Familia Fane Capítulo 10
5%

Capítulo 10

Spencer se hallaba ultimando los detalles para su salida de esa noche en una mascarada.

Iría más por diversión que por otra cosa.

Pese a que recordaba que debía buscar una esposa, su mente parecía dispersa para tal fin.

Lo que él quería más que nada era ganarse el respeto de sus hermanas después de las barbaridades que su padre había dicho exagerando las situaciones.

Admitía haber malgastado un poco de dinero, pero tampoco se trataba de una fortuna.

En estos últimos meses que llevaba manejando el patrimonio familiar se daba cuenta de todo lo que su padre cargaba al hombro.

Él no dejaba de preguntarse por qué su padre no había dejado de sentirse ardiente por las damas.

No quería cinco problemas que no le hicieran caso.

Tenía tres que eran bastante buenas, pero las otras dos, parecían endemoniadas.

Con la más pequeña ni siquiera le tocaba el papel de hermano mayor, sino el de un progenitor.

En ocasiones se agobiaba pensando en las dotes.

Una esposa con una buena dote podía ayudarlo a sobrellevar la situación y también apoyarlo con la crianza de las niñas, mas eso significaba que debía dejar de lado su propia paternidad para no sobrecargar las arcas del título.

No podía darse el lujo de tener hijos, no antes de que al menos tres de las niñas fueran casadas.

Tenía tantos cuestionamientos en mente que no sabía qué camino tomar: el fácil que era intentar sobrevivir o el complicado, que significaba conseguir más dinero a través del matrimonio para suplir las deficiencias de cinco muchachas.

—Aquí está su máscara, milord —musitó Calvin que se la entregaba.

El joven conde suspiró y cogió lo que Calvin le daba.

—¿Y las niñas? —indagó.

—¿Quiere saber si duermen?

—No, solo quiero saber que tienen todas sus extremidades.

Apenas salgo y se adueñarán de todo. ¿Por qué, Calvin?

¿Por qué tengo que hacerme cargo del calzón ligero de mi padre?

Hacía lo que cualquier conde o noble de mi posición haría: disfrutar de su juventud, pero ahora me veo sepultado por un montón de tul, lazos, gritos, quejas, rebuznos y desafiantes enanas rubias.

—Convenza a la señorita Harting de regresar.

—Pero si no les ha enseñado nada.

—No puede con cinco, milord. Recuerde que la pobre debía ser niñera e institutriz. Es una mujer, no un pulpo. Debería contratar una niñera para las más pequeñas. Una con conocimientos, no cualquiera.

—Eso significa gastar...

—Antes no pensaba en gastar.

—Antes no estaba amenazado para casarme.

—Solo debe casarse para no triplicar la dote de sus hermanas. No sé cuál es la razón por la que dilata un matrimonio. Es cuestión de conseguir una mujer adinerada y educada. Aquí necesita orden —repuso su criado que lo ayudó a colocarse bien el pañuelo que tenía anudado en el cuello.

—Sí, sí, pero para agrandar mi mala fortuna conocí a una mujer hermosa, pero creo que no tiene dote porque vive con su tía.

—¿No lo sabe con certeza?

—No, solo lo presumo. Estoy casi seguro de que así es.

—Considero que debería preguntar de manera sutil si tiene dinero o no. Quizá usted se esté torturando en vano y ella nade en riquezas.

—Es cierto. Es mejor que acabe con mis dudas y sufrimientos.

Oh, me sentiré tan decepcionado si es así.

Supongo que será un castigo más de la vida.

Me quedará esperar al año siguiente para volver a buscar una esposa.

No estoy convencido, pero ante las preocupaciones de triplicar dotes prefiero compartir mi cama con una rica y bella mujer.

Su ayuda de cámara asintió ante lo que él había dicho y caminó tras él para acompañarlo a su carruaje.

—¡Qué atractivo te ves! —lo felicitó Rose que pasaba por el pasillo.

—Esas cosas no las debe decir una dama, Rose. Pensarán que eres una libertina —reprochó su hermano.

—¿Y qué hay de malo en ser una libertina? —preguntó Rose que le arrebató la máscara de las manos—. Nadie me conoce y puedo decir lo que guste.

Si bien Rose parecía la más buena de todas, comenzaba a pensar que perseguiría pantalones en el futuro. Al concluir eso le dio un dolor punzante en la cabeza.

