Familia Fane Capítulo 16
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Capítulo 16

Victoria había ido junto a las niñas a la biblioteca. No consideraba que ese espacio fuera bueno para el estudio de las pequeñas. Necesitaban un área más amplia o quizá una mesa con sillas. Aquel sitio era más apto para leer que para estudiar.

—¿Quién de ustedes sabe leer? —preguntó Victoria que sentó a las niñas en cada silla que encontraba.

—Eugenia es la única que no ha podido avanzar mucho. Es distraída y prefiere ser caprichosa antes que una ávida lectora —respondió Fanny.

Ella miró a Eugenia y en verdad la niña estaba inquieta y había abandonado el lugar que le había asignado. Prefirió mirar los colores y tamaños de los libros.

—¿Qué les gustaría hacer conmigo?

—¡Queremos tu cabello! —Rose acercó su mano a uno de los bucles de Victoria.

Ella rio ante lo que había dicho Rose.

—Eso será más adelante. Yo las arreglaré y les contaré mis secretos para un hermoso cabello.

—Kitty y Meredith se morirán de envidia. Siempre son envidiosas porque Rose y yo somos las favoritas de Spencer —comentó Fanny, orgullosa.

—¡Yo soy su favorita! —refunfuñó Rose.

—¡No es cierto!

Las dos comenzaron a golpearse por no estar de acuerdo en quién era en realidad la favorita.

—No, no se peguen. Estoy segura de que milord quiere a todas sus hermanas por igual. No deberían pelearse por eso —dijo Victoria para que ellas no terminaran sacándose los ojos por una tontería.

—Ninguna es la favorita —alegó Eugenia que llevaba dos libros del mismo color junto a Victoria.

—Eugenia, tú eras la mimada de nuestro padre. Si no hubieras nacido, yo sería la menor —gruñó Rose.

—Oh, por Dios, no deberían tratarse de esa manera. Son hermanas y deberían llevarse bien.

—Ellas son solo son mis hermanas por la mitad —musitó Fanny.

—Aun así, siguen siendo hermanas y lo mejor es estar unidas. Veremos qué trae lady Eugenia, leeremos estos libros para empezar...

La muchacha había conseguido que las dos niñas se quedaran quietas para oír la lectura de uno de los libros. Después ella comenzó a preguntar sobre lo que habían entendido y sus conclusiones.

Después de un par de horas de lectura y juegos había llegado la hora del almuerzo.

No llevaba un día en esa casa y Victoria comenzaba a agotarse.

Las hermanas de lord Nottingham peleaban entre ellas, y no solo eso, eran tan juguetonas que era difícil mantener la atención de las pequeñas en un sitio.

—Victoria, después del almuerzo quisiera conversar con usted —habló la señorita Harting.

—Por supuesto, señorita Harting.

—Puede llamarme Beatrice. Ese es mi nombre...

La señorita Harting caminó junto a Victoria hasta la cocina. Las dos se colocaron en fila con sus platos para que la cocinera les sirviera lo que había para el almuerzo. En esa casa había muchos empleados, además de la cantidad de miembros de la familia. Comieron en una amplia mesa.

Todos querían saber sobre ella, de dónde venía y más. Solo había contado que había trabajado de doncella desde los doce años en casa de una familia de Londres. No deseaba contar sobre su origen. Le daba vergüenza que los criados supieran sobre su vida de comodidades a miseria.

Cuando acabaron el almuerzo, la señorita Harting le hizo un gesto de la mano para que pudieran salir hacia el jardín.

—He conversado con lord Nottingham sobre usted, Victoria.

Me pidió que la guiara con respecto a lo que necesitan las niñas.

Ya que no cuenta con experiencia como niñera, sepa que para empezar es mejor que solo acompañe a las niñas en sus quehaceres y que las guíe a mejores hábitos que esos que tienen ahora.

Son un poco caprichosas, y más cuando se trata de obtener atención, matarían por ella.

—Me he dado cuenta, Beatrice. Ellas estuvieron a punto de quedar tuertas por discutir sobre el favoritismo de lord Nottingham.

—Eso es una constante. Sé que por la noche lady Fanny y lady Rose fueron a la habitación de milord.

Usted deberá intervenir en eso para que ya no lo hagan.

