Familia Fane Capítulo 19
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Capítulo 19

Después de la visita de William, aquel había invitado a Spencer para que buscara una esposa, a lo que él se había negado, pero su situación era preocupante. Victoria estaba a un paso de desahuciarlo con su perfume. Toda esa casa tenía su aroma impregnado en el aire.

Ni el humo de su cigarro despejaba su nariz de tan agraciado olor.

Debía conseguir una esposa o una prometida o, de lo contrario, terminaría enloqueciendo debido a su incontrolable deseo hacia la niñera de sus hermanas.

Era un verdadero error tenerla ahí. Siempre lo supo, pero por verla había arriesgado hasta la cordura.

—¡Lady Eugenia! ¡Lady Eugenia! —gritó la voz de Victoria.

Spencer había escuchado aquello desde su despacho. Movió la cortina y pudo ver que Eugenia estaba corriendo y chapoteando en los charcos. Aquella niña carecía de sentido común. Mientras, Victoria intentaba cogerla, mojándose en aquel proceso.

Él decidió ayudar a Victoria y abrió la ventana pese a la lluvia.

—¡Eugenia, si no obedeces bajaré y te haré entrar en razón con una fusta! —vociferó.

La niña había dado un respingo y en lugar de seguir corriendo de Victoria, se arrojó a sus brazos para que esta la defendiera de su hermano.

Victoria miró a Spencer y, aunque no fueron las palabras correctas para una niña de cinco años, ella le agradeció el gesto con una sonrisa, un sonrojo y un suspiro.

Esperaba que un día no muriera por la falta de aire que le producía verlo y evitarlo a la vez.

Se negaba a pensar en él, pero al final terminaba haciéndolo.

—Su hermano se ha puesto rojo de rabia, milady, no lo vuelva a hacer enojar. No imagino a lord Nottingham golpeando a una de sus hermanas —musitó la joven, que le dio un beso en la frente a Eugenia.

—Parece que sí es malo como dijo mi padre. Él no nos da tanto afecto, al menos a mí no.

—¿Y para qué estoy yo, milady? Le doy todo el amor del mundo. Siempre he deseado una hermanita, pero mis padres murieron hace cinco años, cuando usted nació.

—¿Y no me va a contar sobre ellos?

—Es una historia muy triste. ¿Y si mejor hablamos de cosas hermosas?

—¿Usted no tiene algún caballero que la persiga? La señorita Harting tiene al cochero. Él siempre le regala flores y en sus días libres la lleva a pasear por los alrededores. ¿No se ha dado cuenta? ¿No hay un mozo para usted?

—Pero si es usted una pequeña espía —acusó Victoria entre risas—. No tengo a nadie que me persiga y le juro que así estoy muy bien. Prefiero pasar mi tiempo con ustedes que con algún varón que me regale flores.

—Yo quiero las flores. Le preguntaré al señor de las cuadras si quiere salir con usted.

—¡No, no, milady! Qué atrevimiento. Iremos a cambiarla de ropa para que no se enferme. Sus hermanas están haciendo su tarea, después usted las acompañará. No crea que se salvará. Una dama siempre tiene que tener la nariz en un libro.

La joven llevó a Eugenia a su habitación.

La desvistió y le colocó otra prenda. La niña estaba helada por haberse mojado por completo, en especial sus pies y sus cabellos.

La colocó cerca de la chimenea y comenzó a secarle el pelo a la vez que tarareaba una canción que le venía a la memoria de cuando su niñera se encargaba de ella.

De un momento a otro, Eugenia se había quedado dormida. Eso era algo muy extraño en una niña tan jovial como ella. Lo más seguro era que estuviera tan cansada de correr y saltar.

La alzó y después la depositó en su lecho. Ahí la arropó y dejó un beso en su frente.

A ella le parecía que las hermanas de Spencer eran verdaderos ángeles y no unos demonios como él las había descrito. Solo eran juguetonas y muy temperamentales. Se parecían a él en todo y eso no había forma de negarlo.

Al salir de la habitación se encontró con Spencer. Ambos se sonrieron e iban a pasar uno al lado del otro y seguir con sus caminos, mas Spencer decidió detenerla.

