Capítulo 3
Los diez ojos de sus hermanas no lo perdían de vista como si fueran aves de presa. Esa mesa a la hora de la cena era como si estuvieran por cenarlo a él. Se sentía incómodo al sentarse a la cabeza de la mesa. Ellas no lo aprobaban.
—Gracias al Señor por nuestros alimentos —pronunció Spencer, nervioso.
El silencio en el lugar era imperturbable. Solo el chiflido de un intento de carcajada de parte de Calvin se podía oír a la espalda de Spencer.
Las niñas comenzaron a comer. El tintineo de los cubiertos contra los platos provocaba más incomodidad a Spencer. Aquellas lo castigaban con el mutismo.
—¿Nos llevarás a Londres? —inquirió Rose para romper el hielo entre todos.
—No lo sé. Veremos qué ha dispuesto nuestro padre para ustedes —respondió, cariñoso.
—Supongo que todas debemos seguir las órdenes de un muerto, pues tú no eres capaz de tomar decisiones para tus hermanas —farfulló Kitty que golpeó sus cubiertos con rabia contra su plato.
—¿Es lo que crees? ¿Quieres que en verdad sea severo contigo, Kitty? Es mejor que no pidas cosas de las que puedas arrepentirte.
—Defiendo nuestros intereses por encima de los tuyos porque tú no velarás por nosotras. A la primera oportunidad que tengas, nos dejarás a nuestra suerte. Ni siquiera puedes cuidar de ti, mucho menos lo harás con nosotras —acusó regia, insistiendo en esa idea.
—Me tienes poca fe, Kitty, pero te dejaré con la boca abierta, lo juro. Te tragarás todas tus palabras cuando te demuestre que puedo cuidar con éxito de ustedes. Eso significa mantenerlas con vida.
Kitty lo miró, desafiante, pero después prefirió continuar con su cena.
Las otras no querían intervenir en la discusión, preferían alimentarse en paz, pero ella no.
No podía evitar mostrarse escéptica ante la responsabilidad que podría demostrar su hermano.
Sus años de ausencia y la decepción en su padre solo le habían transmitido preocupaciones.
Además, él ya no se acercaba a ella como antes, como cuando tenía la edad de Fanny o Rose. Spencer al parecer tenía favoritas.
Spencer pensaba en lo bien que le salía a Kitty la función de irritarlo.
No había dejado de atacarlo. Ella lo golpeaba sin piedad y era a causa de la propia edad sumando a las perversas enseñanzas de su progenitor.
Debió acceder a venir semanas atrás. Si lo hubiera hecho quizá ellas no pensarían que era un alcohólico irresponsable que las mataría de inanición.
Al acabar cada uno fue a su habitación. Spencer acudió a la suya y pese a que la chimenea estaba encendida, él sentía que aquel lugar estaba helado, tan helado como el corazón de Kitty.
—No voy a dormir aquí —sentenció.
Pero si no dormía en esos aposentos, ¿en dónde lo haría? Tal vez dormir con su sirviente no fuera mala idea. La habitación que le había pertenecido cuando era niño, la estaba ocupando Eugenia y ella no lo quería cerca. ¿Cómo se ganaría la confianza de la más pequeña?
No sabía si debía hacerse esa pregunta o si debía esperar a lo que el letrado tenía para decirle.
Calvin lo ayudó a desvestirse para colocarse un camisón y luego este se retiró a descansar.
Spencer también abandonó su habitación y fue hacia otro sitio.
Sentía frío al caminar con su camisón y su capa por la casa.
Los pasillos estaban tan helados que podía jurar que hacía más frío dentro que fuera. Llegó hasta una puerta y la abrió.
Él percibía que ese lugar era muy cálido. Rose dormía bien acurrucada en su cama. Spencer rodeó el lecho y se acostó junto a ella. Intentó no molestarla, pero ella había sentido sus movimientos.
—¿Tienes miedo? —curioseó Rose.
—No, siento frío —respondió.
—Tápate conmigo. Descansa, Spencer. Mañana será un día maravilloso —dijo Rose que le dio un beso en la mejilla—. Eso siempre decía nuestro padre para consolarme si estaba triste.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Spencer. Rose era tan buena que a ella se la podría llevar con gusto a Londres.
