Capítulo 6
Estaba siendo abandonado por la señorita Harting. ¿Qué tan difícil podría ser encontrar otra institutriz para sus hermanas?
—Está bien, señorita Harting. Si usted no quiere educar a mis hermanas, buscaré a otra persona que lo haga. Soy compasivo, por eso puede quedarse el tiempo que necesite, solo que seguirá prestando algunos servicios.
—No tengo problema, milord. Espero que tenga suerte en su búsqueda de una nueva institutriz que eduque a sus cinco hermanas por el dinero que yo estoy percibiendo.
—¿Insinúa que le pago mal?
—Le insinúo que son cinco y yo cobro por una. Con permiso, milord. Ayudaré a las niñas.
Un par de horas después, todas se presentaron para la cena y la única que estaba contenta era Fanny, las otras parecían estar en un velorio.
—¿Por qué Fanny tendrá muebles nuevos? —increpó Meredith.
—Porque ella se quedará en una habitación que está vacía y necesitará muebles. Cuestiona algo que no requiera de lógica, Meredith.
—Si ella tiene muebles nuevos, nosotras también los queremos. Nuestro padre siempre ha sido justo con nosotras —alegó Kitty, enfadada.
—Te recuerdo que él está muerto y ya no se puede encargar de ustedes.
Es una nueva era y deberán acostumbrarse a cómo dirigiré la casa.
Otra cosa que quería comunicarles es que la señorita Harting ha renunciado.
Debemos buscar a otra institutriz. Considero que ella no ha hecho un buen trabajo con ustedes. Son un perfecto desbarajuste.
—¿Por qué se va? —inquirió Rose, entristecida.
—Porque no puede con todas. Lamento decirles que han gastado la paciencia de su institutriz. Espero que se comporten en este tiempo en que buscaremos a una nueva.
Las niñas estaban indignadas, por lo que Kitty había decidido conversar con sus hermanas por la noche. Debían tomar una determinación con respecto a su hermano mayor.
***
A los pocos días, la señorita Harting había abandonado la casa, y a Spencer le sobraban problemas y le faltaban soluciones. Sus hermanas se habían enloquecido. Estaban descontroladas, corrían por la casa, peleaban, lloraban, gritaban. Él se hallaba al borde de la demencia.
—¡Spencer! —exclamó Meredith que entró con violencia al despacho.
—¡Ven aquí, Meredith! ¡Devuélveme el listón! —expresó Kitty.
—¡El listón es mío!
—¡No es cierto!
—Oigan, estoy trabajando —masculló Spencer que se había visto interrumpido por los gritos.
—Kitty quiere robar mi listón —acusó Meredith.
—¡Qué no es cierto, es mío, mentirosa!
—Entrégame eso —ordenó el hermano a Meredith.
—Me pertenece, Spencer —aseguró la mayor.
—Eso no puedo saberlo. Las dos dicen que es suyo. —Spencer se acercó a la crepitante chimenea y colocó el listón frente al fuego—. ¿De quién es el listón en realidad?
Las dos muchachas se miraron y se enfurruñaron.
—Sigo esperando una respuesta. Debo seguir haciendo números y no puedo si ustedes hacen escándalos. ¿De quién es?
—Es de Kitty. Le robé el suyo porque el mío se extravío cuando dejamos la otra casa —confesó Meredith.
—¡Lo oíste! ¡Lo oíste! —Kitty fue hacia la chimenea y cogió su listón.
—Bueno, Meredith, debo castigarte, pero no lo haré en esta ocasión.
Las llevaré a comprar algunas cosas para que no peleen.
Les advierto que solo cosas baratas, nada que supere mi presupuesto para ustedes.
Hay que ajustarnos a la nueva situación.
Si no quiero casarme tengo que triplicar la dote y eso no lo puedo hacer si cacarean en mi oído —farfulló tomando asiento.
—Deberías pedirle a la señorita Harting que regrese —sopesó Kitty.
—¿Esa altanera? No, gracias. Quiso irse y yo respeto su decisión. Ustedes son quienes deberían cooperar con las menores. Eugenia es como un tiro al aire
—No nos corresponde la educación de ellas.
Nosotras necesitamos que nos eduquen para que tengamos buenos matrimonios, pero a este paso estaremos aquí, en esta casa, seis solteros irremediables y poco educados.
Se supone que tienes que casarte, Spencer.
Quizá eso te ayude con la casa —propuso su hermana Meredith.
