Familia Fane Capítulo 17
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Capítulo 17

Victoria abrió la puerta de la habitación de lord Nottingham para buscar a la niña, mas se encontró a un hombre casi en cueros en el sitio. Se estaba cambiando de ropa.

Spencer se había quedado de piedra al ver a Victoria en la habitación. Se había quitado el pantalón para acostarse a dormir. Él no sabía qué decir. Estaba tan sorprendido como ella. Era una situación embarazosa.

—¡Lo lamento! —exclamó Victoria que giró sobre sus talones para salir de la habitación, pero terminó golpeándose contra la puerta.

—¡Victoria! —vociferó Spencer que fue corriendo a su auxilio y lo hizo intentando ponerse los pantalones. Él también había terminado de bruces por el apuro.

Los dos intentaron levantarse con presteza. Spencer lo hizo primero y logró guardar sus piernas en su prenda.

—¿Se encuentra bien, Victoria? —preguntó acercándose para ayudarla.

Él la ayudó a levantarse. Ella estaba mareada por el golpe, se tocó la frente para saber si no se había roto algo.

—Sí, estoy bien. Disculpe que entrara de esa manera, es que —Victoria no sabía qué decir para disculparse—, las niñas...

—¿Tiene alguna queja de ellas? ¿Han sido groseras? Deje que hable con ellas para que sean distintas.

—¡No, no, no, milord! —expresó exaltada—. Sobre las pequeñas solo puedo decir que son ángeles.

—Puede decir las cosas como son, Victoria, no la despediré por eso.

Considero que hace un excelente trabajo —dijo Spencer mirándola con fijeza, como lo había hecho en los salones.

Ella era la tentación caminando por los pasillos.

Se recluía en su despacho durante el día para evitar perseguirla con la mirada.

Sentía que su delicado aroma llegaba hasta sus fosas nasales con cada recorrido por los escondrijos de la casa.

—En verdad son unas niñas muy dulces y educadas...

—Y traviesas. Encontré aquí a Rose...

Victoria se había quedado sin aliento. El conde la había descubierto siendo ineficiente.

—Supongo que venía a buscarla —siguió Spencer.

—Sí, milord. Lamento que ella irrumpiera en su habitación.

—No se mortifique. En verdad prefiero encontrarla a usted antes que a Rose —rio.

La joven se sonrojó por lo que había dicho Spencer, y él cayó en cuenta de sus palabras poco sutiles. Su lengua había perdido la comunicación con su cerebro por unos vergonzosos instantes.

—Mmm... Cuénteme, ¿no extraña su vida anterior? —interrogó el conde para olvidar su tontería.

—No, milord. Créame, aquí vivo tranquila y mucho mejor que antes.

—¿No extraña los salones y los bailes?

—No, y al parecer usted tampoco. No lo he visto salir desde hace muchos días...

—He estado pensando mucho en mi futuro, por esa razón no he salido mucho de la residencia, pero ya pronto regresaré a los salones. Debo darle una dueña a esta casa...

Aquella expresión hizo que a Victoria le doliera el corazón. No importaba la atracción o cualquier sentimiento que pudiera surgir entre ellos. No podía convencer a lord Nottingham que ella era la mujer ideal... ¡Por supuesto que no lo era! ¡Era su maldita niñera!

—Me complace escuchar que convertirá a una dama en una afortunada condesa. Estoy segura de que no le faltarán buenas candidatas. Si me permite, lord Nottingham, me retiraré. Tengo pendiente acostar a lady Fanny.

—Disculpe que la hiciera demorar. Gracias por sus servicios, Victoria. Que tenga buena noche.

—Buenas noches, milord... —Ella le hizo una inclinación de cabeza y se retiró de inmediato.

Spencer cerró los ojos y masculló una maldición, molesto por haber dicho semejante tontería.

Él no tenía necesidad de decirle eso a Victoria.

Ella sabía cuál era su posición en esa casa.

No había necesidad de humillarla. Se habían besado antes, pero había sido por un impulso ardiente que él había tenido por la muchacha desde que la conoció.

Esa locura seguía vigente en él. Esperaba no perder los estribos y utilizar su posición para obtener ventajas injustas sobre la joven.

