Familia Fane Capítulo 8
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Capítulo 8

A Spencer se le había escapado una carcajada. Él no podía siquiera conseguir una esposa, menos conseguiría cinco. Lo más triste no era eso, sino que la mujer más bella, atractiva, educada, fina, divertida e inteligente era de escasos recursos o, más bien, una recogida.

Era la dama más inconveniente de todas, pero la que lo tentaba. ¿Cómo un vistazo había cambiado sus pensamientos? Estaba seguro de que pronto podría olvidar la fuerte impresión de conocer a Victoria.

—Eres ridículo, William. ¿Te pusiste a hacer más números? Cinco esposas son cinco riesgos potenciales de duplicar el problema y en lugar de tener cinco hermanas, tendré cinco hermanas y cinco hijas. Eso sería muy desgraciado.

El marqués levantó una ceja y no le había quitado razón a la lógica de su amigo.

—No lo había pensado así, pero tienes razón y múltiples pruebas que te avalan. Las generaciones tienden a repetir los errores de sus padres... Entonces... —William se detuvo un poco y sonrió—. ¿Puedo echar mi red hacia lady Victoria? Lo digo porque no es conveniente para ti...

El ceño fruncido de Spencer le indicaba que no estaba de acuerdo.

—No soy dueño de milady, pero ya veremos si la matrona y madre de la señorita Malorie te deja acercarte a ella. Entendí lo que esa señora quería.

—Y yo también por eso hui. La señorita Malorie no es para mí.

—El problema es que, si te quieres acercar a lady Victoria, necesariamente tendrás que pasar primero por las garras de la prima.

—Es un riesgo. Pensaré si quiero correrlo.

—¿A qué lugar iremos ahora?

—A tu casa. Tus hermanas deben estar dormidas a esta hora.

—Sí, deben estar descansando.

Los dos se dirigieron a la residencia de Spencer para beber un poco. Él no quería que sus hermanas lo vieran ebrio al llegar de cualquier lugar. Debía cuidar su vida, pues las niñas lo crucificaban sin tener nada en cuenta.

Ambos entraron a la residencia y vieron que frente a la chimenea estaba montada una sábana sostenida por cuatro sillas del comedor. También se oían murmullos que venían del lugar. Eso solo podía significar que las damas de esa casa no estaban dormidas.

—¡Qué hacen fuera de sus camas! —exclamó Spencer con la firme intención de asustar a sus hermanas.

Las cinco niñas gritaban e intentaban huir a trompicones. Se chocaban entre ellas, contra las sillas y una corría con la sábana blanca intentando quitársela.

Su amigo William no paraba de carcajearse por lo que estaba presenciando.

—Supongo que... necesitas a la señorita Harting —mencionó el marqués.

—Lo que necesito son grilletes para que se queden en sus habilitaciones para dormir —replicó—. ¡Kitty!

Kitty dio un respingo al escuchar su nombre.

—Eres la mayor de ellas, el ejemplo... —dijo Spencer.

—¡Ella quería invocar a nuestro padre! —confesó Meredith.

—¡No es cierto! ¡Estábamos contando historias de miedo! —reaccionó Kitty.

—¿Alguien puede quitarle la sábana a Eugenia? —pidió cansado.

Fanny le quitó la sábana a su hermana menor y la enfiló junto a las demás.

—No importa lo que estaban haciendo. Tienen sus horarios para dormir, pero apenas salgo y se pasan las instrucciones por las orejas —reprendió el conde.

—Solo queríamos jugar, Spencer... —contó Rose.

—No sé si querían jugar, creerse espiritistas o lo que sea. Están castigadas. ¿Qué vendrá mañana si no las castigo hoy?

—Eres un déspota —lo acusó Kitty, enfadada.

—No soy déspota. Solo trato de imponer el orden con el que se limpian los oídos.

Mañana desayunarán separadas y permanecerán cada una en su habitación hasta que yo las libere una a una.

Cuando las libere tendrán una hora para jugar y luego a retornar a sus aposentos.

No quiero que se junten para hacer boberías. Suban ahora mismo...

—Deberías traer a la señorita Harting otra vez —replicó Meredith.

—Sí, y también deberían cooperar y comportarse. Ustedes solo quieren a alguien a quien desobedecer.

—Y ese eres tú, Spencer —masculló Kitty.

