Familia Fane Capítulo 26
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Capítulo 26

El conde de Sharp parecía verdaderamente escandalizado por lo que le contaba la joven. Miraba a Spencer con recelo.

—Escuche, tío, no juzgue a lord Nottingham, él solo ha accedido a mi pedido. Estaba muy infeliz en casa de mi tía, ocurrieron cosas que hicieron que yo decidiera salir —contó.

—Milady le explicará las razones. Le he brindado la ayuda necesaria. No podía tenerla de invitada en mi residencia, sería peligroso para nuestras reputaciones, milord —intervino Spencer.

La señorita Harting deseaba gritar toda la indecencia que había presenciado con esos dos, aunque el conde había abierto los ojos ante la conveniencia.

—Me lo contará mi sobrina en privado —alegó el hombre con acritud.

El caballero que había tenido tanta amabilidad en un principio parecía no ser tan amable después de todo. El hecho de que la muchacha quedara en casa de un hombre no le hacía mucha gracia. Eso podría dificultar los planes del conde de Nottingham para casarse con Victoria.

—Como prefiera, milord. Hemos venido la institutriz y yo a dejar a milady. Ha sido de gran ayuda con mis cinco hermanas —siguió lord Nottingham. Él sabía que aquel era el adiós. Debía armarse de paciencia para regresar y pedir la mano de la muchacha.

—Sin comprender el asunto le agradezco su predisposición, milord. Quizá una vez que mi sobrina explique lo ocurrido, pueda conversar de una mejor manera con usted —alegó el conde de Sharp.

—Lo comprendo. Milord, milady, nos despedimos...

Victoria deseaba correr a sus brazos y abrazarlo, pero no podía. Debía ser igual de paciente que el conde de Nottingham. Si querían estar juntos, convenía acomodar las cosas y ella poder retornar junto a él y sus hermanas.

—Gracias por todo, lord Nottingham... —agregó la muchacha a modo de despedida.

Los ojos de ambos se negaban a abandonarse, mas todo era por un objetivo común.

Cuando el conde y la institutriz se retiraron, lord Sharp le indicó que se sentara.

—Puedes hablar, Victoria. Quizá sientas desconfianza hacia mí después de lo que mi hermano te ha hecho.

Fue terrible enterarme de eso recién una vez que él falleció —declaró el hombre—.

Antes de tomar el título era un simple y feliz vicario en una de las propiedades del duque de Surrey. Él es un gran amigo mío...

—El anterior conde me ha dejado a mi suerte y no fue la mejor de todas.

Mi tía me mantenía en su casa como una doncella.

Yo me encargaba del arreglo de mi prima Emma.

La educación que recibí también se basó en las migajas de tiempo que los oficios de la casa me dejaban.

Cuando Emma y yo comenzamos a asistir a los bailes, conocimos a lord Nottingham.

Luego de unas semanas vimos en el periódico que estaba buscando una niñera para sus hermanas.

Ante la desesperación por un hecho vergonzoso y lamentable en casa de mi tía, le supliqué a milord que me contratara...

—¿Qué ha sido tan grave para que decidieras huir?

—Un amigo de mi tío entró a mi habitación a manosearme —dijo avergonzada al recordar el suceso.

—¡Por el infierno! Digo, ¡Dios bendito! ¡Sinvergüenza!

—Por eso lord Nottingham ha sido mi salvador.

—Oh, fui grosero con él. Le debo una disculpa.

Buscaré reunirme con él para ofrecerle mis excusas.

Ahora estás segura en tu casa. Veo que te falta buena ropa.

No te pareces a las damas que he visto en Londres, sí eres más bonita, pero tus vestidos no son apropiados y menos para que te conozca un duque de la reputación del duque de Surrey.

Estaba ansioso por conocerte porque le he hablado de ti.

Gracias a Dios tengo una memoria privilegiada y he recordado bien tus rasgos.

—Debe ser una buena persona...

—Es alguien generoso. Le avisaré para que venga a cenar esta noche. Irás con tu doncella a comprar unos vestidos. Vi que mi hermano no ha tocado una sola joya que perteneció a la condesa, puedes utilizarla esta noche.

—¿Doncella?

—Oh, querida, pobre de ti. Te han tenido tan mal que no sabías que tienes derecho a una... ¡Helen! —llamó el conde, sonriente.

Una doncella... ¡Una doncella! Victoria no cabía en sí de la emoción. Nunca había creído en algo así y, además, ella se había desempeñado como una durante años.