El día menos pensado terminaría arrojándose a los tentadores labios de Victoria.

Oh, lo deseaba con demencia, mas se contenía por el futuro de sus hermanas.

Una mujer rica era lo único que a él le daría paz para alcanzar duplicar las dotes en el menor tiempo posible.

Además, quizá eso fuera lo que esperaba su padre.

Él continuó con su cambio de prendas, después se recostó y apagó su lámpara.

A su mente acudían vergonzosos recuerdos y no solo los del beso, sino también sobre lo que pronunció y la caída absurda que había protagonizado junto a Victoria. Hasta en eso eran parecidos o más bien idénticos.

Soñaba con acostar a Victoria en su cama y demostrarle toda su pasión y su hombría.

En ese instante de su vida debía morderse la lengua porque era una muchacha del servicio.

Antes de eso era una dama sin recursos. ¿Qué hubiera ocurrido si ella lograba tener una dote?

Era evidente que estaría en ese lecho con él metido entre sus piernas, besando cada pliegue rozagante que componía la flor silvestre que se escondía en una tupida oscuridad.

Tan solo imaginar tal acto lo enloquecía.

No era correcto torturarse pensando en que desearía seducir Victoria, no era un hábito saludable verla, pensarla o desearla, pero él ya había intentado luchar contra la atracción que sentía por ella.

Se había alejado, aunque creía que su mayor error había sido besarla.

Estaba sediento de poder probar esos labios tentadores otra vez.

En la habitación de Fanny, Victoria se hallaba acariciando los caballos de niña.

La lámpara estaba apagada y la niña le había pedido que corrieran las cortinas para poder ver el cielo nocturno.

La mente de Victoria no hacía más que pensar en la futura esposa de lord Nottingham.

La condesa, la mujer que mandaría bajo ese techo, que dormiría en la habitación contigua con una afortunada puerta de comunicación que los unía.

Quería ponerse a llorar como Eugenia, pero estaba bastante crecida por esa clase de escándalos.

Lo que le quedaba por hacer era resignarse, resignarse a ver qué él hiciera su vida y que ella nunca podría aspirar a su corazón.

Los días seguían pasando con una gran tensión para Victoria y el mismo Spencer.

Él no dejaba de espiarla por los pasillos de su casa.

Pronto terminaría enloqueciendo por desear lo que no podía tener.

Tal vez estaba equivocado en su búsqueda de una esposa y Victoria era la indicada pese a no tener recursos.

¿Cómo podía estar seguro de eso? Desde que era un adulto se había cruzado con mujeres de la alta sociedad, damas hermosas, mas ninguna con la singularidad de Victoria.

Carismática, inteligente, una niñera cautivadora y bella.

Había sido el peor error de su vida ponerla a vivir bajo su mismo techo.

La tenía tentándolo con su mirada victimizada por cada rincón de la residencia.

Cada vez que sus ojos se cruzaban, él sentía que existía alguna comunicación entre ellos.

Lo había percibido desde el primer día en que la vio en el salón.

—Milord, el marqués ha venido a visitarlo, pero se ha quedado en el jardín... —comentó Calvin.

—¿Qué hace en el jardín?

—Aprecia al bello colibrí que cuida de sus hermanas, milord.

Para Spencer tener a William como un gato esperando comerse al ave no le terminaba de agradar, pero tampoco podía robarle oportunidades a Victoria por más que eso le doliera. Él abandonó su asiento en el despacho y fue rumbo al jardín.

La mirada de su amigo era como la de un felino acechando a su presa.

—William, dentro de la casa es donde se supone que me encontrarías —masculló al encontrar a su amigo.

—¿Para qué ir dentro si aquí hay algo que me interesa? Y no me refiero solo a lady Victoria en tu jardín —rio—, quiero saber la razón por la que ella está aquí. ¿Tienes algo que decirme?

—Tengo demasiado para decir...

—Necesito una explicación lógica, racional y sencilla, porque he bebido la noche anterior.

—Te daré las que quieras, pero no devores a Victoria con la mirada.

—¿Ya le dices Victoria? Oh, necesito tu explicación en este momento.

—Pasa para que conversemos. Pediré que te sirvan té.

—Mejor sírveme más brandi, lo necesitaré.

