Familia Fane Capítulo 28
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Capítulo 28

Los días pasaban y Spencer no sabía nada de Victoria. Tanto las niñas como sus propios pensamientos lo hostigaban a saber de ella. Su desesperación era tal que regresó a los salones con la intención de buscar a la joven.

Desde que la dejó con su tío ella había desaparecido. ¿Y si algo le había ocurrido? Quizá el mismo conde de Sharp quisiera propasarse con Victoria o tal vez ya lo había hecho.

Ante el desconocimiento y el principio de una desesperación por no saber de Victoria, tomó la decisión de presentarse en la residencia de la joven. Esperaba que no se hubieran ido de Londres, puesto que, si eso llegaba a ocurrir, él no podría hallar a Victoria de ninguna manera.

—Calvin, pide que preparen el carruaje para partir. Quiero visitar a Victoria —sentenció Spencer.

—Sí, milord.

—Yo quiero ver a Victoria —dijo Rose—. Te acompañaré.

—No te llevaré como mi carabina. Si te llevo a ti puede que las demás quieran ir. Es un «no» definitivo. No quiero hacerme responsable de nadie fuera de esta residencia.

Una hora después, llevaba cuarto de hora peleando con cinco niñas por los lugares dentro del carruaje.

Además, se había unido la señorita Harting para que sus hermanas no se descarriaran.

Iban apretados y molestos entre ellos. Lo que él había concebido como una visita para saber de Victoria se convertiría en un caldo de impaciencia sumada a su preocupación.

Sus hermanas estaban impresionadas con la casa a la que habían llegado.

—Esto si es una residencia —musitó Meredith—. ¿Por qué no compras una casa más grande? No hay espacio suficiente para todas.

—Si sigues diciendo tonterías habrá un espacio disponible y será el tuyo, Meredith —masculló su hermano que se disponía a golpear la puerta.

Después de hacerlo esperaron unos segundos hasta que el mayordomo abrió la puerta. Spencer le extendió su tarjeta al hombre del servicio, no importaba que aquel ya lo identificara desde la última vez que lo había visto.

El sirviente al ver al conde supo que debía avisar a su patrón. Él les había advertido sobre ese sinvergüenza. Hizo pasar al caballero y sus acompañantes hasta el recibidor y fue a buscar a su patrón.

—Lord Sharp, el conde de Nottingham ha venido —comunicó.

—¿Sabes a qué viene? —cuestionó el conde.

—No, milord, pero supongo que tiene que ver con milady.

—Es lo más probable.

—Dile a Helen que por ningún motivo deje salir a Victoria, si hace falta deberá cerrar la puerta con llave. Hay que hacer lo posible para que ella lo olvide.

—Sí, milord.

Primero Maurice había ido a buscar a la doncella y darle las instrucciones. Luego hizo pasar al conde de Nottingham hasta el salón en el que se encontraba lord Sharp aguardando su inesperada visita.

—Buenas tardes, lord Nottingham, ¿a qué debo el honor de su visita? Veo que ha traído a toda su prole —dijo el conde de Sharp al ver a las niñas.

—Buenas tardes, milord. Hemos venido para visitar a lady Victoria —contó Spencer.

—Quisiera conversar con usted en privado. Sus hermanas pueden quedarse aquí mientras hablamos en el despacho. Tengo asuntos importantes para charlar.

Spencer accedió al pedido del caballero. En ese momento agradeció la presencia de la señorita Harting en el lugar, de no ser así, encontraría esa casa quemada.

El dueño de casa lo llevó por un pasillo hacia su despacho. Ahí Spencer pudo notar que esa morada era más amplia que su residencia, aunque con la cantidad de personas que vivían en su casa, cualquier hogar se vería pequeño.

—Siéntese, milord. Primero lo escucharé a usted. Quiero saber la razón por la que ha decidido visitar a mi sobrina.

Él tomó asiento para aceptar la cortesía.

—Porque no sé nada de ella. Pensé que me escribiría alguna carta para decirme que estaba bien. Me he quedado preocupado después de que ella atravesara ciertas situaciones...

—Lo sé, lo sé. Prefiero olvidar eso. Victoria está viviendo una nueva etapa. Está muy contenta con su nueva vida y más con las visitas del duque de Surrey —comentó el conde de Sharp.

—¿Duque de Surrey?