Aquel se durmió al poco tiempo. El ambiente en esa habitación era acogedor y no sabía si era a causa de su angelical hermana o por la chimenea con un calor perfecto.
Por la mañana, él despertó de golpe o más bien con un golpe. Fanny se le había arrojado encima.
—¿Por qué has venido a dormir con Rosse? —lo acusó Fanny, enfadada.
—Buen día, Fanny. Ella me lo ofreció ayer —contestó.
—¡La quieres más a ella que a mí! —siguió la niña en medio de un berrinche.
—No, Fanny, no es así.
—¡Spencer me quiere más a mí que a todas ustedes! —exclamó Rose, festejando que su hermana llorara.
—¡Rose! —reprendió al notar que estaba alardeando.
Esa debía ser la peor forma de despertar en cualquier lugar del mundo. No sobreviviría con sus hermanas en su casa. En esas condiciones no podría. Pronto le haría compañía a su padre.
Le había costado un pulmón convencer a Fanny de que había accedido al pedido de Rose y prometió dormir con ella esa noche. Intentaría buscar su paz de alguna manera.
El letrado se presentó en la residencia después del desayuno. Spencer lo recibió en el despacho para que nadie pudiera oír lo que conversaban, mas él no previó que sus hermanas siempre espiaban a través de las puertas. Tenía a cinco orejas de diferentes lados pegadas por la abertura del despacho.
—¿Y bien, señor Foster? ¿Qué ha dicho mi padre? —interrogó el joven.
—Nada que no fuera evidente, milord. Lord Nottingham ha dejado establecido que usted deberá estar con sus hermanas hasta que cada una de ellas se case y no podrá delegar esa función a ninguna otra persona, salvo expreso pedido de las niñas —respondió el letrado.
—Eso es bueno. Me odian y no querrán permanecer conmigo. Es probable que prefieran a otros parientes que a mí.
—Ellas son quienes deciden. No puede concluir nada sin permiso expreso frente a mí. También dice que usted será el encargado de duplicar cada dote de sus hermanas...
—¿Qué clase de barbaridad es esa? Supongo que ya están bien con una buena cantidad de dinero. No les daré más porque eso es regalar dinero a otros.
Spencer tuvo que respirar para no desmayarse ante ese pedido.
—Todavía no concluyo, milord. Él expresó su deseo de que usted contraiga matrimonio en un plazo máximo de dos años o tendrá que triplicar la dote de sus hermanas...
El rostro de Spencer solo podía decir que estaba en desacuerdo con lo que su padre había establecido. ¿Acaso había perdido el juicio?
—Es lo más absurdo que he oído en la vida —refunfuñó—. ¿Con qué medicaban a mi padre? Le cambiaron el láudano por el opio.
—Puede reclamar cuanto quiera, milord. Su padre ha dejado dicho eso. Espera que siente cabeza y lo hará como sea. Sus hermanas quedan a su cargo y son una gran responsabilidad.
—¿A cuánto asciende la dote de cada una? —interrogó tratando de no desesperarse.
El letrado le enseñó los números y Spencer sintió ganas de hacerse un ovillo en el suelo. Tendría que vivir trabajando si quería duplicar la dote de sus hermanas.
—Me será más fácil ubicar a mis hermanas con familiares de mis amigos para un buen matrimonio con ellas. Eso será más factible que duplicar la dote, y ni hablemos del asunto de triplicar, eso es imposible.
—Tiene formas de zafar de triplicar la dote. Lord Nottingham, solo debe casarse y ser un caballero respetable que criará a cinco hermanas.
—Es tan fácil para usted decir eso... Lo que me pide es descabellado, una completa locura, aunque no dudo que se lo dijera. Por no haber venido decidió que mi vida se convertiría en un infierno. Cinco mujeres... Eso es una aberración, un castigo.
Del otro lado de la puerta, las niñas escuchaban cada palabra que él decía. Era ofensivo, pero comprendían que él no tenía opciones, solo responsabilidades con ellas.
Kitty fue la primera en abandonar el lugar, pues ella también sería la que debía dejar la casa en cinco años. Pronto empezaría su preparación y búsqueda de un esposo y a Dios le pedía que no se le pareciera a Spencer en absolutamente nada.
—No ha dicho nada nuevo, Kitty —dijo Meredith que alcanzó a su hermana.