—¿Y Eugenia? —indagó Spencer para conversar.

—Está dormida. Creo que se ha cansado de jugar en el agua.

—Usted solo diga que hable con ella y lo haré. Le prometo que la dejaré tan suave como la seda y tan maleable como una masa.

—Se lo agradezco, milord, pero yo estoy aquí encargándome de corregir a sus hermanas.

Spencer asintió y miró que ella tenía los cabellos mojados. Él no pudo evitar levantar una de sus manos y con sus dedos recorrer un mechón de pelo de la joven.

—Se puede enfermar si no seca su cabello, Victoria —dijo nervioso por su actuar.

El pecho de Victoria subía y bajaba con rapidez. Por más que el contacto no fuera a su piel, ella sentía que él la acariciaba. Su mirada se había cruzado con la de ella y sin darse cuenta, lo tenía casi pegado a su rostro.

La locura había terminado de consumir a Spencer. No podía ver un segundo más esos labios. Determinado a que lo tildaran de demente, la atrajo hasta sus labios y pegó su boca a la de ella con un desesperado deseo de salvación. Algo le decía que si lo hacía estaría tranquilo, contento y feliz.

Victoria no pudo contener su entusiasmo ante ese peligroso acercamiento.

La tensión entre ellos había llegado a un punto en el que se había vuelto insostenible.

Ese beso que se daban era consecuencia de sus propias negativas.

Habían arrancado sus corduras desde el cuajo.

Para ella eso era una buena señal, algo que le decía que existían posibilidades de ser la condesa y de quedarse en esa casa, no como la niñera, pero sí como la dueña.

Se esforzaría por esa familia si llegara a conseguirlo.

Ella solo quería un buen matrimonio y qué mejor que con el hombre que le agradaba.

—¿Por qué es así, Victoria? —increpó Spencer como si estuviera enfadado en un segundo que se separó de ella.

—¿Cómo, milord? —replicó Victoria con rapidez.

—¿Por qué no me deja vivir tranquilo? No quiero verla más sin besarla...

Esa acusación dolorosa, aunque halagadora, no detuvo aquel beso intempestivo entre ellos. Siguieron como si la vida se les acabara en esos momentos. Se sentían invencibles, únicos y libres, pero la realidad era otra.

Cuando ambos se separaron giraron la cabeza hacia el mismo sitio y encontraron a la señorita Harting con los ojos muy abiertos, sorprendida hasta las pestañas por lo que había presenciado. Eso era algo inesperado.

El alma de Victoria había abandonado su cuerpo y la de Spencer fue y regresó con premura para dar una explicación por más que no se la debía a nadie.

El silencio entre los tres era incómodo.

—Con permiso —habló Victoria que bajó la cabeza para huir con premura. Su vergüenza no la dejaba levantar la mirada.

Una vez que ella se retiró, el conde y la señorita Harting se quedaron frente a frente.

—Le explicaré todo, señorita Harting —expresó nervioso.

—Milord, no debería darme explicaciones de sus actos. Solo espero que sea prudente con sus decisiones. Fue coincidencia que los viera.

—Gracias por ahorrarme el bochorno, señorita Harting.

—Estoy para servirle, milord.

Spencer continuó su camino hacia su habitación para poder pensar bien que no era correcto fijarse en la niñera de sus hermanas.

Era el culpable de todos sus pensamientos acusatorios.

Debía hacer algo. Buscar una esposa era la solución para no caer en la tentación de arruinar a Victoria por más que ella era quien lo atraía.

Los matrimonios funcionaban de cualquier manera, con o sin lo necesario.

Por sus hermanas debía conseguir a una mujer con la dote respetable.

Victoria tenía muchas virtudes, pero él necesitaba más que eso por solicitud de su padre y para conseguir el respeto de sus hermanas que lo creían incapaz de cuidarlas.

Se llenaban la boca para decirle sus defectos, mas nunca agradecían las bondades que él podía brindarles.

La señorita Harting pese a que enfrentó al joven conde con mucha consideración por ser el que pagaba su salario, decidió que no haría lo mismo con Victoria.

