Familia Fane Capítulo 22
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Capítulo 22

Spencer debía cenar con sus demás hermanas. El hambre no había acudido esa noche a su estómago. Lo único que deseaba era que alguien le dijera que Eugenia estaría bien.

Las hermanas de Spencer lo miraban con cierta preocupación, pues él solía ser risueño, burlón y déspota en ese horario, mas en ese momento se encontraba callado, con la mirada perdida y sin tocar su comida.

Después de abandonar la mesa fue a la habitación de Eugenia en donde Victoria velaba el sueño de la pequeña. Tenía un libro en la mano y cerca una palangana con agua para seguir con sus intentos de disminuir la fiebre de la niña.

—Victoria... —pronunció—. Vaya a cenar. Yo me quedaré con Eugenia. Haga lo que deba y luego regrese. Por ese rostro incrédulo piensa que no puedo cuidar de mi hermana, pero sí soy capaz de ello.

—Milord...

—No haga que comience a enfadarme porque me lleva la contraria. Yo confié en usted sin que tenga experiencia en cuidar a niñas. Tenga un poco de confianza en lo que puedo hacer por mi hermana.

A Victoria no le había dado tiempo de replicar.

Quería decir que ella se quedaría, pero debía comer algo o no aguantaría la noche.

Eso que estaba ocurriendo no lo había tenido en cuenta al momento de solicitar el trabajo de niñera.

Una niña enferma era una opción, pero una a la que era casi imposible bajarle la fiebre era otra cosa.

Los medicamentos del boticario ya estaban listos y eran suministrados por la muchacha cada cierto tiempo. Confiaban en que pronto haría efecto.

—Sí, milord —acató. Realizó una reverencia y salió con tranquilidad. Lord Nottingham no era el mismo de siempre. De esa manera pronto él sería el próximo en enfermar de la preocupación.

Él se quedó junto a su hermana, cambió unas compresas por otras más frescas y cogió el mismo libro que había tenido Victoria en sus manos antes de retirarse.

Llevó aquello a su nariz y podía percibir su aroma impregnado en cada hoja.

No podía pasar por alto la presencia de Victoria en ese lugar.

La había evitado todo lo que podía, pero de nuevo la enfermedad de Eugenia los había juntado de alguna forma.

Había pasado una hora desde que él se había sentado en el lugar de la niñera y todo parecía normal hasta que Eugenia se sintió más inquieta y comenzó a llorar.

—Eugenia, estoy aquí —habló Spencer que se levantó de la silla y se acercó a coger su mano.

—Me siento muy mal... Vi a nuestro padre, quiere llevarme con él...

—No seas tonta, te aseguro que no eras su favorita, no vendrá por ti —alegó para que no pensara en eso.

—Él está aquí... Va a coger su caballo y me llevará de paseo. Me dejará recoger bayas...

—Solo estás desvariando, Eugenia.

Ella negó con la cabeza y su cuerpo comenzó a moverse como si convulsionara.

Spencer notó que los ojos de ella se habían puesto blancos y sintió que se desesperaba, no sabía qué hacer. La fiebre había aumentado más de lo que habían previsto.

—¡Victoria, señorita Harting! —llamó desesperado.

Estaba desorientado. ¿Qué debía hacer? Lo único que se le había ocurrido era utilizar la bañera de la habitación contigua. Cargó a Eugenia en brazos y entró con ella al agua. Mojó sus cabellos y todo su cuerpo.

—Eugenia, no te vayas, no lo hagas... Prometo ser un buen hermano para ti, no me dejes... —pidió—. ¡Maldición, Victoria, señorita Harting!

Luchaba para que el pánico no lo consumiera. Si su hermana aún respiraba todavía quedaba esperanza.

El llamado del conde no cesaba y las dos mujeres se apresuraron a llegar a la habitación. Al entrar vieron que la cama estaba revuelta y vacía. Escucharon sus nombres una vez más y hallaron al conde en el agua fría de la bañera junto a la niña que parecía un ángel flotando con aquel camisón blanco.

—¡Lord Nottingham! —exclamó la señorita Harting.

—Ella empezó a convulsionar. Ahora está calmada. Todavía respira. Quiero al médico aquí ahora mismo. No saldré del agua hasta que lo traigan. No pienso dejar que muera mi hermana —sentenció con decisión.

—Ahora mismo le diré a un lacayo que vaya a por él —musitó Victoria, apresurada.

