Capítulo 9
Ese mismo día entrada la noche, las damas de la residencia Malorie recibieron a las amistades del señor de la casa.
Algunos de esos hombres eran personas agradables, mas no el señor Byron.
Desde tiempo atrás aquel se había vuelto más insoportable y eso se debía a su crecimiento.
Aquel no se había arrojado a sus pies por ser una niña, pero en ese entonces ya era una debutante y ese señor se había olvidado de su vergüenza en casa de su amigo.
—En esta ocasión debes ser más amable, Victoria —dijo su tía—. Recuerda que el señor Byron es un candidato.
No solo Victoria se había enfurruñado por lo dicho por la señora Malorie, sino que también su hija.
—Si ese señor se casa contigo, Victoria, olvida que te visitaré alguna vez. Ya no seremos amigas —alegó Emma. Ella tampoco soportaba a ese hombre.
—Jamás se me ocurriría eso. Prefiero morir antes de que él me llame esposa.
—Oh, qué exageradas. Era solo algo para dejarlas animadas. Tienes suerte de que tu tío te defienda, Victoria —pronunció la mujer.
Ella agradecía que al menos su tío que era bastante desinteresado la defendiera de aquel acosador.
El señor Byron comenzó a saludar a todos los que ya se encontraban en la casa.
Al ver a Victoria aquel se sentía maravillado.
Se le hacía hermosa y exquisita, tanto, que deseaba tenerla para él.
Por más que ella se comportara de manera esquiva, sabía que no podría negarse a todo lo que le ofrecería.
—Buenas noches, milady. Es un placer saludarla —musitó el señor Byron que cogió la mano de Victoria sin que ella se la ofreciera.
Por dentro, Victoria sentía asco y unas terribles ganas de vomitar, pero debía quedar ahí regia e impecable.
—Buenas noches, señor —respondió a su saludo.
La joven se alejó con diplomacia y se quedó junto a Emma.
Ellas preferían conversar de cualquier detalle o más bien soñar despiertas cuando fueran unas señoras de su casa.
Las dos trataban de llevar esa noche de la mejor manera.
Además, estaban decididas a no separarse, puesto que ninguna soportaba al señor Byron.
Tenían la misma percepción sobre él. Resultaba incómodo tener que convivir con aquel varias veces a la semana por la amistad tan íntima con el señor de la casa.
Cuando había llegado la hora de la cena, ellas solo escuchaban lo que los caballeros comentaban y lo que su tía decía para que no quedara como un adorno.
La verdad era que las tres terminaban como floreros en ese sitio, no tenían nada que hacer en reuniones económicas o de caballos. Era incómodo para todos.
Al acabar abandonaron la mesa y se dirigieron al salón. Emma bostezaba por el aburrimiento y Victoria la secundaba. Las dos se habían servido más de dos copas de jerez, por eso la señora Malorie las había reprendido.
—Madre, ¿ya nos podemos ir? —preguntó Emma, muerta de aburrimiento.
—Antes de que nos hagan pasar vergüenza es mejor que se retiren. Vayan a arreglarse para dormir. Victoria, ayuda a Emma y luego ve a tu habitación —ordenó su tía.
Al escuchar aquello, las dos se despidieron sonrientes.
Ya no deseaban estar ahí. Las muchachas subieron a la planta alta.
Victoria arregló a Emma para dormir y después se dirigió a su habitación.
Tuvo que pasar por el salón y notó que el señor Byron no le sacaba el ojo de encima al verla atravesando aquel sitio.
Esa mirada le daba escalofríos. Al menos esa noche estaba salvada y se quedaría durmiendo en su habitación, aunque antes leería un libro que tenía en sus aposentos.
Ella se colocó el camisón y se metió en la cama, muy cerca de la lámpara que alumbraba su lecho.
Le agradaba leer antes de dormir y también divagar hacia los sueños que tenía.
En un determinado instante, dejó de lado su libro y recordó la compañía de cierto caballero: lord Nottingham.
Debía esperar al próximo acontecimiento para volver a verlo.
No sabía con exactitud cuánto tiempo llevaría eso.
Después de quedar muy cansada, ella se había dormido con la lámpara encendida y el libro abierto.
En medio de la noche, la puerta de la habitación de Victoria se había abierto. En el umbral se podía observar a una figura oscura que deseaba introducirse en el lugar. Los pasos sigilosos quitaban cualquier sospecha de que alguien podría estar ahí.
