Capítulo 15
Los pies de Victoria la habían llevado hasta la casa del conde de Nottingham. De día pudo apreciar mejor la fachada de ladrillos rojos que era imponente. Era una gran casa para albergar a muchas personas. Vivir en ese sitio debía ser mucho gasto.
Golpeó la puerta para esperar a que le abrieran. El mismo sirviente que la atendió por la noche era quien le abría la puerta.
—Pase, por favor —pidió Calvin al reconocer que se trataba de la discordia tocando a la puerta. Sabía que esa mujer llevaría más problemas de los que necesitaba su patrón para seguir viviendo.
—Gracias.
—Lord Nottingham y sus hermanas están a punto de bajar para el desayuno. La guiaré a la que será su habitación. Puede acondicionar sus cosas y luego regresar al salón para que sea presentada a las hermanas de milord.
Victoria asintió. Observaría mejor esa casa en ese instante que por la noche. No había tenido tiempo de hacerlo. Se notaba espaciosa y ordenada.
—¿Ha desayunado? —preguntó Calvin.
—No, lo olvidé. Estuve en el apuro de venir aquí.
—Pediré que le sirvan el desayuno en la cocina. Creo que se encontrará con la institutriz, la señorita Harting.
—Será un placer conocerla...
Calvin la llevó hasta la puerta de la habitación de la servidumbre y vio que aquel lugar era espacioso y menos lúgubre que el de la casa de su tía.
Ella entró a sus nuevos aposentos y dejó su bolsa sobre la cama.
—Cuando termine puede pasar a la cocina. Si necesita algo más solo pregunte por mí. Mi nombre es Calvin y soy el ayuda de cámara de milord.
—Muchas gracias. Esto solo me llevará un momento.
El ayuda de cámara la dejó para que arreglara el lugar.
Al parecer lord Nottingham ya había dado órdenes de que prepararan todo para que estuviera listo para su llegada. Comenzaba a sentir los nervios de estar en una casa sin un título de cortesía, aunque en casa de su tía no le había servido demasiado ser la hija del conde de Sharp.
Arregló sus prendas en un pequeño y coqueto armario. Sus pocas cosas las había guardado en un secreter que estaba sobre la mesa de noche. Después de acabar con su cometido fue a la cocina. Ahí encontró a muchos otros sirvientes que se hallaban afanosos terminando las comidas para el desayuno.
Una mujer de mediana edad alzó los ojos hacia ella y la recorrió de pies a cabeza.
—Buen día —saludó Victoria, cohibida—. Soy Victoria, la niñera.
Los ojos de la institutriz se abrieron con la sorpresa de lo que oía.
—¿Es la niñera para las más pequeñas? Soy la institutriz, la señorita Harting —se presentó. Lord Nottingham estaba dispuesto a hacer las cosas de manera correcta, aunque le llamaba la atención la belleza y el porte de la muchacha. No parecía una persona que hubiera trabajado alguna vez.
—Sí. Recién me he instalado.
—Siéntate a desayunar, muchacha. Tendrás un día difícil —alegó la cocinera.
—No la asuste, señora Watson. Las niñas son un primor. Siéntese conmigo, Victoria —pidió la señorita Harting—. Cuénteme sobre su experiencia. Veo que es muy joven...
La muchacha se acercó a la institutriz y se sentó a su lado.
—He trabajado como doncella, pero no me son ajenos los conceptos para cuidar de unas niñas y educarlas. Lord Nottingham ha sido claro conmigo —contó Victoria.
—Ese no es problema. Yo podré guiarle en todo lo que necesites con las niñas. He convivido con ellas desde sus nacimientos, al menos de las últimas dos. Si no sabe algo o se siente desorientada, hable conmigo.
La predisposición de la institutriz era única. Ella le ayudaría a acomodarse en la casa.
—Eso lo dice usted, señorita Harting, porque milord le pagará el doble. Antes no se hubiera ofrecido para ayudar a nadie —alegó la mujer de la cocina que acomodó algunos panes en una bandeja.
—Señora Watson, usted sabe que cinco niñas son más que un trabajo. Recuerde que hay distintos paladares en la cocina. Yo debí tomar la determinación de abandonar esta casa o lord Nottingham seguiría sin tomar en cuenta mi ardua y sacrificada obra con sus hermanas.
