Capítulo 2
La institutriz intervino en aquel desastre para calmar a las niñas.
—Lady Rose, lady Fanny —intercedió la mujer para separarlas.
—Señorita Harting, debería estar educando a mis hermanas. Se han convertido en unas niñas insolentes, en especial Eugenia —afirmó Spencer.
—Lo lamento, milord. A veces sus hermanas tienen criterio propio. Además, su padre no ha escatimado en varios calificativos para usted y su falta de cariño a su familia. Lo hacía delante de ellas en cada cena.
Spencer miró a Kitty y Meredith, era evidente que por ser las mayores estaban bastante enfadadas con él.
Habían sido envenenadas por su progenitor en su contra.
No estaba interesado en ganarse el afecto de ellas, lo que esperaba era que no representaran una carga difícil.
Él las quería a su manera. Eran adorables y bellas, pero no quería lidiar con la responsabilidad de la crianza, en especial de las más pequeñas.
—Pues dependerá de usted que eso cambie, señorita Harting.
—Son cinco niñas que necesitan distintos niveles de educación —replicó la institutriz como un desafío a alguien que ni siquiera sabía de las necesidades básicas de sus hermanas.
—Supongo que quiere continuar en la familia, señorita Harting —espetó ante la respuesta.
—Sí, milord.
—Acordamos eso. Vaya a por Eugenia y me quedaré con Rose y Fanny.
La institutriz obedeció y fue a buscar a la más pequeña que no era un pan dulce.
—Me alegra mucho verte, Spencer. Hemos quedado solas en la casa. La señorita Harting dice que no es bueno que nos quedemos mucho tiempo con el cadáver de nuestro padre —contó Rose—. ¿Has venido para llevarnos contigo a Londres?
—No seas tonta, Rose. Spencer no querrá dedicar su tiempo a sus hermanas, tiene mucho que hacer, como por ejemplo derrochar nuestra dote —aseguró Kitty, molesta.
De todas las hermanas de Spencer, Kitty era la más crítica y disciplinada. Ejercía mucho poder sobre Meredith y las otras tres.
—Eso no es cierto. Nuestro padre dijo muchas cosas feas de él, pero yo creo que ninguna es cierta. Nuestro hermano ha estado ocupado en Londres y por eso no ha venido en mucho tiempo, ¿no es así, Spencer? —cuestionó Fanny.
Spencer no sabía qué responder. Si llevaba a sus hermanas a Londres, su vida tal como la conocía desaparecería y se convertiría en un verdadero infierno.
Kitty tenía una sonrisa sarcástica en el rostro al ver a su hermano quedó mudo ante la defensa de Fanny que era tan crédula y pequeña.
Era evidente que él no deseaba llevarlas.
Le resultaba doloroso darse cuenta de que Spencer era indiferente ante ellas, por eso no quería demostrarle afecto, no deseaba ser rechazada, ni que Meredith y el resto también lo fueran.
—De eso hablaremos después del entierro, Fanny. Ahora quiero saber cómo se hará todo.
Aquello era como una disculpa ante la indecisión de Spencer. Debía pensar si sería buena idea llevar a toda su prole a Londres. Eran pequeñas arpías descontroladas.
Llegado un momento, el vicario de la propiedad se acercó a la residencia para que pudieran llevar a lord Nottingham al cementerio para su posterior entierro.
—Mis condolencias, milord —pronunció el vicario—. Espero que encuentre consuelo en compañía de su familia.
—Gracias —respondió Spencer ante el compasivo gesto del hombre de Dios—. ¿Usted cree que sea una buena idea llevar a mis hermanas conmigo?
—Mmm... Según su padre, no está capacitado ni para cuidarse usted mismo.
—Qué vergüenza lo que ha dicho mi padre. Ha envenenado a medio condado en mi contra por no haber venido semanas atrás —farfulló avergonzado.
—Su padre lleva muchos años diciendo eso.
En la reputación de Spencer se bañaban los cerdos o, al menos su padre se encargó de que así fuera.
No había dejado nada a la imaginación. ¿Cómo podría reivindicarse después de semejante humillación?
Cualquier hombre de familia hubiese cuidado sus palabras frente a los demás por un poco de decoro, mas su progenitor no había sido de esos hombres cautos.
Sentía menos tristeza por la muerte de aquel, pero sí más culpa de la necesaria. Todos estaban en su contra. Las únicas personas que lo apoyaban eran Fanny y Rose.