Dejó a un lado lo que la había llevado a ese pasillo y fue a buscar a la ingenua muchacha que había caído en las garras de un hombre irresponsable.

Victoria se sentía agonizar a causa de la vergüenza.

Nunca más podría ver a la cara a la señorita Harting.

Esa expresión que había visto en el rostro de la institutriz nunca saldría de su cabeza.

Mientras se dirigía a la biblioteca para verificar las tareas de las niñas, la señorita Harting se colocó frente a ella.

—Necesito conversar, Victoria —comunicó Beatrice—. Al salón del té.

El tono de voz de la señorita Harting no daba lugar a discusiones o negativas. Debía acatar lo que le decía. Le recordaba a los viejos tiempos en que Emma y ella eran educadas. La institutriz tampoco era compasiva y ninguna de ellas se escapaba del reproche.

Ella siguió a Beatrice hasta el lugar en el que la mujer abrió la puerta y dejó que primero entrara Victoria.

Guardó silencio para esperar a que la institutriz hablara.

—Quiero pensar que lo que he visto fue solo producto de largas horas de exigencia a las muchachas. No quiero creer que la vi besándose con lord Nottingham en realidad —habló la señorita Harting.

—Lo lamento, señorita Harting —replicó sin intentar interponer una excusa.

—¿Lo siente? ¿Qué quiere, Victoria? ¿Su vida no es lo suficientemente miserable para arriesgarse a ser mancillada por un caballero sin escrúpulos que no se casará con usted?

Para algo soy una institutriz, para que estas niñas no cometan tonterías como usted.

El conde me contó de dónde ha venido y desde el primer día lo he visto como un buitre al acecho de una pequeña liebre esperando a morir.

¿Y sus enseñanzas? Pese a todo sigue siendo una dama.

Victoria rompió en llanto ante las duras palabras de la señorita Harting. No quería terminar mancillada.

—Desde que conocí a milord no pude dejar de pensar en él. Creí que tal vez sintiera lo mismo que yo y eso me llevara a ser su esposa alguna vez. Sé que no necesita una mujer pobre como yo, pero pensé que el amor...

—Quítese eso de la cabeza antes de que lamente haber llegado a esta casa, Victoria.

Por algo es la niñera. No confío en las buenas intenciones de un caballero cuya moral y buenas costumbres dejan mucho que desear.

Lo que le digo no son simples palabras huecas que dijo el padre de milord, es la realidad de un hombre sin responsabilidades.

No se ha interesado por su familia y ahora lo único que puede hacer es cumplir con los mandatos de un muerto.

Si hacía las cosas bien, él no estaría en un aprieto de duplicar la dote de sus hermanas.

—A mí me parece que lord Nottingham hace lo mejor que puede con sus hermanas, las adora y lo sabe, señorita Harting.

Él es un caballero de inmenso valor. Pudo haber arrojado todo al viento, pues nadie lo despojaría de lo que le pertenece, mas milord ha quedado al pie de la batalla pudiendo dejar a sus hermanas en la misma condición en la que se encuentran.

¿Para qué seguir las directrices de un muerto?

Él podría pensar de esa manera, pero no lo hace.

—Por la culpa. No acudió cuando su padre estaba muy enfermo porque se encontraba bebiendo y disfrutando de su vida en Londres.

Veo que él ha estado haciendo un buen trabajo con los pensamientos que tiene, Victoria.

La está convenciendo de que es una víctima cuando milord sabe que es el villano o al menos lo era.

—No lo he conocido antes, pero lo que he conocido de él me permite pensar por mis propios medios, señorita Harting.

Quizá me ciegue el sentimiento o la devoción que mis ojos y mi mente tienen al verlo y escucharlo.

Es probable que esté equivocada y que él sea malo, pero no puedo convencerme de eso y más cuando yo no tengo los valores suficientes para juzgarlo.

Le confieso que tengo intenciones ocultas cada vez que lo veo.

Quiero que me convierta en su condesa y que olvide mi miseria como yo la olvido cuando se acerca a mí.

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¿El odio es capaz de sepultar para siempre al amor? Descúbrelo.