Familia Fane Capítulo 1
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Familia Fane

Familia Fane

Por Laura A. Lopez

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Capítulo 1

Para Spencer Fane la noche acababa de empezar. Era asiduo a White's para beber junto a sus amistades en ese club de caballeros. Muchas veces había abandonado el sitio en condiciones deplorables después de tanta diversión.

Esa noche había sido como cualquier otra, llena de alcohol, opio y cotilleo masculino. En pleno invierno conversaban sobre lo que sería la próxima temporada en la que sus amigos y él aseguraban que saldrían victoriosos.

—¡Salud por nosotros, caballeros! Por un año más para ser dueños de nuestro destino —exaltó el mismo Spencer, alegre.

—¡Salud! —gritaron los demás al unísono.

—Veintiocho años de libertad... ¡Salud! —prosiguió.

Ellos golpearon las copas de brandi entre sí y siguieron la diversión.

—Oye, Spencer, ¿estás seguro de que podrás subir al carruaje correcto? —preguntó William Sanders, marqués de Asthon.

—Por supuesto, no necesito ayuda. Soy capaz de reconocer un carruaje con el blasón de mi familia, aunque no lo parezca. Sigo estando un poco sobrio.

—¿En verdad? Yo dudo que estés sobrio, pero no importa, ¿no es así? Escucha, ¿y si vamos a por mujeres de la vida gozosa?

—Qué tentador, pero tengo un miembro bastante selectivo con eso. No le gusta divertirse donde otros ya lo han hecho demasiadas veces. No hay nada que un poco de cariño personal no solucione.

—Tienes miedo de dejar las semillas por ahí tal como tu padre...

—Mi padre es un asunto más delicado, un adicto al matrimonio con mujeres jóvenes a las que mata después de parir.

Debe ahogarlas con una almohada o algo, porque no puede encargarse de cinco culebritas ahí cerca.

Ahora que lo recuerdo, debería ir mañana junto a él a Yorkshire. Me ha enviado una carta hace semanas.

—Espero que no hubiera sido muy urgente...

—El viejo es un roble. Debe querer comunicarme personalmente que volverá a casarse. Es un sinvergüenza y no cambiará más.

—Yo que tú comenzaría a preocuparme. Son cinco...

—Cinco pequeñas golondrinas que están lejos de mí. Es bueno verlas de vez en cuando, pero no mucho tiempo. Parlotean, lloran, se quejan... Es un infierno.

—Esperemos que el viejo conde viva mucho más tiempo.

—Por supuesto que lo hará. Está buscando o ya encontró a quien clavarle los colmillos. Es temerario. Yo me casaré una vez y será por obligación para perpetuar el apellido.

William le dio unas palmadas a Spencer. Al final aquel decidió que iría a continuar su conversación con el conde en su residencia.

Él acostumbraba a dormir en la casa de los Fane, pues ahí no había damas que pudieran escandalizarse.

Muchas veces ni siquiera utilizaba una cama, un rincón en el salón de la biblioteca era suficiente para alguien que no gustaba de vivir en su morada con su madre y su abuela.

Cuando ambos nobles llegaron a la residencia de Spencer, uno abrazando al otro para sostenerse de forma mutua, Calvin, el ayuda de cámara del heredero del conde de Nottingham, los recibió con el rostro lúgubre.

Para el criado aquella no era una buena noche, puesto que, la oscuridad llevaba consigo malas noticias para su patrón. Ese invierno de días grises, oscuros y cargados de nieve, no solo serían tediosos, sino que le resultarían casi agónicos.

—Calvin, sírvenos brandi —ordenó Spencer, sentándose en uno de los sillones.

—Sí, Calvin, sírvenos —apoyó el marqués.

—Antes de que les sirva el brandi, tendré que comunicarle noticias nefastas desde Yorkshire —dijo el ayuda.

—Nada puede ser nefasto hoy, aunque sí podría ser malo si me dices que vendrán mis hermanas de visita.

—Eso sería bastante desagradable —secundó William entre risas.

Los dos parecían bastante divertidos esa noche.

—Lord Nottingham... —habló su sirviente, solemne.

—Eso de lord Nottingham es delicado, Calvin —intervino William que dejó de lado su sonrisa.

—Es delicado, su señoría. Eso significa que el padre de milord ha fallecido...

Spencer no podía creer lo que estaba oyendo. ¿Era una broma de mal gusto que su sirviente usaba para castigarlo por sus excesos?