—Escuché que él había quedado sin institutriz tiempo atrás. Entonces fue usted quien se retiró —comentó Victoria.
—Sí. De no ser así, usted no estaría aquí, Victoria, y yo estaría muerta de cansancio.
Milord quedó unas semanas a merced de las niñas y por poco enloquece.
Imagine lo que es educarlas. Lord Nottingham cree que manteniendo una disciplina de soldados solucionará el asunto.
No se da cuenta de que ninguna es soldado y que todas quieren ser general.
Deben ser educadas de acuerdo a su edad.
Por la falta de tiempo, las más pequeñas ya cuentan con la educación de una dama, aunque van lentas con la lectura y escritura.
Son curiosas y ávidas oyentes de historias.
—Usted habla muy bien de las pequeñas —halagó la muchacha a la institutriz.
—Porque son adorables. Ya las conocerá. Cuando acabe su desayuno la llevaré junto a lord Nottingham para que la presente con sus hermanas.
La cocinera le había servido un generoso desayuno a Victoria.
Al parecer la había visto muerta de hambre.
Quizá comiera mejor que en la residencia de sus tíos.
Estar en esa casa comenzaba a mostrar su lado positivo.
Las personas que la rodeaban estaban dispuestas a que ella hiciera lo mejor que podía con las damas de esa casa.
Al acabar sus alimentos, acompañó a la señorita Harting hacia el salón. Las niñas ya habían abandonado la mesa y comenzaron a correr por cada espacio disponible.
Spencer se hallaba terminando con su desayuno. Al levantar su mirada, reconoció a Victoria acompañada de la señorita Harting. No podía evitar sonreír al ver a la bella mujer que se había presentado tan temprano.
La señorita Harting miró a su patrón y pudo reconocer en él un brillo especial al mirar a la joven.
Una sonrisa se había formado en su rostro de forma inmediata.
Después miró a la niñera y ella tenía la misma expresión que el conde.
A ella no le pasó desapercibido el hecho de que existía algo implícito entre ellos.
—Victoria, no la esperaba tan temprano —dijo Spencer. Se levantó de su asiento y se acercó hasta donde se encontraba ella en compañía de la señorita Harting.
—La vida da pocas oportunidades, milord. Estoy aquí muy entusiasmada por empezar.
El conde era el más entusiasta de todos en ese instante. Victoria lo mantenía hipnotizado con su sonrisa y sus ánimos de complacerlo. Él ya no tenía razones para salir de la casa y buscar algo que observar, ella estaba ahí y era suficiente para mantenerse cautivo por voluntad propia.
—Venga, le presentaré a mis hermanas...
Ella lo siguió hacia el salón y lo vio colocarse rígido y serio.
—Atención, familia Fane, quiero presentarles a alguien...
Las niñas dejaron de corretear y conversar entre ellas. Después miraron a la persona que era nueva. Las cinco muchachas miraron a Victoria con detenimiento y abrieron sus bocas por la impresión.
—Ella es Victoria, es la niñera que tendrán Fanny, Rose y Eugenia —comunicó Spencer—. Victoria, la más grande es Kitty, la que está a su izquierda es Meredith, le sigue Fanny, después está Rose y por último Eugenia.
Los ojos de Victoria distinguían cinco gotas de agua en distintos tamaños. Todas ellas tenían gran parecido con su hermano.
—Es un placer conocerlas —replicó Victoria. Las pequeñas parecían encantadoras como le había dicho la señorita Harting.
Eugenia fue la primera en acercarse a Victoria y la miró con gran admiración. Le parecía como un ángel.
—¿Sus rulos son reales? Son tan firmes como los de las estatuas del jardín —alegó Eugenia.
—Por supuesto que sí. Son reales y puedo hacer que su cabello se vea igual al mío —resaltó Victoria, sonriente.
—¡Nosotras también queremos eso! —exaltó Meredith, entusiasmada. La niña ya había visto a damas bellas, pero nada como esa muchacha que estaba frente a ellas.
—Ella estará encargada de las más pequeñas, Meredith.
Ustedes tienen a la señorita Harting —resaltó Spencer para que no se aprovecharan de Victoria.
Al terminar de decir eso, vio que Kitty y Meredith cruzaban sus brazos bajo el pecho a modo de hacerle saber que estaban disconformes con lo que él había decidido.
