Familia Fane Capítulo 23
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Capítulo 23

Victoria no creyó que encontraría al conde en ese lugar. Lo imaginaba descansando después de una noche de preocupaciones. Ella había ido al lugar para buscar otro libro, pues el que estaba leyendo ya se había quedado sin páginas.

—Disculpe la intromisión, milord —musitó nerviosa.

Estaba sola con él. No habían estado de esa manera en varios días y no era conveniente.

Su carne era tan débil que era probable que ella le solicitara un beso para seguir viviendo—, puedo venir más tarde.

Deseaba un libro para que la noche se haga más corta en el cuidado de su hermana.

—No, no se preocupe. Lleve todo lo que desea de la biblioteca, Victoria —indicó colaborativo.

—Escogeré uno y me retiraré...

Ella comenzó a recorrer los estantes y leer los títulos. Él no podía dejar de mirar como su graciosa figura buscaba alcanzar los rincones más alejados. Victoria era tan delicada que era imprudente dejar que se esforzara de esa manera.

Spencer se acercó hasta donde se encontraba la muchacha, se pegó a ella para ayudarla a coger un libro.

La joven había dado un respingo al sentir el cuerpo del conde a su espalda. Se había sonrojado y tenía tanto miedo de girar sobre sus talones y verlo tan pegado a ella.

Cuando ella volteó a verlo, sus ojos se habían encontrado. La notó retroceder y quedó atrapada contra el estante de libros. Él también colocó ambas manos a los costados del mueble para que Victoria no escapara.

—Debo agradecerle por todo lo que ha hecho por mi hermana, Victoria... —habló.

—Adoro a milady. Además, es mi deber como su niñera. —Ella desviaba su mirada de los ojos del conde a su boca. Quería llamarlo para que pudieran arrojarse juntos a la locura de un beso prohibido.

—Usted es muy devota de un buen trabajo, Victoria. La admiro...

—Yo soy quien lo admira. Usted ama a sus hermanas, a su manera. Mi corazón se ha llenado de ternura al saber que ellas son lo más importante en su vida.

—Le rogaría que me guardara el secreto o terminarían burlándose de mí. Ellas no imaginan el sacrificio que es pensar en el bienestar de cinco pequeñas arpías. Prefiero que me vean como el hermano duro e inquebrantable antes que me perciban débil y cariñoso.

—¿Usted sabe que todas ellas mueren por ser su favorita? Matarían por serlo.

—¿Y usted qué piensa de eso?

—Que sería un privilegio ser la favorita del conde —confesó sin un ápice de vergüenza en sus palabras.

Él creía que esa una invitación para la pérdida de la cordura. Cómo la vez anterior, Spencer se arrojó a los labios de Victoria y los besó sin vergüenza. Pegó a Victoria contra su cuerpo hasta desear dejarla sin aliento. Quería que ella se uniera a la hambrienta danza de su lengua.

La compostura de Victoria se había extraviado.

Abría su boca como si fuera a tragarse a ese hombre.

Aquellos labios dejaban entrever el sabor del brandi que él estaba bebiendo.

La sensación era embriagadora. La fuerza del beso se sentía devastadora.

Alcanzaba a seguir los pasos del conde para apoderarse de su cavidad.

Ella describiría esa experiencia como morir, tocar el cielo y regresar a la tierra.

En ese momento ella ya estaba muriendo, la parte más difícil sería regresar a la realidad.

La cruda realidad de un sentimiento que no estaba destinado a prosperar.

Al separar sus labios, ambos todavía mantenían el torso junto.

—Aquí es donde quiero permanecer. ¿Qué me ha hecho, Victoria?

He sido víctima del embrujo más cruel. No puedo dejar de pensar, esperarla y desearla.

Mi bajeza es lo más sincero que tendrá jamás.

Mi confesión es mi libertad en esta prisión de añorarla en silencio...

—confesó sin detenerse a pensar en las serias consecuencias de sus palabras.

—¿Qué tanto daño pueden hacerse dos personas que se añoran como nosotros?

Comprendo lo inalcanzable que es usted para mí, pero resignarme a solo verlo se ha convertido en un suplicio, un verdadero sufrimiento.

