Capítulo 12
Ella se sentía perdida en una nube de ensueño.
No podía pensar en nada más que en ese hombre que la asaltaba con avidez.
No era dueña de sus actos, ni de sus reflejos, él era su dueño, pues hacía lo que deseaba no solo con su cuerpo, sino también con su espíritu.
Victoria solo podía dejarse llevar por esa intuición y el disfrute de ese contacto.
Pese a que Spencer estaba perdido en sus pensamientos sabía que eso que estaba haciendo no le acarrearía algo bueno.
¿Para qué besar a alguien con quien no podía siquiera acomodar en su cama?
Si no tuviera cinco problemas al hombro, ella sería la indicada para su condesa.
Mantendría la libido siempre encendida y tendrían bellos hijos, pero no, no estaba permitido vivir de los idilios y todo era por culpa del calzón fácil de su padre.
No quería separarse de ella y al parecer Victoria tampoco estaba interesada en eso, pero la prudencia lo aconsejaba para que fuera responsable y que no mancillara la reputación de una mujer soltera con sus bajos instintos.
Con mucho esfuerzo se fue alejando de Victoria, mas ella parecía aferrarse.
Tuvo que poner distancias a lo que pasaba.
Victoria lo vio levantarse y alejarse de ella, aunque regresó para ayudarla a incorporarse del suelo. Al acabar con eso se colocó la máscara de inmediato. Lo que había ocurrido entre ambos era un lamentable error, al menos para el conde.
La incomodidad se expandía sobre ellos como una nube negra. ¿Qué venía después de ese beso? ¿Una sobria despedida?
—Tenga cuidado cuando camine, milady. Estos accidentes pueden traer consecuencias... —advirtió Spencer que también se había puesto su máscara con apuro.
¿Qué más podía decir? Decirle que besarla había sido el peor error del mundo, pero el más gratificante, podía ser contraproducente. Tratar de hacer que nunca había pasado nada era lo único que le ocurría para hacer en ese momento.
—Lo siento. A veces soy torpe. —Victoria le seguía la corriente—. Es mejor que regresemos al salón. Mientras más avanzamos en el jardín, podría ser peor...
—Coincido con usted, milady.
Él le ofreció su brazo para que lo tomara, pero ella caminó sin tomar en cuenta esa cortesía.
La buena relación que existía entre ellos se había roto por la tensión anterior y más por el beso que habían compartido.
Si antes la situación era incómoda, para esas alturas era casi insoportable.
Habían cortado cualquier acercamiento conseguido y a conseguirse.
Esa relación estaba irremediablemente rota.
Ninguno de los dos conversaba. Caminaban de manera incómoda como si hubieran terminado algo en malos términos. No había palabras, pero el silencio era suficiente para comunicar más de lo que cualquier frase o gesto podría contar.
Al llegar al salón, Victoria fue hacia donde se hallaba su tía y Spencer la siguió. No se juntaron con ella, solo se ubicaron cerca para seguir sin dirigirse alguna frase. No podían ser tan evidentes con sus manías.
—Su señoría me ha dicho que tiene hermanas pequeñas y que son encantadoras —comentó para romper el hielo que los mantenía pegados.
—Es probable que William se confundiera de niñas. Mis hermanas no son encantadoras, son como el purgatorio —musitó con sorpresa al darse cuenta de que el marqués andaba contando cosas sobre él.
—¿Y la madre de las niñas?
—¡Ja! La corregiré... Querrá decir madres. Mi padre se ha casado muchas veces. Soy el hijo de su primer matrimonio. Las dos que me siguen son del segundo, una de ellas es del tercero y las últimas dos del cuarto.
—¿Ha sobrevivido a todas sus esposas?
—Por suerte ya está muerto. No pudo agarrar a la quinta.
En verdad esperaba recibir noticias de mi padre, quizá la quinta boda, mas no su muerte.
Es algo difícil de explicar. Ahora tengo que lidiar con ellas.
Las personas deberían responsabilizarse de sus propios actos, pero no de los actos ajenos.
Espero que pronto encuentre un equilibrio en mi vida...
Ellos siguieron conversando un poco más tratando de olvidar el asunto que los había unido antes. Las máscaras servían para esconderse y ocultar la vergüenza que ambos sentían al no poder comentar sobre el suceso.