Spencer subió al carruaje junto a sus cinco hermanas.
Eugenia lo miraba como si lo desaprobara por completo por no reconocerlo, después Kitty observaba el paisaje y se limpiaba las lágrimas.
Meredith trenzaba un par de telas y después las deshacía, mientras Fanny le hablaba a él y buscaba su aprobación.
Rose interrumpía a Fanny y entre ambas ocurría una riña que, Spencer con su mínima paciencia no podía resolver.
—¿No pueden hablar sin pelear? —masculló para corregirlas.
—El olor a alcohol que cargas podría desmayarnos, querido hermano —opinó Meredith, burlona.
—Es cierto. Lo mejor es que nos hagas el favor de no hablar demasiado hasta que dejes de ser un azorado —apoyó Kitty sin dirigir sus ojos a él.
—¿Por qué mejor no me arrojan bajo las ruedas del carruaje? Sé que estuve ausente, pero soy lo único que tienen y merezco respeto. Sin mí ustedes comerán paja —gruñó Spencer, exasperado.
—¿Quieres que comamos paja? —inquirió Rose con tristeza. A eso le siguió un fuerte sollozo.
—No, Rose, no —dijo Spencer que la abrazó para consolarla—. No comerán paja. Solo lo dije porque Kitty me provocó.
—Lo único que dejaste al descubierto es tu poco cariño por tus hermanas, Spencer. Eres el mayor y se supone que deberías ser responsable de tus actos, pero si no puedes con los tuyos, menos podrás con los nuestros —alegó Kitty, fastidiada.
—¿Es una amenaza, Kitty? —la desafió u hermano—. Tienes trece años y no sabes lo que ocurre ni los conflictos con los que debo lidiar.
—¿Cuáles son tus peores conflictos? ¿Beber brandi o whisky ? —lo provocó.
—Otra impertinencia más y te bajaré del carruaje, Kitty, y lo haré porque soy el mayor y tú no eres más que una bravucona sin oficio ni beneficio.
—Al igual que tú...
—¡Ya, ya! Asustan a las más pequeñas —mencionó Meredith al ver que sus hermanas menores están muy afectadas por las peleas de los otros.
Al llegar al cementerio, en medio de una tenue nevada, vieron que un par de hombres sacaban tierra con palas a un ritmo sincronizado. Esa sería la última morada de lord Nottingham.
Spencer vio a sus hermanas llorar en silencio y sin consuelo. Fanny y Rose se habían abrazado a él, mientras que Eugenia fue a tomar la mano de Kitty y Meredith.
El vicario pronunció un par de palabras recordando la vida y obra del conde.
Solo había buenos recuerdos y buenas palabras para él, aunque en ese momento, Spencer estaba enfadado con el difunto, pues no había sido generoso al exagerar los defectos de su primogénito y heredero.
Había puesto a sus hermanas en su contra y eso solo podía significar más trabajo para él, pues era lo único que tenían esas niñas.
Por primera vez estaba conviviendo de otra manera con ellas.
Se sentía conmovido y acogido por dos de sus cinco hermanas.
Las otras deseaban verlo arder en el mármol del infierno como el mayor pecador de la historia inglesa.
Lo único que debía hacer con esas tres revoltosas era hacer que se sometieran a sus órdenes.
Spencer ya sabía con quienes contaba y quienes se dedicarían a hacer su vida un infierno.
Una vez que la gente que estaba paleando dejó de hacerlo, bajaron el ataúd a la fosa. Sus hermanas estaban peor y él comenzaba a sentirse mal. Sus ojos le picaban y su nariz parecía llenarse de flemas.
Las palabras del vicario continuaban para halagar al fallecido y todo lo bueno turbaba más el corazón de las muchachas y acrecentaban la culpa en el pecho de Spencer. No dejaba de lamentar no haber visto a su padre antes de morir. Ni él ni sus hermanas olvidarían eso.
Cuando la última palada de tierra y nieve se colocó sobre el féretro de su progenitor, tomó más conciencia de lo que significaba eso. No era el típico heredero que debería derrochar su dinero en lujos, bebidas y mujeres, salvo en las cinco mujeres que tenía a cuestas. ¿Cómo haría para sobrevivir?
Dentro del carruaje y de regreso a la residencia, sus hermanas se recostaban unas en otras en busca de confortar sus espíritus.
