. Algo ocurría ahí.
—Victoria ha recapacitado con respecto a mí y concluyó que yo no le convenía. No puedo culparla, yo mismo siento que no soy conveniente para nadie. Quizá mi futuro sea estar soltero hasta que al menos se casen tres de mis cinco hermanas —razonó Spencer.
—No, no y no. Tú te casarás y yo te ayudaré. Mañana, tú y yo volveremos al mercado matrimonial. Ninguna mujer despreciará a mi amigo por un duque... ¿Qué tiene un duque que no tengas tú?
—Dinero, tranquilidad y quizá la muy codiciada paz. Ahora debo buscar esposa y niñera. La esposa para olvidar a la cruel víbora traicionera que es Victoria y la niñera para que la señorita Harting no me vuelva a abandonar. Si ella se va puedo declararme muerto.
—Deja todo en mis manos. Seré dedocráticamente correcto en mi elección de esposa para ti. —William también pidió una copa para beber junto a su amigo—. Mañana empezaremos tu búsqueda. Iré yo mismo a buscarte a tu residencia. Juntos lo lograremos.
Él esperaba ser tan positivo como lo era William. Estaba dispuesto a no dejarse vencer por la adversidad. Debía seguir su vida como cuando no conocía a Victoria. No le sería tan sencillo volver a confiar en las palabras de una dama.
***
Spencer y William salían juntos cada noche.
Su buen amigo, el marqués, estaba a punto de rendirse en la búsqueda de la esposa ideal para Spencer, pues en cada uno de los encuentros, la señora Malorie lo atrapaba para torturarlo con su hija.
Ambos eran almas torturadas. La muchacha no le caía tan mal como la madre.
En una de esas noches en las que repasaban nombres de ricas jovencitas que no despertaban el interés de Spencer, distinguieron a Victoria entrando con su tío al baile.
Lord Nottingham transformó su palma en un puño. Se sentía desdichado con la presencia de ella y más al verla tan hermosa e inalcanzable. Hasta el porte le había cambiado desde que dejó su casa. Ya no la percibía como una muchacha de sentimientos humildes, era casi una duquesa consumada.
—Ha llegado el motivo de tu quebranto, Spencer. Si fuera tú, le amargaría la noche —dijo William, malicioso.
—Eso sería amargarme la noche. No le daré el gusto de verme derrotado.
—Pero para eso no hace falta nada. Tu cara de perdedor te está persiguiendo desde hace varios días. Espantas a las damas.
Victoria había logrado salir de su casa y lo hizo con la esperanza de encontrar a lord Nottingham. Aquel no la había dejado abandonada, aunque no comprendía por qué no respondía a sus cartas. ¿Por qué fue a su casa y no le envió una respuesta?
—Quizá esta noche el duque te pida matrimonio, Victoria. Con eso habré cumplido con darte lo mejor que estaba a mi alcance... —aludió el caballero, ilusionado.
—Tío, ¿puedo saludar a mi prima? —preguntó al distinguir a Emma en compañía de su tía Danielle.
—¿Acaso no los acusaste de ser malas personas?
—Tal vez mi tía lo sea, pero Emma es inocente. No tiene culpa alguna por las maldades de su madre.
—Está bien. Saludaré a algunos amigos.
Ella logró escapar del yugo de su tío. Emma podría ayudarla a comunicarse con el conde de Nottingham.
Se acercó a su tía y a Emma. Al verla, Danielle quedó impresionada con la vestimenta elegante que ella llevaba puesta. Eso significaba que Victoria estaba en tutela del nuevo conde de Sharp.
—¡Victoria! —exclamó Emma, feliz al volver a ver a su prima. La abrazó sin importarle nada más.
—Emma, te he extrañado tanto. —Las lágrimas amenazaban con salir de los ojos de Victoria a causa de la emoción. En verdad extrañaba tanto a su prima.
—Y yo no he podido ser feliz desde tu partida. ¿Por qué me has abandonado?