—Sí, milord —habló la joven que se presentó frente a ellos.

—Ya ha venido mi sobrina. Quiero que salgan a comprar lo que ella necesite. Es importante que esté presentable. No puede ir a los bailes con esa vestimenta.

—Es un placer conocerla, milady. La he estado esperando —mencionó la doncella, entusiasta haciéndole una reverencia—. La acompañaré a su habitación para que pueda ver cómo está acondicionada.

—Hazlo, Helen. Yo pediré el carruaje. Tengo mucho que organizar. Creo que por fin necesitaré una esposa —comentó entre risas.

Victoria se había detenido a mirar cada rincón de esa casa. Casi todo seguía intacto, aunque pudo notar que el anterior conde movió el retrato de su padre y colocó el suyo. No lo culpaba, pero le dolía.

La doncella la había guiado al lugar que antes había sido su habitación.

Al pasar la puerta, aquel sitio olía a su infancia, a su familia, a su hogar.

El destierro no había logrado acabar con esos recuerdos que vivían en su mente.

Podía jurar que la ropa de cama de su lecho seguía siendo la misma que ella había dejado cinco años atrás colocado de esa misma manera.

—Acomodaré lo que ha traído —la interrumpió la doncella.

—Sí... —Victoria le entregó la bolsa de prendas que llevaba. Después siguió recorriendo su habitación con añoranza.

—El duque es un hombre muy atractivo, milady...

A Victoria le había llamado la atención el comentario de Helen.

—Eso es bueno para él. Debe tener una familia hecha.

—No, él ha venido a Londres con el conde y lo ha hecho para buscar esposa. Milord es quien lo está asesorando. Su excelencia confía en lord Sharp y ha dejado en manos de éste la decisión de su vida.

—Me alegro mucho. Yo también pronto tendré un esposo. Ya tengo en mente quién será. Con el apoyo de este nuevo tío, podré presentarme sin vergüenza ni temor. Por si acaso, ¿sabes algo de mi dote?

—No sé a cuánto asciende, pero de que existe, existe. He escuchado al conde decir que su hermano no había llegado a gastarla.

El alma de Victoria volvía a habitar ese cuerpo. Estaba muy feliz por esa noticia que le había dado la doncella.

Luego de que Victoria disfrutara de su habitación, pudo hacer lo mismo con el carruaje. El olor de lo que la rodeaba le resultaba muy familiar y eso la confortaba. Se sentía muy contenta al ir de compras. Llevaba años sin tener una prenda nueva que se hubiera comprado para ella.

Mientras escogía las prendas y accesorios, creía que estaba en un sueño maravilloso. No parecía real. No deseaba despertar jamás si era un simple sueño. Ella disfrutaba de algo que le había sido negado por años y que era su derecho.

Al acabar las compras Victoria seguía en esa nube de emoción, tanto que no recordaba ninguna de sus peripecias ni objetivos. Era como un borrón y cuenta nueva. Comenzaba a gustarle estar feliz.

La doncella le había preparado un baño con esencias.

Llevaba casi una vida sin tomar un baño decente con esas características.

También Helen le había enseñado las joyas que su tío le sugería utilizar, eran todas un poco suntuosas para su gusto, eran más para adornar a una mujer casada que a una debutante.

El nuevo conde deseaba que ella estuviera lo mejor que se podía para presentarlo con su amigo y antiguo patrón.

No lo haría sentir vergüenza de su vestimenta.

Ella le dijo a su doncella que podía arreglarse el cabello sin inconvenientes. La criada la ayudó a vestirse y le había colocado las joyas que necesitaba.

Al observar el trabajo terminado se sentía feliz con su decisión de haber tomado la oportunidad de estar con su tutor. Con esas nuevas prendas sorprendería a su lord Nottingham y lo dejaría tan enamorado que le confesaría su amor al verla.

—Maurice me ha dicho que el duque de Surrey ha llegado y está en compañía de milord, milady —anunció Helen.

—¿Crees que ya sea tiempo de bajar o esperar un poco a que conversen?

—Hacerse esperar tiene un mayor impacto...

Ese consejo era pícaro y por eso Victoria lo tomaría. Se sentía tan bien, tranquila y confiada que nada podría arruinar su buen humor. Esperó un tiempo prudente para presentarse.

Se acercó a las escaleras y empezó a descender sin apuro. Su tío y un hombre de cabello oscuro al que no podía ver porque estaba de espaldas a los escalones conversaban con mucho ánimo hasta que Joseph la distinguía.