Conozco sus necesidades, milord, y yo no puedo suplirlas.

En otras circunstancias nuestra vida sería perfecta.

—Considero que no hay nada más perfecto que usted, Victoria. Soy tan egoísta que necesito tenerla conmigo, a su lado surgen las ideas más perversas y prohibidas, pero es con la intención de no perderla...

Él insistió en seguir besándola y ella no se había negado. Entre confesiones no habían llegado a ningún sitio, aquello era admitir que se atraían y que estaban desesperados, mas no había una conclusión o una solución.

¿Cuál era el límite? ¿Qué venía después? Existían preguntas con respuestas inciertas en ambas cabezas.

—Debo retirarme, milord —anunció la joven.

—Estaré más tarde por la habitación de Eugenia —musitó Spencer que volvió a darle un último beso a Victoria.

Ella salió de aquel lugar en el que la había acorralado, hizo una reverencia y se retiró con lentitud, levantando la mirada con cierta complacencia.

Entre ellos se había formado un pacto, una alianza o un acuerdo. Algo que no habían dicho, pero que era implícito. Sin palabras, aunque confirmado por acciones y deseos. Con eso era probable que ambos tuvieran acceso a muchos beneficios mutuos.

Victoria había salido de la biblioteca con el corazón en la mano.

¿Qué había hecho? ¿Y su decencia? Era una dama en decadencia, seducida por un conde rufián e interesado con cinco hermanas.

Ella no podía poner el dedo y señalarlo, pues más de una vez deseó ser la esposa de ese hombre.

Lo único que la alejaba de ese puesto era su falta de fortuna para añadir a las arcas de lord Nottingham.

Sería tan feliz a su lado que por ese tiempo se conformaba con las migajas y el nulo compromiso que el caballero pudiera tomar con ella.

Todo era arriesgado. Si alguien sabía que una dama soltera, por más que no tuviera dote, vivía bajo el mismo techo que un conde, aquello sería su ruina. De hecho, ya estaba cavando su tumba con lo que había hecho con lord Nottingham en la biblioteca.

Ese pacto sin palabras ni condiciones se convirtió en el único código que ellos manejaban en esa casa. Spencer y Victoria se comunicaban con la mirada. Los horarios y los lugares eran los mismos cada día.

Victoria evitaba conversar con él cuando la señorita Harting estuviera cerca. Aquella era como un halcón sangriento que deseaba quitarle los ojos por observar a su patrón. Ella se prohibía levantar sospechas sobre sus hábitos insanos con lord Nottingham.

Una vez que la joven acababa de acostar a las niñas, rondaba por cada habitación, incluyendo la de las muchachas que eran responsabilidad de la señorita Harting, y era más por un interés particular de saber si el sabueso Harting se encontraba con alguna de ellas.

Al asegurarse de que todo estuviera como se debía, ella tomaba el pasillo que iba a la biblioteca.

Con sigilo entraba al lugar para encontrarse con el conde.

Esa noche él no se hallaba en la biblioteca, o al menos no lo había visto. Consideró que lo esperaría con algún libro que lo pudiera deleitar. No todo era algo íntimo de besos entre ambos, también tenían intereses.

Cogió la lámpara y fue pasándola por cada título que le resultaba atractivo.

Al agarrar uno, dejó a un lado su iluminación y comenzó a hojearlo.

De repente sintió que alguien la había jalado de la cintura.

Ella reaccionó para alejarse a causa del susto y también golpeó a quien había cometido aquello.

—¡Victoria, soy Spencer! —exclamó ante los golpes que recibía con el libro de tapa dura.

Ella dejó de golpearlo, pero se colocó distancia entre ambos. Ese momento le había recordado lo que el señor Byron había querido hacer con ella.

—Esas niñerías debería dejarlas para sus hermanas, milord —masculló molesta.

—¿Se enfadará conmigo, mi preciosa Victoria?

Entre enfadarse y matarme es mejor que me mate, no podría vivir viendo que su mirada me fulmina —musitó tomándola en brazos para después recostar su rostro en el cuello de ella y hacer una inhalación profunda.

Ese aroma era como la leña para mantener con vida la llama de su chimenea.

—No es gracioso, lord Nottingham. Aléjese, puede venir Calvin.