—¿Creen que una esposa puede solucionar el problema? —cuestionó.
—Las esposas traen dinero y ayudan en la casa, ¿o no? Es eso lo que necesitas, dinero y ayuda —sopesó Kitty en medio de una lluvia de ideas.
Para sorpresa de Spencer, él no había visto esas ventajas del matrimonio. No podía ser posible que sus hermanas fueran más inteligentes, aunque no le sorprendía la vivacidad de ellas, eran mujeres y no importaba la edad que tuvieran, siempre tenían algún truco para salirse con la suya.
—Creo que eso es demasiado profundo para ustedes. Vayan a sus habitaciones y avisen a las demás que saldremos.
Kitty y Meredith habían olvidado sus diferencias. Salieron corriendo llenas de emoción.
Spencer había cerrado la puerta y después se sentó en su asiento.
Colocó sus manos apretando su cabeza y se recostó sobre sus papeles.
En verdad estaba agobiado, pero no quería dar su brazo a torcer por la señorita Harting.
No deseaba rogarle para que lo salvara de la devastación que llevaban a cabo sus hermanas menores.
Había tenido que mediar en las cuestiones absurdas de la vida, incluso a quién le pertenecía el lugar más caliente cerca de la chimenea.
Su vida era un perfecto ejemplo de todo lo que estaba mal hecho.
Se había complicado la vida como solo él podía hacerlo.
Era cierto que la señorita Harting no daba abasto, pero por honor ella no regresaría y él por vergüenza no le solicitaría regresar y pagar más, aunque no podía decir que de esa agua no bebería.
A los diez minutos, tenía a las niñas prestas para salir y colocadas en fila. Cuando se trataba de hacer algo fuera de la casa, todo era distinto, eran obedientes, felices y divertidas.
—Solo cosas que no representen un gran gasto —reiteró antes de que subieran al carruaje.
—Sí, ya les dijimos que cositas pequeñas.
Cuando cumplamos dieciocho años tendrás que comprarnos todo lo caro.
Además, deberás darnos joyas, y seré yo la que empezará a lucirlas —comentó Kitty, orgullosa.
Sus otras hermanas hicieron gestos para indicar su fastidio, pero eso no había disminuido la emoción de la salida que les había prometido su hermano mayor.
***
La temporada social estaba iniciando y Victoria junto a su prima, asistirían a un baile íntimo, lo que significaba una buena iniciación para ellas.
Victoria arregló uno de los vestidos que había pertenecido a Emma para que quedara hermoso, aunque no les llegaría a los talones a los bellos y delicados vestidos que su tía le había comprado a Emma.
Ella primero había preparado a su prima para que estuviera lista, era una acompañante, doncella, confidente, criada, etc. Cuando fue a su habitación para colocarse el vestido que había dejado sobre la cama, lo había encontrado roto en algunos lugares.
—¿Cómo ocurrió esto? —cuestionó aterrada. Llevó su mano derecha a la boca y sintió unas palpitaciones en el pecho. Había invertido mucho tiempo en hacerle los ajustes y convertirlo en algo distinto.
Sollozó por un par de minutos y lloró sin saber qué hacer.
En su mente solo podía pensar que había sido su tía Danielle quien la había perjudicado de esa manera.
Trató de calmarse y prepararse de igual manera para asistir a la velada.
No le daría el gusto a nadie de verla infeliz y derrotada.
No, ella se mostraría regia e imponente pese a no ser nadie en la vida y a no tener nada.
Se sentó frente al tocador y comenzó su arregló.
Ella había conseguido un par de flores naturales para adornar su cabello.
Tal vez no tuviera un interesante tocado, pero tenía listones bonitos para colocarlos en su cabello.
Al acabar su arreglo, buscó otro vestido que pudiera ajustarse a esa noche.
Escogió uno en colores pastel. Ni siquiera era el vestido que una debutante debería usar, parecía una niña de trece años, pero no importaba, quizá con eso vendería inocencia.
Eso no incumbía, lo que deseaba era escapar de ese averno en el que estaba recluida.
—Victoria, estamos a punto de irnos sin ti —avisó Emma, ansiosa—. Es la primera vez que nos verán y... ¿Dónde está el vestido que me mostraste por la tarde? —preguntó al ver algo que era diferente a la vestimenta que le había enseñado antes.
—Supongo que a tía Danielle no le ha gustado mucho. Está rasgado y no me da tiempo de rehacer nada.
