Capítulo 13
La felicidad en casa de la familia Fane era casi infinita. Las niñas saltaron de emoción al ver a la señorita Harting.
Al notar aquello, Spencer concluyó que había sido un error no haber retenido a la señorita Harting cuando lo amenazó con renunciar, aunque ella había sido muy astuta.
Regresó a esa residencia con mejores condiciones laborales y salariales, mientras que él se había puesto al límite.
Estaba más que comprobado que era un pésimo hermano, pero no quería seguir siendo de esa forma.
Quería a sus hermanas, a su manera, pero lo hacía.
Quizá fuera poco ortodoxo; sin embargo, era su forma de ser.
Su padre no le había dado tanto cariño o, mejor dicho, no se lo había dado.
Para él siempre hubo obligaciones, responsabilidades, desidia y órdenes.
En cambio, para las niñas todo era diferente, a ellas las llenaba de atenciones, consentía, adoraba y amaba.
Era probable que su padre en realidad nunca lo hubiera amado por no ser lo que él esperaba.
Spencer se había cansado de ser un joven ignorado.
Con los años y la compañía de otros, conoció el mundo de los juerguistas.
Adoptó esa vida como suya, era su refugio y el lugar en el que recibía un poco de atención.
Quería a su padre por el hecho de que era quien le había dado la vida, pero no porque aquel se lo hubiera ganado.
—Gracias por regresarnos a la señorita Harting —habló Kitty que se había acercado a su hermano que las estaba observando—. Hiciste lo correcto...
—La señorita Harting las había dejado.
—Porque tú y nuestro padre han sido tacaños. Mi presentación en cinco años está pendiendo de un hilo, Spencer. ¿Crees que quiero ser un problema?
—Yo lo sé. Todo mejorará, Kitty, antes de que enloquezca es seguro de que mejorará —alegó sonriente. Acarició un brazo de su hermana y ésta regresó junto a la señorita Harting.
Kitty y Meredith estaban más que emocionadas por lo que la presencia de la institutriz significaba para ellas.
—Niñas, niñas —vociferó Spencer para que ellas lo oyeran—. Quería comunicarles algo más. La señorita Harting ha vuelto, pero...
—¡No quiero escuchar! —exclamó Eugenia que comenzó a llorar. Ella estaba asustada por lo que podía decir su hermano para volver a separarlas de la institutriz.
—No es nada malo, Eugenia —farfulló. Siempre tenía el inconveniente de que alguna de ellas se sentía ofendida o atacada por alguna cosa que él diría—. Quería decirles que la señorita Harting se encargará de formar a Kitty y Meredith...
—¿Y nosotras? —increpó Fanny.
—A ustedes las vendí al mercado de esclavos... Es obvio que ustedes seguirán en casa. Para ti, Rose y Eugenia tendremos a una niñera. Si no me creen pueden leer el periódico, al menos la que ya sepa leer.
Las tres niñas que tendrían niñera se enfurruñaron y se acercaron a la señorita Harting para pegarse a su falda como si fueran garrapatas.
—Será bueno para todas, niñas. Yo siempre estaré en la casa y al final de todo terminaré educando a todas si lord Nottingham lo permite —musitó la institutriz.
—O si usted sobrevive, señorita Harting... En esta casa todo se ha vuelto cuestión de supervivencia.
—Lo sé mejor que usted, milord. Con permiso...
La señorita Harting llevó a las niñas hacia la biblioteca. Mientras buscaban a una niñera competente ella seguiría como encargada de las menores.
Ese mismo día, Spencer comenzó a recibir a personas interesadas en el puesto de niñera. Con la tercera persona decidió anotar las cosas en un papel. Estaba cansado de repetir que necesitaba una persona que se encargara de tres niñas y que pagaría cierta cantidad de dinero por lo que requería.
No había tenido una jornada tan ajetreada en tanto tiempo. Primero ir a por la señorita Harting y luego empezar entrevistas. Se encontraba muerto de cansancio.
—Calvin, dile a la próxima persona que venga que lo recibiré mañana. No puedo con un alma más. Necesito un poco de tranquilidad —dijo el conde a su ayuda.
—Sí, milord. ¿Se le ofrece algo más?
—Una copa de brandi para aligerar mi corazón.
—Es mejor que beba después de cenar con sus hermanas. Sabe que son como sabuesos adiestrados para oler que ha bebido algo más fuerte que un vino para sentar su comida.
