Familia Fane Capítulo 27
14%

Capítulo 27

En su residencia, Spencer tenía a todas sus hermanas en su contra con lo que les había contado sobre Victoria, es decir, contó que ella ya no trabajaría para ellos.

La frustración en el rostro de las niñas era inevitable. Lo habían condenado casi a muerte. También era por su propia culpa, pues él no les había dicho que Victoria regresaría, pero como su esposa. Esperaría a decirles eso en la cena.

Cuando se reunieron para cenar, los rostros de ellas seguían enfurruñados y los ojos de las muchachitas amenazaban con matarlo si daba un movimiento en falso. Se sentía como una triste rata que se había metido en un nido de víboras. Él no sabía de dónde vendría el golpe que lo dejaría devastado.

—¿No piensan hablarme? —preguntó Spencer al oír el simple tintineo de los cubiertos. Ninguna de las pequeñas hablaba.

—Yo no puedo hablar por la tristeza. Nunca más seré bonita. Mi cabello será un estropajo por siempre. —Fanny lloró al terminar de decir eso.

—Nadie me contará un cuento —chilló Eugenia, después tuvo un ataque de tos y continuó.

—No pueden exagerar tanto... —farfulló el conde.

—Esto nos quitará tiempo de la educación que debe darnos la señorita Harting. Además, tampoco tendremos buenos peinados —masculló Kitty.

—Ya no pediré que hablen o me llenarán la cena de quejas. Querías darles una sorpresa, pero es mejor que hable ahora antes de ser condenado injustamente. Quería decirles que Victoria regresará, pero ya no como la niñera, sino que se convertiría en hermana de ustedes porque será mi esposa.

Sus hermanas se habían quedado sin habla. Las había enmudecido sin querer.

—¿Te casarás con la servidumbre? —espetó Kitty—. Nuestro padre debe revolcarse en su tumba.

—Te diré una cosa, Kitty. Victoria no es una criada, al menos no una común.

Ella estaba aquí como niñera porque me lo había solicitado.

Pude haberla tenido como una visita en la casa, pero sería mal visto que una muchacha soltera de la clase de Victoria, estuviera viviendo con un hombre soltero.

Ella es la hija de un conde fallecido. Cuando venga aquí la tratarán con respeto.

Ellas seguían sorprendidas por lo que Spencer seguía diciendo. No podían creer que Victoria sería una hermana más en esa casa. Ya casi no había lugar para alguien. Además, si él se casaba pronto vendrían los hijos y la casa quedaría muy pequeña para todos.

Ante el silencio y los rostros sorprendidos de sus hermanas, Spencer concluyó que ellas habían comprendido su mensaje a la perfección y ya no lo molestarían.

—¡Y ya no tendré que triplicar sus dotes! ¡Por fin algo bueno me ha ocurrido! —replicó con afán para asustar a sus hermanas. Después rio como si hubiera perdido la cordura.

Las niñas se quedaron con la boca abierta. Era muy probable que el hombre que debía cuidar de ellas enloqueciera.

Después de asustar a sus hermanas, él fue a la biblioteca, se sirvió una copa de brandi y se acercó a la ventana. Corrió la cortina para observar la oscuridad. Esa noche nadie acudiría a su encuentro, estaba solo, pero con la esperanza de que pronto Victoria regresaría.

***

Por la mañana, Victoria se había despertado en su habitación. Había dormido tarde por la noche después de cenar con su tutor y el conde.

Era extraño estar en aquel lugar, pero cada vez que recordaba que era su casa y no tenía que servir, sino que debían servirle, se sentía plena. Sabía que no duraría mucho. Debía hablar con su tío sobre el asunto de su dote y también de sus sentimientos por el conde de Nottingham.

Helen la preparó a Victoria para que fuera a desayunar con su tío. Ese era el tiempo en que podría conversar con él acerca de sus planes para el futuro.

—Buen día —saludó Victoria al entrar al comedor. El conde se encontraba esperando a que se sirviera el desayuno.

—¡Querida Victoria! ¿Cómo te sientes?

—Muy bien, tío.

—Qué bueno. Tengo que conversar contigo sobre una excelente noticia que tengo para ti. Te pondrás muy feliz, te lo puedo asegurar. No hay nadie más afortunada en el mundo que tú. Después de tantos infortunios Dios se ha apiadado de ti.