—Calvin es más fiel que un perro, una tumba en todos los aspectos de la palabra; se ve y huele como una.

—De todas formas, mantenga la compostura. —Ella volvió a alejarse y se colocó tras un sillón. Le indicó con unos golpes en la tela del mueble para que el conde se sentara.

Él obedeció, mas tomó la mano de la muchacha y dejó un beso en ella. Con Victoria se sentía libre, sin preocupaciones, feliz en medio de sus problemas. Esa relación secreta era su mayor felicidad. No quería nada más que a Victoria mimándolo.

Victoria se sentía halagada con las atenciones y la devoción de Spencer.

Sabía lo malo que era para la reputación de una dama estar en esas condiciones.

Lord Nottingham no aspiraba a más que tenerla entre sus brazos y besarla hasta dejarla sin aliento.

Eso no la conformaba como una futura esposa, pero sí como una mujer que suspiraba por un hombre.

—Hoy solo leeré para usted... —habló Victoria, decidida.

—¿Cómo que solo lectura? ¿Me privará de sus atenciones?

—No es bueno que se engolosine con una criada...

—¡No la veo como una criada! En absoluto, Victoria, es una dama —alegó con vehemencia.

—A una dama usted no la citaría cada noche en su biblioteca para que le sirviera una copa de brandi y se dejara besar...

—Pensé que era un acuerdo, Victoria. No hagas que en esta ocasión me enfade.

—Esto no le hace bien a mi reputación. Si lord Nottingham quiere tenerme, lo hará con algunas buenas costumbres.

—Bien, ¿cuánto tiempo debo oír la lectura de un libro que quizá no me interese? —indagó enfurruñado.

—Se parece a lady Kitty con esa cara, milord. Cuando usted tenga a su esposa, lord Nottingham, ¿qué hará conmigo? No seré su amante. No he nacido para eso, aunque tampoco para niñera.

—Victoria, no me recuerde algo que no quiero en este momento. Soy inmensamente dichoso con usted.

—No resolverá nada tapando el sol con un dedo. Cometemos un error, milord.

Spencer estiró a Victoria junto a él y la sentó en su regazo.

—Victoria, usted es mi solución de alguna u otra manera.

Mi vida ha sido difícil desde que mi padre falleció.

Aprendí a madurar más rápido y a ser cabeza de familia sin haber tenido un solo hijo.

Al verla siento paz y ganas de seguir pese a que no todo es fácil.

No quiero pensar en mañana, prefiero vivir el presente a su lado.

—Un presente que se volverá pasado y con un futuro incierto —declaró Victoria que no perdía de vista la mirada de Spencer. Deseaba decirle lo que su mente y su corazón callaban, pero eso sería cortar esa felicidad que compartían.

En un instante tenía pegado a su boca a la sabandija de lord Nottingham.

Ella correspondía y se dejaba llevar no solo por los besos de él, sino también por las intrépidas caricias que le hacía recorriendo desde su cuello hasta el valle de sus senos.

Cuando el conde llegaba a ese lugar casi era irreconocible, como un animal apasionado que amenazaba con devorarla.

Recorría su cuerpo con desfachatez y agasajos atrevidos que eran excitantes.

—Victoria, ¿cuándo irá a mi habitación? Le juro que no existe mala intención con mi propuesta... —susurró cerca del oído de la joven.

—Es inapropiado, no puedo ir a la habitación de un caballero. Se darán cuenta.

—Le juro por mi alma inmortal y esta pasión desenfrenada por usted, que no haré nada que no desee. Es algo justo. Victoria, quedará intacta, lo prometo. Cualquier cosa que ocurra entre nosotros morirá aquí. Su reputación es intachable y yo puedo atestiguar.

El conde volvió a la carga para intentar convencer a Victoria que entrara con él en un juego más que peligroso.

No estaba midiendo las consecuencias que podrían acarrear sus actos.

Se había dejado llevar por lo que le llenaba de complacencia, y esa era Victoria, la mujer más hermosa que había pisado la tierra, pero a la que no estaba convencido de convertir en su esposa.

¿Sería capaz de olvidar su objetivo con tal de tenerla con él para siempre?