—Sí, él será su prometido. Su excelencia está complacido con ella. Él sabe que yo le otorgaré la mano de mi sobrina y ella está de acuerdo con eso.

A Spencer se le estaba cayendo el techo en la cabeza. ¿Cómo que Victoria se casaría con otro?

—Ella y yo habíamos conversado...

—Me lo ha dicho, pero la persuadí de que, pese a que usted es un noble, su vida a su lado sería limitante por la falta de recursos.

—Eso no es posible, ¿podría conversar con Victoria?

—Por favor, no se tome atribuciones con ella.

No quiero que la confunda con sus cosas de libertino interesado.

¿Acaso piensa que no me he dado cuenta que está detrás de la jugosa dote que tiene mi sobrina?

Mi deber es velar por ella y es lo que estoy haciendo.

Un duque que le dará la mejor vida es lo que merece y usted lo sabe.

Hágase a un lado y no vuelva por aquí a llenarle la cabeza de mentiras.

—No son mentiras. Exijo hablar con ella. Quiero oírlo de sus labios.

—Eso no ocurrirá. Ella ya es una mujer prohibida para usted...

En la habitación de Victoria, ella vivía porque respiraba. No había recibido una respuesta a su carta, a ninguna de las dos que había enviado. Su tío le decía que ese hombre solo estaba interesado en su dinero. No quería aceptar eso, pero comenzaba a pensar de la misma manera que su tío.

Sufría por dentro, aunque frente al duque se obligaba a sonreír.

Sentía temor de quedarse sola y olvidada por capricho, por sentir algo por alguien que en realidad se rendiría ante el primer problema.

Debía ser fuerte y no perder su oportunidad de casarse con alguien por más que su corazón le perteneciera a un mentiroso y sinvergüenza.

La doncella entró a su habitación con el té para ella.

—¿No beberé el té en la sala? —preguntó Victoria, confundida.

—Hoy lo tomará aquí. Son designios de su tío.

—Qué extraño...

—¡Victoria! —exclamó una voz en el pasillo.

La muchacha creía que estaba volviéndose loca con la voz de Eugenia, pero al escucharla más de una vez, supo que no estaba enloqueciendo.

—¡Lady Eugenia! —expresó con emoción. Su corazón envuelto en tinieblas había salido a la luz.

Cuando Victoria se levantó del sillón de su habitación para salir al pasillo, Helen se apresuró a detenerla.

—Milady, espere aquí... —pidió nerviosa.

—Es lady Eugenia. Quiero ir a por ella.

—Yo la traeré...

Ella se quedó en la habitación, pero cuando su doncella salió escuchó el giro de la llave en el rabillo de la puerta.

—¡Helen!

Corrió hacia la puerta y estaba trancada. Su doncella la había encerrado.

—Son órdenes de milord. Usted no puede bajar... —replicó Helen, temblorosa. Victoria era su señora y temía que no la quisiera después de eso.

—¡No es cierto! ¡Abre la puerta! ¡Lord Nottingham debe estar aquí!

La desesperación se había apoderado de Victoria. Si Eugenia estaba en la casa, eso significaba que también lo estaba Spencer. Él no la había olvidado. Debía luchar por lo que a ambos los unía.

—¡Lady Eugenia, debemos regresar con sus hermanas! —gruñó entre dientes la señorita Harting.

Aquella cogió en brazos a la niña para descender a la planta baja, pero cuando llegó al lugar las otras niñas tampoco se hallaban.

Sentía que se desmayaría. Los problemas con las hermanas de lord Nottingham nunca terminaban.

Empezó la búsqueda de las demás en casa ajena con una niña de cinco años en brazos.

Cuando las encontró a las otras crías, ellas estaban con las orejas pegadas a una puerta.

—¡Niñas! —habló escandalizada.

Las cuatro niñas la obligaron a guardar silencio con un gesto de la mano. Estaban entretenidas escuchando conversaciones ajenas. Al final terminó uniéndose al cotilleo. Había oído todo lo que le había dicho el conde de Sharp al hermano de ellas. Sin mucho rodeo lo trató como una lacra indecente.

Los rostros de las hermanas del conde eran de personas ofendidas. Solían hacerle la vida imposible a su hermano, pero nadie más que ellas podían maltratarlo.

—Disculpen, pero no deberían estar aquí —advirtió el mayordomo.