A Victoria le daba curiosidad saber sobre lo que estaba hablando el hombre con tanto interés y vehemencia. Que estuviera en esa casa era bueno, pero tampoco era para exagerar.

—Lo escucho...

La servidumbre comenzó a servir el zumo con un poco de té y unos panecillos con mantequilla.

Ella vio a su tío disfrutar de la buena comida antes de que volviera a dirigirle la palabra.

Era el caballero más calmado que conocía.

Nadie podía estar tan tranquilo al dejar un asunto que parecía importante a medio contar.

Victoria también se quedó en silencio y degustó su pitanza sin apuro.

No tenía necesidad de apresurarse, las hermanas de lord Nottingham ya no estaban.

—Anoche el duque y yo conversamos mucho sobre ti —pronunció el conde—. Ha quedado fascinado contigo, Victoria. Me ha felicitado por haberte descrito con tanto detalle, tengo una memoria privilegiada.

—El duque ha sido agradable y simpático —correspondió la muchacha. Sabía que aquel hombre vivía en función al dichoso duque de Surrey. Aún no entendía qué tenía que ver ella con ese asunto.

—Pues eso es excelente. Te diré que le has interesado mucho al duque. Eres con exactitud lo que él necesita para esposa. Tienes el porte de una duquesa y no dudo que pronto podamos festejar un compromiso entre ustedes...

El color había abandonado el rostro de Victoria. El duque era un caballero en toda su regla, mas ella no estaba interesada en cambiar de candidato. Si no se hallara interesada en lord Nottingham estaría complacida, mas tenía el corazón comprometido con otro.

—Pero... Tío, yo quisiera comprometerme con otro caballero... —dijo titubeante.

—¿Con cuál? Nadie es mejor que un duque. ¡Un duque, muchacha!

—A mí siempre me ha agradado lord Nottingham. En cualquier momento él le pedirá mi mano. Él y yo lo hemos conversado. Quisiera saber a cuánto asciende mi dote. He regresado para saber eso y obtener su permiso.

El conde de Sharp cambió el semblante de su rostro. Tenía el ceño fruncido y los ojos chispeantes.

—Un hombre que quiere saber cuánto vales no es digno de ti. El duque donará tu dote a los más desprotegidos, porque él no necesita dinero por ti. Mi decisión está tomada, Victoria. Serás una duquesa.

Su sueño se transformaba en una pesadilla. Había sido un terrible error buscar a su tutor. Aquel ya había hecho planes por ella sin importarle sus preferencias.

—Pero yo quiero casarme con lord Nottingham, se lo he prometido —habló Victoria en medio de su desesperación.

—¿Con un hombre con cinco hermanas? Victoria, estoy decidiendo lo mejor para ti.

Un conde que quedará empobrecido a medida que deba entregar a sus hermanas no es un buen partido.

No te quedarás en la miseria, pero será limitante no solo para ti, sino también para los vástagos que piensen tener.

Para una dama es importante asegurar su futuro y el de sus hijos.

—Lord Nottingham no estará en la ruina, tío, estoy segura.

—Sabía que ese caballero tenía algo. Es un indecente e inmoral que te sedujo con alguna artimaña. Oh, niña mía, ahora estás segura conmigo. No debes preocuparte ni desesperarte.

Victoria no podía creer que aquel hombre ignoraba de esa manera sus pedidos. Se encontraba consternada con sus conclusiones. ¿De dónde había sacado eso que mencionó?

—Tío, por favor...

—Tu sufrimiento ha sido mucho, Victoria. Quisiste salvarte con el primero que viste, pero Dios me ha enviado en este tiempo por algo. El duque es el mejor partido que tendrás en tu vida.

—No lo dudo, pero yo quiero a lord Nottingham.

—Un tiempo lejos de él te hará bien. Sospechaba de tanta amabilidad de ese hombre. Era evidente que quería hincarte los dientes, es un perverso. Te vio tan pura e inocente. Rogaré por su alma para que no se calcine en el infierno por confundir a una sierva del Señor.

Ella sentía que le daría un soponcio por lo que oía. Tantos disparates juntos eran desesperantes.

—¡Tío! ¿Puede escucharme?

—Por supuesto que puedes decir lo que desees, pero mi decisión no cambiará.

En ocasiones no nos damos cuenta de las buenas oportunidades de la vida.

