Capítulo 24
¿Cómo había caído en el plan de lord Nottingham? Los dos iban por los pasillos intentando no parecer sospechosos, mas eso era imposible, pues el sigilo era difícil de mantener cuando un hombre y una mujer estaban en una situación tan sospechosa en un escondrijo de la casa.
Victoria creía que hubiera sido una mejor idea quedarse en la biblioteca, pero el conde prefería su propia habitación.
Ambos entraron al lugar y Spencer cerró la puerta con seguro y dirigió su mirada hacia Victoria que se sentía un poco insegura al estar a solas con un caballero.
Spencer tragó saliva y caminó hasta colocarse frente a ella. Primero colocó sus manos en cada brazo de la joven y comenzó a frotarlas como si quisiera calentarla.
—Victoria... —murmuró.
Ella no decía nada. Se limitaba a tratar de calmarse y disfrutar del momento en el que estaban solos.
Él la llevó hacia la cama y con delicadeza la recostó. Le había prometido que no ocurriría nada, pero tenerla ahí, en contraste con sus sábanas lo hacía desearla mucho más.
Pese a la poca iluminación, distinguía en Spencer un extraño fuego en su mirada.
Algo que iba más allá de la picardía o la seriedad, sentía que con sus ojos penetraba su mente y la hacía desear algo más.
Ella creyó que la besaría cuando se acercó a sus labios, pero eso no era lo que ocurría.
Él comenzó a perderse en la piel de su cuello, a deleitarse en cada centímetro que podía disfrutar.
Una sensación extraña comenzó a recorrer a Victoria una vez que el conde había colocado parte de su figura sobre la de ella.
Percibió cierta dureza en su vientre, algo que no había distinguido antes en sus encuentros con él.
Spencer no le decía nada, solo respiraba con dificultad y aspiraba el aroma de la piel de la muchacha.
Satisfecho con una parte del cuerpo de ella, siguió en su afán de disfrutarla. Procedió a aflojar el vestido de la joven para llegar hasta el corpiño. Ahí liberó a las dos rozagantes prisioneras de aquel lugar. Sin avisar colocó su lengua en la punta de uno de los senos de Victoria.
—¡Milord! —expresó al sentir como si un escalofrío la recorriera completa. Era algo excitante, pero que la asustaba. Su respiración era agitada. Pensó que el conde pararía; sin embargo, con su boca comenzó a succionar esa parte de su cuerpo y a mover su lengua rítmicamente como una tortura.
Esa era la tortura más extraña que recibía Victoria, una que le encantaba, aunque también la llenaba de miedos, dudas, recelo y vergüenza. Mientras él más se enloquecía por sus senos, la parte baja del cuerpo del caballero también se movía, apretándole con fuerza y dureza.
Spencer se había perdido en la emoción de tener a esa mujer ahí con él.
Quería todo con ella. Sabía que debía mantener la compostura.
Eso era imposible, porque oía los tímidos gemidos que escapaban de Victoria.
Ella era tan perfecta hasta para gemir. Su imagen de ella era aún más tentadora.
La imaginaba rogándole que le diera placer con esa voz suave y melodiosa que la caracterizaba.
Era una flor tan delicada que al hacerle el amor tendría miedo de romperla.
Tan fina, suave, receptiva y apetecible, era su sueño poder compartir su cama con esa mujer.
Mientras su boca jugaba con los pechos de la joven, una de sus manos recorrió la parte baja de Victoria para después escurrirse entre su falda y palpar la zona húmeda y prohibida del cuerpo de su delirante acompañante.
—¡Lord Nottingham! —vociferó Victoria ante la extraña situación, quiso moverse para poder sopesar y entender lo que ocurría; no obstante, el conde abandonó sus senos para devorar su boca y callarla. También había aprovechado para seguir acariciándola.
Primero había sido víctima del susto, pero después un extraño placer la había invadido, y no solo eso, esa mano no se había conformado con las caricias.
Ella sentía que algo se movía dentro, causándole una excitación nunca antes vivida.
Él movía sus dedos con rapidez haciendo que ella sufriera por la agradable y desconocida sensación que la embargaba.