No dejan dormir a su hermano. Lord Nottingham es un hombre muy ocupado últimamente y sus hermanas no son capaces de comprender todo el peso que ese caballero tiene en sus hombros.

—Imagino que cinco hermanas no es tan fácil de llevar.

—Y menos con las condiciones que ha puesto el difunto conde.

El anterior lord Nottingham ya era un hombre difícil, el hijo no es tan diferente.

Se parecen hasta en el carácter. El padre de milord dejó escrito que, el conde debía casarse en un plazo máximo de dos años o terminaría triplicando la dote de sus hermanas.

Sus dotes establecidas son muy altas y el hecho de duplicarlas ya es un pequeño sufrimiento para milord.

Él debe conseguir una esposa en esta temporada o como mucho en la siguiente.

Para Victoria, recordar que nunca podría ser la condesa de Nottingham era un asunto un tanto doloroso.

Había besado a ese caballero y había quedado prendada de él.

Sabía que aquel tenía problemas en su casa y que era importante pensar en sus hermanas antes que en su propia existencia por obvias cuestiones.

Una esposa rica era lo próximo que vería atravesar por esa puerta que la había visto llegar.

—Supongo que buscará una buena esposa —comentó Victoria.

—No cualquier esposa, sino que una muy rica, alguien que solucione parte de sus inconvenientes.

Desde que llegamos desde su propiedad en el campo no ha dejado de hacer muchas cosas en su despacho.

Pasa varias horas encerrado con el administrador y en ocasiones también con el marqués de Asthon.

Es un gran amigo suyo. Han estado en las juergas y en las pérdidas.

—Sí, he tenido el gusto de conocer a su señoría. Es un hombre agradable, un caballero respetable.

—No siempre han sido respetables. Créame, muchas veces han amanecido en las calles y considero que, por esa razón, el progenitor de milord decidió castigarlo con la custodia de sus hermanas y con duplicar las dotes.

Milord siempre ha creído que su hijo no servía para nada más que para gastar.

Veremos si lord Nottingham es capaz de demostrar que su progenitor estaba equivocado.

***

La ayuda de la señorita Harting era una gran motivación para Victoria, pues ya no se sentía a la deriva, tenía la ayuda de la institutriz y la confianza del conde.

Aunque ya no le preocupaba hacer mal su trabajo, la torturaba el hecho de pensar en cruzarse con el dueño de casa y hermano mayor de todas las niñas. Cada vez que era hora de alguna de las comidas del día debía ver al conde cuando llevaba a las niñas y las acomodaba.

No podía evitar que sus miradas se cruzaran.

Al ocurrir aquello, las imágenes de ese beso que habían compartido acudían a su memoria.

Concluía que vivir cerca de él tendría que ser una tortura que debía aprender a sobrellevar.

Durante años había vivido sin lord Nottingham.

La afirmación debía servir para no pensar en que el mundo se acababa por no tener la atención de él y tampoco por haber perdido su estatus de lady, algo que no le habría servido sin la existencia de su padre.

A medida que pasaban los días, ser la niñera se había hecho más sencillo.

Las niñas requerían de muy poco para ser felices.

Antes de dormir les arreglaba el cabello una por una.

Cada noche escogían la habitación de una de ellas para estar juntas.

Las más grandes también se habían unido en ausencia de su institutriz.

La señorita Harting no les daba mucho tiempo de ocio.

Las hacía perecer en el aprendizaje y en los buenos modales de una dama.

Pese a que se escuchaba desgastante, esas muchachas disfrutaban de esa tortura.

La institutriz le había contado que durante mucho tiempo había vivido siendo un pulpo en esa casa.

Las pequeñas ladies de la familia eran el inconveniente más grande porque eran demandantes.

Beatrice se aferraba a Victoria para que ella hiciera todo lo mejor que podía y se quedara en esa casa.

—Ha llegado el momento de acomodar nuestros cabellos para dormir —pronunció Victoria, que estaba en una de las habitaciones de las niñas. Cuando estaba contando cabezas se dio cuenta de que una faltaba—. ¿Dónde está Rose?

Fanny hizo un gesto con los hombros y Eugenia estaba saltando en la cama.

Victoria debía comenzar su búsqueda para poner a esa niña rebelde y consentida en su sitio.

Ella había descubierto la debilidad de su hermano mayor y se aprovechaba para congraciarse con él y dejar mal paradas a sus hermanas menores.

