Capítulo 21
El marqués ya había escuchado muchos disparates en su vida, pero ese sobrepasaba por mucho a cualquiera que sus oídos tuvieron la dicha de escuchar para burlarse.
—Spencer, ¿sabes que no puedo decidir si tomo brandi o whisky?
¿Cómo crees que puedo decidir por tu futuro?
De esa agua no beberé, mi buen amigo. ¿Qué piensas?
Que después me reclamarás por la mala elección.
No pienso arruinar mi paz futura por una locura tuya. Las amistades también tienen un límite.
—William...
—Es un no definitivo y no podrás convencerme de lo contrario. ¿Qué buscas?
—Quiero que señales a una dama cualquiera y yo me encargaré de averiguar sobre su familia. Lo importante es que cumpla con un solo requisito.
—Dinero.
—Sí. Confiaré en que tus ojos distinguen un poco de belleza. Lo agradecería.
—Al menos coincidimos en gustos, pero aun así prefiero no arriesgarme.
—¿Y si armamos una lista?
—¿Quién te ayudaría con eso? No conozco el nombre de la mayoría de las damas. Solo conocía a Victoria y a su prima. ¿Por qué no te casas con la señorita Malorie?
—Sería humillante para Victoria que su prima llegara a ser su patrona, pero lo que me separa de ella es que tú eres quien se casará con la muchacha.
—En mi próxima vida. Estoy deseando que no exista una reencarnación, confío en que eso no sea real.
—¿Aceptas el trato?
—Quiero que entiendas que esto de ninguna manera significa que me escogerás esposa.
—No pienso hacer eso. Quiero acabar con mis preocupaciones. Una esposa y su dote me ayudarán a saber cuánto requiero para no hacer tambalear las finanzas del título. Debo tener un heredero y con tanta mala fortuna temo llenarme de niñas y vivir un infierno similar.
—Deberías tomar un té, no puedes vivir pensando en que todo es malo, aunque lo parezca.
—¿Te parece que me parece que es malo?
—No, en realidad sí lo es.
—Al menos coincidimos en algo.
Ambos siguieron poniéndose de acuerdo.
Spencer logró convencer a William que accediera al asunto de escogerle una muchacha para que fuera su esposa. Al menos ya tenía un norte que seguir.
Una vez que su amigo se retiró, él fue hacia su habitación y ahí vio a Victoria yendo de una habitación a otra para verificar lo que hacían sus hermanas en sus ratos libres.
Los ojos de él se cruzaron con los de ella, pero Spencer no quiso continuar observándola.
La saludó con una inclinación de cabeza y pasó de largo.
El corazón de Victoria se había encogido. Se sentía rechazada por ese hombre que la había besado dos veces y ella le había correspondido. No se atrevía a dirigirle la palabra para saber lo que le ocurría. Se limitaba a recibir lo que él le daba.
Trató de seguir adelante y fue hacia la habitación de Eugenia, era la última que faltaba por verificar. Abrió la puerta y entró a la habitación.
—¿Cómo está, milady? —interrogó Victoria en tono juguetón. Se acercó a la cama en la que se hallaba recostada la niña. La vio sudorosa y temblando.
—Tengo frío, Victoria —confesó castañeando los dientes.
Ella tocó la frente de la pequeña y Eugenia se hallaba ardiendo en fiebre.
—Tiene fiebre, milady. Iré a por unas compresas.
—¿No me tapará?
—Sí, milady.
Victoria buscó una manta más para abrigar a la niña. Esa no era la solución. Debían bajar la temperatura de Eugenia. La tapó y luego se apresuró para ir a la cocina.
—Señorita Harting —llamó la muchacha a la institutriz que se hallaba preparando un té para beber.
—¿En qué lío la metieron esta vez, Victoria? —inquirió Beatrice, sonriente.
—Lady Eugenia tiene fiebre.
—¿Cómo sabe que tiene fiebre?
—Su piel arde, tiene frío y está sudorosa. Cuando mi prima enfermaba era de esa manera.
—La acompañaré para verificar la salud de milady.
Las dos subieron para que Beatrice pudiera dejar de lado su incredulidad. Cuando entraron a la habitación ella pudo corroborar que eso que decía Victoria era cierto.
—Hay que llenar la bañera por si lo requiere. Ahora necesitamos compresas y si no mejora un médico. Es mejor que lord Nottingham lo sepa —dijo la institutriz—. Vaya a por las compresas, Victoria, y yo le comunicaré esto a milord.
