Familia Fane Capítulo 5
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Capítulo 5

Spencer y sus hermanas estaban listos para partir a Londres un par de semanas después de la muerte de su padre.

William los acompañaría en el regreso. Él lo había ayudado en la convivencia con las niñas.

El problema eran los celos de Spencer, pues ellas lo veían más como un hermano que al verdadero hermano.

—Se acerca la temporada, Spencer. ¿En qué andaremos tú y yo? ¿Crees que este año no te casarás? —inquirió su amigo.

—No, lo creo. Quiero alargar mi soltería lo más que pueda.

—¿Asistirás a todas las veladas o seguirás yendo a White's con nuestras amistades?

Antes de responder, Spencer miró a su alrededor, tenía demasiados ojos puestos en él. Sus hermanas eran implacables cuando se trataba de sus vicios.

—A los salones, por supuesto —respondió—. Que acuda a un baile no significa que me casaré.

—Los que acostumbran a beber nunca cambian.

Tampoco tendrás esposa, Spencer, eso es demasiado para ti —masculló Kitty que no creía una sola palabra de su hermano.

Sabía que iban a Londres para intentar sobrevivir por su cuenta.

Él prefiero arrancarlas de su hogar para llevarlas a un lugar en donde estarían recluidas como gallinas en un gallinero.

—Lo someteré a votación, Kitty. ¿En qué cambiaría mi vida si me llegara a casar? —inquirió sarcástico.

—Spencer, no pelees, tiene trece años...

—musitó su amigo para que no le diera el gusto a Kitty de que lo vieran echando espuma por la boca.

En esas semanas en la residencia había conocido a las niñas y ya sabía qué esperar de ellas.

La mayor era una provocadora consumada y Spencer caía en todas las provocaciones porque quería defenderse sin argumentos.

—Trece años en el cuerpo, pero es una matrona insoportable en el alma —farfulló

La convivencia entre los hermanos era bastante difícil. Spencer esperaba que al estar en Londres las cosas cambiaran para bien. No deseaba un relacionamiento perfecto, pero sí uno que les permitiera vivir mejor, sin reclamos, sin sarcasmos y con un poco de cariño.

Cada uno llevaba un libro para distraerse. Las niñas más pequeñas iban acompañadas por la institutriz en otro carruaje y las mayores iban con Spencer y William. Ambos no podían conversar sobre sus actos sinvergüenzas. Todo lo que era divertido estaba prohibido.

—¿Y usted no se casará, su señoría? —preguntó Meredith, curiosa.

—Yo...

—Meredith, dime con quién andas y te diré quién eres. Si su señoría es amigo de Spencer, es evidente que siente temor por el matrimonio. No se casará —intervino Kitty.

—Nunca lo había pensado así, milady, pero todo tiene sentido. Yo no tengo hermanas ni obligaciones con nadie más que conmigo mismo. Eso hace que no sea culpable de nada ni por nadie. ¿Verdad? Estoy exonerado de culpa y pena —manifestó William.

—No le des explicaciones de tu vida a mis hermanas, William. Deberían preocuparse por quien les dará de comer...

—Es tu obligación como hermano mayor. Cuidar y mantenernos con vida es tu objetivo. También debemos estudiar. La señorita Harting no da abasto con nosotras. Deberías contratar a otra institutriz —comentó su hermana Kitty.

—No, no, no. No puedo darme el gusto de gastar tanto. Dividiremos los horarios para que todos estudien con la señorita Harting. Tendrá que poder con todas. Si yo puedo, ella también puede.

Él no pensaba gastar más en una institutriz.

Tenían una y a ella le quitarían el máximo provecho.

Tenía que duplicar dotes. No podía darse el lujo de colocar una institutriz por niña.

Las mayores deberían apoyar a las más pequeñas con sus conocimientos y eso era lo que él propondría a la señorita Harting, aunque si ella le pedía demasiado dinero le tendría que decir adiós.

Para Spencer todo era un gasto. Cinco hermanas, cinco habitaciones en una posada, cinco comidas, o sea, todo multiplicado por cinco.

¿Cómo había hecho su padre para no pensar siempre en ese número?

Era evidente, los números fueron subiendo con los años.

Del uno al cinco había unos cuantos. Sus hermanas se llevaban dos años entre ellas.

Cuando él iba a ver a la primera, ya estaba la segunda, para la visita de la segunda, se hallaba la tercera, y así de manera sucesiva.

