Capítulo 11
Mientras que Spencer aguardaba junto a una extasiada muchacha con la que danzaría, se fijó a su izquierda y distinguió a William que llevaba a lady Victoria del brazo.
Al parecer ellos iban a bailar. Le parecía bastante desleal lo que había hecho el marqués, pues aquel sabía su interés particular por la joven.
Todo se trataba de un desafortunado teatro para alzarse con la compañía de cierta dama y librarse del acompañamiento poco grato de otra.
Él fijó sus ojos en Victoria, esta también lo miró e hizo un gesto de inclinación con la cabeza.
Tal vez significaba una venganza por su abandono o, quizá, con simpleza, él estaba enloqueciendo.
Tenía muchas cosas en la mente. La señorita Harting había desaparecido y su locura con sus hermanas se había disparado.
Estaba haciendo lo posible por encontrarla y se hallaba al borde de bajar una rodilla al suelo, pero no para pedirle matrimonio, sino para rogarle que regresara a hacerse cargo de las niñas que se hallaban muy lejos de ser damas.
Victoria observaba a Spencer con detenimiento.
Era tan atractivo que, aunque no veía su rostro, su porte hacía gran parte del trabajo.
Imaginaba su rostro pícaro que acompañaba a esos ojos que la miraban con igual interés.
¿Podría estar alucinando que se correspondían en esa atracción?
Recién era la segunda vez que se trataban.
Había cierta tensión que indicaba que algo existía entre ambos.
—Su señoría bailará con Victoria... —comentó Emma que vio a su prima junto a su pesadilla—. ¿Sabía que a ella le ha agradado el marqués?
Ese comentario que había hecho la señorita Malorie le había dado una molesta punzada en el pecho. Él miró a Emma y no sabía qué pensar de ella.
—No han convivido tanto, pero sé de muy buena fuente que mi amigo está interesado en milady.
—Eso es una excelente noticia, lord Nottingham. Es probable que mi querida prima se convierta en una marquesa. ¡Eso me llenaría de emoción!
—¿Por qué le alegraría tanto?
—Porque Victoria sufre mucho sin sus padres y sin dinero. Todo lo que lleva puesto antes me pertenecía...
Esa información que Emma le estaba dando era difícil de digerir.
Por más que se hubiera mentalizado con la idea de que Victoria fuera de escasos recursos, se sentía un tanto desesperanzado o tal vez derrotado.
No sabía qué sensación exactamente era la que recorría su cabeza y agobiaba su alma.
¿Por qué nada le salía bien? ¿Merecía tanto castigo por haber sido juerguista y derrochar el dinero de los años de esfuerzo de su padre sin contar las dotes de cada una de sus esposas?
En ese momento, un pensamiento salvaje lo había atravesado. ¿Su padre había sido capaz de casarse tantas veces solo para llenar sus arcas y no para repoblar Inglaterra como consideraba Spencer?
—Entonces milady no tiene dote... —replicó con el entusiasmo enterrado bajo sus pies.
—No lo sé. Solo sé que la persona que debía ocuparse de ella, se desentendió y eso significa que no hay dinero —respondió Emma, indiscreta.
Una nueva pieza comenzó a oírse en el salón.
El cuerpo de Spencer se movía por inercia.
Lo que la muchacha le había contado mantenía ocupada toda la maquinaria mental.
Concluyó que no hacía falta invitar a Victoria a bailar.
No existía ningún interés que pudiera unirlos.
Su belleza, inteligencia y personalidad no eran suficientes para hacer un gran aporte a sus arcas.
Él necesitaba una esposa rica. Esa mujer con la que estaba danzando quizá tuviera una fortuna respetable, era hija de un comerciante, pero al igual que a William, aquella no le despertaba ningún interés.
Spencer estaba obsesionado con la hermosura de Victoria.
Tendría que olvidarla de alguna manera y era obvio que teniéndola como esposa de su amigo eso se volvería incómodo.
La danza con el marqués era agradable. Aquel era hábil y dedicado con sus pasos, además de ser divertido. No entendía la razón por la que Emma lo rechazaba, era un encanto. Sin embargo, ella al igual que su prima se sentía más atraída por el conde de Nottingham.
