Capítulo 25
William no salía de su asombro. Las cosas se iban acomodando en su sitio.
—Qué coincidencia tu apego a Victoria cuando aparece su tutor... Oh, eres un excelente jugador, Spencer—lo felicitó el marqués.
En ese momento el sorprendido era el conde. ¿De qué hablaba su amigo? Su rostro decía que no sabía de lo que estaba hablando aquel.
—No entiendo tu punto, William. Tomé esa determinación anoche.
—No me mientas. ¿Has salido los últimos días?
—No, hace semanas que no lo hago. No hay nada que yo quiera fuera de aquí.
—La señorita Malorie me ha dicho que bailaste con ella.
—Pero esa fue la noche en que casi mueres ahogado por el alcohol...
—Ah... Entonces ella no te dijo nada...
—¿Nada de qué? Mis nervios, William, dime qué ocurre —pidió impaciente.
—Te lo diré. En el último baile, tuve un pequeño infortunio. La señora Malorie me encontró y me obligó a un baile con su hija. Ella me había dicho que bailó contigo y que te comentó que Victoria estaba en casa de otros parientes...
—Sí, yo sabía que era una mentira, porque tenía a Victoria viviendo bajo mi techo.
—Eso no es todo. La señorita Malorie no te dijo la verdad por temor a tu interés por su prima.
Esa muchacha quiere casarse contigo. Me alegra que yo no sea su víctima, lo que significa que puedo tener una amistad con ella.
Ahora te diré lo importante. —William hizo una pausa—.
Me confesó que ha aparecido el nuevo tutor de Victoria.
Ya no es el hombre que la abandonó con los Malorie y quiere hacerse cargo de ella. ¿Sabes lo que eso significa?
Spencer no podía pensar con claridad. Si Victoria salía de esa casa, la perdería.
—Yo no quiero que nadie se haga cargo de Victoria...
—¡Oh, por favor! Deja la bebida de una vez por todas. No te deja pensar con claridad. Lo que significa que alguien quiera tener al hombro es que le dará una dote... dinero, tierras, joyas... ¡Piensa en eso! A veces creo que yo soy el que tiene cinco hermanas.
Al parecer la mente de Spencer trabajaba muy lento esa mañana. Le costaba bastante comprender el punto de su amigo, aunque comenzaba a entenderlo.
—Si entiendo bien, quieres que deje que ese caballero se lleve a Victoria, le pido la mano de ella, él me aprueba y me entrega la dote.
—¡Ha brillado la luz de inteligencia en ti! Sí, sí, es lo que quiero. Ese hombre debe tener la dote de esta muchacha.
—Todo suena muy bien, William, pero y si este señor resulta ser un pervertido que se interesa en su pupila. Y no me digas que eso no puede ocurrir.
—Es un riesgo. También podemos hablar mal de ti que eres el dueño de la casa que tiene intenciones ocultas con la niñera de sus hermanas.
No estás libre de pecado, Spencer. Considera este asunto a tu conveniencia.
Su tutor es un vicario. Primo del padre de Victoria y hermano del malvado heredero que la desterró.
Está viviendo en la residencia que le perteneció a Victoria.
—Me aconsejas que la lleve junto a ese hombre... Primero debo hablar con ella.
—Sí, haz las cosas como se debe, obtendrás lo que esperas. Nada puede salir mal.
—No digas que no es así. Te haré caso porque no veo mayor inconveniente con eso.
—Romperé la lista que me costó trabajo armar.
—No lo hagas, úsala para ti, la necesitarás.
Los dos continuaron con su debate. Una vez que el marqués se retiró, Spencer pidió a Calvin que llevara a Victoria junto a él.
Mientras la esperaba, sentía el sabor de un triunfo.
De un día para el otro su perspectiva de vida había mejorado.
De ser un soltero con cinco hermanas sería un hombre casado, con una esposa, una dote y cinco hermanas.
No parecía tan mal negocio y más cuando había decidido casarse con la muchacha siendo la niñera.
El dinero había pasado a ser algo secundario al tratarse de toda esa pasión desenfrenada que sentía por Victoria.
De ser el hombre más desafortunado del mundo, pasó a ser el más beneficiado con la muerte de alguien, y no era con exactitud con el fallecimiento de su padre.
—¿Ha pedido que venga, milord? —indagó Victoria, que sentía vergüenza al recordar lo que había ocurrido la noche anterior.