En ocasiones no sabía si todas esas niñas en verdad eran sus hermanas, pues su padre era un hombre ya entrado en años y sus esposas bellas jóvenes.

Era un adicto al matrimonio. Él prefería coleccionar esposas que buscar alguien con quien divertirse.

Le costaba creer que su padre fuera tan fructífero.

Estaba lleno de hijos. Esperaba que él no corriera con esa pésima fortuna.

Si se casaba no quería llenarse de niños y tampoco pensaba en hacerlo más de una sola vez.

Nadie merecía castigarse con más de una esposa.

Spencer y William dejaron a las niñas en sus habitaciones para que las cuidara la institutriz, mientras ellos bajaban al comedor de la posada en la que se quedaban para descansar en su camino a Londres. Ambos pidieron alcohol para tomar.

—Todavía no has empezado y las cosas no se ponen fáciles para ti, Spencer. Kitty te devorará.

—No pienso dejar que una niña con desconocimiento de la vida me venza.

Ya estarán en mi territorio y bajo mi tutela, esas alas se las voy a cortar.

La próxima vez que me visites la encontrarás mansa como un pajarillo.

Es tiempo de corregirla, porque si no lo hago ahora, no se casará.

Nadie quiere una futura esposa como ella.

—Tienes razón, aunque yo creo que tu hermana Kitty siente celos de las demás.

—¿Celos? No, ella me odia.

—No, siente celos, te lo puedo asegurar, por eso es que no cree en ti. Es conveniente que te ganes su cariño como primera medida para ayudarla a mejorar.

—No sé si me interesa eso. Lo único que quiero es que reprima su lengua antes de que yo le oprima la garganta.

Ellas no me dejan pensar y me presionan.

Piensan que estoy sumido en la dependencia del alcohol y el opio, pero no saben que es eventual, no a diario.

Mi padre ha hecho tanto daño antes de morir, que lo sigue haciendo después de muerto con sus absurdas disposiciones.

¿Qué pasa si no cumplo? ¿Acaso vendrá del más allá a estirarme una pierna para asustarme? Es ridículo.

Spencer se sentía en casa al ver los primeros vestigios de Londres.

Eso le devolvía la confianza en su propia existencia.

Presentía que podría controlar a sus hermanas.

Él estaba en su territorio y ellas no, por lo que dependerían de su generosidad y de sus aprobaciones.

Juraba que podía sobarse las manos como una mosca para poner en su lugar a cada niña.

Él observaba que sus hermanas más grandes miraban con curiosidad cada cosa. Ellas vivieron alejadas toda su vida. No conocían algo diferente a su condado y al pueblo. La vida sería distinta para ellas en todos los aspectos, pero ahí aprenderían a respetar a su hermano.

Los carruajes pararon frente a la residencia de Spencer y tanto las niñas como los caballeros comenzaron a descender.

—Quiero que todas las ladies escuchen lo que tengo que decirles —pronunció Spencer, sonriente, al ver que todas se reunían cerca de él incluyendo a la institutriz y se decidió a continuar—. Hay solo cuatro habitaciones. Una de ustedes tendrá que compartir su habitación con la otra —anunció.

Las cinco, incluyendo a la más pequeña, Eugenia, parecían horrorizadas.

—Deberías comprar una casa más grande, Spencer —razonó Rose, molesta. No quería compartir habitación.

—El dinero no crece en los árboles, Rose.

Lo que debería ocurrir es que tenga menos hermanas —bromeó.

A ninguna de ellas le agradó la broma—. La que no consiga habitación en la planta alta, se quedará en el área de la servidumbre.

Recuerden que no pueden contar mi habitación ni la que pertenece a la futura y desconocida condesa.

Cuando se abran las puertas, recomiendo que corran para coger una.

William miraba a Spencer como si estuviera loco. Lo único que lograría con eso, era enemistar a sus hermanas y también acarrear un problema que no debería tener.

Cuando Calvin abrió la puerta, las niñas lo embistieron sin piedad y corrieron hacia las escaleras. Era evidente que las más grandes conseguirían los mejores lugares o al menos tendrían habitaciones.

Frente a la residencia, Spencer se desternillaba de la risa.

—Te vas a meter en un problema, Spencer. Estás iniciando con el pie izquierdo —advirtió el marqués—. Me voy a casa.