Él suspiró al no poder tomar su bebida con libertad. Tendría que esperar como si se tratara de un ladrón en su propia casa. Todo era por la aceptación de ellas. Era mejor intentar llevar una buena relación con sus hermanas.
Durante la cena, pese a que el cansancio lo consumía, sintió que era un momento agradable para compartir con las muchachas.
Ellas estaban felices con la señorita Harting.
Eso le alegraba y le quitaba un poco de peso de encima.
Sin preocuparse por sus hermanas, tendría que resolver otras cuestiones como eran sus próximas inversiones o su fallido primer encantamiento fallido.
Lady Victoria Dankworth daba vueltas en su cabeza.
Ese beso que le había dado mantenía su mente nublada y su voluntad asediada por sus interminables ansias de verla en algún baile.
Había dejado de acudir a algunos. Haberla besado lo había convertido en un ermitaño.
Deseaba saber cuánto tiempo tardaría en olvidarla.
De ese encuentro tan íntimo que mantuvieron había pasado más de una semana y le sorprendía que siguiera fija en su cabeza.
Un capricho por una mujer no le había durado tanto tiempo, aunque sabía que Victoria no podía ser comparada con cualquier mujer.
Era distinta y no solo en belleza, había algo en su carácter que le daba más firmeza y entereza que cualquier otra joven a la que conocía.
Tal vez se debía a la muerte de sus progenitores y a vivir en una casa que no era la suya.
Debía ser muy triste haber perdido todo como le había ocurrido a ella.
Su desgracia le hacía pensar en sus hermanas. Ellas lo tenían a él y si por algún motivo llegará a morir, le perturbaba pensar en qué ocurriría con sus pequeñas hermanas.
Al acabar su cena, sus hermanas se despidieron y fueron corriendo escaleras arriba con gran algarabía y diversión, mientras él se dirigía a su despacho para beber en soledad.
Se sirvió una copa de brandi y después se acercó a la ventana, corrió la cortina y miró que fuera estaba lloviendo, no con fuerza, ni con truenos. Solo agua y relámpagos. Se alejó de la abertura y tomó asiento.
—Lord Nottingham... —interrumpió su ayuda.
—Calvin, estaba a punto de beber, no es el momento. Si alguna de ellas está en el pasillo, la llevas de la oreja a su habitación...
—No es eso, milord. En la entrada hay una mujer que pide hablar con usted.
—No recibiré a nadie.
—Ella insiste...
—No lo haré. ¿Te ha dado su nombre?
—No, pero dice que la reconocerá.
Mojándose en la puerta de lord Nottingham se hallaba Victoria. Durante el día no podía salir de la residencia de su tía, aunque tampoco durante la noche. Ella había mentido para poder escapar. Había dicho que leería un libro encerrada con llave en la biblioteca. Así no la molestaría el señor Byron.
El sirviente del conde le había dicho que mañana recibiría a más personas para el puesto y que le dijera su nombre, a lo que ella se negó por varios motivos y el principal era que los criados eran muy cotillos y contaban las cosas de sus patrones a otros sirvientes que repetían a sus amos el cotilleo.
No quería que dijeran que lady Victoria Dankworth había visitado a un hombre soltero en su residencia en plena noche. Eso sería una catástrofe.
La puerta se abrió y era el sirviente del conde otra vez.
—Lord Nottingham se niega a recibirla. Le solicito que venga mañana...
Ella no podía ir y regresar como si fuera libre.
—Insisto...
—Se ha negado rotundamente, se encuentra cansado, señorita.
—Dígale que en la mascarada nos besamos... Por favor, sé que con eso él no se negará.
Calvin al ver el rostro desesperado de la muchacha se arriesgó a ir junto a su patrón y que este lo echara.
—Lord Nottingham...
—¿De nuevo, Calvin? ¿Qué debo hacer en esta casa para encontrar paz? ¿Hacer un hoyo y enterrarme? —increpó molesto.
—La mujer insiste y ha dicho que se besaron en la mascarada...
Ante eso que había escuchado, Spencer quedó anonadado. Dejó su copa a un lado y miró a su ayuda.
—¿Es rubia y muy bonita?
—Sí, milord.
—¡Dios, Calvin! ¿Cómo no la has dejado pasar? —lo reprendió haciendo a un lado a su sirviente. Él iría a encargarse en persona de lady Victoria o al menos presumía que era ella por lo que le había dicho a Calvin.
