Capítulo 4
Londres...
Lady Victoria Dankworth vivía en casa de sus tíos maternos.
A la muerte de sus padres, terminó viviendo en una mansión junto a los parientes burgueses de su madre o, mejor dicho, con su tía, pues el que terminó heredando el título de padre se había desentendido de ella y para su comodidad la dejó con el señor Malorie.
Ella y su prima Emma Malorie tenían la misma edad y ambas debutarían, mas no tenían las mismas oportunidades.
A Victoria no le daban lo mismo que a Emma.
Las trataban diferente, no tenía los mismos vestidos y le encargaban cosas como si fuera una doncella, porque debía pagar lo que comía en esa casa.
No tenía una dote, solo su belleza que había sido heredada del lado de su padre y eso desató la envidia por parte de su tía Danielle.
Con Emma no tenía inconvenientes, aquella era dulce, buena y reservada. No la trataba como una criada.
—¡Debutaremos, Victoria! ¿Lo imaginas? Tú y yo en grandes bailes — expresó Emma que rebosaba de felicidad.
—Eso sería hermoso, pero no sé si mis tíos me dejarán ir...
—¡Por supuesto que sí! No podrán truncar tus oportunidades y yo me encargaré de eso.
—No tengo buenos vestidos, Emma, ¿cómo iré a algún baile?
—Podríamos transformar un viejo vestido en uno muy hermoso para ti. Cuando salgamos a la modista, compraremos unas telas y ya verás que haremos cosas maravillosas. Debemos guardarlo muy bien para que mi madre no lo vea. A veces tengo miedo de su reacción.
—Y yo más. Si me echa de aquí, me moriré de hambre.
—Quisiera que te trataran mejor —musitó su prima.
Victoria lamentó que la tuvieran viviendo como si fuera de la servidumbre.
Llevaba cinco años en esa casa y las cosas no parecían mejorar.
A ella siempre le daban lo que Emma ya no utilizaba y con eso se conformaba, pero anhelaba salir de esa casa.
No era la vida que la hija de un conde debería llevar.
Su situación era frustrante y humillante, pero le daban techo y comida.
Victoria oyó los pasos de su tía y rápidamente abandonó su cómoda posición en la cama de su prima. Se colocó tras Emma y comenzó a arreglarle el cabello para fingir que hacía algo.
La puerta se abrió y pudieron ver a la señora Danielle Malorie entrando a la habitación.
—¿Qué hacen, niñas? —indagó sonriente.
—Victoria y yo conversamos sobre nuestra presentación. Estamos muy entusiasmadas, madre —contó Emma, sonriente.
—Por supuesto que sí. Con tu padre hemos pensado renovar tu guardarropa para la temporada que viene. Mañana iremos a la modista.
La pobre Victoria trataba de no respirar demasiado por si su tía tiraba alguna orden contra ella.
—¿Y mis prendas viejas? —inquirió Emma.
—Las donaremos a la caridad —alegó la mujer.
—¿No son para Victoria? —curioseó la joven.
La tía de Victoria levantó su mirada hacia la muchacha.
—No, Victoria tiene buenas prendas que le has estado regalando por años. Se acomodará con eso. Sabe que no tenemos dinero para encargarnos de dos muchachas en edad casadera —replicó la señora Malorie—. Victoria querida, retírate un momento...
Victoria asintió y salió de la habitación de Emma.
Cuando Danielle se dio cuenta de que su sobrina salió, se sentó junto a su hija en la cama.
—No le daremos más cosas a Victoria. Tú debes casarte primero y con el mejor candidato, Emma. Ella puede esperar. Lo único que no quiero es que te robe las oportunidades.
—Sé que Victoria es mucho más bonita, pero no me importa, quiero que tenga lo mismo que yo para nuestra presentación. El caballero que quiera casarse conmigo lo hará con o sin mi prima junto a mí. Tengo fe en mí y quiero lo mejor para ella.
—Qué generosa eres, cariño. Veremos qué ocurre...
La joven Victoria fue a su habitación que estaba junto al área de la servidumbre. Cada invierno pasaba mucho frío si no dormía con su capa, eran tacaños con la leña para las chimeneas y por eso ella debía dormir con varias prendas.