Ella se había sorprendido por el pedido de Calvin para acudir al despacho. La señorita Harting la había calcinado con la mirada ante sus ganas de asistir al llamado del conde. Desconocía el propósito de ese encuentro.
Él abandonó su lugar cerca de la ventana y acudió hasta donde ella se encontraba. Cerró la puerta y sin mediar palabras la cogió por la cintura.
—¡Lord Nottingham! —Ella lo alejó y se colocó tras una silla.
—Venga, Victoria, tengo noticias para usted —dijo persiguiéndola.
—Compórtese para que pueda escucharlo con tranquilidad. Puede venir alguien, milord. La señorita Harting...
—No me importa. Mejor que todos nos vean, Victoria —alegó alcanzándola—. Es escurridiza.
Sin decir más la acercó a sus labios para besarla con ahínco. Ella correspondió de igual manera. Victoria era la única interesada en las buenas costumbres. Él solo deseaba tenerla.
—¿Qué tiene que decirme, lord Nottingham? —curioseó alejando sus labios de él.
—Algo que le sorprenderá tanto como a mí. William me ha contado que su tutor ha ido a buscarla en casa de la señora Malorie.
—¿El conde de Sharp? No lo creo.
—Ese conde al que usted conocía ha fallecido. El que está como portador del título es otro caballero de apellido Dankworth y era vicario de un duque.
Victoria intentaba hacer memoria sobre un pariente vicario. Había uno, pero no habían compartido mucho. En toda su vida quizá lo había visto una sola vez.
—¿Y qué ha dicho?
—Que quiere encargarse de usted...
Ella no podía creerlo. Algo se desbordaba dentro de ella. Eran emociones encontradas porque ella deseaba con el corazón volver a ser una lady, pero no quería abandonar a lord Nottingham.
—¿Sabe lo que eso puede significar, Victoria? —cuestionó Spencer. Él pensaba en una separación, quería saber lo que ella consideraba importante.
En lugar de mostrar un rostro triste, Victoria le enseñó una sonrisa. Eso lo había dejado confundido.
—Significa que por fin puedo aspirar a ser su esposa —confesó Victoria, esperanzada.
Al contar eso, se sintió como si tuviera menos peso en sus hombros. Era como un secreto, algo que deseaba decir desde hacía mucho tiempo.
—¿Hablas en serio, Victoria? No imaginaba que aspiraba a eso. Tal vez pensaba que lo quería, aunque eso se quedaba corto en cuestión de aspiración —declaró Spencer.
—Soy honesta. Llegué a esta casa no solo para ser una criada, sino para intentar conquistarlo y que me salvara.
—He caído en sus redes, Victoria, y no me avergüenzo de eso. En pago a su honestidad, también puedo confesar que he intentado que se interese en mí y hasta puedo jurar que la he obligado a tolerarme —musitó con una sonrisa.
—No somos tan nobles como creemos...
—¿Qué decide, Victoria? ¿Se presentará frente al conde y dejará que la respalde o me aceptará como su futuro esposo sin darme una dote?
Estaba en una encrucijada, pues sabía lo que esa dote significaría para él. No podía ser la condesa con las manos vacías. Además, su futuro y el de sus posibles vástagos estarían en riesgo.
—Me presentaré frente al conde...
—¿No me olvidará, Victoria? —preguntó acortando distancia entre ellos—. Yo iré a solicitar su mano.
—Esa pregunta debería hacerla yo, ¿no me olvidará, lord Nottingham?
—No, con dote o sin ella, está destinada a ser la condesa de Nottingham, por eso no debe preocuparse. —Él cogió su mano y dejó un beso en ella.
—¿Me prestará su carruaje?
—No, yo la llevaré. Pediré que nos acompañe la señorita Harting.
Ella puede ser nuestro aval de que todo está bien.
Calvin tendrá que encargarse de las más pequeñas.
Les comunicaré a todos que abandona la casa, pero una vez que esté fuera.
No quisiera que se marche, pero es para regresar como lo que usted debería ser.
Victoria subió su mano al rostro de Spencer y le dio una suave caricia antes de dejar el beso en sus labios.
—Busque sus cosas, Victoria...
La joven asintió ante el pedido de Spencer.
Se retiró del lugar con cuidado, aunque no podía ocultar la emoción que la embargaba.
Regresaría a esa casa como la condesa de Nottingham.
Nunca debió perder la fe. Dios y sus padres no se habían olvidado de ella por eso estaba teniendo esa lluvia de bendiciones.