—Mi amigo se divierte mucho con su prima, milady. Creo que ellos hacen una excelente pareja. La señorita Malorie debe tener mucho dinero por eso él decidió bailar con ella —habló William, malicioso.
—¿Milord no tiene dinero? —cuestionó la joven, angustiada.
—Sí, lo tiene, solo que... cinco hermanas, haga cuentas.
Necesita de una esposa adinerada que pueda ayudarlo a sobrellevar las condiciones que su padre ha dejado para la crianza de sus hermanas.
Una mujer con poco o nada de dinero, no le sirve.
Ya sabe que los intereses siempre priman y más cuando están en juego cinco preciosas criaturas que merecen un futuro brillante.
Victoria no sabía cómo sus pies seguían moviendo su estructura corporal. Lord Nottingham se había convertido en un cazador de dotes. No estaba mal, pero ella lamentaba no poder ser su víctima. En ese instante no tenía en dónde caerse muerta más que sobre el suelo en el que se hallaba de pie.
Sus ilusiones se desvanecían. Se sentía triste y cansada.
Tantos días anhelando volver a encontrarlo para darse cuenta de que nunca existiría nada entre ellos.
El futuro de Victoria se hallaba en dos lugares: uno como institutriz o como la esposa de alguien que no se fijara que estaba en la miseria, viviendo de la caridad.
—Sí, cinco es... un número agobiante para cualquiera. ¿Una esposa será capaz de soportar cinco hermanas? —preguntó para no arruinar su baile.
—Está buscando a la institutriz que renunció gracias a la prepotencia de él. Yo considero que ni pagándole el triple aquella mujer regresará. No me malentienda, las niñas son encantadoras, pero se comportan de una manera terrorífica. Pronto Spencer se enloquecerá si no la encuentra.
—¿Qué edad tienen las niñas?
—No lo sé muy bien, pero creo que la mayor tiene trece años y la menor unos cinco años. Se llevan dos años entre cada una. Son educaciones diferentes, pero él no lo entiende. Debe pagar a dos mujeres por el trabajo. Por el bien de mi buen amigo espero que encuentre a esa institutriz muy pronto.
Los oídos de Victoria seguían escuchando la conversación del marqués. Este no la ayudaba a olvidarse de que no tenía esperanzas con el conde. En ese momento solo esperaba casarse por misericordia divina.
Al culminar la danza, aplaudieron y se dirigieron al lugar del que habían sido retiradas las damas.
—Has terminado de saludar a tus amistades justo a tiempo —comentó Spencer que no dejaba de mirar a William.
—Oh, sí. He terminado a tiempo —replicó William que se había dado cuenta de la molestia en el tono de voz de Spencer.
—Emma, mi tía te ha comprometido a un baile con su señoría. Tengo que decirte que siempre eres afortunada. Es alguien que sabe divertirse —dijo con ahínco, pese a sentirse lánguida por dentro.
Emma había hecho un mohín y después dirigió sus ojos al marqués. Ninguno de ellos estaba feliz con eso y lo notaba.
—Buenas noches, señoría. Será un placer bailar una pieza con usted.
—¡Emma! Ya estás aquí, ¿te has divertido? —preguntó Danielle al ver a su hija.
—Sí, madre... El conde...
—El marqués quiere danzar contigo después, es una pena que ahora ya está otra pieza. ¿Qué te parece si pasean por el salón? A lord Nottingham y a Victoria no les molestaría hacer lo mismo, ¿verdad?
Los cuatro jóvenes estaban avergonzados. Solo bastaba la aceptación de alguno para que eso se convirtiera en un infierno gracias a la señora Malorie.
—No, tía —respondió Victoria. Debían darle prisa a ese asunto.
William tuvo que extender su brazo para que Emma lo tomara. La disconformidad en el rostro de ambos era casi palpable por Spencer y por Victoria.
—Nos veremos después... —pronunció William con una inclinación de cabeza.
—Usted también puede ir a pasear, tienen mi permiso —alegó la señora Malorie que sonrió y se retiró con presteza, tal como había llegado.
Entre Spencer y Victoria se había formado una barrera extraña por el comentario de otras personas. Ellos ignoraban lo que pasaba por la mente del otro.