—Veo que estás mejor, Victoria, me alegro por ti —aseguró su tía.
—Estoy al cuidado de lord Sharp —replicó con incomodidad.
—Qué privilegio, Victoria. Ahora ya estás en condiciones de un buen matrimonio... —dijo Emma.
—Espero lograrlo. ¿Y tú no has avanzado?
—No, mi madre solo cree que debo casarme con el marqués de Asthon. Él está cansado de mí y yo también.
—¿Y lord Nottingham?
—Ambos están aquí... —musitó la joven.
—Emma, necesito que me hagas un gran favor o más bien, te solicitaré un sacrificio...
—¿Qué quieres, Victoria?
La joven miró a su tía y no le importó que escuchara lo que tenía para decirle a su prima.
—Quiero que me acompañes a conversar con lord Nottingham...
—Emma bailará con el marqués. Ve, Emma. Debes aprovechar esta oportunidad —interrumpió Danielle.
—Madre...
—Mi tía tiene razón. Qué mejor momento para aprovechar que este...
La pobre Emma se sentía acorralada. Ya no había forma de escapar. Victoria debían tener una buena explicación para semejante sacrificio.
Victoria deseaba aprovechar la orden de su tía. Lo malo del asunto era que debía romper las ilusiones de Emma respecto a lord Nottingham. Tendría que confesar que ambos habían acordado casarse.
Ella cogió a su prima del brazo y comenzaron a caminar para buscar a esos caballeros.
—Emma, debo ser sincera contigo. Quiero que sepas que desde hace unas semanas me he dado cuenta de que amo a lord Nottingham...
Su prima Emma agachó la cabeza.
—Lo había sospechado... —confesó Emma con voz trémula.
—Él y yo hemos acordado casarnos, pero mi tío no quiere que me case con él, sino que lo haga con un duque.
—Escucha, Victoria. He descubierto que lord Nottingham es antipático, su señoría es más simpático y con eso no digo que me agrade el marqués.
No te preocupes por mis intereses. Debo seguir buscando.
Solo te pediría que por nada del mundo hables de un duque frente a mi madre o me tendrá como un sabueso tras él y es una situación incómoda.
Quiero casarme; sin embargo, quiero escoger con quién hacerlo.
—Eso me tranquiliza. No te preocupes por el duque, no se lo diré a mi tía. Aunque sabes que es un excelente candidato... Es guapo y adinerado.
—Yo solo quiero alguien que me haga feliz y me separe de mi madre y dudo que algún elegido suyo consiga darme eso.
Las dos jóvenes comenzaron a buscar al marqués y al conde con mucho afán, pues Victoria no tenía mucho tiempo de gracia hasta que apareciera el duque de Surrey y se adueñara por completo de su tiempo.
Al encontrar a Spencer, Victoria sintió que se desvanecía.
Quería saber qué ocurría con él, necesitaba explicaciones para haberla ignorado y luego haberla ido a buscar sin ella poder salir de su habitación.
Su tío estaba más que dispuesto a arrancar a lord Nottingham de su corazón a como diera lugar y eso incluía encerrarla en su habitación para no verlo si hacía falta.
Ella sentía lo mismo por el conde cada vez que lo veía. En esa ocasión lo que más deseaba era acercarse y tomar su mano. Aguardó unos segundos para que él pudiera dar con ella y que sus miradas se cruzaran.
Los ojos azules de Spencer se encontraron con los de Victoria. Con una simple mirada él le había dicho lo que pensaba de ella ese mismo instante.
Al tiempo en que ella hizo contacto visual con Spencer, sospechaba que algo había cambiado.
La picardía que él transmitía se había perdido por completo.
¿Qué significaba eso? De repente, el conde la había ignorado.
Desvió su vista para no seguir viéndola.
Algo estaba mal entre ellos y no se rendiría hasta averiguarlo.
—¡Por el altísimo! Es la señorita Malorie en compañía de Victoria. Necesito un descanso o me volveré loco —masculló el marqués.
—Entonces podemos retirarnos.