Luego el marqués y Emma habían cumplido con su cometido de baile para darle el gusto a la madre de la muchacha.
Spencer y William se despidieron de las muchachas y de la matrona antes de que la mujer tuviera otra ocurrencia. Cuando ambos se dirigían al carruaje, el conde le cedió el espacio a su amigo para que este subiera primero. Una vez que aquel lo hizo, él se sentó frente al marqués.
—La besé —confesó Spencer.
—¿Qué? —preguntó William sin comprender nada. Parecía algo sin sentido.
—Que besé a lady Victoria Dankworth en un momento absurdo y de debilidad.
Creo que fue la peor tontería de mi vida.
Un despropósito doloroso e incómodo. La señorita Malorie me había dicho que la joven no tiene dinero y que vive de la caridad de sus tíos.
No puedo fijarme en ella, no puedo permitirme eso... ¿Qué aportaría a mi familia?
—Lo que considero es que no deberías torturarte con eso.
Solo busca a una mujer con mucho dinero, es todo.
Lady Victoria es hermosa, en verdad que sí, pero no es conveniente para ti.
Tú necesitas a alguien que te dé algo; en cambio, ella necesita que le den.
Son situaciones contrarias en las que juntos jamás podrían alcanzar lo que buscan.
—Es evidente que lo sé. Escucha, William, no quiero regresar a ningún salón por un tiempo. Quiero quitar de mi cabeza a esa muchacha y esperar a que se case con alguien. Así me sentiré mejor. Me incómoda saber que me agrada y que no puede ser una opción. Me pone de pésimo humor.
—Entonces puedo invitarla a bailar...
—Si tú te llegaras a casar con ella, nunca vivirías tranquilo porque yo estaría acechando desde mi amistad contigo. La he besado, eso demuestra mi interés por ella, al menos uno muy carnal.
—No la quiero para casarme, pero sí para bailar un poco y lucirme con ella. Es un adorno muy bello que cualquier caballero quisiera tener.
***
Después de esa noche, Victoria tenía más presente que nunca a lord Nottingham. Su mente le decía que lo olvidara, pero su corazón le decía que ese beso había dejado marcado un sentimiento en ella, algo que no le sería fácil de olvidar.
Había guardado ese beso en secreto. No podía decirle nada a su prima que vivía ilusionada con encontrar al conde en algún evento.
En cambio, Victoria ya no deseaba salir.
Había quedado tan encantada como desencantada.
Lord Nottingham necesitaba una muchacha rica como Emma y no un lastre como ella.
De nada le servía ser más bonita. La belleza solo acrecentaba su ego, pero no llenaba sus bolsillos ni le conseguía un esposo.
Su vida se había hundido en un terrible vacío, uno que esperaba superar con los días.
—¿Sabes qué hay de novedoso hoy? —preguntó Emma al ver que Victoria entraba a su habitación.
—No, no lo sé, pero sí estoy interesada en saber —replicó sonriente. Se sentó junto a ella para mirar el periódico que Emma tenía en su mano.
—En realidad tengo dos novedades... Y una de ellas no es mala, pero sí muy desagradable. ¿Por cuál quieres que empiece?
—Mmm... Por la mala, así la buena tendrá mejor efecto.
—¡Está bien! —Emma suspiró—. El señor Byron vuelve. Tiene negocios con mi padre. Mi madre ha dicho que te quedes en mi habitación por la noche. Creo que es malo, pero no tan malo. Dormiremos juntas.
Victoria era una ilusa, pensaba que su vida mejoraría, pero a medida que avanzaba su edad, todo era más complicado. El señor Byron era más que una piedra en su zapato, se había convertido en una verdadera plaga.
—Sí, es lo único bueno de todo —dijo para congraciarse.
—¿Ahora quieres escuchar la buena?
—Sí...
—¡Sé la dirección de lord Nottingham!
¿Qué tontería era esa? ¿Eso en qué podía ser bueno o beneficioso para ellas?
—Déjame pensar en qué puede ser bueno de eso. ¿Lo visitarás?
—En verdad no lo había pensado bien. Solo vi su nombre en el periódico y me emocioné. Busca niñera para sus hermanas y lo ha puesto aquí...