—Las muchachas deben ser decentes. —Spencer le arrebató la máscara a su hermana para continuar su camino.

—¡Pero si yo quiero ser libertina como tú!

A Spencer parecía agarrarle un soponcio. Comenzó a abanicarse con su máscara ante la tontería que decía su hermana.

—Entonces quieres que hablen mal de ti y te juzguen sin derecho a defenderte. Rezaré para estar muerto en ese entonces, no soportaré ver a una hermana mía convertida en el hazmerreír de Londres.

—¿Tú eres un hazmerreír?

—Rose, para los varones es diferente...

—¿Por qué es diferente?

—Se me hace tarde. Calvin te explicará.

El rostro del sirviente era de asombro. Él no hablaría de eso con una de las damas de la casa.

—¿Me contarás un cuento antes de dormir, Calvin? —indagó la niña.

—No puedo comprometerme a eso, milady. Si sus hermanas llegaran a saberlo eso sería un problema, me matarían —respondió Calvin.

—Unas niñas no pueden matarte, Calvin... —discutió la muchachita.

—Quizá no con las manos, pero sí con el quebranto, Rose. Calvin tiene razón, no puede leerte el cuento.

Rose colocó los brazos bajo el pecho y siguió su camino hacia su habitación, enfurruñada.

—Necesito un viaje lejos... Que no sea la muerte porque temo encontrar a mi padre. —Spencer suspiró y continuó su salida de la casa.

Él tenía la firme decisión de divertirse, aunque su criado le dio una brillante idea para dejar de pensar de una vez por todas en la bella debutante lady Victoria Dankworth.

Si resultaba ser una joven adinerada su decisión de casarse con ella sería rápida y sin muchos preámbulos.

Agraciada, educada y joven. Daba la talla para lo que necesitaba en su casa, mas le resultaría imposible no hacerle muchos hijos con esa belleza tan exquisita.

Al final Spencer negó con la cabeza al descubrirse creyéndose casado con ella. Todavía había mucho que averiguar. Sus esperanzas aún seguían con vida.

***

William esperaba a Spencer en la puerta de la casa en la que se llevaría a cabo la mascarada.

Ambos habían decidido protegerse con la compañía del otro.

El marqués no estaba dispuesto a dejar a su amigo para ser abordado y tampoco dejaría que Spencer lo arrastrara a la tontería de conocer a las damas solteras que existían.

En ese entonces eran muchas esperando a pescar al marido ideal.

Él todavía se sentía libre como un pez. No dejaría que nadie lo pescara.

—Buenas noches, William —saludó Spencer que se había acercado a su amigo que se hallaba pensativo en un lugar.

—Spencer... Todavía estamos a tiempo de regresar a nuestras cuevas y vivir tranquilos.

—Hablas por ti. Yo vivo en el infierno. Para mí esto es la verdadera paz —mencionó burlón—. ¿Acaso temes encontrarte a la señorita Malorie?

—Por supuesto. Un caballero que se respeta siempre lucha por su libertad y no cae en los juegos, intrigas y maquinaciones que una dama o una matrona astuta dispongan.

Mi objetivo es continuar soltero hasta que Dios lo permita.

Siempre llevo la oración con fervor para que sea por mucho tiempo y lograr casarme con alguna huérfana.

—Estás enloqueciendo, William, es solo el mercado matrimonial, pero ni tú ni yo estamos para esas tonterías. Hoy nos divertiremos. Que se ilusionen las que gusten. No podemos ser culpables por partir corazones, mi buen marqués.

—¡Es exactamente lo pienso! —replicó William, efusivo.

Ambos rieron y se dispusieron a entrar al salón. La idea era que no reconocieran a nadie, mas los ojos de Spencer habían recorrido tan bien las facciones y el porte de Victoria que pudo reconocerla entre todas.

—Lady Victoria está junto a su prima —comunicó Spencer para que William lo escuchara. Vio que su amigo hacía muecas con la boca.

—Bien, entonces ese es el lugar que no pisaré. No hay forma de que me vuelvan a emparejar con la señorita Malorie. ¿Y si mejor me haces un favor?

—¿De qué favor se trataría? —curioseó Spencer.

—Que me cedas la cortesía de bailar con la joven y tú te quedes con la prima.