Al oír eso, Kitty despegó su oreja de la puerta.

—Usted no puede decir lo que puedo o no hacer. ¿Sabe con quién habla? Soy lady Kitty Fane y me quedaré aquí hasta que lo considere necesario, al igual que mis hermanas —retírese.

Kitty había actuado con prepotencia y eso se debía a que estaban tratando a su hermano como una verdadera escoria y ella no quería que lo trataran de esa manera.

—Sí, milady... —acató un avergonzado Maurice.

La señorita Harting se encontraba impresionada con todo lo que estaba ocurriendo. Eugenia era maleducada, sus hermanas; chismosas y kitty, era déspota en potencia.

Dentro del despacho Spencer ya se hallaba anímicamente derrotado.

El trato recibido era algo clásico de un hombre religioso que no hacía más que resaltar sus antiguos defectos de libertino.

Llevaba meses concentrado en intentar sobrevivir a su nueva realidad.

Quizá sí pensara mucho en una dote e incluso en la de Victoria, pero era por sus hermanas, y no para enriquecerse.

Tal vez le molestara que lo acusaran de vividor, pero lo mortificaba el engaño de Victoria, apenas había aparecido un duque y ella se había olvidado del trato para estar juntos. Estaba decepcionado y rabioso. Le habían visto la cara de tonto.

El conde de Sharp miraba el rostro lleno de ira y desazón que cargaba lord Nottingham. No sabía si era por su sobrina o por perder sus posibilidades de quedarse con una cuantiosa dote.

—Lo lamento, lord Nottingham, hay más mujeres bellas y con buenas dotes en Londres. Además, usted es buen mozo, no creo que le dure mucho el duelo por perder a Victoria. Debería alegrarse por su buena fortuna si en realidad usted deseaba que a ella le fuera bien en la vida.

—Así es. Gracias por sus consoladoras palabras, milord. Con permiso...

Spencer se retiró con lentitud. Al abrir la puerta sus hermanas fueron cayendo una a una frente a él, aunque se levantaron con rapidez.

—¡Qué se supone que hacen aquí! ¡Señorita Harting! —expresó molesto por la intromisión de sus hermanas y de la institutriz.

—No deberías dejar que te trate así. Puedes tener muchos defectos y ser un libertino, pero no eres un vividor aprovechado —dijo Kitty.

—Todas al carruaje ahora mismo —ordenó Spencer.

—No sin que le diga a ese caballero lo que le corresponde. Defenderé a mi hermano por más que sea un verdadero desastre.

—Kitty, si me defenderás de esa manera, prefiero que él me siga insultando. Al carruaje —masculló entre dientes.

Las niñas corrieron hacia la salida, mas Kitty seguía enfurruñada. Ese conde era un mal hombre.

Él dejó que sus hermanas y la institutriz subieran primero al coche.

—No quiero escuchar nada, no deseo que me hablen. Ah, y olviden a Victoria, ella se casará con un duque. Buscaré a otra candidata...

No solo la ilusión que había albergado Spencer se desvanecía, sino también la de sus hermanas.

—Pero... —Rose se detuvo al ver el gesto con la mano de su hermano. Él no quería oír nada de lo que pudieran decirle.

La señorita Harting tenía a seis miembros de una familia enfurruñados y en silencio.

Al conde lo notaba devastado por la noticia.

Aquel en verdad se había enamorado de ella.

También la misma Beatrice consideraba enamorada a Victoria, mas al parecer ella había decidido ocuparse de su futuro y olvidar que había pedido ayuda a un caballero que le entregaba su corazón.

Entendía el proceder de la muchacha y era lo correcto.

Lord Nottingham no era mejor que un duque.

Cuando llegaron a la residencia, Spencer se encerró en su despacho. No sabía si para intentar olvidar su desgracia o para trabajar el triple por el futuro de su familia. En lugar de eso, tomó su botella de brandi hasta la última gota.

¿Podía un varón de su alcurnia sentirse derrotado, hundido y miserable?

Su decepción no lo dejaba pensar con claridad.

Él no había deseado enamorarse de Victoria.

Lo que había empezado como un juego o un capricho, se había convertido en su calvario, uno que esperaba superar en unos días, pero en ese momento le estaba haciendo un merecido duelo a sus sentimientos traicionados.