De repente, Victoria sintió que le faltaba el aire. Alguien la había tomado desprevenida en su sueño. Al abrir sus ojos solo veía negro. Percibió que un gran peso se colocaba sobre ella y oía que respiraba con dificultad.
Quería gritar, pero no podía. Pataleaba para sacarse a quien fuera de encima. Estaba luchando contra algo desconocido que amenazaba su integridad. Entre su desesperación y pánico pudo lograr utilizar sus manos para enterrar sus uñas en el rostro de eso que la atacaba.
El gruñido de dolor por los arañazos la hizo darse cuenta de que era un hombre quien estaba ahí. Se alejó como pudo y comenzó a gritar.
—¡Cállese, milady! ¡No quiero hacerle daño! —exclamó la voz que ella reconoció como la del señor Byron.
A Victoria solo se le ocurrió tomar sus zapatos que estaban cerca.
—¡Lárguese! ¡Tío! ¡Tío! —gritó.
—¡Solo quiero que se case conmigo! —El señor Byron corrió hacia ella para atraparla, pero Victoria lo atacó con el taco de su zapato.
—¡Nunca! ¡Me da asco! ¡Tío! —insistió.
Ante eso no solo había llegado su tío, sino también sus otros amigos.
—¿Qué estás haciendo en la habitación de mi sobrina, Byron? —increpó el señor Malorie.
—¡Él me atacó, tío! ¡Me atacó! —alegó Victoria que corrió hacia él para abrazarlo.
—¡Estoy muy ebrio y he confundido el patio! Quería orinar... —mintió con descaro.
—¡Mentira! ¡Dijo que quiere casarse conmigo! ¡No lo permita, tío! ¡No lo permita! —rogó pegada a la figura de él.
—Tranquila, Victoria. Ve a la habitación de Emma y quédate ahí. Yo hablaré con Byron —dijo el señor Malorie, indignado.
Ella asintió y corrió hacia las habitaciones de la planta superior.
El señor Malorie cogió a su amigo de las prendas y vio que su rostro estaba curtido por los arañazos que le había dejado su sobrina.
—No volverás a mi casa, Byron. Esto es imperdonable...
Victoria rompió en llanto mientras subía las escaleras. Ahí se encontró con su tía que estaba descendiendo al escuchar los gritos de ella.
.
—¿Qué pasó, Victoria? Es tarde para estar gritando.
La muchacha no se detuvo a pensar en nada, solo quería un poco de seguridad. Abrazó a su tía por el inmenso temor que la recorría.
Danielle se había sorprendido con ese gesto se su sobrina.
—Ya, Victoria, ¿qué ocurre?
—El señor Byron entró a mi habitación cuando estaba dormida. Me tapó la boca y se colocó encima de mí.
Su tía la alejó de su figura y la miró como si estuviera horrorizada. Su sobrina no era la persona a la que más quería, pero todo tenía un límite.
—¿No te hizo nada? —indagó con preocupación.
—No, porque pude golpearlo...
—Gracias a Dios...
—Mi tío está con él en la habitación —contó todavía temblando por lo que había ocurrido. Nunca se había sentido tan insegura y temerosa—. Me dijo que fuera a la habitación de Emma.
—Ve ahí y yo hablaré con tu tío.
La señora Malorie alejó a su sobrina para poder continuar con su camino hacia donde se encontraba su esposo.
Antes de ir por el pasillo, vio al señor Malorie acompañando a quien fuera su amigo junto al resto de sus amistades.
El señor Byron al parecer había sido atacado por una fiera salvaje.
Al percibir que se estaba despidiendo de ellos, su esposo suspiró.
—¿Es cierto lo que ha dicho Victoria? —curioseó acomodándose el camisón por el frío que sentía.
—Estaba arañado. Es evidente que Victoria no fue a buscarlo para eso. Él entró a la habitación de ella y solo Dios sabe con qué intenciones. Estoy cansado de él.
—Sabes que no puedes cortar relaciones con Byron porque es tu socio y tiene gran cantidad de tu dinero.
—Tampoco quiero exponer a Victoria. Byron no entiende mis negativas con respecto a la niña. Hay que hacer algo con ella o tendremos muchos problemas.
—Lo que podemos hacer es encerrarla cada vez que venga y tú deberás darle una disculpa a Byron, aunque no lo merezca.