—No, no lo haré. Tengo un asunto pendiente con ella.

—¿Qué asunto podrías tener con una muchacha?

—Hagamos algo, si lady Victoria no tiene dinero, puedes bailar con ella...

—Qué cruel eres, pero me conviene. Es un trato.

—Así es.

—Ve a por ella, yo buscaré un refugio contra la madre de cierta señorita.

—Diré que estás saludando a otras personas...

William asintió ante lo que él había mencionado y después tomó el rumbo hacia la joven.

Victoria estaba a punto de quedarse sin ojos, pues estos saldrían rodando para buscar a lord Nottingham. ¿Era posible que no asistiera?

—¿Crees que lord Nottingham vendrá? —preguntó Victoria a su prima.

—No lo sé. Es probable. Espero que así sea y que tenga ganas de bailar conmigo en esta ocasión. A ti ya te ha consentido.

—Tampoco me ha consentido, solo ha sido amable...

—Buenas noches... —saludó Spencer para sorpresa de las muchachas.

Las dos se tomaron de ambos brazos. La ansiedad las había consumido al escuchar la voz del conde. Se apresuraron para efectuar sus reverencias.

—Buenas noches, lord Nottingham. Es un gusto verlo. No lo había reconocido —comentó Victoria que se había sonrojado detrás de la máscara.

—Es un placer saludarlo, milord. Me permito preguntar por su señoría —musitó Emma que tenía esa excusa para conversar, pues él iba solo.

—William está saludando a unos conocidos... —respondió.

La situación le resultaba un poco incómoda.

No podía invitar a una y dejar a la otra a su suerte.

Tendría que empezar con una de ellas y lo haría con la prima para poder comprometerse con un baile y después quedar de manera permanente con lady Victoria Dankworth.

Así podría despejar sus dudas sin limitaciones.

—En esta ocasión milady tendrá que disculparme, primero invitaré a la señorita Malorie para un baile. Es una pena que no pueda partirme en dos para atenderlas a ambas —glosó con coquetería.

Emma podía sentir que trepaba las paredes por la emoción. En esa ocasión le había ganado a la gracia y a la belleza de su prima. Por fin lo había conseguido.

La sorpresa le había comido la lengua de Victoria. ¿Había invitado a bailar a Emma y no a ella? Pasó días ilusionada creyendo que lo encontraría, tan solo para decepcionarse. En fin, tal vez otro quisiera divertirla.

—Victoria entenderá que hoy soy la afortunada de la noche... —alegó Emma que dio un paso hacia él.

—Es cierto, milord. Emma merece su grata compañía —manifestó con una falsa alegría.

—La veré más tarde, milady. Señorita Malorie... —Spencer extendió su mano para que la joven lo cogiera.

La vida no era justa con Victoria. Ella deseaba que se abriera el piso bajo sus pies al encontrarse sola sin que nadie le hiciera caso.

—¿Lady Victoria, es usted? —preguntó la voz de alguien que ella reconoció.

—¿Su señoría? —inquirió la joven.

—Es grato saludarla. ¿Ha visto a lord Nottingham? —inquirió el marqués al ver que ella estaba sola. Espió a Spencer y se sintió contento al ver que aquel llevaba a su problema hacia otro lugar y le dejaba abierta la posibilidad de acercarse a la dama en cuestión.

—Él acompañó a mi prima a una danza...

—¿Y la abandonó aquí? ¡Qué ingrato! ¿Me acompañaría a un baile, milady?

—Por supuesto, señoría —aceptó la muchacha. Al menos no se quedaría ahí parada como un florero enmascarado.

William extendió su mano para que Victoria la tomara. Le había tocado la buena fortuna esa noche. ¿Cuál había sido el plan de Spencer para invitar a la otra joven?

—Victoria, ¿dónde está Emma? —indagó su tía que la había atrapado antes de irse con el marqués. Ella lo había reconocido a la perfección. De ninguna manera su sobrina se convertiría en marquesa.

—Ella fue a bailar con lord Nottingham, tía. El marqués de Asthon al verme aquí solitaria decidió compadecerse de mí...

—¡Oh, qué caballero tan amable! ¿También se compadece de Emma cuando termine su baile, señoría? Ella ha estado esperando por usted todos estos días...

La máscara tapaba el rostro estupefacto de William. Era un hombre desafortunado.