El conde se hizo a un lado para que su amigo pasara hacia su residencia. Lo llevó al despacho en el que aquel se había encontrado desconcentrado durante gran parte de la mañana.

—Te escucharé muy atentamente. Tienes toda mi atención —musitó el marqués.

—No vas a creer todo lo que voy a contarte.

Victoria apareció en mi casa hace un par de semanas atrás, justo después de haber publicado que necesitaba una niñera.

Ella vino a solicitar ese puesto. Me contó que su tía la había convertido en la doncella de la señorita Malorie y que también un amigo del señor Malorie quiso acostarse con ella.

No pude decirle que no le daría el puesto.

Sé que es hija de un conde, pero ¿qué más podía hacer con ella más que darle la oportunidad de ser la niñera de mis hermanas?

Sabes que, me agrada, aunque no puedo casarme con ella, William.

Necesito a alguien con dinero que me ayude a juntar para dotar a mis hermanas.

Ni siquiera estoy pensando en hijos, de hecho, ni los quiero después de vivir con tantas niñas.

—Esas dos mujeres nunca me han caído en gracia.

Por eso las evito, pero mientras más huyo más las encuentro.

Me ofrecería para casarme, mas no estoy seguro de nada.

Me gustan mis vicios y mi vida tal como se encuentra.

¿Por qué complicar mi vida con una mujer que me exigirá cosas?

Te compadezco, amigo mío. Imagino niñas y dotes, y ya con eso comienzo a tener pesadillas.

—Si mi padre hubiera mantenido la fiera en la jaula, las cosas serían diferentes. Estaría amaneciendo en un hoyo junto a ti...

—Oh, sí, qué gratos recuerdos de una vida perfecta. ¿Cuándo lo volveremos a hacer?

—Tengo hermanas pequeñas... —respondió avergonzado. Estaba forzado a mantener un buen comportamiento por el bien de sus hermanas y su propia paz.

—Te has convertido en un aburrido, Spencer, pero comprendo a la perfección tus pocos ánimos de salir de tu casa.

¿Para qué hacerlo si tienes a una bella mujer para observar con solo mover un dedo y una cortina?

—William hizo eso mismo que había mencionado antes.

Y era de esa manera, ahí estaba la muchacha—.

Ahí la tienes, lady Victoria Dankworth, una bella niñera.

Ya quisieras tú ser el pequeño del que debería encargarse, ¿no es así? Envidias a tus hermanas.

—Siento compasión por ella...

—Yo también siento compasión por ella. Quisiera arroparla entre mis sábanas.

—Qué vulgar eres, William, es una dama.

—No, es una criada más de tu casa. ¿Sabes todo lo que puedes hacer con alguien de la servidumbre?

—Prefiero ignorar mis poderes e influencia cuando se trata de ella.

—Ahora ya puedo expresarme de mala manera. No es una mujer para ti, ni para mí. Sin embargo, sigue siendo deseable.

—Considero que, para su poca fortuna, ella ha perdido sus oportunidades de una mejor vida por venir aquí —resaltó pensativo.

—Tú puedes ayudarla. Quizá tu administrador pueda desposarla o algún comerciante.

Es cuestión de que pasee por el mercado y todos se pongan como alfombras y tendrás a más personas de las que deseas frecuentando tu casa.

Sabes que me burlo de muchas cosas, pero nunca de la situación de una dama.

Si puedes hacer algo, aparte de darle techo y comida, hazlo.

Además, piensa, ¿cuánto tiempo la tendrás trabajando aquí?

¿Y cuándo ya no te sirva? Deberá buscar otra casa en donde quizá no esté segura.

Mírala, Spencer. Su belleza es un problema.

Tal vez esté segura aquí, pero más adelante...

—Más adelante ya no sería mi problema. No puedo ser tan caritativo, preocuparme por mis hermanas y también por ella. Espero encontrar una solución alguna vez. Es probable que tenga hijos y le esperen varios años de gloria en esta casa.

—¿Gloria cuidando de niños? No tenemos el mismo concepto de gloria. Iré a saludar a la muchacha. Espero que no se sienta avergonzada de su posición en ese momento.

—No tuvo vergüenza para pedirme trabajo, dudo que tenga vergüenza al saludarte.