—¿Quiere dar un paseo por el jardín? —inquirió Spencer, incómodo. Lo que quería era alejarse y no conocerla. Para qué conversar con alguien a quien ni siquiera se llevaría a la cama.
—Sí, milord.
Ella había aceptado porque le gustaba sufrir. Estaba acostumbrada a los malos tratos y al sufrimiento, tanto que no hacía mella en su pecho que la invitaran por obligación. Victoria ya comprendía que el conde buscaba una solución al problema que tenía.
La muchacha cogió el brazo de él. Se dirigieron hacia la salida que daba al jardín. Muchas personas paseaban por el sitio en busca de aire y de quitarse la máscara para no morir con tanto sudor.
—El marqués baila muy bien, milady —musitó Spencer. El silencio era incómodo.
—Al igual que mi prima, ¿no es así?
Spencer frunció el ceño al escuchar lo que ella le había dicho.
—Es cómo cualquier dama...
—Aja... Su señoría también es como cualquier caballero.
—Él no busca esposa...
—¿Y usted? ¿Qué busca? ¿Esposa o un poco de esparcimiento? —hostigó ante la réplica insulsa de su compañero.
—Lo que cualquiera busca. Una candidata a esposa con ciertos criterios a cumplir.
—Para los caballeros siempre es fácil todo. Están en la cima para poder escoger a dedo quien es mejor...
—No se trata de quien es mejor, milady, sino que quién es más conveniente. En ocasiones no importa toda la atracción que uno puede sentir cuando hay otros asuntos en medio.
—Soy capaz de entender eso. ¿Cuáles son sus asuntos, lord Nottingham?
Las cosas entre ellos se habían puesto tensas. No sabían qué los impulsaba a ser agresivos. ¿Por qué se increpaban?
—Dinero, milady. ¿Usted se casaría con alguien sin dinero? Sea sincera...
—No, no lo haría —respondió más calmada.
No podía juzgar su actuar u ofenderse por los pensamientos que él pudiera tener—.
Algún día me gustaría ser la dueña de un hermoso hogar, pero sé que mis posibilidades son pocas.
Tal vez encuentre a alguien que no se fije en lo que me falta, aunque sí en lo que tengo.
Él vio que la joven dirigía sus ojos al cielo como si pidiera un milagro.
—Milady... Yo...
Cuando él iba a dirigirle unas palabras ella se había tropezado.
El efecto de la caída lo había llevado a caer sobre Victoria.
En ese instante, toda su humanidad se hallaba sobre la figura de la joven.
Cuerpo con cuerpo y piel a piel. Spencer se había quitado la máscara y también quitó la de Victoria.
Bajo esa luna y sobre el rocío de la noche, Victoria estaba en una situación embarazosa con su hombre deseado.
Estar tan cerca era tan prohibido y no permitido que igual la exaltaba a seguir mirándolo y esperar algo que no sabía.
Al tiempo de que lo vio acercar su rostro al de ella, supo eso que anhelaba era un beso.
Sus labios hicieron contacto con los del conde haciendo que ella viera las estrellas de una manera distinta, romántica, poética y clandestina.
Esa boca se sentía fresca por el brandi o quizá por la humectación de su saliva.
Ese acercamiento podía matarla en el futuro porque no podrían estar juntos ni si lo desearan. Eran incompatibles.
Spencer había perdido la razón. Definitivamente la ocasión hacía al ladrón.
Una caída había sido suficiente para que él se hundiera en la tentación que representaba Victoria.
Se había dado cuenta de que alejarla de su mente sería algo más difícil de lo que pensaba.
Su pecho latía con fuerza antes del beso.
La sentía responder con temor a equivocarse, pero a él no le importaba su inexperiencia, se sentía extasiado con esa fluidez entre ellos, algo que nunca se volvería a repetir y que Spencer deseaba que se hiciera eterno.
En lugar de alejarse, él prefirió profundizar aquel beso y obligarla a perderse en esa danza demencial que podían hacer sus lenguas. Sin mucha cortesía, la cogió del cuello y con eso la obligó a abrir aún más ese lugar que Spencer quería seguir devorando sin vergüenza.