Al llegar a la puerta y abrirla, encontró a la muchacha mojada hasta las pestañas y tiritando de frío.
—¡Qué vergüenza, milady! ¡Por favor, pase! Despediré a Calvin por esto —masculló invitándole a pasar.
Su criado negaba con la cabeza. Él solo cumplía las órdenes que el conde le daba.
—Disculpe la hora, lord Nottingham, ¿podríamos conversar en privado? Sé que mi visita es inapropiada y espero que usted no divulgue que he venido hasta aquí.
—Nunca lo haría. Pase a la biblioteca. Ahí estará tibia.
Spencer le mostró el camino y la llevó hacia ahí. Estaba intrigado por saber qué hacía una dama como ella a esa hora en su residencia y a la vez se hallaba entusiasmado por verla. Era como un presente inesperado.
A Victoria la devoraban sus nervios por estar con él a solas por segunda vez, pero no se encontraban en las mismas condiciones, ella quería pedirle algo.
En la biblioteca, él le mostró un sillón cerca de la chimenea. Antes de que Spencer se sentara la ayudó a deshacerse de su capa mojada.
—Ahora puede calentar su cuerpo con... la chimenea —musitó un poco distraído.
—Gracias, milord.
—Debo preguntar por su visita a estas horas, milady...
—Es que... —Ella se quedó sin palabras. No sabía cómo explicarle el asunto que la llevaba a ese lugar—. Le parecerá extraño verme aquí y es por una razón: su anuncio en el periódico.
Él rascó su nuca, confundido. Buscaba una niñera, no una esposa. ¿Qué estaba ocurriendo? Esperaba que quien escribió el anuncio lo hubiera hecho bien.
—Estoy en la búsqueda de una niñera...
—Sí, lo sé. Es eso lo que me trae aquí.
—Hmm... no entiendo —confesó con una risa nerviosa.
—Lord Nottingham, usted sabe mi posición dentro de la casa de la señorita Malorie. Quisiera dejar la casa de mi tía y buscar otro lugar.
—No estará pensando en...
—Sí, quiero ser su niñera, es decir, de sus hermanas. Yo podría darles una buena instrucción y las cuidaría con mi vida.
El impacto de lo que escuchaba no lo dejaba discernir bien lo que ella le estaba proponiendo.
—¿Quiere ser la niñera de mis hermanas?
—Sí, lo haría sin cobrar nada. Solo le pediría un techo y comida...
—No comprendo el pedido. Usted vive como una dama.
—No, no lo sabe. Viví como una doncella del servicio sin que me pagaran nada, a cambio de techo, comida y ropa usada de Emma. Además, si le cuento los peligros a los que estoy expuesta...
—¿De qué peligros habla en una casa de familia? —curioseó.
—El señor Byron, amigo de mi tío entró a mi habitación una noche y me tapó la boca, se colocó sobre mí...
—¡No, no continúe! —exclamó turbado por lo que ella le contaba. Todo eso le hacía presumir que Victoria había sido ultrajada. La impotencia lo consumía.
—Pero pude gritar y mi tío me salvó de una desgracia. Hoy el señor Byron ha vuelto a la residencia de mi tío. Una vez me salvé, pero quizá no tenga tanta suerte la próxima vez. Le ruego que considere lo que le propongo. Solo quiero paz...
Eso último que oyó le había devuelto el alma al cuerpo. A ese tal señor Byron lo tenía entre las cejas. ¿Cómo había podido agredir a tan bella flor?
—Milady, usted es una dama, no puedo tratarla como al resto del servicio —razonó Spencer.
—Eso no importa. Durante años he aprendido mucho con la servidumbre, soy parte de ellos, aunque con mejor educación.
Le pido que me abra las puertas de su casa.
Si usted necesita de una solución, yo lo soy, lord Nottingham.
Soy la solución para los problemas del conde de Nottingham.
Lo ayudaré en todo lo que sea posible. Al menos por compasión espero que me tenga en cuenta entre todas las candidatas...
Spencer comenzó a dar vueltas por la estancia sopesando lo que lady Victoria le decía. ¡Oh, Dios! Tenerla en su casa solo podría significar un problema. Un problema que resolvería otro. ¿Cómo podría olvidar que le encantaba esa muchacha si la tendría desfilando frente a él cada día?
Debía decir que no, pero tampoco podía dejar a su suerte a una muchacha como ella. Si a sus hermanas le llegara a pasar algo como lo que a Victoria le aconteció, él se moriría.