—Lo lamento tanto, Victoria, pero te igual de hermosa con este. Espero que no te desanimes. Es hora de irnos. —Emma la cogió de la mano para que fueran juntas.
Cuando la señora Malorie vio a su sobrina con un vestido común, se sintió satisfecha. No quería que aquella llamara la atención más que la majestuosa prenda de su hija.
Victoria vio el rostro triunfante de su tía y supo que lo hizo con mucha malicia, pero ella no dejaría que la vieran descalabrada y en la miseria.
—¡Ya estamos listas, madre! —anunció Emma—. Victoria y yo ya queremos partir.
—Está bien, suban al carruaje —dijo la mujer, sonriente.
La joven Victoria cogió del brazo a Emma y caminó junto a ella también con una sonrisa que partía su cara en dos.
—Suban, muchachas, suban —pidió el señor Malorie para que pudieran emprender el viaje a la residencia a la que irían.
Al llegar al sitio, Victoria cuestionó que fuera algo íntimo, pues la fila de carruajes en la estrecha avenida decía que había muchos invitados.
—¡Estoy tan emocionada, Victoria! ¡Es nuestra primera vez fuera de casa! —exclamó Emma.
—Sí, bailaremos mucho, ¿verdad? —replicó Victoria correspondiendo a la efusividad de la pobre Emma.
—Ya conocen las reglas, niñas. Deben comportarse. Emma, tú debes enfocarte en los mejores candidatos —alegó la señora.
—¡Lo único que quiero es ver cómo es un salón de baile! —replicó Emma sin mucha cautela.
Si Emma no se enfocaba en buscar un esposo, lo haría Victoria. Ella estaba desesperada y ya no podía tolerar la situación. Todo lo que había aprendido de las clases que había tomado Emma, lo pondría en práctica.
Cuando bajaron del carruaje, la tía de Victoria intentaba calmar el ímpetu de su hija para que diera la mejor impresión posible.
Emma no dejaba tranquila a Victoria y la llevó dentro del salón en donde ambas quedaron cautivadas por el lujo y la belleza de la residencia del lord Castleton.
Fuera de la residencia de lord Castleton y sin desear entrar se encontraba Spencer acompañado por William.
—Yo solo he venido a ver —comentó Spencer para que el marqués lo escuchara.
—Al igual que yo. Deberíamos entrar. Fue tu idea venir aquí. No quiero congelarme aquí en la intemperie. Todos saben que la casa de lord Castleton es un lugar fastuoso y que cada año se encarga de formar las parejas de la temporada.
—No estoy desesperado.
—Déjame decirte que te queda un año y diez meses para que tripliques la dote de cinco hermanas, no solo de una...
De cinco. Apuesto que el candidato que tendrá Eugenia será el más beneficiado.
Le quitas veintitrés años a la menos. Creo que es suficiente motivación para que aproveches para observar.
No hay apuro si en esta temporada nadie te agrada.
—William, no me tranquilizas. En qué problema estoy metido por causa de un viejo ardiente. ¿Cómo es que yo no sufro de esas cosas?
—Porque tienes muchas preocupaciones. Ya ni salimos juntos. Esta es la invitación más extraña que me has hecho en meses. Es como caer directo en un nido de víboras, pero hemos sobrevivido muchos años. Tal vez nuestras damas ideales estén naciendo, como le ocurrió a tu padre.
Spencer no estaba convencido. Fue ahí porque pensó en el beneficio de casarse, pero no quería hacerlo. Creía que era demasiado joven para atarse a alguien que quizá ya no le agradara con el tiempo.
—Está bien. A este mal paso le daremos mucha prisa. A cumplir se ha dicho.
Los dos caballeros fueron hacia la entrada. Ya dentro del salón ambos comenzaron a mirar. Los colores pasteles abundaban en las damas al igual que el blanco.
—Es una mala idea... Malísima —comentó Spencer, arrepentido—. William, mejor vamos... ¡William!
Él miró hacia donde su amigo lo hacía. Aquel tenía reflejada en la mirada a la criatura más hermosa del mundo, ¿quién era esa rubia de rostro inocente y mirada pícara?
Su belleza opacaba a cualquiera que se le acercaba.
En todos sus años asistiendo a los eventos, no había conocido a una criatura tan graciosa y llamativa.
—Estoy enamorado —bromeó William entre risas.
—Si miramos a la misma, debo decir que estamos enamorados....