—Para ti dos días, Kitty. Eres la peor influencia que Eugenia puede tener. Deberían preocuparse por la más pequeña y ser el ejemplo.

—Si seguimos tu ejemplo seremos alcohólicas —insistió la mayor.

—¡Tres días, Kitty!

—Suficiente, Spencer, o le sumarás un castigo perpetuo —musitó William.

—Ya váyanse... Tres días para la que rezonga —sentenció.

Las hermanas se retiraron en fila. Ninguna ni siquiera tenía puesto el camisón.

—Se te ha salido de las manos, Spencer. Necesitas de vuelta a la señorita Harting o te matarán.

El marqués sirvió dos copas de brandi y una se la entregó al conde.

Los ojos de Spencer estaban perdidos en el desastre del salón principal. No se había dado cuenta de que sus pies estaban liados en la dichosa sábana que habían utilizado las niñas para hacer sus travesuras.

—No creo que desee regresar...

—No por el mismo dinero. Tendrás que poner un señuelo más grande.

Tal vez algo como más dinero y una compañía para que atienda a las pequeñas.

Debes entender que Kitty y Meredith son más grandes que Eugenia, y esa última no puede tener la misma educación de las mayores.

Debe ser por partes, necesita una niñera.

—Tú pensando en hacerme gastar y yo sin un horizonte de duplicar dotes.

—Olvida eso por un minuto y encárgate de mantener a esos tesoritos con vida. Fueron divertidas. La cara de Kitty era todo un poema al escuchar tu voz —se burló William.

—Sí, esa era la cara de alguien que sabía que sería castigada. Es la más grande y no sirve de ejemplo.

—No deberías dejar toda la carga en sus hombros, también es una niña y está en edad de jugar.

—Ella es quien me ataca —farfulló enfadado.

—Son celos de las otras.

—¿Entonces las cuatro restantes no pueden sentir lo mismo?

—No lo sé. No tengo hermanas. Con las tuyas estoy aprendiendo.

—Mañana buscaré a la señorita Harting. No puedo creer que tendré que humillarme. A esto debo sumarle una niñera, pero primero esa bendita institutriz, y tú irás conmigo, William.

—Sí, sí. Me necesitas para todo y más para aconsejarte. Estaré encantado de pasarte mis honorarios.

***

Dentro del carruaje de regreso a la residencia Malorie, Danielle no dejaba de hablar de la gran suerte que había tenido Emma en esa noche al conseguir la atención de un marqués.

—Tu hija será marquesa, querido, te lo puedo asegurar. Nunca he visto a un caballero más dispuesto que ese para con una dama.

Victoria miró al rostro de Emma, y ella no concordaba con lo que decía su madre. Para su prima el marqués era un poco antipático, aunque a Victoria no le había parecido de esa manera.

—Eso sería estupendo... ¿Qué te ha parecido el marqués, Emma? —indagó su padre.

—Serio, poco deseable y apático —respondió sin rodeos.

—Pero qué tonterías dices, Emma. Era educado y sobrio —replicó su madre.

—¿Y qué ha pescado Victoria? Las niñas estaban con dos caballeros —curioseó el señor.

—Era el conde de Nottingham —contestó Victoria.

—Él sí era un amable y guapo caballero —suspiró Emma.

—No me digas que te ha agradado el conde —habló Danielle—. Tiene un rango inferior al marqués, pero si te agrada...

—Lord Nottingham tiene un gran problema o, mejor dicho, cinco.

Tiene en custodia a cinco hermanas —contó Victoria para espantar a su tía de aquel hombre.

Ninguna de ellas dos le hincaría los dientes a lord Nottingham, él era suyo, en su mente o hasta que otro apareciera y le pidiera matrimonio.

Ella podía tener un amor platónico, mas el que pidiera su mano sería el que se la llevaría. Necesitaba dejar la casa de su tía.

—¿Cinco hermanas? —indagó Emma, triste.

—Sí, cinco. Imagina cinco dotes...

—Está destinado a la pobreza en poco tiempo si no tiene buen respaldo. Es mejor que pienses en el marqués y dejes que Victoria siga soñando —recomendó la señora Malorie.

Era evidente que esa mujer deseaba lo peor para su sobrina.

Ni siquiera intentaba disimularlo. Sus golpes eran para matar, nada de tirar la piedra y esconder la mano.