Todas ellas tenían un objetivo por alcanzar y ese era que el conde las quisiera más que a las otras.

La joven revisó los armarios y también cada rincón detrás de las cortinas y cuarto de baño. Hizo lo mismo en las demás habitaciones de las niñas. Rose había desaparecido. ¿A dónde había ido aquella niña caprichosa?

¿Qué le diría a lord Nottingham? No podía decirle que a la favorita de la casa se la había tratado la tierra. Su búsqueda no solo fue hacia las habitaciones de sus hermanas, sino que también se había extendido hacia el resto de las dependencias de la casa. Eso comenzaba a hacer sufrir a Victoria.

—¿Qué hace, Victoria? —curioseó la señorita Harting que estaba vestida con su camisón y en su mano derecha llevaba una humeante taza de té.

Tenía vergüenza de contarle que una de ellas se había perdido, pero Beatrice era la única que podía ayudarla.

—Lady Rose no está por ningún lugar —confesó.

—Esa pequeña está escondida en la habitación de su hermano. Quiere sorprenderlo. Es algo normal. En ocasiones se esconden ahí. Lo digo porque milord suele contarlo.

—No puedo entrar a la habitación de milord.

—Entonces vaya a pedir permiso para entrar sin la presencia de milord.

—Pensará que soy incompetente. Fue solo un descuido.

—Le aseguro que milord no pensará eso. Sus hermanas suelen hacer eso con frecuencia. Terminaría ocurriendo con o sin su presencia, Victoria.

Para Victoria era una lucha dirigirle alguna palabra a Spencer y más sin babear. No, definitivamente no lo haría, sacaría a la niña del lugar y eso sería todo.

Se despidió de la señorita Harting y fue hacia la biblioteca, ese era el sitio en el que el joven conde acostumbrada a quedarse por las noches.

La institutriz le había dicho que él se quedaba a beber ahí para que sus hermanas no siguieran creyendo que era un ebrio. Era un bebedor social como cualquiera.

Se asomó por el rabillo de la puerta y lo vio en el lugar sentado, moviendo sus pies de un lado al otro. No parecía moverse de ahí en poco tiempo, por eso ella tenía tiempo de buscar a Rose en la habitación del conde.

—¿Está espiando a Spencer? —inquirió la voz chillona de Kitty.

—¡No, milady! —replicó Victoria, asustada.

—Eugenia se ha metido a mi habitación, Victoria —contó Kitty, enfadada.

—Lo lamento mucho. Voy a por ella.

Victoria apresuró sus pasos. Estaba en un aprieto, si no era una niña metida en un problema era la otra. Corrió escaleras arriba y entró a la habitación de Kitty.

—Es usted una lady malcriada. —Victoria cogió a Eugenia en brazos para llevarla a su habitación.

—Es su culpa por dejarme sin supervisión —acusó la pequeña.

—No puedo creer que usted diga eso, milady. ¿No tiene un poco de criterio?

—No, tengo cinco años. ¿No es lo mismo?

La muchacha cerró los ojos y continuó su camino a los aposentos de Eugenia. Le colocó el camisón y la arropó en la cama.

—¿Te irás? ¿No me contarás un cuento? —indagó Eugenia.

—No, hoy no. Debo buscar a su hermana, milady —respondió con un beso en la frente.

—Le diré a Spencer que no quieres hacerlo. Lloraré hasta quedar sin lágrimas...

—Milady, por favor. Deje que vaya a por su hermana y regresaré pronto —propuso, pero Eugenia estaba encaprichada. Comenzó con un mohín como si fuera a llorar—. Está bien, milady. Le contaré la novela de una preciosa muchacha...

Ella tuvo que quedarse un buen rato hasta que la niña se quedara dormida. Cuando pensó que se había desocupado, la puerta se abrió y era Fanny. Victoria deseaba que le partiera un rayo.

—Victoria...

—Milady, espéreme en su habitación. Iré un momento...

—Pero...

—Guarde silencio y haga lo que le pido, milady —insistió Victoria, ya no quería interrupciones. Dejó a la niña en la puerta de su habitación y luego la cerró. Ella necesitaba recuperar a Rose antes de que su hermano la viera.

—Victoria... Rose está aquí —musitó, mas la niñera no la había escuchado.