—Lo que dices, Calvin, es algo disparatado —acusó Spencer, incrédulo.

—Haré que venga el sirviente de la propiedad que trajo las pésimas noticias de la muerte de su padre. ¿Todavía quiere que le sirva el brandi?

El silencio envolvió a los tres varones. Dos de ellos perdieron la sonrisa y Calvin solo deseaba preparar el carruaje para que pudieran partir para al menos llegar al entierro del conde.

—¿Cómo murió? —inquirió el nuevo lord Nottingham.

—Llevaba enfermo muchos días. Él lo había mandado llamar, pero usted prefirió las juergas a escuchar lo que aquel caballero tenía para decirle —replicó Calvin deseando hacer mella en el interior del corazón de Spencer—.

Ahora no servirán de mucho las urgencias o las llamadas.

Si prefiere su regodeo, le serviré sus bebidas...

—No lo mortifiques, Calvin. Suficiente tiene Spencer con saber que sobre sus hombros tiene la responsabilidad del título —alegó William.

La mente de Spencer era un cúmulo de pensamientos.

Ninguno de ellos era positivo, todos eran malos.

Él nunca se había preocupado por labrar su futuro, pero sí por gastar lo que su padre había proveído.

Con su muerte, tendría que hacerse cargo de todo lo que conllevaba ser el nuevo conde de Nottingham.

—Que preparen el carruaje. Saldremos ahora rumbo a Yorkshire... —decretó el joven—. Lamento pedir que te retires, William, tal vez en unos días podamos hablar mejor sobre lo que ocurre. Ahora esto es lo más importante.

—Lo comprendo. Me quedaré a dormir y mañana iré a mi casa.

Spencer asintió y después intentó que su cuerpo no se moviera de un lado al otro por la cantidad de alcohol que había bebido.

Su sirviente se puso manos a la obra para comenzar a guardar las prendas del conde para el tiempo que permanecería en Yorkshire.

Una hora después todo estaba listo. William se había quedado dormido en el salón, mientras que Spencer no podía pensar en nada más que no estuviera traducido en dos palabras: problemas y obligaciones.

Esperaba que su padre al menos dejara ordenado todo lo que pudo antes de partir, porque sospechaba que el título en sí sería el menor de sus problemas.

De camino a Yorkshire, Spencer sufría los efectos del alcohol y del opio, además de la culpa que sentía al haber sido un hijo irresponsable. Su padre le había pedido que fuera junto a él, y lo había retrasado hasta más no poder o, mejor dicho, hasta su muerte.

Los ojos avellana de su criado lo miraban como si estuvieran acusándolo de algún crimen imperdonable.

Lo entendía. Calvin se había criado en las caballerizas de su padre y con los años el que fue ayuda de cámara de su progenitor lo formó para ser ayudante y después ocupó el puesto de ayuda de cámara.

Aquel le tenía gran respeto al conde y por eso estaba afectado por su muerte y por no haber podido estar cerca de él en su deceso.

La culpa era el enemigo silencioso del que pocos hablaban.

A él se lo estaba devorando desde adentro, haciendo que la carga por haber sido juerguista fuera más grande de lo que debería.

Él no le había pedido que dejara Londres, su padre decidió hacerlo porque tenía muchas hijas que criar y el campo le parecía un lugar más propicio para ese fin.

Cuando pudo cerrar sus párpados, sentía un dolor en su cabeza que emulaba los latidos del corazón, pero por encima del cuello. Esa compresión era molesta porque le impedía lo más básico. Debía dormir para poder estar en condiciones de soportar un funeral.

Cada vez que abría los ojos, el paisaje blanco se hacía más brillante. Spencer dormitaba a la vez que veía el amanecer en tonos naranja que se distinguía por en el horizonte, entre los árboles y elevaciones de tierra.

Dentro del carruaje, soportaban las bajas temperaturas gracias al carbón que le ponían al carruaje para mantenerlo caliente. También tenían las mantas en cuadrille para calentarse los muslos y la capa para la espalda y los brazos.

Un par de horas después habían llegado a Yorkshire. Spencer por fin había logrado descansar un poco, pero pronto, Calvin acabaría con eso.

—Milord... —habló Calvin que trataba de despertar a su patrón.

—Mmm... —gruñó Spencer que estaba cómodo en su carruaje.

—Lord Nottingham, hemos llegado a casa de su padre —pronunció el sirviente con firmeza.