—¡Aquí viene mi sobrina, excelencia! —expresó lord Sharp con entusiasmo.

El duque de Surrey volteó su figura y quedó sin habla y hasta sin aliento por la belleza que veía descender por las escaleras.

Era como una fina flor. Aquel vestido lavanda no hacía más que resultar su delicadeza y una sutil inocencia.

En ese instante no podía hacer más que halagar a su vicario, o al que fuera su vicario al describirla.

Ella era más perfecta de lo que había imaginado con las descripciones que aquel hombre le había brindado.

A Victoria le llamó mucho la atención los ojos verdes como esmeraldas del duque de Surrey. La miraban de una manera hasta que podía despojarla de sus prendas. Era una mirada profunda y escrutadora.

—Ven, ven, querida —la invitó su tío para que llegara junto a él. Una vez que cogió su mano, procedió a presentarla—. Su excelencia, ella es lady Victoria Dankworth, mi querida sobrina de la que le había comentado.

—Es un gusto conocerla, milady. Me presentaré ante usted, soy Bruce Bailey, duque de Surrey.

Conozco a su tío casi desde su nacimiento.

Ha estado muchos años al servicio de nuestra capilla —expuso Bruce para que la joven conociera de la gran intimidad que gozaban aquellos caballeros y para que tuviera confianza en ellos.

—Es un verdadero placer conocerlo. Desde que vine aquí él no hace más que hablar de usted. —Victoria lo reverenció y él extendió su mano para que ella la cogiera y pudiera dejar un beso al dorso.

Ella se vio obligada a entregarle su mano al atractivo caballero. Había sido algo incómodo, puesto que Victoria deseaba que solo un hombre fuera el dueño de su cuerpo y de su afecto.

—Pasemos a conversar. Victoria tiene muchas anécdotas que escuchar —dijo el conde, animado.

El impresionado duque no dejaba de mirar a la sobrina del conde.

Ante él habían desfilado un sinfín de damas, pero ninguna como esa.

Su voz era dulce, melodiosa y armónica. Sus labios eran rozagantes sin ningún artilugio y sus ojos habían robado el azul del cielo que se reflejaba en las aguas del mar.

Aunque se sentía incómoda también reía con algunas anécdotas del vicario. Era un hombre simpático y era visible el aprecio que ese hombre tenía por el nuevo conde. Debía ser duro no poder visitarlo como antes en su capilla. El duque debía adaptarse a la nueva vida de su amigo.

Cuando llegó el momento de la cena, Victoria se sentó a la derecha del conde y el duque tomó asiento junto a ella por mandato de su tío.

Ella debería sentirse halagada por tener a un caballero a su lado, haciéndole conversación, divirtiéndose y divirtiéndola, pero la joven tenía otra cosa en su mente.

Su sueño comenzaba a parecerle un poco pesado.

No le desagradaba el hombre y tampoco el nuevo lord Sharp, mas el lugar en donde ella quería estar era con lord Nottingham y sus hermanas.

Ese era el punto en que los extrañaba. ¿A quiénes visitaría en sus habitaciones?

¿A quién besaría en la biblioteca, mientras fingía buscar un libro?

Durante la cena la charla era amena. Los varones intentaban que ella tuviera participación en la conversación. Una vez que abandonaron la mesa y fueron al salón para beber a ella le sirvieron una copa de jerez.

Victoria terminó su copa y dio una excusa para retirarse. Los dos hombres la despidieron y quedaron solos bebiendo sus copas de brandi.

—Estoy sorprendido. Lady Victoria Dankworth es más de lo que hubiera podido desear, mi querido amigo —lo halagó Bruce.

—Se lo he dicho, excelencia. Ahora está hecha una mujer. Sobre su desaparición solo puedo decir que fue a casa de lord Nottingham para desempeñarse como niñera de sus hermanas. La situación en casa de esa malvada señora Malorie era insostenible.

—¿En casa de un hombre que muy probablemente es un libertino?

—Sí, su excelencia. —El conde tragó saliva.

—¿Ella está intacta?

—Por supuesto, de no ser así, jamás le sugeriría que se case con mi sobrina. Es la hija de un conde, solo sangre noble corre por sus venas. Además, puede darse cuenta de que sus hijos serán más que agraciados. Sobre la dote...

—El dinero no me importa, puedes donarlo a la caridad. Ella es quien me interesa.