Se sentó frente al viejo tocador de Emma y se observó en el espejo.
Su pelo rubio, sus ojos azules y sus labios color cereza eran envidiables.
Ella suponía que con eso podía pescar a un buen candidato.
Rezaba para que un guapo caballero la salvara de la miserable vida que llevaba como doncella en esa casa.
Victoria estaba lista para grandes cosas, y eso no era sacudir las camas ni barrer los pasillos.
Vendería su alma por una oportunidad de ser feliz.
Una vez que pudiera salir de las cuatro paredes de esa prisión alcanzaría una gran satisfacción.
Deshacerse del yugo de su tía era un sueño que necesitaba que se hiciera realidad antes de enloquecer.
Sobre las prendas viejas de Emma quiso pensar que se las entregarían, pero su tía Danielle no estaba dispuesta a dejar que ella eclipsara a Emma.
Su prima no era tan agraciada como ella, comenzando por el cabello.
Emma lo tenía negro como la noche, sus ojos eran marrones y tenía una nariz aguileña como la de su padre.
Mucho del maltrato que recibía era a causa de su belleza.
No sabía si eso sería suficiente para atraer a alguien sin el atractivo de una dote.
Debía buscar al heredero de su padre para que le diera eso para poder tener una oportunidad de progreso.
Victoria no quería ser una simple criada, deseaba ser la señora, una lady de su casa que procuraba consentir a su esposo.
Esperaba que sus habilidades en el pianoforte todavía continuaran intactas.
Ella practicaba cada vez que los dueños de casa salían.
De otra manera, no la dejaban siquiera desarrollarse.
—Lady Victoria, lady Victoria —llamó una criada a la puerta de la joven.
La muchacha se levantó del tocador y acudió a la puerta.
—¿Qué sucede, Petra? —interrogó.
—Ha venido James Byron. Le sugiero que no salga. Ya sabe que es impertinente, milady.
—Por supuesto que no saldré de aquí. Si alguien pregunta por mí, di que estoy con unos retortijones que ni Dios puede parar, ¿está bien?
—Sí, milady —dijo Petra.
Con eso al menos disminuiría su agonía. James Byron pensaba que podía propasarse con la servidumbre, mas ella no estaba dispuesta a dejar que le hicieran daño.
Cuando Victoria podía quedarse en su habitación, ella aprovechaba el tiempo para leer y educarse como mejor pudiera, por más que las dos habían tomado clases con una institutriz, a ella la ponían a trabajar en lugar de estudiar en varias ocasiones.
Eso hacía que sintiera más rechazo por sus familiares, aquellos deseaban que no prosperara, pero de alguna manera ella debía salir de ese sitio y buscar una verdadera vida.
Cada noche soñaba con su libertad. ¿Cómo podría hacer eso?
Había pensado en múltiples cosas, desde robar algo valioso y escapar, hasta arrojarse de la segunda planta.
La última opción era solo en momentos en que su mente se nublaba por completo.
Pese a su miseria, amaba la vida y creía que todo podía ser mejor.
En ocasiones quería confiar en Emma, pero no siempre podía, pues temía que aquella la traicionara.
No podía hablar mal de su tía ni decir lo que pensaba sobre su posición dentro de la casa.
De lo único que conversaban era sobre lo que Emma podía comentar.
Trataba de mantener sus pensamientos lo más oculto posible por más que su prima le demostrara que era buena o al menos distinta a sus padres.
—¿De nuevo aquí? —preguntó Danielle al entrar a los aposentos de Victoria—. Hay visitas. Como parte de la familia deberías ir al salón. El señor Byron quiere saludarte.
—Pero yo no quiero saludarlo. No me agrada —replicó.
Su tía respiró como lo haría un toro furioso.
—Él puede ser una opción para ti. Tiene mucho dinero, Victoria —manifestó Danielle.
—Para mí no es una opción, tía.
—Para mí sí y por eso irás al salón a presentarte. Lo escucharás y sonreirás para él. Espero que en algún momento pida tu mano. Vamos, Victoria, no lo hagas esperar. Las oportunidades no crecen en los árboles.
Victoria tuvo que dejar su libro a un lado para seguir a su tía.