El desconsuelo para aquellas era inimaginable.
Desde pequeñas habían tenido que soportar pérdidas de sus madres y en ese momento también del único hombre que las amaría de verdad.
El resto de los amores de la vida eran pasajeros. Eso también quedaba para él.
Al llegar a la residencia, ninguna de las niñas había hablado, todas se esparcieron por la casa. Las mayores fueron a la planta principal y el resto tal vez a buscar distracción en el salón de juegos.
—Lord Nottingham, el letrado ha enviado una corta misiva. Pide que no abandone la propiedad, pues debe hablar con usted sobre algunas cosas que dejó su padre —comunicó Calvin, su ayuda de cámara.
—Gracias, Calvin.
—¿Cuánto tiempo nos quedaremos, milord?
—No lo sé. No puedo dejar a las niñas.
—Sus hermanas nunca le importaron, ¿cree que los criados no pueden con ellas?
—Ellas requieren del cuidado de alguien de la familia.
—¿No es mejor repartirlas con sus tías o abuelas maternas? Sería mejor para la vida de ocio y destrucción que usted lleva.
—Comienzas a molestarme, Calvin. ¿Crees que no puedo hacerme cargo de mis responsabilidades?
—Usted no quiere esas responsabilidades. Es una digna idea para que sus hermanas terminen su educación. Todos los familiares de ellas son personas bien ubicadas en la sociedad.
—No sé qué hacer. Prefiero esperar y saber lo que dice el letrado sobre lo que ha dejado mi padre. Solo deseo que no sea algo difícil de llevar para mí.
—Opino que su padre no le dejará el camino fácil, ni siquiera estando muerto.
Esas últimas palabras que había mencionado su criado lo dejaron preocupado. Si su padre, en su lecho de muerte no había sido compasivo, menos lo sería en una orden dada a un letrado.
—Una última cosa, milord...
—Ni una sola impertinencia más, Calvin —amenazó irritado.
—No, milord. Quería decirle que los criados le habían preparado la habitación que le pertenecía a su padre. Es ahí el lugar en donde se quedará.
—Ni pregunto si hay algo peor que eso. Preferiría otro lugar.
—En la habitación contigua han muerto cuatro mujeres, milord. Lamento decirle que dormirá sin dudas en un lugar en el que murieron otros.
Durante el resto del día, pasó sus horas entre la galería de la residencia en donde vio su retrato junto al de sus cinco hermanas.
Eugenia había cumplido dos años cuando aquel retrato fue pintado.
Sus hermanas se veían tan pequeñas e inocentes, en especial Kitty.
No podía creer que ella se había convertido en una pequeña culebra.
Después pasó al despacho de su padre en donde todo estaba ordenado. No había nada fuera de lugar. Aquel era muy quisquilloso con todo. Estaba seguro de que había la orden de que arreglaran su escritorio antes de morir.
Estaba ansioso por saber qué diría el letrado. Esperaba no encontrar condicionamientos, sino que más bien aguardaba directrices de cómo comportarse en esa situación.
Se había quedado dormido en el sillón de su padre. Se encontraba muerto de cansancio, pero prefería en ese lugar antes que subir a la habitación que le habían designado en donde era evidente que todavía debía tener la forma del cuerpo de su padre en la cama.
Luego de un descanso se dio cuenta de que había sido exagerado, pues ya había oscurecido.
Cuando salió del despacho los criados habían terminado de encender las lámparas de los pasillos.
Esa casa estaba más lúgubre de lo que recordaba.
Esos recovecos helados no habían dejado esa huella en su memoria.
—¿Vas a cenar con nosotros, Spencer? —preguntó Rose que lo encontró vagando por los escondrijos.
—Sí, Rose.
—¿En dónde dormirás?
—En la habitación de nuestro padre.
—¿No te da miedo que te jale del pie mientras duermes? Él no se ha acordado bien de ti. Yo creo que te asustará por la noche.
—Rose, los muertos están muertos y no vuelven. Nuestro padre ya está en el cementerio.
—Si quieres puedes ir a dormir conmigo si tienes miedo.
—Gracias por el ofrecimiento. —Spencer dejó un beso en la cabeza de su hermana antes de continuar su camino. Aquella pequeña también tenía un poco de arpía en la sangre, pero seguía siendo amable. No sería capaz de tomar esa oferta en serio.