A Spencer le faltaban manos y boca. Se sentía como un pulpo que quería tocar todo. Estallaba de ganas por acostarse con ella. Quería desvestirse y poseerla. Era un canalla, pero valoraba tanto a Victoria que no podía ser un libertino y vividor con ella.
—No puedo ser un miserable con usted, Victoria.
Me encantaría desvestirla y complacernos juntos en esta cama, pero eso sería arruinarla.
Estoy cerca de enloquecer si ya no lo he hecho porque me encanta, Victoria.
Despierto cada día con dos cosas en la mente: mantenerme cuerdo frente a lo que hacen mis hermanas y verla por los rincones de mi casa —dijo Spencer que se había detenido en medio de su frenesí de macho ardiente.
Victoria levantó el corpiño y guardó sus senos que habían sido abandonados. La vergüenza en ese instante era su juez.
—Nunca entenderé la injusticia de la vida.
Mi pensamiento y mi corazón le pertenecen a usted, pero no tengo dinero para aspirar a ser su condesa.
No miento al decir que lo he deseado desde la primera vez que lo vi, pero cuando escuché que tenía cinco hermanas consideré que no era la apropiada a causa de mi falta de fortuna...
—confesó Victoria. No debía avergonzarse de hablar con la verdad, tuvo que avergonzarse por haberse dejado manosear por él, aunque tampoco fluía a través de ella alguna gota de arrepentimiento.
El joven conde la miró y no supo qué decir.
Ella tenía razón. Ambos sabían que eso los separaba, aunque solo si ellos lo deseaban.
Cada vez estaba menos seguro de que quería buscar una esposa.
Victoria quizá no le aportara dinero, pero era una buena niñera y sus hermanas la apreciaban.
Las mantendría a raya mientras Spencer conseguía los chelines para llenar las arcas de los futuros esposos de las niñas.
¿Sería capaz de dejar de lado su egoísmo e intereses personales en pos de su felicidad junto a la mujer que lo había cautivado y le había robado el corazón?
Spencer consideraba que toda la noche estaría despierto pensando en lo ocurrido con la joven. Estaba tentado a decirle que había una esperanza, era cuestión de que sopesara situaciones.
—Yo... —habló Spencer que había sido interrumpido por unos golpes en la puerta.
—¿Necesita algo, milord? —preguntó—. He venido a cambiarlo.
Victoria tenía los ojos tan abiertos por el susto. ¿Qué haría si la viera el criado? Tal vez el chisme se esparciera no solo por la casa, sino también fuera de ella. De un respingo abandonó la cama al igual que la profunda conversación que había tenido con el conde.
Él colocó su dedo sobre su propia boca para indicarle que no hablara.
Le enseñó la puerta de comunicación para que saliera por ahí.
La muchacha asintió con vehemencia. La vio arreglarse las prendas y luego desaparecer con sigilo a través de la puerta.
Después Spencer fue hasta la entrada de su habitación, quitó el seguro y abrió.
—Pasa —replicó Spencer.
Calvin fue sin dilación hacia el armario. Buscó un camisón impoluto para su patrón y lo extendió sobre la desordenada cama. Después se fijó en un detalle en el suelo: un zapato de mujer.
Levantó los ojos hacia Spencer y él estaba aguardándolo.
—Lord Nottingham...
—¿Qué ocurre? —inquirió.
—¿Ha estado respetando los límites con la servidumbre?
—¿Qué pregunta es esa, Calvin?
El ayuda de cámara levantó el zapato y se lo enseñó a un sorprendido Spencer.
—Al parecer los problemas nunca son suficientes. Milord, por los años que llevo con usted, debo decirle que, pese a que Victoria pueda ser una gran tentación para cualquiera, debe mantener la compostura. Es un caballero, alguien honorable. No debería hacer estas cosas con la servidumbre.
Él masculló una maldición por lo bajo. ¿Cómo Victoria pudo olvidar su zapato? Tal vez en la desesperación de ser descubierta, no se había dado cuenta.
—Supongo que guardarás silencio, Calvin.
—Por supuesto, milord, pero no me complacería que tuviera que habilitar una de las habitaciones de los sirvientes para algún bastardo suyo con la criada.