Victoria ya se estaba acostumbrando, pero no quería vivir así.

Durante años anhelaba el momento de estar expuesta a los caballeros para salir de ese infierno.

Una vez en la residencia cada uno fue a su habitación.

Para ser la primera experiencia de Victoria en un baile, había quedado encantada, y no solo con todo a su alrededor, sino que también por la compañía de lord Nottingham.

Su inmediato rendimiento ante él tal vez se había dado gracias a que era el primer hombre al que había visto, aunque esa noche vio a otros más que la habían invitado, pero ninguno era como ese conde.

Bailaba con suavidad y su voz era gruesa, mas amistosa.

¿Sería posible que se volvieran a encontrar en otra oportunidad? Ella esperaba que sí.

Al día siguiente, Victoria y Emma siguieron conversando sobre la noche anterior.

Por más que Emma no se llevara una buena impresión del marqués, estaba segura de que volvería a aceptar un acercamiento y no era porque ella lo deseara de corazón, sino que sería porque su madre no podía dejar pasar tan buen partido como un marqués.

—Me sorprendió oír que el marqués no te resultó tan agradable —comentó Victoria para conversar con su prima.

—No es eso. Si bien no ha sido de mi agrado, me fijé menos en él porque lord Nottingham ha acaparado mi atención. Qué gracia, qué elegancia...

Emma suspiró y Victoria también lo hizo. Ambas suspiraron al unísono al recordar al conde.

Cuando Victoria se dio cuenta de que su prima seguía interesada en lord Nottingham quiso que se la tragara la tierra, pues no deseaba que eso siguiera, pero tampoco ella tenía asegurado nada. Era de las que no comía y tampoco dejaba comer.

—Es tan apuesto, pero nada conveniente para una dama —alegó Victoria, sugerente para que Emma se desalentara.

—Es cierto. Su señoría es más conveniente, pero entre él y yo no hubo ningún tipo de atracción. Todo había sido orquestado por mi madre. Lord Nottingham y tú se divirtieron bastante. Morí de envidia toda la noche.

—Milord es un excelente bailarín y alguien muy amable. Cuando comentó lo de sus hermanas, pensé lo mismo que mi tía: que quedaría en quiebra pronto.

—Imagina que esté quebrada, pero durmiendo a su lado...

—¡Emma! ¡Qué nadie te escuche! —Victoria se había sonrojado por lo que su prima había dicho. No quería imaginarlos en ningún tipo de momento.

—¡Era un chasco! No pasará. Estoy condenada a intentar pescar al marqués solo porque tuvo la mala fortuna de cruzarse en nuestro camino.

—Muchachas... —interrumpió la señora Malorie. Ella vio que ambas dieron un respingo, nada bueno hacían—. El señor Byron y otros amigos de mi esposo estarán aquí esta noche. Deben prepararse para cenar con ellos.

El asco no podía estar ausente en el rostro de Victoria. Odiaba al señor Byron. No le gustaba la mirada libidinosa que tenía hacia ella, le daba miedo, aunque más temor le producía que su propia tía la arrojara a sus brazos.

—¿Por qué tenemos que estar ahí? Son las amistades de mi padre, no nuestras. Es aburrido, madre —se quejó Emma.

—Hay que hacerlo y ya. Conversarán entre ustedes. A mí tampoco me entretienen los caballeros con sus charlas funestas sobre caballos —habló Danielle—. Están avisadas. Victoria, termina el peinado de Emma y deja el cotilleo, todavía hay mucho que hacer.

—Estoy acabando, tía.

—Estaba considerando invitar al marqués de Asthon, ¿qué piensan? Hay que aprovechar que está interesado en Emma.

—Madre...

—No quiero escuchar tonterías, Emma. Es un noble. Victoria, habla con ella. Convéncela de que considere a ese caballero, que no sea tonta. Hay que pensar en el futuro —siguió la tía.

—Sí, de eso estábamos hablando, tía —contó Victoria.

—Entonces continúen, pero no mucho, debes ser más breve, muchacha.

Danielle se había retirado tal como entró a los aposentos de su hija.

—¿No estarás pensando en convencerme de algo? —interrogó Emma.

—No, no puedo convencerte de nada. Solo hay que convencerla de que no estás interesada, pero creo que eso es imposible. Está completamente atontada con la idea de que seas marquesa.