Danielle urgía por deshacerse de su sobrina. Ella tenía miedo de que Victoria le quitara los mejores candidatos a su hija. Lo mejor era sacarla del camino y casarla con el primero que la viera y que no tuviera un título que su hija pudiera aprovechar.
Al llegar al salón, Victoria tuvo que saludar al hombre. Le había dado su mano para que la besara.
—Oh, lady Victoria, es un placer verla siempre... —musitó James Byron que la miraba de pies a cabeza, sus ojos grises eran arrogantes y libidinosos.
—Gracias, señor Byron.
Ella tomó asiento. Miró a su tío y sintió que su tía se sentó a su lado.
A Emma no la exponían frente a aquel amigo del dueño de casa, solo a ella.
Que Dios le diera la paciencia suficiente para no morir de rabia.
Necesitaba huir de ese infierno. No sabía si podría continuar.
Su esperanza estaba en insistir con una carta a su antigua casa.
El conde de Sharp debería hacerle caso. Deseaba que la tomara en cuenta después de tantos años.
Precisaba su dote y otro techo, o al menos el techo.
Tuvo que soportar la plática del hombre y no solo eso, sino también las miradas que le dirigía.
Su tía le codeaba cada vez que el hombre hacía alguna gracia para que ella sonriera.
Hacía tanto esfuerzo para sobrevivir, tanto que estaba desesperada.
Se alegró cuando él dijo que se retiraría, ese fue el momento exacto en que su sonrisa era sincera.
—Me retiraré a la habitación —avisó Victoria a sus tíos.
—No, querida. Hay sábanas limpias que colocar en la habitación de Emma y también debes guardar las prendas viejas que donaré. No te quedes con ninguna —advirtió su tía.
—¿Por qué no me las da? ¿De qué tiene miedo?
El señor Malorie miró a su esposa y frunció el ceño.
—Pensé que las prendas viejas se las darías a Victoria —habló el hombre.
—Tiene muchos vestidos, querido. Victoria no tiene espacio.
—Pues que regale las prendas viejas y use las de Emma. ¿Queremos que se case o no? —increpó a su esposa—. Si la vistes con harapos no conseguirá esposo.
—Será como tú digas, cariño. Haz lo que dice tu tío, Victoria —masculló la mujer de pésimo humor.
La joven asintió y se retiró para buscar las sábanas.
La señora Malorie miró a su esposo.
—¿No le has preguntado al señor Byron si quiere casarse con ella? Ya quiero deshacerme de Victoria. No deseo que haga sombra a nuestra hija.
—No le pregunté, ni le preguntaré. Es un hombre sucio del que quiero librarme. Victoria es una buena muchacha no quiero que vaya con ese desgraciado. ¿Lo entiendes? Deberías ocuparte mejor de ella.
—La querré el día en que Emma se case. No quiero que Victoria vaya mejor casada que mi hija.
—No tiene dote, ¿qué piensas que se llevará? Con suerte otro burgués se casará con ella. No creo que consiga a un noble por más que sea hija de uno.
—Deseo que Emma sea una lady. Es lo que más deseo y lo conseguiré.
—Recuerda que Emma y Victoria no están en igualdad de condiciones. No tienes razones para humillar a una joven desprotegida.
—Es mi sobrina y haré lo quiera con ella. Mi hija es primero.
Él vio que su esposa se retiraba. El señor Malorie ya estaba cansado de su esposa y de los malos tratos a los que sometía a Victoria.
Se veía obligado a tomar cartas en el asunto antes de que le llegara la hora de rendir cuentas.
El antiguo heredero del padre de ella había muerto y esperaba que el nuevo poseedor del título quisiera hacerse cargo de Victoria.
Ya no quería tener a esa niña preciosa paseando por su casa, no solo por la tentación que representaba para sus amistades, también por su propia seguridad.
La sonrisa de Victoria partía su cara en dos.
Tendría esos vestidos viejos y los convertiría en otra cosa.
Estaba tan contenta. Trataría de quitarles el mayor partido posible.
Agradecía la intercesión de su tío. Él por lo general prefería no opinar, era taciturno y poco participativo en cualquier actividad de su esposa.
Sabía que podía defenderla más, pero eso sería abusar de su suerte.