En ese momento Spencer tuvo que despertar completamente y ponerse de pie para poder resistir la cruda realidad que lo aquejaba.

Bostezó y salió del carruaje. La temperatura de afuera no estaba tan agradable como la del cómodo y confortable carruaje.

Él y su sirviente emprendieron la caminata hacia la puerta y golpearon un par de veces.

El mayordomo de rostro apagado y triste se hizo a un lado para dejarlos pasar.

—Pase, milord... —concedió el hombre para que Spencer entrara—. Sus hermanas se encuentran en el salón del té. La institutriz no cree conveniente que las niñas compartan tanto tiempo con un cadáver.

—Es el cadáver del padre de ellas —masculló molesto por la orden de la institutriz.

Spencer continuó su camino hasta donde se encontraba el cuerpo de su padre dentro del ataúd. Aquel estaba delgado y pálido, consumido por alguna enfermedad. Verlo en ese estado era aún peor para su salud mental. Lo miró por unos instantes y se alejó para ir por los pasillos.

En ese ínterin se cruzó con lo que parecía un duende de cabellos rubios y ojos tan grises como un día tempestuoso.

—¿Rose? —preguntó.

—Soy Eugenia, ¿y usted?

—¿No me recuerdas, Eugenia? —curioseó Spencer. Recordaba que la última vez que él vio a su hermana más pequeña, aquella solo tenía dos años—. Soy tu hermano, Spencer.

La niña negó con la cabeza.

—No, no lo conozco. ¿Vio a mi padre? Está tieso.

Los ojos de Spencer se desorbitaron al escuchar lo que la pequeña decía. Al parecer nadie se encargaba de la educación de sus hermanas y estas vivían como gacelas salvajes. Acarició la cabeza de su hermana y fue hacia el salón del té.

Ahí distinguió al resto de sus hermanas, Kitty y Meredith eran sus hermanas del segundo matrimonio de su padre. Kitty debía tener trece años y Meredith, once años.

—Buen día —saludó frente a sus hermanas. Aquellas no estaban muy entusiasmadas de verlo, a juzgar por los ojos azules escrutadores o al menos si se alegraban no lo demostraban por su estado de ánimo.

—Spencer —musitó Kitty—, por fin has llegado, un poco tarde, quizá.

—Lo lamento, Kitty, Meredith... ¿Dónde están Fanny y Rose? Acabo de confundir a Eugenia con Rose.

—Es evidente que las confundirías, no vienes hace demasiado tiempo. Nuestro padre decía que eras un vividor y alcohólico —arremetió Meredith.

—Se lo puede oler desde aquí. Es alcohólico —aseguró Kitty, molesta.

—No soy alcohólico.

—¿En verdad no puede hacerse cargo de nosotras alguna tía? ¿Tiene que ser él? —preguntó Meredith.

—Basta. No hace falta que hablen mal de mí en mi presencia —masculló Spencer, ofendido.

—¿Spencer? —pronunció otra voz femenina.

—Fanny... —dijo Spencer.

Esa niña se acercó a abrazarlo. Fanny era hija del tercer matrimonio de su padre, su madre había muerto al nacer. Ella debía rondar los nueve años de edad.

—Lo lamento, Fanny. Al menos tú me recibes con un poco de afecto.

Los recuerdos sobre Spencer eran buenos para su tercera hermana. Se acordaba de cuando jugaban juntos en el jardín.

—Nuestro padre nos ha dejado —lamentó la pequeña.

—Sí, nos ha dejado en manos del caballero más irresponsable de Inglaterra —farfulló Kitty.

El enfado comenzaba a hacer mella en Spencer. En cualquier momento perdería su poca paciencia con sus hermanas.

Después entró a la habitación la institutriz junto con Rose, de siete años, que en compañía de Eugenia eran las hijas del cuarto matrimonio del inquieto conde de Nottingham.

—¡Spencer! —Ella empujó a Fanny para abrazar a su hermano y recibir un poco de afecto.

—Todo estará bien, ya estoy aquí, Rose. No las volveré a dejar —manifestó acariciando el cabello rubio de su hermana.

—Quítate... —espetó Fanny.

—¡No! ¡Tú quítate, Rose!

Las dos se comenzaron a zarandear con tal de tener un poco de la atención de Spencer.

Cada una de sus hermanas tenía una experiencia distinta con él. Era evidente que gozaba del afecto de Fanny y Rose, pero del desprecio de Kitty y Meredith. Eugenia era la única a la que le daba igual.