—Sí —acató Victoria.
En la casa los criados giraban alrededor de Eugenia y su fiebre. Cargaban agua en la bañera por si las cosas se ponían malas.
La señorita Harting golpeó la puerta de la habitación de Spencer. Al escuchar su aprobación ella abrió la puerta, mas no avanzó dentro de los aposentos del conde.
—Lord Nottingham, quisiera conversar sobre lady Eugenia —pronunció con seriedad.
Spencer se hallaba recostado en la cama con los ojos cerrados, no se había acomodado para descansar. Tuvo que incorporarse para acudir junto a la institutriz.
—Si no se ha arrojado por la ventana y no ha metido las manos en la chimenea ardiendo, todo está bien —alegó Spencer para hacerle saber a la mujer que no lo molestara por tonterías.
—No se trata de eso, milord. Tiene fiebre y es probable que requiera de la presencia de un médico. Es una niña pequeña.
—Oh, lo que faltaba... No dan paz en esta casa. Una enferma... —bufó desanimado.
—Debe ser porque corrió bajo la lluvia días atrás. Ella es una niña saludable.
—Iré a verla en un momento. Manden a un médico que la vea.
—Sí, milord.
La institutriz cerró la puerta para retirarse, mientras Spencer susurraba una maldición.
Como si fuera que no tenía suficientes problemas.
Era un coleccionista. Tenía cinco hermanas, era evidente que tendría muchos inconvenientes.
Esperaba que no enfermaran todas a la vez.
Debería prohibir que cualquiera de ellas no tuviera buena salud.
Salió de su habitación y caminó con tranquilidad hacia donde se encontraba su hermana menor. Dentro había un caos de personas yendo y viniendo. Vio que Victoria quería ponerle las compresas a Eugenia, pero esta se tapaba hasta la cabeza.
—Eugenia, deberías cooperar —gruñó Spencer.
La niña sacó la cabeza y miró a su hermano. Sus ojos brillaban por la fiebre. No pudo contener sus ganas de llorar.
La niñera se hizo a un lado para que los hermanos pudieran conversar.
—Dios, Eugenia... —susurró más calmado. Acortó distancias con el lecho y se sentó. Ella no tardó en arrojarse a sus brazos y estrecharlo.
—No quiero quedar tiesa... —contó.
—¿Quedar tiesa?
—Sí, como nuestro padre. ¿Voy a morir, Spencer? —preguntó Eugenia, preocupada.
El cuerpo de su hermana parecía mojado, sudoroso y tembloroso. No le agradaba ver vulnerable a Eugenia. Ella era una niña audaz y juguetona. Esa mirada brillante por la fiebre no le pertenecía a la pequeña arpía que se criaba en esa casa.
—No, Eugenia, no te vas a morir. Nuestro padre era un hombre mayor y tú una niña llena de vida. Todos alguna vez estuvimos enfermos... —recitó para tranquilizarla.
—Si muero te estiraré la pierna cuando duermes, Spencer.
—No te pasará nada. Ahora deja que Victoria ponga las compresas bajo tus brazos en tu frente. Alguien ya fue a por un médico para ti.
—¿Me pones las compresas, Spencer? —preguntó su hermana en tono suave.
—Me has amenazado con estirar mi pie si mueres. ¿Crees que quiero ponerte compresas?
—Deberías para evitar el estirón —alegó su hermana.
Eso hizo que Spencer sonriera. Con una mirada le pidió a Victoria que le pasara lo que necesitaba para cumplir los caprichos de su hermana menor.
Las otras muchachas no tardaron en acercarse a mirar. Más de una quería enfermar para recibir un poco de atención.
—¿Qué hacen ustedes en la puerta? —inquirió Spencer al ver a las cuatro hermanas devastadoras en el umbral—. No quiero que se contagien de lo que pueda tener Eugenia.
—¿Si enfermáramos nos cuidarás de la misma manera? —increpó Kitty.
—No creo que las cuide. Soy la hermana enferma favorita... —Eugenia respondió por su hermano.
—A la que se enferme la castigaré.
—Entonces solo una puede enfermar a la vez para que nos puedas cuidar —musitó Meredith.
—No, no han entendido. ¿No está claro el mensaje de que las voy a castigar si siguen aquí? A la próxima que se enferme por caprichosa, la devolveré al campo.
—¿Eugenia no se va a morir? —preguntó Rose—. Quiero ser la menor.