—Sabemos que no quiere tratar con nosotras. Prefiere seguir como hasta ahora, siendo un fanfarrón. Haré lo que esté a mi alcance para que no sea feliz si nos hace llorar.
—Yo creo que Spencer nos quiere, pero no desea admitirlo. Yo lo extraño y también quiero abrazarlo como Fanny o Rose —alegó Meredith con los ojos llorosos.
—Corre a sus brazos. No veo que eso esté mal. Yo seguiré aquí, muy ofendida.
Después de que el letrado se fuera. Spencer quería despertar de lo que él creía que era una horrible pesadilla.
Podía hacerse cargo de sus hermanas, por supuesto que sí, las tendría viviendo bajo amenazas, pero era aceptable, mas triplicar cinco dotes era una completa tontería, algo imposible.
Su padre supo cómo dejarlo no solo atado de pies y manos, sino que le había cortado la hombría.
Si no quería volverse loco, debía casarse.
Todavía no estaba listo. Le gustaba observar a cada muchacha, aunque no era capaz de decidirse por ninguna. Eso era un verdadero problema para él.
Al abandonar el despacho de su padre, sus hermanas lo miraban como si no lo quisieran. Pasó de largo y fue a las caballerizas para despejar su mente.
Con el pasar de los días, su amigo William había ido hasta ahí para saber cómo estaba y también para abandonar Londres. Se había aburrido sin su compañero de juergas.
—Estoy en esta patética situación porque a mi padre se le ocurrió dejar marchar al soldado caído.
Debió respetar los límites de la edad y mantener el buitre en el nido, pero no...
Él quería seguir mostrando el animal y por eso se casaba.
Era un maldito pedazo de leña ardiendo —masculló Spencer, molesto.
—Sí que estás enfadado con tu padre, Spencer...
—¿Por qué debería estar enfadado? ¿Por qué dijo que era mejor hundirme por juerguista? ¡Espero que los gusanos no dejen nada de él y menos del semillero! Ahora tengo cinco problemas. Tres me odian, pero también deben ir.
—El conde ha sido duro y drástico. Casarte en dos años... Una verdadera chifladura.
—Y el tiempo corre, me quedan menos de dos años. Él me ha desahuciado.
—Eso me parece un poco exagerado. Creo que nuestra finalidad es... contraer matrimonio, Spencer. No podemos salvarnos de eso.
—Yo no puedo salvarme de mis hermanas y tampoco de una esposa. ¿Por qué? ¿Por qué no pudo mantenerse con los pantalones arriba? ¿Cuál era la necesidad de cinco niñas? ¿Por qué no dos? ¿Por qué cinco? —cuestionó Spencer, mortificado.
—No te preocupes. Yo te ayudaré con las niñas cada vez que pueda. Deben ser encantadoras...
—De encantadoras tienen mucho, pero una vez que abren la boca... —Spencer negó con la cabeza.
William tildaba a su amigo de exagerado y extremista. Tampoco se moriría si se casaba. Eso era mejor que triplicar la dote de sus hermanas. El viejo había realizado una jugada magistral para enderezar la vida de su heredero.
—Buen día, milady, usted debe ser lady Eugenia Fane, ¿no es así? —indagó William, amable.
Eugenia extendió su mano para que él la besara. Tenía cinco años y seguía las instrucciones que la institutriz le daba a las más grandes.
—¡Oh! ¡Qué ternura de dama! No puedo creer que te quejes de tan magnánima criatura —exaltó el marqués que cada vez estaba más seguro de que Spencer era un demente.
A Spencer le molestaba que sus hermanas fueran tan amables con la visita y lo dejaran mal parado.
—Ya te mostrarán los dientes, es cuestión de tiempo...
Al menos con la presencia del marqués de la residencia de campo, todo era más llevadero y sus hermanas estaban felices.
William las llenaba de historias cómicas que a ellas les fascinaba.
En realidad, todos se divertían más con aquel visitante.
Spencer esperaba que esa amistad le abriera camino con sus hermanas.
Debía poner orden en ese gallinero. En ese momento no lo respetaban por todo lo que su padre había dicho, pero él estaba decidido a limpiar su reputación.
Le tocaría madurar de golpe por su bien y por el de sus hermanas a las que debía casar antes de duplicar sus dotes.
Su progenitor no había dado un plazo límite para duplicar, pero sí para triplicar. Hecha la ley, hecha la trampa.