—Creo que Victoria podrá compartir sus conocimientos para arreglar el cabello en sus ratos libres, milord —opinó la señorita Harting.
—Puede ser, pero lo importante es la atención de las cabritas más pequeñas... —afirmó mirando con cariño a las crías.
A Victoria le encantaba mirar a lord Nottingham.
Se notaba que quería mucho a sus hermanas y también podía distinguir que eran problemáticas y rezongonas.
¿Qué pequeña dama no lo era? Recordaba los tiempos en que sus padres aún vivían, ellos no dejaban de cumplir con sus caprichos y solicitudes por más excéntricas que estas pudieran ser, mas su vuelo había sido tan alto que cuando murieron su caída había resultado devastadora.
De gran señora a criada. Su padre debía revolcarse en su tumba al saber toda la injusticia que se había gestado alrededor de ella durante esos años y más al darse cuenta de que su hija era una niñera en lugar de ser la dueña de la casa.
Spencer miró a la muchacha y ella estaba sonriente esperaba que sus hermanas se comportaran como lo que eran: damas.
—Son todas suyas, Victoria. Y ustedes, Fanny, Rose, Eugenia... no me hagan quedar mal y tampoco a la señora Harting que se ha ocupado de todas desde la cuna.
Las tres niñas comenzaron a saltar de emoción. Querían conocer y jugar con Victoria. Sentían que no extrañarían a la señorita Harting que, de hecho, les daba las migajas de educación y tiempo que le quedaba de las más grandes.
Victoria tomó la iniciativa y fue hacia las muchachitas.
—¿Qué acostumbran a hacer por las mañanas? —indagó con su voz dulce y musical.
—Correr, estudiar y molestar a Spencer —contó Fanny, burlona.
Él oyó lo que había dicho su hermana y rodó los ojos. No había día en que alguna de ellas no lo avergonzara. Sabía que era parte de un plan estratégico de Kitty. Aquella seguía creyendo las tonterías que había dicho su padre. Era difícil ganar la confianza de ella.
—¿Qué les parece si vemos qué han aprendido y luego jugamos? —inquirió la nueva niñera.
Las tres niñas respondieron al unísono y siguieron saltando. Victoria percibía que aquellas hermanas estaban unidas y que estaban ansiosas por ser atendidas.
Ella les ofreció las dos manos y ellas comenzaron a pelear por quiénes tomarían las extremidades. En esa ocasión Eugenia quedó sin oportunidad de coger la mano. Su llanto comenzó a invadir el salón.
—Es mejor que agarres la mano de una de tus hermanas. Las cuatro podemos caminar tranquilas y compartir un hermoso momento, lady Eugenia —habló Victoria a la niña que se hallaba en pleno berrinche.
—¿Por qué solo tiene dos manos? —cuestionó Eugenia, molesta.
—Porque de tener tres sería un monstruo, milady. Ustedes deben llevarme al lugar al que estudian, así podré conocerlo —manifestó.
Eugenia siguió sin coger la mano de las otras ella prefirió ser la persona que los guiara hasta la biblioteca.
—Con permiso, lord Nottingham, acompañaré a las niñas —musitó antes de despedirse.
—Vaya, Victoria. Qué tenga éxito con ellas —proclamó Spencer que se había quedado en el salón con la señorita Harting y sus hermanas, aunque Kitty y Meredith querían curiosear lo que harían las demás. Se escurrieron con rapidez dejando al conde en compañía de la institutriz.
—Lord Nottingham, ¿de dónde ha conocido a Victoria? Es una muchacha sin experiencia en niños, según lo que me ha dicho. Además, es demasiado bella y educada para ser solo una niñera.
—A usted no puedo engañarla, señorita Harting.
Victoria es una dama que me ha solicitado este trabajo y no he podido negarme.
Carece de otros familiares aparte de las personas con las que vivía y que no la trataban bien.
La conocí en un baile hace un par de semanas atrás.
Es inteligente y perspicaz. Le aseguro que será una ayuda para usted.
Ya he visto que mantiene intrigadas a mis hermanas.
Espero que la respeten y la traten muy bien. Victoria es una excelente persona...
A la señorita Harting no le terminaron de convencer los argumentos del conde. Aquel debía traer algo entre manos. Una dama en apuros era algo que cualquier sinvergüenza, juerguista y vividor como lord Nottingham podría aprovechar. Esa muchacha había entrado a la cueva del lobo.