No te dejes llevar por el sentimentalismo.

Te acostumbraste a su presencia seductora y libertina, eso es un pecado, querida, pero yo te cuidaré.

El duque ha sido educado en virtud de la religión y las buenas costumbres, yo mismo me he encargado de que sea un hombre de bien.

Lo he visto crecer y he participado de su educación religiosa.

El ánimo de Victoria había tocado fondo. ¿Cómo haría las cosas? Necesitaba comunicarse con el conde para que fuera a salvarla. Con dote o sin ella, él la aceptaría.

Siguió escuchando todas las racionales y razonables explicaciones de su tutor.

Cuando lo hacía, su mente buscaba contrarrestar lo que el otro decía, pero no lo interrumpía porque pese a todo no tenía razón.

Ella se guiaba por el aspecto sentimental.

Deseaba regresar a la casa de lord Nottingham no solo por él, sino también por las niñas que se habían ganado su afecto.

No sabía si se sentía como una madre o como una hermana mayor.

Eso no importaba, ella quería regresar ahí.

Vivía más feliz como una criada que como una dama con todos sus derechos.

Necesitaba hacerle saber al conde de Nottingham que ellos no contaban con la aprobación de lord Sharp y que requerían buscar otra forma de estar juntos y obligar la entrega de la dote que le pertenecía para que ambos pudieran gozar de tranquilidad.

La muchacha le solicitó a su doncella un papel y pluma para escribir lo que se quería para hacerle saber a su querido conde que las cosas no eran como pensaban que sería.

Apenas era el segundo día que pasaba en su casa y se arrepentía de haber dejado de ser una criada.

Todas las sensaciones de bienestar del día anterior se habían esfumado.

—¿Puedes llevar la carta para que la entreguen? —preguntó Victoria a su doncella.

—Sí, milady. La dejaré en la bandeja.

La joven asintió ante lo que le había dicho su doncella. En ese instante era cuestión de esperar una respuesta de lord Nottingham. Estaba segura de que él no la dejaría desamparada.

Helen cumplió con lo que le habían solicitado, dejó la carta en la bandeja de la correspondencia.

El conde de Sharp al ver aquello, sintió curiosidad por el sobre que debía ser de su sobrina.

Él no confiaba en que ella pudiera tomar buenas determinaciones.

Algunos caballeros podían convertirse en la ruina de las damas, y el hombre sospechaba que el conde de Nottingham manejaba las emociones de una dama necesitada como Victoria.

Querido lord Nottingham.

Mis primeras horas en mi antigua casa han sido maravillosas.

Tengo la gracia de vestir prendas que han sido compradas para mí y que no usara otra persona antes.

Me sentí tan feliz que olvidé lo que me ha traído a este lugar.

Hoy le he hablado a mi tío sobre mis intenciones de comprometernos, pero él me ha ignorado y tratado como una pobre demente que no es capaz de comprender sus lógicas explicaciones.

Lord Sharp no sabe de las promesas que usted me hizo, sé que mi dote ayudaría en su casa, mas es probable que no pueda acceder a ella.

Su palabra de que mi dote no es lo importante está en mi mente y apelo a ese dicho de usted para que venga a pedir mi mano. Ansío regresar a su casa junto a sus hermanas y para compartir más tiempo que el que teníamos en la biblioteca por miedo al qué dirán. Casados podremos hacer lo que queramos.

Lo extraño con afán.

Victoria.

Aquel caballero no podía creer lo que sus ojos leían en esas cortas líneas.

Ese tal lord Nottingham manipulaba a su sobrina con mentiras.

Era evidente que deseaba la dote de la joven.

Era una suerte que no supiera el monto o estaría arañando la puerta de entrada.

Ese conde no conocía de vergüenza. La engatusaba con que no era un interesado; sin embargo, él mismo la había llevado hasta la puerta de la casa.

La carta que había hecho su sobrina no saldría de esa casa.

—¡Helen! —llamó el conde a la doncella.

—Usted ordene, milord. —Helen se colocó a su servicio.

—Cualquier cosa que escriba mi sobrina pasará primero por mi mano. Quiero que la vigiles. La pobrecita niña está desorientada y enamorada de un vividor. Hay que cuidar de ella. Tú serás mis ojos para mantenerla segura.

—Sí, milord.