No podía esperar menos de un hombre de Dios.
Fue hasta la habitación y recogió las pocas cosas que tenía.
Al regresar a la residencia sorprendería a las niñas con la noticia de que tendrían una nueva hermana.
Con el dinero de su dote podrían contratar a una niñera, pero ella se sentía capacitada para enseñar a las niñas por unos años.
Las quería mucho porque eran sencillas, adorables y caritativas.
Spencer esperaba fuera de la residencia junto a la señorita Harting. Cuando la vio entregar su bolsa al cochero, ella fue caminando hacia Spencer y este extendió su mano para ayudarla a subir al carruaje y subió tras la joven. La señorita Harting los siguió.
—No quisiera opinar, pero ¿hay alguna razón por la que estoy aquí? —interrogó la institutriz con un poco de recelo.
—Sí, señorita Harting. Usted nos acompañará a la residencia del conde de Sharp, tutor de lady Victoria Dankworth, quien hasta segundos atrás fue considerada la niñera de las niñas, pero ahora, puede llamarla mi futura esposa —dilucidó el conde.
La quijada de la institutriz tocaba el suelo del carruaje. No era capaz de digerir la información con premura.
—Sé que esto puede dejarla sin palabras, pero lord Nottingham y yo hemos confesado nuestro interés mutuo y ante la aparición de una probable dote, quisiera que se la entregaran para que sirva como parte de las dotes de sus hermanas...
El caballero agradeció de corazón la extrema consideración que Victoria tenía. Ella también priorizaba a las hermanas de él antes que a sí misma. Era una dama digna de admiración y respeto.
—Aún sigo impactada, pero lo único que puedo concluir es que han hecho lo correcto. Las niñas estarán tan contentas que no podré contenerlas...
—No se preocupe, señorita Harting. Regresaré a la casa para ayudarla de cualquier manera. Solo quiero que el conde de Sharp sepa que estoy bien y que reclamaré lo que le pertenecerá al hombre que está a mi lado.
Las emociones se presentaban a trompicones en su pecho.
Victoria no sabía si estaba ansiosa, feliz, nerviosa, temerosa o dichosa.
Se le hacía difícil entender sus sentimientos.
Cuando vio su casa de toda la vida los buenos recuerdos acudían a su mente, al igual que los malos.
El momento exacto en el que se despidió de su hogar fue el día en que su tía Danielle había ido a buscarla a ese lugar.
Antes pensaba que ella era buena, lo había sido, mas al vivir con aquella se había transformado en el mismo demonio.
—Hemos llegado —anunció Spencer.
Las tres personas descendieron del coche y caminaron hacia la entrada.
Victoria miró a Spencer para hablarle con los ojos y decirle que esa puerta era suya y la golpearía. Así lo hizo y esperaron a que alguien abriera. Al ocurrir eso, un mayordomo de aspecto servil, pero de edad los miró con asombro.
—¡Oh, milady! —exclamó el hombre, emocionado.
—¡Maurice...! —pronunció Victoria con el mismo entusiasmo que él.
—Pasen, por favor...
—Maurice, ¿se encuentra el conde de Sharp?
—Está en el salón, milady. Anda enloquecido buscándola. Cuando la vea es probable que se muera.
El mayordomo se adelantó para anunciar que habían llegado visitas a la residencia.
—Lord Sharp, sujétese a la silla porque esto que le diré lo tendrá muy contento —declaró el sirviente.
El hombre alto dejó de lado lo que parecía un libro de predicas y le dio atención al criado.
—¿Qué es eso tan bueno que hay para mí?
—Es lady Victoria, ella está en el recibidor. Ha venido acompañada por dos personas. Con la emoción he olvidado preguntar quiénes eran.
—¡Hazlos pasar! ¡Qué noticia! —festejó el conde de Sharp.
Al ver entrar a las personas él sonrió—.
¡Oh, eres más grande de lo que te recordaba, Victoria!
¿Dónde estabas, muchacha? He estado buscándote durante semanas.
Pensé que la señora Malorie no te había cuidado y que habías huido con alguien que te endulzó el oído. ¿Quién es el joven?
—No, tío, es lord Nottingham, y él me ha brindado refugio en su casa como la niñera de sus hermanas... Ha sido...
—¿Niñera? ¿Una lady niñera? ¡Qué clase de agravio es ese! —masculló el caballero, molesto.