La joven no había ido a la habitación de su prima.
Estaba oyendo lo que conversaban sus tíos.
Ellos nunca la defenderían. Representaba una molesta piedra en el zapato.
El señor Byron regresaría y quizá en la próxima oportunidad lograra su cometido.
Esa casa nunca fue su hogar, mas lo había considerado algo seguro, pero no había dudas de que no lo era.
Al creer que había escuchado suficiente caminó hacia la habitación de Emma. Entró y se acercó a la cama. Sin decir nada, Victoria se metió bajo las sábanas y se pegó a su prima.
La otra muchacha se dio cuenta de que no estaba sola.
—Soy yo, Emma —comentó Victoria.
—¿Todo está bien? —preguntó Emma con voz pastosa.
—Ahora todo está mejor.
Ella abrazó a Emma y se acurrucó. Esa noche buscaba un lugar en el cual sentirse tranquila. Sabía que su prima era influenciada en muchas cosas por su madre, pero era una muchacha inocente y bien intencionada.
Le había costado mucho conciliar el sueño porque escuchaba ruidos en los pasillos o era posible que creyera que escuchaba sonidos.
Su espíritu estaba turbado por lo que había vivido.
Fueron los instantes más largos y terroríficos que le había tocado vivir.
No quería repetir esa terrible experiencia.
***
Pasaron unos días y a la residencia de la familia Malorie había llegado la invitación para la próxima mascarada.
—¡Una mascarada! —exclamaron Victoria y Emma al unísono.
—Tendrán que compartir prendas y máscaras —comunicó la señora Danielle. Ya había sido suficiente para boicotear a su sobrina. Ella era un problema en la casa y su esposo quería deshacerse de la joven a como diera lugar. Sus negocios pendían de un hilo a causa de la calentura del señor Byron.
Las dos niñas comenzaron a saltar tomadas de las manos. La emoción las recorría enteras. Bailes, fiesta y misterio, eran las premisas que tenían en sus jóvenes cabezas.
La idea de una mascarada hacía que Victoria olvidara por un instante lo que había ocurrido con el señor Byron un par de días atrás. Aquel no había vuelto, pero era cuestión de tiempo para que lo hiciera, pues era socio de su tío.
—¡Yo quiero la plateada con plumas rojas! —expresó Emma, feliz.
—Yo me pondré el que sea. Me encantan todos los que tienes, Emma —aseguró Victoria.
—Esperemos que Emma encuentre al marqués de Asthon y tú al conde, si te agrada —comentó su tía.
A Emma le había cambiado la expresión en el rostro. Cruzó los brazos bajo el pecho y mostró un rostro enfurruñado.
—Esperemos que así sea, tía. Emma está considerando al marqués como algo muy bueno...
—¡Esas son excelentes noticias! De ti depende que Emma vaya bien casada, Victoria.
Su tía había dejado sola a las muchachas y Emma con su gesto de molestia se acercó a Victoria.
—Eres buena mintiendo, Victoria —farfulló—. Ahora nunca me dejará en paz.
—Considera al marqués. Es muy guapo.
—¿Por qué no lo consideras tú?
—Si me ofrece matrimonio me arrojaré a sus brazos, pero mi tía me mataría. Su señoría ha sido escogido para ser tu esposo y no el mío. Después de lo que ocurrió con el señor Byron, me casaría con el primero que me propusiera casamiento.
Emma suspiró.
—Sabes que es un excelente candidato. Deberías esforzarte para apreciarlo mejor y no desperdiciar tu tiempo.
Es probable que con los años lo aprecies mejor si llegaran a casarse.
Sabes que no todos los matrimonios son por amor.
Lo importante es estar casada y regentar tu propia casa.
Imagina una gran mansión. Los marqueses tienen grandes mansiones y propiedades.
Todas pueden ser tuyas —siguió Victoria—.
La antipatía no es algo que no se pueda superar. Piensa en lo guapo que es.
—Atractivo y antipático. Una mezcla interesante, pero me aturde. ¿Sabes que prefiero estar quebrada con cinco cuñadas y con un esposo gracioso? ¿Crees que lord Nottingham pueda fijarse en mí?
No quería convertirse en rival de su prima por andar pensando en lord Nottingham, pero debía ser sincera, ella tenía posibilidades de ser una condesa.
—Yo creo que sí, pero tu dote debe ser jugosa...