Se encontraba asustada, pero había algo que hacía latir su corazón con fuerza y eso era a causa de la decisión del conde de hacer lo posible por aliviar a su hermana.

Le resultaba tan valiente que en lugar de temerle a la situación sentía más esperanza.

Un disoluto, malgastador e irresponsable estaba haciendo lo imposible por curar a Eugenia.

No tenía los conocimientos, aunque sí poseía una fe inquebrantable.

El lacayo había escoltado al médico hasta la residencia para que volviera a ocuparse de Eugenia. Victoria había sacado a la niña y la vistió con prendas secas. Dejó envuelta su cabellera en una tela y se quedó en el lugar para escuchar lo que tenía que decir.

El conde también estaba en el sitio aguardando respuestas. Esperaba que no le dijera que había complicado más la situación de su hermana al meterla al agua.

—Esperemos que con ese baño mejore un poco la situación. Reforzaré la dosis de su medicamento para que mañana amanezca mejor —dijo el médico.

—¿Es todo? ¿No hay algo más que se pueda hacer por ella? —increpó el conde, molesto.

—Esperar y ser pacientes. Me quedaré aquí toda la noche, milord. Le aseguro que milady estará mejor en la mañana.

Mojado hasta el último rincón de su cuerpo, Spencer seguía ahí. Al menos su hermana parecía estar mejor.

—Milord, debería cambiarse —sugirió Victoria, preocupada. Él llevaba mucho tiempo con esas prendas mojadas.

—Usted también debería, Victoria. ¿No ve que está mojada?

—Lo haré si usted lo hace...

—Eso es chantaje, Victoria.

—No quiero que se enferme, milord.

—¿Le molestaría atenderme si me enfermo?

—Lo haría con gusto, milord, aunque prefiero que esté saludable... —Victoria bajó la mirada al sorprenderse coqueteando con el hombre al que debía olvidar. Después miró a un costado y vio a la señorita Harting viéndola como si fuera a calcinarse en el infierno.

Ante la intimidante mirada de la institutriz, Victoria se alejó del conde, aunque sin dejar de observarlo.

Sus ojos no lo perdían de vista. Sentía que le hablaba sin decir una sola palabra, pero transmitía lo que deseaba.

Hablar con él era como sentirse feliz; sin embargo, recordar que él estaba buscando esposa la hacía sentir mal.

Él no le había dado esperanzas, solo besos que ella consideró importantes para tenerla atada de corazón.

Compartir el techo hizo que los vínculos que parecían superficiales se volvieran importantes.

Ella conocía al conde desde dentro y eso le daba tantas ventajas como desventajas.

Si hubiera tenido dinero, ese lugar se convertiría en su hogar.

Lo malo de vivir ahí era pensar en que pronto habría una condesa acompañando a Spencer, lo besaría como ella lo había hecho y eso quizá la acabara.

Era cuestión de tiempo para que su vida fuera peor de la que había sido en casa de su tía.

Lord Nottingham fue a su habitación a cambiarse para regresar junto a su hermana, el doctor y Victoria. Esperaba que todo estuviera mejor por la mañana.

Él no había tardado mucho en quedarse dormido. Se sentía fatigado. En esa habitación Victoria era la única que estaba despierta. El médico tampoco era un buen vigía.

Ella comenzó a tapar a los caballeros. La habitación no estaba acondicionada para que la gente pasara la noche sin tener frío.

Cuando llegó al conde se detuvo y lo arropó con cuidado.

Sin pensarlo pasó sus dedos por el cabello y por el rostro del joven.

Él nunca sabría cuánto lo anhelaba, lo pensaba y lo esperaba.

Después de eso fue a colocarse junto a Eugenia, tocó su piel y todo parecía normal.

Victoria se acomodó para vigilar durante la madrugada y no quedarse dormida. Su libro sería su única compañía.

Por la mañana, Spencer despertó y la habitación estaba vacía. Ni siquiera estaba la misma Eugenia. Él se alteró y comenzó a buscar con sus ojos a cualquier persona.

—¡Eugenia! ¡Eugenia! —la llamó con desesperación. Creía que ella había muerto y se la habían llevado.

La niña entró corriendo a la habitación y se arrojó a la cama.

—¡Por el infierno, Eugenia! ¿Dónde estabas? —interrogó Spencer a quien el alma le había regresado al cuerpo.

—Fui a por agua...