—Está bien, pero recuerda que tú me acompañarás a los bailes. No te hagas el tonto, ¿entiendes? —espetó Spencer.

—Sí, pero recuerda que no me casaré todavía. No estoy tan desesperado.

—Y yo tampoco. Tengo unos meses más de gracia y los voy a aprovechar para disfrutar de lo último que queda de libertad antes de la prisión perpetua.

—Lo lamento por ti, querido amigo. Te veré pronto.

William esperó a que su carruaje dejara los baúles de las hermanas de Spencer para poder retirarse.

—Su señoría tiene razón, lord Nottingham. ¿Por qué tortura a sus hermanas? —cuestionó Calvin.

—Porque me divierte. Ya es momento de que yo esté en mi territorio y obtenga ventajas.

Después de que Spencer entrara a la casa, escuchó el llanto desconsolado de una de las niñas que se había quedado sin habitación.

Calvin lo miró reprobatorio. Llantos y frustración era lo único que podía esperar con su actitud vengativa.

—Solucionaré el problema —dijo Spencer para que su ayuda dejara de mirarlo así.

Fue escaleras arriba y encontró a Fanny llorando en el pasillo. Era la única que no había podido conseguir una habitación.

—¿Qué pasó, Fanny? —preguntó su hermano.

Ella no levantaba la cabeza, solo lloraba. A Spencer le dolía que Fanny no fuera tan hábil como las otras incluida Eugenia que era la más pequeña.

—¡Me tropecé en las escaleras! —gritó después de un rato.

Spencer alzó a su hermana en brazos y la escuchó llorar desconsolada.

Era evidente que no le daría la habitación de la servidumbre a una de sus hermanas favoritas.

Si Kitty hubiese sido la perjudicada no movería un dedo para salvarla del área de servicio hasta que pidiera disculpas, pero no quería eso para Fanny.

—Lo solucionaremos, Fanny. Te mostraré algo —comentó Spencer, sonriente, aunque su hermana no dejaba de llorar. Caminó por el pasillo y abrió una puerta—. Mira este lugar, aquí será tu habitación.

Fanny echó un vistazo, pero se puso a llorar con más fuerza al ver que ese lugar estaba casi vacío. Tenía una mecedora para niños y nada más.

—Tú tendrás una habitación nueva. Esta era mi habitación de juegos, pero ahora será tu lugar. Los muebles serán nuevos para ti, pero por el momento ocuparás la habitación de la condesa, ¿te gusta, Fanny?

—¿En verdad? ¿No seré la sirvienta?

—Nadie dijo que serías parte de la servidumbre. Eres mi hermana, una lady. Por supuesto que no te dejaría abandonada ni haciendo cosas para las que no estés preparada.

—¡Sí! ¡Sí! Les diré a las demás que tendré la mejor habitación. ¿Quién dice que es malo perder?

Su hermana se apresuró para bajar de los brazos de su hermano y corrió hacia las demás puertas para levantar la envidia en las otras y asegurar que era la favorita.

En ese momento esperaba que el mayor problema fuera la envidia. Dio indicaciones a sus empleados para que llevaran los baúles escaleras arriba y que vieran a quien le pertenecía cada cosa.

—Lord Nottingham, no debió hacer nada de esto. Usted hubiera designado las habitaciones para que no se frustraran —habló la señorita Harting.

—Señorita Harting, usted debería ayudar a mis hermanas a gestionar sus emociones.

Son criminales y eso se debe a la falta de educación que tienen.

Quiero saber qué les ha estado enseñando durante estos años.

Eugenia es una enana engreída y prepotente; Fanny es de carácter débil, Rose es demasiado buena para pertenecer a esta familia, Meredith es una arpía y Kitty es una culebra ponzoñosa y despiadada. Dígame, señorita Harting...

—Yo me ocupo de las materias, milord. De lo correcto e incorrecto, pero lo emocional es algo familiar. No puede culparme por las locuras de sus hermanas.

—No puede darme excusas, señorita Harting, quiero a mis hermanas mansas como corderos. ¿Cómo lo hará?

—¿Por qué mejor no lo hace usted? Renuncio, milord. Nadie insultará mi trabajo y experiencia. Espero que le vaya muy bien con sus hermanas. Lo único que le pediré es que me deje unos días hasta que consiga un lugar a donde ir aquí en Londres.