—Lo acepto completamente.
Los dos caballeros estaban a punto de retirarse, pero Emma se apresuró para detenerlos. De manera impulsiva cogió la mano del marqués de Asthon.
—Su señoría, ¿hoy no me honrará con un baile? —interpeló la joven.
William observó la mano que lo estaba cogiendo desprevenido. Ella nunca lo había tocado de esa manera. Ya se sentía más que asustado.
—Por supuesto que sí. Solo íbamos a por unas bebidas.
—¿Hacia la salida? —inquirió Emma, burlona.
—Solo rodearíamos el salón. Hay muchas personas y podríamos sofocarnos intentando pasar en medio —replicó William. Aquel siempre tenía una solución para todo.
—Buenas noches, señorita Malorie, lady Victoria —saludó Spencer—. Yo debo retirarme, tengo otros lugares a los cuales acudir.
—Lord Nottingham, quédese —pidió Victoria con premura—. Su señoría, es un placer saludarlo.
—El gusto es mío, milady —correspondió William, aunque deseaba gritarle que era una arpía.
—No puedo quedarme...
—Se pido, lord Nottingham. Usted y yo debemos conversar... —musitó Victoria como si eso fuera una exigencia.
—¡Su señoría, los pies me pican por bailar! —exclamó Emma para dejar solos a Victoria y a Spencer.
—¿No sería mejor rascarse los pies? —farfulló William siendo arrastrado por la joven.
—¿Qué quiere, Victoria? No le voy a creer nada de lo que me diga —arremetió Spencer.
—¿Qué le he hecho? Fue usted quien me falló.
—¿Qué boberías dice? Se la nota muy feliz con su nueva posición olvidándose de todos.
—Usted es quien habla boberías, milord. No tengo mucho tiempo. Acompáñame en el jardín. Iré yo primero y luego me seguirá. Necesito saber por qué me ha ignorado.
Victoria le dio la espalda para alejarse. Esperaba que él la siguiera.
Un gran signo de interrogación se había formado sobre la cabeza de Spencer. Esa mujer se había vuelto loca para decir que él la había ignorado. Ella lo descartó como esposo por otro que tenía más dinero y no sufría con cinco hermanas a las cuales proporcionarles dotes.
En medio de sus turbulentos pensamientos, él pensó en no seguirla, mas la intriga de saber de dónde había sacado que la ignoraba, lo estaba llevando hacia ella.
Al llegar al jardín y alejarse lo más que podían del salón, Victoria se escondió tras unos arbustos y Spencer la acompañó.
—Yo no la he ignorado. Fue usted quien prefirió a un mejor candidato —declaró Spencer, molesto.
—Le envié dos cartas para contarle lo que ocurre con mi tío y no es capaz de contestarlas... —acusó.
—No he recibido una sola misiva con su firma. Lord Sharp me ha dicho que usted cambió de opinión respecto a un matrimonio conmigo. Prefiere casarse con el duque de Surrey.
—¡Eso es una tontería! Él quiere obligarme a contraer matrimonio con él. Días atrás escuché la voz de Eugenia en los pasillos de la casa, pero la doncella me encerró para que yo no saliera a su encuentro... Dígame, lord Nottingham, ¿estuvo en mi casa?
—Como un tonto fui a buscarla para saber si estaba bien porque no sabía nada de usted. Le dije a su tío que habíamos pactado un matrimonio y me ha tratado como interesado y sin más palabras: un vividor. Yo estuve dispuesto a casarme sin su dote...
—Y yo a casarme sin los mejores pronósticos para sus finanzas. Lo amo, lord Nottingham, y me ha dolido pensar que me ha olvidado.
—Estoy buscando una esposa, pues la Victoria que vivió en mi casa prefiere una mejor vida...
—¡Eso no es cierto! —Ella se arrojó a los brazos del conde—. ¿Usted no me ama, lord Nottingham? Dígame, porque si no lo hace dejaré de rehusarme a un matrimonio con otro caballero. Hable y no me haga sufrir más...