Emma casi le metió el periódico en el ojo a Victoria.
La muchacha tuvo que arrebatarle a su prima para leer con detenimiento.
Era cierto, lord Nottingham se hallaba en la búsqueda de una solución para sus problemas y ella quería serlo, pero no tenía posibilidades de ser su esposa, pero si llegaba a conversar con él, quizá consiguiera quedarse con ese puesto.
Durante el resto del día no pudo quitar esa idea de su cabeza.
Era ser una niñera o morir en casa de su tía.
El mismo lord Nottingham la había dejado de lado y sin oportunidades para ser su condesa, mas podía ser la niñera y quizá con el tiempo pudiera enamorarlo.
Pensaba en demasiadas bobadas juntas, aunque nadie decía que estaba prohibido soñar.
Si lo que quería era seguridad, podía tenerla en esa casa, lejos de los peligros que la acechaban en su actual morada.
***
Spencer por fin había dado con la señorita Harting después de varios días de intensa búsqueda. Esperaba convencerla de que regresara. Se encontraba en una posada en un barrio no tan amigable para la gente adinerada.
—Ve a por ella, yo te esperaré aquí —musitó su amigo que sacó su arma y se quedó sentado dentro del carruaje.
—¿No me acompañarás? —cuestionó Spencer, burlón.
—No, por supuesto que no. Todavía quiero vivir y este barrio no me da muchas expectativas. Suerte.
—Marqués cobarde. Me compadezco de quien será tu esposa.
Él emprendió su marcha hacia la posada y preguntó por la señorita Harting. Al parecer aquella aún no lograba conseguir otra casa para su oficio.
Fue al piso en que se hallaba y se colocó frente a la puerta que le dijo el posadero. Golpeó un par de veces hasta que vio que la puerta se abrió frente a él.
—Señorita Harting...
Ni bien terminó de decir aquello, la puerta se había cerrado casi en la nariz de Spencer. La institutriz seguía muy ofendida y enfadada.
—Señorita Harting —habló con decisión—, abra esa puerta y conversemos.
Esperó unos instantes, pero no hubo respuesta por parte de la mujer.
—No tiene trabajo, señorita Harting, ¿prefiere morirse de hambre? —insistió.
—Prefiero morir de hambre antes que regresar a un lugar en donde me pagan una miseria y humillan mi trabajo —replicó la señorita Harting.
—No le rogaré, señorita Harting, va en contra de mi orgullo y mis principios.
Sin embargo, le diré la oferta que tengo para usted.
He puesto un anuncio para encontrar a una niñera para que pueda enseñarle a mis hermanas más grandes lo necesario, mientras las pequeñas van creciendo con juegos y un poco de educación, y como si todo eso fuera poco, le ofrezco un aumento en su salario...
—¿De cuánto estamos hablando? —inquirió la institutriz que entreabrió la puerta.
—¿Ya le interesa conversar? —interrogó mordaz.
—Si quiere puedo cerrar la puerta. Usted me necesita más de lo que yo lo necesito.
—El doble, señorita Harting. Tendrá el doble de salario, un techo sobre su cabeza y una ayuda en su trabajo. ¿Le parece? Tengo el carruaje frente a la posada. Espero que todavía las ruedas sigan pegadas al carro. ¿No pudo ir a un peor lugar?
La señorita Harting no quería estallar de emoción. Todos sus esfuerzos habían servido para que ese hombre la valorara. Estaba muy desesperado por eso pudo encontrarla sin que ella dejara rastro en algún lugar.
—Está bien, pero usted no opinará ni sugerirá nada que no apruebe para lo que crea conveniente para la educación de las niñas —alegó la muchacha.
—Me morderé la lengua, porque la necesito en casa o acabaré muerto. Espero que esto sea una inversión a largo plazo.
—Lo es, milord. No sé preocupe, me ocuparé de darles lo mejor a sus hermanas, siempre lo he hecho.
—Entonces junte sus cosas y nos iremos.
Aquella mujer asintió y comenzó a guardar sus prendas con afán. Por fin regresaría a la comodidad de una mansión, tendría la ayuda de una niñera y un mejor salario. ¿Qué más podía pedir?