—¡Oh, por el amor de Dios! ¡Lárguense de aquí! Victoria, le ruego que haga algo con ellas —mandó Spencer, sofocado por la impertinencia de Rose. Él intentaba convencer a Eugenia de que no se moriría y Rose quería que se muriera. Esa casa era un caos.
—Niñas, vamos, vamos fuera de la habitación —ordenó Victoria.
Ella lo había observado todo en silencio.
Deseaba reír, pero sería contraproducente por lo impaciente que era lord Nottingham.
Le costaba trabajo no estallar ante las cosas que ellas pudieran decirle—.
Escuchen... lady Eugenia está enferma. Puede que tenga algo contagioso. El conde no desea que también enfermen.
Esas palabras no parecían convencer a ninguna de ellas de que su hermano las cuidaría si enfermaran.
Cada una de ellas fijaba su mente en la conveniencia de intentar ser vistas y aceptadas por quien las cuidaba.
Spencer había tomado muy en serio su papel de proveedor y tutor, pero en el camino se había olvidado que eran niñas que requerían de su afecto, de besos, abrazos y mimos.
Las mantenía con vida y eso era perfecto, mas la falta de afecto las quebrantaba.
—¿Eugenia se morirá? —cuestionó Fanny.
—Por supuesto que no. Qué cosas dice, milady —acusó Victoria con cierta exaltación. Esas damitas eran especiales. El pobre conde tendría mucho trabajo con ellas.
—Seguirás siendo alguien sin importancia, Rose —masculló Kitty, maliciosa.
Rose comenzó a llorar por lo que le había dicho Kitty.
—Seré tan poco importante como tú —replicó Rose entre lágrimas.
—Por favor, no peleen. Deberían ser unidas. Son hermanas.
—¡Medias hermanas! —corrigió Meredith.
—No importa. Son hermanas, aunque sea solo de padre.
Lord Nottingham también es solo su medio hermano y aun así todas pelean por él.
Hagan el esfuerzo de quererse entre ustedes y no solo tolerarse.
Que la envidia no las consuma. Ninguna es más que la otra y milord le tiene aprecio a cada una de ustedes.
—¿Le ha dicho que nos quiere a todas? —curioseó Fanny.
—Sí. El día que me contrató dijo que cuidara de sus tesoros. Me contó que tenía cinco y que yo me ocuparía de las más pequeñas. Las ha considerado como un tesoro —dijo Victoria para que las niñas dejaran de ser belicosas. Una mentira que las hacía feliz era mejor que nada.
Eso último que mencionó parecía compensar los ánimos revolucionarios de las niñas. Fueron hacia sus habitaciones y Victoria regresó al cuarto de Eugenia.
La imagen que observaba era enternecedora. Spencer tenía a su hermana de cinco años en sus brazos y le colocaba la compresa, mientras movía su figura de atrás hacia adelante para satisfacer los excéntricos pedidos de Eugenia.
Ella sonrió sin darse cuenta. Cogió más telas para las compresas y las mojó.
—¿No quiere que me encargue de la niña, milord?
—No, esperaré a que duerma —respondió.
Eugenia dormitaba en sus brazos. Cerraba los ojos lentamente sin dejar de mirarlo.
Esa mirada azul de la pequeña le había llegado al alma.
Verla debilitada era como un golpe a su espíritu.
Comenzaba a conocer más allá de las preocupaciones mundanas, la muerte empezaba a ser una carga más dura que duplicar o triplicar dinero.
Que la niña cerrara los ojos no le entusiasmaba tanto como verla corretear o escucharla burlarse de él.
Eugenia estaba apagada y eso lo asustaba.
Cuando se durmió, él la colocó en la cama para que Victoria se encargara. A las pocas horas había llegado el médico para revisarla.
—¿Cómo ve a Eugenia? —averiguó Spencer, preocupado.
—La fiebre no está descendiendo. Hay que estar pendientes y también buscar algunos medicamentos del boticario. Debemos seguir intentando que baje su temperatura —contestó intranquilo.
—¿Hay algún riesgo para la vida de mi hermana?
—Toda enfermedad es un riesgo. Milady es una niña fuerte, confiemos en que atravesará la situación con bien.
A Spencer eso no lo terminaba de convencer.
Existía un riesgo de perder a una de sus hermanas y eso lo torturaba, convirtiéndolo en el culpable por no haberla atendido como era debido.
Eso le hacía pensar que su padre tenía razón y que no servía para nada.
Si Eugenia se moría él fracasaría. Sería cuestión de tiempo para que también perdiera al resto de las hermanas Fane.