—¡Lady Eugenia! —expresó Victoria, agitada. Había corrido tras la niña desde la cocina.

—Deberías estar reposando.

—Me siento mejor. ¿Pueden venir mis hermanas?

—No. No quiero que se contagien —gruñó molesto.

—¿Estás enfadado? —preguntó Eugenia con inocencia.

—No. Estoy asustado. Quédate en la habitación. Victoria, dele un par de actividades para realizar y usted vaya a descansar. La señorita Harting se encargará de las otras y de verificar lo que hace este pequeño demonio. —Spencer se acercó a Eugenia y dejó un beso en su frente.

—Puedo ocuparme de milady, milord. El médico está desayunando...

—Le he dado una orden y no quiero negativas. Por parte de las dos.

A Victoria no le quedó más que obedecer. Buscó un lienzo para que Eugenia se distrajera con eso. Ella no había podido dormir porque se había comprometido a quedar despierta, pero una noche era suficiente para acabar con la energía que poseía.

Logró acabar con el pedido de lord Nottingham y se retiró a su habitación para descansar.

Cuando despertó era de tarde. Se sentía confundida y cansada. No podía seguir ahí. Debía ocuparse de las demás niñas.

Durante ese tiempo descansó su cuerpo, mas no su mente, tuvo el descaro de soñar que besaba a lord Nottingham otra vez. Era una tontería, pero una que la mantenía con vida.

Se alistó para regresar a sus funciones y lo hizo para la hora del té. Las cuatro muchachas estaban con la señorita Harting y ella se había unido a ellas.

—Buenas tardes —saludó.

—Qué ojeras tan feas tienes, Victoria —se burló Kitty.

—Ha sido una noche larga, milady. Su hermana está progresando.

—Todos se quedaron ahí como si fuera que Eugenia es hija única —se quejó Fanny.

—Cada una de nosotras tendrá la oportunidad de enfermar. ¿Quién de nosotras será la próxima? —inquirió Meredith.

—¡Yo! —expresaron las cuatro al unísono.

—A Victoria y a mí solo nos queda rezar para que cada una de ustedes enferme en un momento distinto —intervino la señorita Harting—. Cojan sus tazas, quiero ver sus posiciones.

Los ojos de Victoria se divertían al ver a las niñas colocar sus dedos en el pequeño espacio de la taza.

En esos momentos recordaba que su madre le había enseñado a coger la porcelana para verse elegante.

Le había dicho que eso era muy importante a la hora de impresionar a un candidato, a su familia e incluso a la competencia por un caballero.

Ella se sirvió una taza y le mostró la posición a Rose que lo estaba haciendo mal. Sus dedos parecían no tener fuerza, pero era porque no había agarrado el elemento del sitio correcto.

La señorita Harting era buena distrayendo a las muchachas. El día se les había pasado lleno de actividades productivas. Pocos juegos y más cosas importantes para una dama.

Una vez que pudo volver al ritmo habitual fue a ver a Eugenia. Ella estaba descansando en la cama. Sus brazos se hallaban cruzados y parecía enfurruñada.

—¿Todo está bien, milady?

—La medicina es asquerosa. Me la ha dado Calvin. Ha estado cuidándome en la tarde. Es un pésimo niñero.

—¿Y su hermano?

Al escuchar esa pregunta, la niña cambió su semblante.

—Él estuvo aquí. ¿Sabe que ayer me dijo que no lo dejara? Creo que sí soy su favorita... —dijo risueña.

A Victoria no le correspondía hacer estallar la burbuja de felicidad de la niña.

—Me alegro tanto. ¿Quiere que cuente un cuento?

—¡Sí! —replicó extasiada.

Poco había durado su buen ánimo, pues se había quedado dormida en un santiamén. La pobre aún no estaba repuesta. Tardaría un par de días después de una fiebre tan fuerte. Victoria tocó la frente de ella niña y estaba templada. Todo se encontraba bien.

La paz había regresado a la residencia. La hora de la cena había llegado y el mayor de los hermanos había recuperado el apetito perdido.

Después de la cena él había ido a la biblioteca.

Sentía que se merecía un trago. Antes de dormir iría a la habitación de Eugenia y también por las del resto. Debía valorar más el afecto familiar.

Estaba sentado en la penumbra, cuando distinguió la figura de una muchacha entrando al lugar. La mujer dio un grito por el susto de distinguir que no estaba sola.

—¿Victoria? —interpeló sonriente.