—No ha ocurrido nada. He sido razonable y me he mantenido intacto, aunque endurecido, pero no derrotado. Ni siquiera le insinúes que ha dejado un zapato, déjalo en su puerta.
—¿Y sus intenciones de buscar una esposa? —cuestionó Calvin, curioso.
—Son demasiadas preguntas por esta noche, pero las responderé. He dejado eso en manos de William. Él escogerá a mi esposa porque yo no puedo hacerlo, no quiero y no tengo ánimos suficientes para que eso me entusiasme. Prefiero hacerlo por obligación. Una vez en el baile solo queda bailar.
El criado hizo un gesto con la boca que significaba una aceptación a la acción de su dubitativo patrón. Al menos había tomado una determinación, lo malo era que andaba persiguiendo la falda de una crédula e inocente muchachita.
Al terminar de preparar a su patrón para dormir, Calvin llevó el zapato de la joven y lo dejó exactamente frente a la puerta. Quizá al ver ese zapato recuperara el buen juicio para no involucrarse con un truhán como lord Nottingham.
A la mañana siguiente, Victoria había encontrado su zapato perdido en la puerta. Apenas se había dado cuenta de que se le olvidó una vez que había llegado a su habitación por la noche.
Esas horas antes de dormir habían sido agónicas.
No pudo dejar de pensar en ese hombre, en las sensaciones que embargaron su cuerpo y en las confesiones que se habían hecho.
¿Eso podría llamarse amor o tal vez ser el último suspiro de la cordura?
No lo sabía, no lo comprendía. Una parte de ella deseaba seguir por ese camino sin esperanza para algo decente, pero su buena educación no la dejaba.
Esa mañana debía ir a despertar a cada una de las niñas. El día estaba maravilloso para salir a tomar un poco de sol en el jardín. A esa hora aún lord Nottingham no abandonaba su cómoda cama.
Llevó a las pequeñas a desayunar y ahí encontró a las pupilas de la señorita Harting. Las hermanas desayunarían juntas. Ella, mientras tanto, conversaba con la institutriz sobre los planes de ese día.
Una vez que acabaron el desayuno se dispusieron a salir al jardín para distenderse.
Una hora después el carismático marqués de Asthon se había presentado a la residencia.
Saludó a cada una de las damas y para ellas llevó unos bollos dulces que había comprado.
Las niñas casi se habían quitado los ojos por sus sabores favoritos.
Con mucha amabilidad también le entregó algo a ella y la señorita Harting antes de ir a esperar a que Spencer se despertara.
William entró a la residencia y se paseó por el sitio como si fuera su casa.
Se sentó en un sillón y colocó sus pies sobre una mesita que estaba frente a él.
Ahí esperaría a su amigo para contarle lo que había conseguido en esos días de ardua labor.
Se sentía orgulloso de sus logros y de su supervivencia.
Cuando Spencer se despertó, Calvin le contó que su amigo estaba en la planta baja aguardando su presencia. Él no podía creer que aquel hubiera ido tan temprano.
—¿Te has caído de la cama? —bromeó Spencer como saludo.
—Tú te caerás de espaldas con todo lo que traigo de información. Oh, mi buen conde, la vida te sonríe en ocasiones.
—Espera, no sé quién caerá de espaldas primero.
También tengo algo que decirte. Desayunaremos en mi despacho y ahí conversaremos sin tantos oídos.
En esta casa las paredes tienen tímpanos —dijo Spencer que miró hacia un costado y vio a sus cinco hermanas con los ojos abiertos y las orejas paradas para el cotilleo.
Todas salieron corriendo al ser descubiertas.
Los sirvientes llevaron el desayuno hasta el despacho y ambos se sirvieron en el lugar.
—Traigo para ti una lista de nombres. Todas son ricas con dotes interesantes y bellezas atrapantes...
—Creo que no necesitaré esa lista.
—No puedes decirme eso en este momento, después de arriesgar mi pellejo para bailar con todas, hablar con las matronas, congraciarme con la servidumbre... ¿Me estás hablando en serio?
—Sí. He encontrado a la mujer que ocupará el puesto.
—Estoy sorprendido. ¿Quién es?
—La niñera; lady Victoria Dankworth.